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Full text of "Nativa"

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NATIVA 




Ministtrio üf Instrucción Pltbucai y Previsión Social 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 
Prof. Juan E. Pivel Devoto 

Ministro de Instrucción Pública 

María Julia Ardao 

Directora Interina del Museo Histónco Nacional 

Dionisio Trillo Pays 

Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C. Gómez Alzóla 

Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 

Vol 53 
Eduardo Acevedo Díaz 
NATIVA 

Preparación del testo a cargo de 
José Pedro Barran y Benjamín Nahum 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



NATIVA 

Prólogo de 
EMIR RODRIGUEZ MONEGAL 



MONTEVIDEO 



PROLOGO 



I 

Un creador de mundo 

Había un poderoso temperamento narrativo en 
Eduardo Acevedo Díaz: una visión de mundo, una ca- 
pacidad de descubrir en la compleja realidad las cifras 
esenciales, un creciente dominio de la anécdota, un 
inusual poder de observación. Tenía, además, un ge- 
neroso don de novelista. Aunque ha dejado algunos 
notables relatos breves \La cueva del tigre. El combate 
de la tapera, tal vez sean los mej ores } necesitaba la 
amplia y morosa respiración novelesca para poder co- 
municar cabalmente su ancha visión de esta tierra 
oriental y de sus hombres en la triple dimensión del 
pasado, del presente y del futuro. Fue (como debe 
serlo todo novelista auténtico) un creador de mundo; 
es decir: el inventor de una realidad novelesca cohe- 
rente y autónoma, una realidad que ofrece su espejo 
a la historia y a la nación, a la vez que propone nor- 
mas para la historia futura, para la nacionalidad aún 
en formación. Por eso. sus libros valen para nos- 
otros más allá de méritos \ deméritos de detalle, como 
fuente de una visión ahondada de los orígenes y pri- 
mer desarrollo de nuestra nación, y promesa de su 
rumbo futuro. En tal sentido, sus obras han sido ob- 
jeto de apasionadas exégesis, como las de Francisco 
Espinóla (el mejor de sus sentidores). o han sido ter- 



VII 



PROLOGO 



giversadas también apasionadamente, por críticos de 
otras barricadas políticas. Porque Acevedo Díaz fue 
(ante todo) un político. 

En la época que le tocó vivir (nació en 1851, murió 
en 1921) el escritor era sobre todo un ser político. 
Las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del 
XX, en que desarrolló su actividad, no concebían casi 
la literatura pura, la literatura como objeto de con- 
sumo intelectual, como obra de arte. La mayoría de 
los escritores de entonces estaba comprometida en la 
inmediata realidad política y social, militaba en los 
partidos tradicionales, salía al campo a defender con 
las armas su ideología, o se atrincheraba en los pe- 
riódicos, muchas veces a riesgo de su vida. La crea- 
ción literaria se ejercía, cuando se ejercía, en los in- 
tervalos de una actividad más urgente y brutal. Aun- 
que hay algunas doradas excepciones (Roberto de las 
Carreras, Julio Herrera y Reissig), la norma era en- 
tonces el compromiso. Pero no el compromiso pura- 
mente verbal que se estila ahora, sino la acción cruda, 
espesa, fatal. Aun los pontífices del decadentismo no- 
vecentista tenían alguna actividad política: Roberto 
era (o se proclamaba) anarquista, Julio saboteaba 
con discursos y panfletos la política de fusión del 
Partido Colorado al que pertenecía por tradición fa- 
miliar. 

En el caso de Acevedo Díaz la situación se agrava 
porque la vocación literaria (aunque fuerte e indiscu- 
tida) está en permanente conflicto con una avasa- 
lladora vocación política que habrá de convertirlo en 
uno de los jefes del Partido Nacional, "el primer cau- 
dillo civil que tuvo la República", según ha escrito 
Espinóla. Por eso, Acevedo Díaz sólo podrá escribir 
sus grandes novelas en la pausa forzosa de una lucha 



VIII 



PROLOGO 



que casi no le da tregua. El período literariamente 
más fecundo, el verdaderamente creador de su obra, 
coincide casi exactamente con su obligado exilio en la 
Argentina, entre los años 1884 y 1894. Entonces es- 
cribe Brenda (1886), su primer novela, de ambiente 
contemporáneo y aún inmadura; inicia su ciclo his- 
tórico: Ismael (18881, Nativa (1890) y Grito de 
Gloria { 1893 ) ; compone Soledad ( 1894) , novela 
corta, sumamente romanceada, tal vez su obra más 
pura. Pero la acción lo reclama, v el ciclo de novelas 
hislóricas queda interrumpido por dos décadas. La 
última parte, Lanza y Sable, será publicada sólo en 
1914, cuando una nueva etapa de alejamiento de la 
vida política le dé el tiempo necesario para la morosa 
creación narrativa. Porque una novela es obra de 
muchos días, de mucho esfuerzo, de mucha concentra- 
ción. Su arte de novelista se resiente de esta escisión 
permanente entre su carrera política fel eje sobre el 
que se desplaza su destino) y su porfiada vocación 
literaria. Han errado, por eso mismo, quienes llegaron 
a reprocharle no haber realizado su ciclo épico a escala 
mayor, cuando es casi un milagro que lo haya podido 
completar alguna vez; o no haber trabajado más a 
fondo la estructura de cada una de sus narraciones, 
o no haber uniformado con más paciencia el estilo de 
sus grandes novelas. Lo sorprendente es que haya 
sido capaz de concebir una obra de esta naturaleza en 
medio del huracán político y que (con imperfeccio- 
nes e hiatos! haya podido llevarla a cabo. 

Sin embargo, su obra de creador no necesita excu- 
sas. Está ahí. entera, para ejemplo de nuestra litera- 
tura, vigente a pesar de visibles desfallecimientos y 
de algunos títulos superfluos (Mines, 1907, es el me- 
nos redimible!. Su obra está ahí, plantada como una 



IX 



PROLOGO 



de las creaciones más importantes y perdurables de 
nuestra narrativa No abundan los novelistas en las 
letras uruguayas. Si se juzga con algún rigor apenas 
lo han sido realmente Acevedo Díaz, Carlos Rey les, 
José Pedro Bellán, Enrique Amorim, Juan Carlos 
Onetti, para hablar sólo de los que ya tienen obra 
juzgada. No lo fueron Javier de Viana ía pesar del 
ambicioso intento de Gaucha), ni Horacio Quiroga (a 
pesar de Historia de un amor turbio, de Pasado amor), 
ni Francisco Espinóla ía pesar del indiscutible inte- 
rés de Sombras sobre la fierra), ni Juan José Morosoli 
ía pesar de Muchachos) ni Fehsberto Hernández (a 
pesar de Por los tiempos de Clemente Colling, de Et 
caballo perdido l . En todos estos narradores falla la 
respiración novelesca, la visión totalizadora del mun- 
do, la capacidad de crear en el detalle v, al mismo 
tiempo, en la anchísima perspectiva del tiempo y del 
espacio. Ellos fueron (son) cuentistas, hombres que 
proyectan su mundo interior por infinita acumula- 
ción de visiones parciales. En todo^ los nombrados 
(pero especialmente en Viana, en Quiroga, en Espi- 
nóla i ese mundo resulta a la postre tan personal y- 
nco como el de un novelista. Por eso, lo que aquí se 
les retacea no es capacidad creadora sino otra cosa: 
el don de abarcar más la realidad. Ese don lo tuvo 
í como nadie I Eduardo Acevedo Díaz, aunque sólo 
haya dejado siete novelas desiguales para demostrarlo. 

Ya no se discute el lugar que corresponde a su 
obra en el panteón vivo de las letras nacionales. Hace 
cuarenta, hace treinta años, los críticos más leídos en- 
tonces I pienso en Alberto Zum Felde. en Alberto Las- 
places) jiodían oponerle muchos reparos de detalle — 
reparos muchas veces justísimos y lúcidos — , sin ad- 
vertir lo que su obra tenía de central, de permanente, 



X 



PROLOGO 



de hondamente creadora. Ahora, a partir de las lu- 
minosas explicaciones de Francisco Espinóla en su 
prólogo de Ismael (Buenos Aires, 1945) es imposible 
no advertir la cualidad esencial de su obra. Pero el 
nombre de Acevedo Díaz no ha traspasado aún las 
fronteras patrias. Todavía es desconocido en el vasto 
mundo hispánico Le ha faltado la oportunidad de 
proyectarse que tuvieron Zorrilla de San Martín, 
Carlos Reyles, José Enrique Rodó, Carlos Vaz Ferreira, 
Julio Herrera y Reissig, Delmira Agustini, Juana de 
Ibarbourou, sin hablar de Florencio Sánchez, Hora- 
cio Quiroga o Enrique Amorim. que se han benefi- 
ciado además de una situación biográfica y editorial 
rioplatense. Pero la batalla por el íeconocimiento his- 
pánico de Eduardo Acevedo Díaz está aún por librarse. 

Sin embargo, es indudable que su obra trasciende 
las fronteras de la nacionalidad. Aunque buena parte 
de su eco pueda peiderse fuera del ámbito patrio (no 
tiene por qué hablar a hombres de otros cielos con el 
acento tan persuasivo con que nos habla), su creación 
no depende exclusivamente de circunstancias locales. 
Hay en Acevedo Díaz un creador tan universal como 
Zorrilla de San Martín o como Horacio Quiroga: un 
hombre capaz de tocar los centros de la vida con la 
misma autoridad, el mismo poder suasorio, la misma 
imaginación poética. Por otra parte, su epopeya na- 
rrativa que presenta con intencionados hiatos la gesta 
del pueblo oriental, es a la vez muy localista y muy 
universal. No disminuye para nada el valor épico del 
Poema del Cid el hecho de que su acción real com- 
prometa apenas a algunos caudillos españoles y moros 
en una de las tierras marginales del Occidente cris- 
tiano. A un francés que se burlaba del pequeño nú- 
mero de combatientes de una de las batallas de nuestra 



XI 



PROLOGO 



independencia, contestó Melchor Pacheco y Obes (con 
una frase que Rodó trasmite emocionado) : "Caballero, 
en esas batallas también se muere". En la gesta que 
evocan las novelas de Acevedo Díaz también se muere, 
y sobre todo, también se vive, con una vida que no 
ha cesado a pesar de las siete largas décadas que se- 
paran sus primeras novelas del momento aclual. 

II 

El ciclo histórico 

Las cuatro novelas del ciclo histórico — Ismael, 
Nativa, Grito de Gloria, Lanza y Sable — están 
ligadas por la voluntad creadora del autor. Como ha 
documentado Roberto Ibáñez en el estudio que sirve 
de prólogo a Ismael I Biblioteca Artigas, Montevideo, 
1953 I , la aparición de la primera novela motivó en la 
prensa de entonces unos sueltos en que va se habla 
de 'cuatro volúmenes ' o cuatro libros" que compicn- 
deiía el ciclo, confundiendo así Ismafl y los otros 
tres títulos de la tetralogía. Uno de "La Epoca" (Mon- 
tevideo, abiil 21. 1888) aclara: "El último y culmi- 
nante episodio de la obra es una brillante descripción 
de la Defensa de Pay-.andú". En efecto. Lanza y Sable 
concluye con la capitulación de Paysandú, aunque 
falta en ella "la brillante descripción" prometida (se- 
gún observa Ibáñez). 

Pero hay otros testimonios aún más explícitos, del 
piopio Acevedo Díaz, que aclaran definitivamente su 
intención de componer un ciclo de cuatro novelas his- 
tóricas. Con motivo de un juicio de Enrique E. Ri- 
varola sobre Nativa, el autor escribe un artículo, que 



XII 



PROLOGO 



titula La novela hittóuca \ publica en "El Nacjiuidr 
< Montevideo, setiembre 29. 1895 i . se trata en reali- 
dad de una carta abierta al "crítico y amigo'' Allí 
puntualiza Acevedo Díaz: "Escribí Ismarl — la nove- 
la que precede a Nativa — ■ sin que con las dos haya 
llenado todavía el plan que me impuse. ( , . ) No he 
llegado al término u objetivo final que me propuse - 
pues por lo que dejo consignado, se habrá Ud. aper- 
cibido que Nativa no es una novela aislada, sino la 
segunda de una serie con trabazón lógica entre sí y 
solidaridad completa en los vínculos históricos". Y al 
publicar casi dos décadas después la última novela 
del ciclo, Lanz<v y Sable, reafirma desde el prólogo: 
"Nuestro trabajo, interrumpido más de una vez por 
distintas caucas, y de un tema que diverge un tanto 
de los anteriores de la serie, relativos a las luchas de 
de la independencia, es continuación de Grito de 
Gloria". 

De ahí que sea superficialmente correcta la denomi- 
nación de tetralogía que se ha empleado paia definir 
el ciclo histórico. La usa Francisco Espinóla en un 
artículo de "El País" (Montevideo, abril 20, 1951 1. 
luego recogido como prólogo de Soledad (Biblioteca 
Artigas, Montevideo. 1954); la reitera y documenta 
Roberto Ibáñez en el prólogo citado. Sin embargo, 
mucho antes, esta denominación había sido discutida 
y rechazada por Alberto Zum Felde en su Crítica dé 
la literatura uruguaya (Montevideo, 1921). Aunque 
Zum Felde ha reeditado por lo menos tres veces su 
juicio (incorporándolo a sucesivas ediciones del Pro- 
ceso Intelectual del Uruguay, Montevideo. 1930, Bue- 
nos Aires, 1941. y al Indice crítico de la literatura his- 
panoamericana. La narrativa, México, 1959), no lo 
ha modificado. Al considerar el ciclo épico, escribe: 



XIII 



PROLOGO 



"A Ismael, que comprende la época artiguista, la ini- 
cial, con sus episodios primordiales, siguen Nativa, 
que expresa el turbio período social de la Cisplatina, y 
Grito de Gloria, que trata la empresa final de la 
Emancipación, culminando en Ituzamgó. Estas obras 
componen el tríptico fuerte y admirable. Lanza y 
Sable, escrita muchos años después, carece del vigor 
artístico y de la verdad histórica de las primeras. No 
puede, por tanto, incorporarse a aquéllas, para for- 
mar una tetralogía, aunque su acción continúa y com- 
plete la de las otras." En párrafos siguientes de su 
estudio, vuelve a calificar Zum Felde al ciclo épico 
i reducido por él sólo a las tres primeras obras) de 
"trilogía histórica". A pesar del lapso de afirmar que 
la batalla con que culmina Grito de Gloria es Itu- 
zamgó (es Sarandí), la posición del ciítico resulta 
terminante. Los brevísimos argumentos que utiliza pa- 
ra negar la entrada de Lanza y Sable a 1 la supuesta 
tetralogía son de carácter estético I "carece de vigor 
artístico") e histórico (también carece "de la veidad 
histórica de las primeras"). Sin embargo, el mismo 
Zum Felde admite que la acción de Lanza y Sable 
continúa y completa la de las otras. 

No se trata sólo (como podría pensarse) de un 
problema de nomenclatura. De hecho hay aquí una 
discrepancia más profunda que tiene motivaciones 
históricas y tal vez políticas. A nadie se le ha ocurrido, 
que yo sepa, eliminar una de las novelas de la Come- 
die Hwnaine, uno de los Episodios Nacionales, de Gal- 
dós, uno de los títulos de les Rougon-Macquart, de 
Zola, porque le parezca que su calidad estética o his- 
tórica es inferior a la de otros del mismo ciclo. Basta 
que el autor los haya incorporado para respetar la 
intención. Sin embargo, esto es lo que no admite Zum 



XIV 



PROLOGO 



Felde. Es evidente que el crítico rio comparte la visión 
histórica del novelista y esto determina su repugnancia 
a incluir Lanza y Sable en un ciclo al que obviamente 
pertenece. Como es la más comprometida políticamente 
de las cuatro novelas, esto asimismo podría explicar 
la actitud de Zum Felde, que escribe desde otra pers- 
pectiva política. Su resistencia a Lanza y Sable lo 
lleva incluso a la injusticia de cieer que es la inferior, 
cuando no sería difícil sostener que es tal vez la mejor, 
del punto de vista de la madurez y complejidad na- 
rrativa, de la creación de personajes (nunca Acevedo 
Díaz creó a nadie como Frutos Rivera), de la obser- 
vación profunda de una realidad mutable. También 
Alberto Lasplaces acompaña a Zum Felde en su de- 
preciación de Lanza y Sable en un aitículo de 1930, 
que luego recogió en Nuevas opiniones literarias (Mon- 
tevideo, 1939). 

Es significativo que sean dos críticos que por aque- 
lla época colaboraban en periódicos del Partido Co- 
lorado, los que revelan tal resistencia a una novela 
que no oculta su simpatía por el Jefe del Partido 
Blanco, Manuel Oribe, y detalla vigorosamente las 
ambigüedades de carácter de uno de los Jefes del 
Partido Colorado, el discutidísimo Rivera Sin em- 
bargo, no creo que se trate exclusivamente de una 
cuestión política. Es evidente que para la visión esté- 
tica de Zum Felde y de Lasplaces, Lanza y Sable es 
una obra híbrida, más historia que novela, más polí- 
tica que historia. De ahí que el primero razone su dis- 
crepancia, la convierta en estética y hasta en histórica, 
y niegue curiosamente a Lanza y Sable el lugar que 
Acevedo Díaz le había destinado en el ciclo histórico 
Su demasía y su error pueden sin embargo resultar 
fecundos. Porque hay algo cierto en las objeciones de 



XV 



PROLOGO 



Zum Fekle Las cuatro novelas histórica^ de Acevedo 
Díaz no forman sino superficialmente una tetralogía- 
Son en realidad un tríptico. El motivo de esta distin- 
ción es, empero, muy distinto del aducido por el co- 
nocido crítico. 

No cabe negar la entrada a Lanza y Sable en el 
ciclo. Exclusiones de este tipo están fuera de la juris- 
dicción de la crítica y son resabios de anticuadas re- 
tóricas. Pero aún contando Lanza y Sable, los cuatro 
títulos se organizan (estética e históricamente) en sólo 
tres grupos que asumen naturalmente la forma de un 
tríptico: Ismael, que muestra el estallido independien- 
tista y concluye con la batalla de Las Piedras, sería 
el primer volante; Nativa y Grito de Gloria, que 
ocurren en el mismo período histórico, la Cisplatina, y 
están unidas inextricablemente por la peripecia del 
mismo protagonista, Luis María Berón, forman el 
centro doble del tríptico; Lanza y Sable, que mues- 
tra el comienzo de la escisión de los dos partidos tra- 
dicionales y los orígenes de una guerra civil que en- 
sangrentaría el Uruguay a lo largo de todo el siglo 
XIX, es el último volante del tríptico. 

La cronología también lo demuestra. Aunque mu- 
chos críticos han señalado que no hay hiato histórico 
o anecdótico entre Nativa y Grito de Gloria, y eí 
lo hav entre Ismael y Nativa (un lapso de más' «fe- 
diez años ) , o entre Grito de Gloria y~ Lanza y 
Sable I otro lapso de casi diez años), no se han sacado 
las consecuencias estéticas más obvias de esta obser- 
vación. El propio Zum Felde estuvo muy cerca de dar 
con la solución definitiva al escribir en su estudio de 
1921: "Nativa y Grito de Gloria son la una conti- 
nuación de la otra, pudiendo considerarse como dos 
partes de la misma. El mismo drama íntimo de NATIVA 



XVI 



PROLOGO 



se prosigue v desenlaza en Grito de Gloria." Pero 
dos cosas impidieron ya entonces a Zum Felde acertar 
con la verdadera naturaleza estética del ciclo his- 
tórico: su lechazo de Lanza Y Sable, su creencia 
( injustificada ) en la "insignificancia histórica de 
Nativa" 1 . Porque el crítico no sólo negó lo que con- 
tenía de realmente creador el último volante del tríp- 
tico; tampoco advirtió hasta qué punto era profunda 
y original la visión histórica de Acevedo Díaz que 
prefirió novelar la gesta de Olivera en Nativa a re- 
petir algunos episodios más obvios, de la historia eman- 
cipadora. Pero sobre esto habrá que volver más 
adelante. 

También Alberto Lasplaces en «¡u estudio de 1930 
verifica la vinculación estrecha entre Nativa y Grito 
de Gloria, y afirma que la una es "cronológicamente" 
la continuación de la otra. Pero no extrae ninguna 
consecuencia de esta observación. Parece indudable, 
sin embargo, que al construir sus cuatro novelas de 
acuerdo ton un plan que, histórica y anecdóticamente, 
vincula a las dos centrales y aisla a las dos extremas, 
Acevedo Díaz está creando no sólo una tetralogía 1 ca- 
lificación que sólo tiene en cuenta los aspectos exter- 
nos de la estructura narrativa I sino un tríptico. Lo 
curioso es que ya en 1921 Zum Felde había dado con 
la expresión exacta, pero la aplicó mal al referirse 
sólo a un tríptico mutilado: el de las tres primeras 
novelas. El ciclo proyectado y creado por Acevedo 
Díaz es verdaderamente un tríptico, pero de otra ar- 
quitectura. 

Una observación complementaria: al anunciar Lan- 
za y Sable, Acevedo Díaz la presentó un par de veces 
bajo el título de Frutos, nombre con el que se conocía 
popularmente al general Rivera, Así, al editar Mines 

XVII 

2 



(1907) advierte como de próxima aparición: Frutos. 
Novela histórica, y es aún más explícito al publicar la 
traducción italiana de la misma novela (1910) ; allí 
habla de Frutos como de un "romanzo storico, conti- 
nuazione di Grito de Gloria". Estos datos (que 
aporta Ibánez en su documentado prólogo) permiten 
verificar a mayor abundamiento no sólo la unidad de 
concepción de las cuatro novelas del ciclo, sino algo 
más importante, sobre lo que no se ha hecho hincapié 
que yo sepa. En la concepción de Acevedo Díaz el 
ciclo se abriría con una novela cuyo protagonista 
I Ismael) es un ser de ficción, que simboliza la pri- 
mitiva nacionalidad oriental en armas contra el poder 
colonial de España, y concluiría con otra novela cuyo 
protagonista (Frutos, o sea Fructuoso Rivera) es un 
ser completamente histórico, que simboliza la escisión 
que habrá de producirse en el seno de esa misma re- 
cién conquistada nacionalidad oriental independiente. 
De la novela histórica (Ismael) a la historia novelada 
(Frutos, es decir: Lanza y Sable) : tal era el camino 
que habría de recorrer Acevedo Díaz en su ciclo. Es 
cierto que luego cambió el título de la última novela, 
aunque en 1910 todavía la anunciaba con el nombre 
del caudillo histórico. Soslayó así la simetría y el 
contraste exterior entre Ismael y Frutos, pero no obvio > 
para nada el contraste íntimo entre ambos libros. En 
la concepción estructural, como en la realización no- 
velesca, la primera y la última parte del ciclo se opo- 
nen con una profunda antítesis que ilustra su dialéc- 
tica interior. Son los dos volantes extremos del tríp- 
tico. En el centro, quedan dos novelas (Nativa, Grito 
de Gloria) que, en realidad, forman una. 



XVIII 



PROLOGO 



III 

La visión histórica 

El debate sobre la novela histórica ha estado con- 
taminado, desde el comienzo, por una serie ya ilustre 
de malentendidos. A pesar de haber leído las novelas 
de WalLer Scott, Goethe creyó que en la novela his- 
tórica la creación y el documento se estorbaban hasta 
hacerse la vida imposible; a pesar de haber escrito 
una de las más famosas y perfectas novelas históricas, 
/ Promessi Sposi, Manzoni se dejó influir por los jui- 
cios de Goethe y cantó la palinodia en un artículo que 
declaraba imposibles a las novelas históncas. Mucho 
más tarde, a pesar de haber desentrañado con finura 
y erudición el error estético de Manzoni, Amado 
Alonso pudo escribir todo un estudio I Ensayo sobra 
la novela histórica, Buenos Aires, 1942) en que hay 
increíbles lagunas: no menciona a Eduardo Acevedo 
Díaz pero tampoco menciona La Guerra y La Paz, de 
Tolstoi, tal vez la obra maestra del género. Sin em- 
bargo, la novela histórica existe; es un género de tra- 
yectoria perfectamente documentable, y aún antes de 
Scott; se sigue esciibiendo hasta nuestros días y (para 
decirlo con una fórmula célebre 1 goza de buena salud. 
Uno de 9us críticos más penetrantes, el húngaro Georg 
Lukácz, ya en 1937 había escrito en alemán un estudio 
que pone las cosas en su sitio sin perder tiempo en 
consideraciones académicas sobre la existencia o in- 
existencia del género. Pero su obra, La novela his- 
tórica, sólo fue publicada en una versión al ruso en 
la época que Lukácz estaba exilado en la Unión So- 
viética (1937), y sólo ha empezado a circular en len- 



XIX 



PROLOGO 



guas occidentales a partir de su publicación en ale- 
mán Í1955) y de sus ediciones en inglés (Londres, 
1962, Nueva York, 1963). Esta circunstancia biblio- 
gráfica explica que no haya podido ser utilizada por 
Amado Alonso. 

En realidad, son los críticos los que han confundido 
las cosas. Porque los novelistas históricos < con la ex- 
cepción tal vez del introspectivo Manzoni) se han limi- 
tado por lo general a demostrar el movimiento an- 
dando. A Scott seguramente le habría resultado in- 
comprensible todo el debate sobre la novela histórica. 
En el caso de Acevedo Díaz, es evidente que jamás se 
le importó si el género era o no híbrido. Es más: ja- 
más dudó de la viabilidad de la novela histórica. Para 
él. el género no solamente era posible sino necesario. 
Son numerosas sus declaraciones en este sentido. Nun- 
ca lo consideró un género de transición, destinado a 
desaparecer cuando pasara una moda. Por el contra- 
rio, le parece que "es y debe ser uno de los géneros 
llamados a primar en el campo de la literatura, ahora 
y en lo venidero", como escribe en sus cartas sobre La 
novela histórica, ya citadas. Allí afirma también que 
<k el novelista consigue, con mayor facilidad que el his- 
toriador, resucitar una época, dar seducción a un re- 
lato. La historia recoge prolijamente el dato, analiza 
fríamente los acontecimientos, hunde el escalpelo en 
un cadáver, y busca el secreto de la vida que fue. La 
novela asimila el trabajo paciente del historiador, y 
con un soplo de inspiración reanima el pasado, a la 
manera como un Dios, con un soplo de su aliento, hizo 
al hombre de un puñado de polvo del Paraíso y un 
poco de agua del arroyuelo." 

Aquí coincide curiosamente Acevedo Díaz con na- 
rradores, tan distantes estética y cronológicamente de 



XX 



PROLOGO 



él como los existencialistas franceses de este siglo, que 
ven en la novela una forma \ iva y profunda de explo- 
ración de la realidad, de descripción fenomenológica 
de la realidad concreta y dinámica Así, Simone de 
Beauvoir pudú decir en uno de sus ensayos (reprodu- 
cido en "Sui". Buenos Aires, N<? 147/4¿ 1947): "No 
es una casualidad que el pensamiento existencialista 
intente expresarse hov. ya pur tratados teóricos, ya 
por ficciones. Porque es un esfuerzo por conciliar lo 
objetivo con lo subjetivo, lo absoluto con lo relativo, 
lo intemporal con lo histórico; pretende captar el sen- 
tido en el corazón de la existencia: y si la descripción 
de la esencia corresponde a la filosofía propiamente 
dicha, sólo la novela permitirá evocar, en su verdad 
completa, singular \ temporal, el surgimiento original 
de la existencia/ 1 No otra cusa quiere Acevedo Díaz 
en su intento de resurrección histórica. 

Pero lo que busca Acevedo Díaz es algo más. Por 
eso continúa diciendo en la misma carta: "Sociedades 
nuevas como las nuestras necesitan empezar por co- 
nocerse a sí mismas en su carácter o idiosincracia, en 
sus propensiones nacionales, en sus impulsos e instin- 
tos nativos, en sus ideas y pasiones." De ahí que la 
novela histórica, tal como la concibe, deba cumplir 
una doble función complementaria: resucitar más ca- 
balmente el pasado de lo que es capaz la historia; des- 
entrañar el carácter de la nacionalidad oriental. La 
primera función aparece ilustrada también en unas 
palabras muy conocidas del prólogo a Lanza y 
Sable, verdadero programa a posteriori. Allí afirma: 
"A nuestro juicio, se entiende mejor la 'historia' en 
la novela, que no la 'novela' de la historia. Por lo 
menos abre más campo a la observación atenta, a la 
investigación psicológica, al libre examen de los hom- 



XXI 



PROLOGO 



brés descollantes y a la filosofía de los hechos." Por- 
que Acevedo Díaz (que tenía en su familia notables 
ejemplos de historiadores y cronistas) sabía perfec- 
tamente que el dato histórico, por sí solo, poco dice, 
que es susceptible de ser tergiversado, que muchas 
veces refleja sólo una parte (no siempre la más vt« 
liosa) de la realidad histórica. A pesar de que no 
ahorró esfuerzos en sus reconstrucciones históricas y 
que persiguió infatigable hasta el menor documento 
(su correspondencia privada lo demuestra), no tenía 
la superstición del dato. Por otra parte, no es un fer- 
vor pasatista, una nostalgia irredimible del pasadlo, 
una necesidad de evasión, lo que lleva a Acevedo Díaz- 
a evocar la historia de nuestra nacionalidad en su 
ciclo novelesco. Está demasiado bien plantado en la 
realidad contemporánea, se ha comprometido siempre 
demasiado hondamente con la acción política, para 
practicar esos juegos románticos con el tiempo. Co- 
mo Scott (en la interpretación renovadora de Lukáca 
que demuestra lo poco romántico de la visión del no- 
velista escocés). Acevedo Díaz busca desentrañar en 
el pasado los signos profundos del presente y aún del 
porvenir. Su \ r isión histórica es pasión viva. 

Por eso mismo, la preocupación histórica se dobla 
en Acevedo Díaz de una preocupación sociológica. Co- 
mo dice en las cartas a su crítico y amigo, las socie- 
dades nuevas deben volver su mirada a los orígenes, 
tk a sus fuentes primitivas y a los documentos del tiem- 
po pasado, en que aparece escrita con sus hechos, dea- 
de la vida del embrión hasta el último fenómeno de 
la vida evolutiva. Posesionados del medio y de los 
factores que en él actúan, impuestos de la marcha qae 
ha seguido la sociabilidad, de las causas determinan- 
te» de su desarrollo y del proceso de los mismos males 



XXII 



PROLOGO 



que la afligen, es que podemos y debemos trazar pá- 
ginas literarias que sean el fiel reflejo de nuestros 
ideales, errores, hábitos, procupaciones, resabios y 
virtudes." 

Como bien señala Bella Jozef en una tesis que ha 
sido publicada en mimeógrafo [Presenca de Acevedo 
Díaz no Romance Histórico Uruguaio, Río de Janeiro. 
1957) : "Contrariamente aos románticos, seu olhar pa- 
ra o passado nao é nostálgico'*. Acevedo Díaz busca 
siempre en el pasado las claves del presente y del por- 
venir. Por eso. Francisco Espinóla ha podido destacar 
con toda justicia su valor extraliterario de fundador 
de la conciencia nacional. En Ismael hay una página 
en que Acevedo Díaz expone su concepto de la his- 
toria, concepto que está en la ba^e de su obra de no- 
velista histórico: "En rigor, paréceme necesaria en la 
historia una luz superior a nuestra lógica, como me> 
dio eficiente de mantener el equilibrio del espíritu, y el 
criterio de certidumbre con aplomo en la recta. La 
verdad completa, ya que no absoluta, no la ofrece el 
documento solo, ni la sola tradición, ni el testimonio 
más o menos honorable: la proporcionan las tres cosas 
reunidas en un haz, por el vínculo que crea el talento 
de ser justo, despojado de toda preocupación y que 
pof lo mismo, participa de una doble vista, una para 
el pasado y otra para el porvenir." De esta convec- 
ción profunda se nutre, desde el comienzo del ciclo, 
su visión histórica. 

IV 

La experiencia vital 

Ya Espinóla ha señalado con acierto que Acevedo 
Díaz tuvo la experiencia directa de la realidad de nues- 



XXIII 



PROLOG O 



tro país, tal como eia en el origen de la nacionalidad 
oriental. ' ( A los 19 años ( observa Espinóla I actuó 
como soldado de una revolución que fue de las últi- 
mas guerras típicamente gauchas. Le entró directa- 
mente por¡ los ojos la representación de los combates 
de la Patria Vieja, que trasladó después a su? novelas 
con nobleza artística msuperada en lengua española 
en el siglo pasado y en lo que va de éste, pero que no 
poseerían semejante fidelidad, importantísima para las 
generaciones orientales del futuro, de no mediar aque- 
lla circunstancia. Se enfrenta asimismo, con los pos- 
treros soldados de la antigua manera de los criollos, 
Timoteo Aparicio. Anacleto Medina, y con el gaucho 
en su todavía no contaminada esennalidad. Entre la 
trabazón de las lanzas su caballo holló palmo a palmo 
la tierra nativa, y fue Acevedo Díaz el único verda- 
dero artista a quien le fue dado contemplar nuestro 
campo tal cual lo cruzaron las turbas emancipadoras: 
sin alambrados, sin palos telefónicos, sin puentes, sin 
vías de ferrocarril, resultando la su va la postrer mi- 
rada capaz de retener algo, sobre un mundo que to- 
caba a su fin." En e?to, como en otras cosas, Acevedo 
Díaz se parece a José Hernández. 

Pero no sólo vio ese mundo: también lo registró 
con el oído y con el olfato. Como observa inmediata- 
mente el mismo Espinóla: "Nuestro medio entero — 
con su paisaje, su fauna, su flora, *u acervo humano — 
para el cual iba a sonar muy pronto la ineludible hora 
de la transformación, se le agolpó en el alma romo en 
el grande y seguro refugio que resultó. Y quien lea 
con atención su obra literaria y aprecie el empleo 
de lo sensorial en muchas de sus páginas, advertirá 
que ese mundo le entró por la vista, por el oído v hasta 
por el olfato." El propio Acevedo Díaz había destacado 



XXIV 



PROLOGO 



ya esta cualidad testimonial de su arte en una carta 
a su amigo Alberto Palomeque que cita Ibáñez en su 
prólogo. Es de agosto 20, 1889, y allí afirma que 
conoció "los hábito?, los usos, las tendencias } la 
idiosincraeia de nuestros compatriotas en el seno mis- 
mo de su masa cruda, acida, áspera y fuerte como 
zumo de limón." 

También pudo descubrir por observación directa 
(como apunta en otio texto invocado por Ibáñez. el 
artÍLulo sobre Beba, de Reyles, publicado en "El Na- 
cional". Montevideo, enero 1°. 101)21 a los últimos 
gauchos refugiados en la Sierra de Tambores. Los 
pudo ver en su medio natural, en una tieria en que 
aún podía marcharse "sin tropezar con alambrados ni 
con ferrovías. ni con postes de telégrafo, ni con gran- 
des establos de refinamiento, ni con zonas agrope- 
cuarias", según escribe también allí. La evocación de 
Acevedo Díaz contrasta deliberadamente con la del 
mundo que pinta Reyles, cabañero v hombie de otra 
generación y distinta experiencia vital. Los gauchos 
que en aquel entonces poblaban esa tierra en que "las 
hierbas nacían altas a todos los rumbos 1 ', en que "el 
toro y el potro nadaban en la gramilla v el trébol", 
en que los incendios í pavorosos como el que luego 
evocará en Soledad) se apagaban arrastrando una 
yegua, abierta en canal y que inundaba con su sangre 
la tierra seca; los gauchos que todavía habitaban esa 
tierra primera en momentos en que se posa sobre ellos 
la mirada de Acevedo Díaz, eran los mismos de la 
gesta emancipadora y de los comienzos de la guerra 
civil. Como el ruiseñor de Keats. e^tos hombres que 
habían hecho la historia pero que esencialmente \Ívían 
al margen de ella, seguían siendo los mismos. La mi- 
rada de Acevedo Díaz los i escata del tiempo. 



XXV 



PROLOGO 



Esta experiencia vital explica (como han insistido 
Espinóla e Ibáñez) la naturaleza viva y apasionada 
de su testimonio. Pero no lo agota. Porque en la mi- 
rada de Acevedo Díaz hay otros elementos que si bien 
no han sido suficientemente subrayados tienen seme- 
jante, o aún mayor, importancia. Aunque gran co- 
nocedor de nuestro campo, aunque amante de esta 
tierra y sus costumbres, Acevedo Díaz no es un gaucho. 
Es un intelectual, un "dotor". Es un hombre de ciudad 
que aporta al campo, a esa naturaleza aún libre y a su 
primitivo habitante, una mirada orientada y formada 
por libros y teorías. Ha leído a los sociólogos del po- 
sitivismo, cree en el progreso, se nutre de una filo- 
sofía evolucionista. Por eso, este joven que a los 19 
años deserta las aulas y se compromete en la acción 
política (participa en 1870 en la Revolución de las 
Lanzas, y en 1875 en la Revolución Tricolor) es y 
sigue siendo un intelectual, un futuro doctor. Esta 
circunstancia —aunque menos destacada por la crí- 
tica — es de capital significación. El análisis de un 
pasaje de Ismael permitirá advertir sus alcance». 

El capítulo en que Acevedo Díaz presenta por pri- 
mera vez al protagonista (el VIII} está elaborado de 
acuerdo con un doble enfoque: narrativo (Ismael huye 
y se interna en el monte) e histórico-sociológico (un 
gaucho huye y se interna en un monte). Una primera 
señal del enfoque ambivalente se nota cuando al des» 
cnbir al protagonista dice Acevedo Díaz: "Había en 
su frente ancha, horizonte para los piofundos anhelos 
y sombríos ideales de la libertad salvaje*'. El gauchito 
concreto que es Ismael Velarde y sin el cual no fun- 
cionaría la visión novelesca empieza ya a trasmutarse 
en símbolo; el narrador toma distancia de su perso- 
naje y cede la pluma al sociólogo. Casi a continuación 



XXVI 



PROLOGO 



— suspendiendo la descripción minuciosa de su atavío 
e inmovilizando peligrosamente la acción — interpola 
Acevedo Díaz este párrafo: "Este joven gaucho dife- 
ría mucho, en sus hábitos y gustos, como todos los de 
su época, de los que al presente tienen escuelas prima- 
rias para educar a su prole y ven pasar ante sus mo- 
radas solitarias la veloz locomotora con su imponente 
tren cargado de riquezas, v los hilos eléctricos por 
donde se desliza el pensamiento con la celeridad de 
la luz. Llevaba en su persona los signos inequívocos 
de una sociabilidad embrionaria, de una raza que vive 
adherida a la costumbre, bajo la regla estrecha del 
hábito, aun cuando por entonces las aspiraciones al 
cambio — preludios vagos de progreso — , empezaban 
a nacer con desarrollo lento, del mismo modo que, 

— como decía Fray Benito — , brotan en crecimiento 
laborioso en un terreno de breñas y zarzales los gra- 
nos fecundos que el viento eleva, agita > arrastra en 
sus remolinos tempestuosos para dejarlos caer allí 
donde acaba la energía de sus corrientes" 

Este párrafo es ejemplar, en más de un sentido. 
Hasta el estilo aparece subrayando fuertemente el cam- 
bio de enfoque, el abandono de la visión novelesca 
por la reflexión periodística (la primera frase que 
contrasta al gaucho de antes y el de ahora) y por la 
conclusión sociológica. Los hijos del gaucho son aho- 
ra prole, sus ranchos moradas solitarias, en la mejor 
tradición del clisé editoriahsta ; la sociabilidad em- 
brionaria, la raza, el hábito, pagan tributo a las teo- 
rías de moda entonces. Con este doble estilo crece la 
distancia afectiva entre el narrador y su creatura. De 
inmediato retoma Acevedo Díaz la descripción de la 
vestimenta de Ismael. Suspende, sin embargo, la na- 
rración, como si especulara con la impaciencia del lee- 



XXVII 



PRO LOG O 

tur por saber quién es realmente e^te gaucho y qué le 
pasa. Un comentario muy característico de esta do- 
ble visión se desliza en lo descriptivo: "Severa ima- 
gen de la época, vástago fiero de la familia hispano- 
colonial. arquetipo sencillo y agreste de la primera 
generación, aquel mozo huraño, aiisco, altivo en mi 
alazán poderoso, con su ropaje primitivo v su flotante 
melena, simbolizaba bien el espíritu rebelde al prin- 
cipio de autoridad y la fuerza de los Instintos ocultos 
que en una hora histórica, como un exceso potente de 
energía, llegan a íomper con toda obediencia v hacen 
irrupción, en la medida misma en que han sido com- 
primidos y sofocados por la tiranía del hábito". Otra 
vez se produce el distanciara íento, la abstracción, el 
vocabulario deliberadamente técnico: vástago de la fa- 
milia colonia}, arquetipo de la prime} a generación, 
pnncipio de autoiidad e instinlos ocultos, hora hi siá- 
lica, tiranía del hábito. El gran orador político y el 
gran editor i alista, que ocuparon tantas horas de la 
creación literaria de Acevedo Díaz, usurpan aquí las 
funciones del novelista La visión histónco-sociológica 
impone su sello. 

El procedimiento se repite en otros momentos de la 
novela, como he demostrado en un libro (Eduardo 
Acevedo Díaz Dos versiones de un tema. Montevideo, 
1957 l . Acevedo Díaz no quiere dejar de subrayar el 
caractei ejemplar de la historia que cuenta y del per- 
sonaje que la vi\e Su Ismael Velarde es creatura su va, 
lo muestra muy de cerca, presenta interiormente sus 
acciones y sus escasas palabras, ilumina sus sentimien- 
tos y los pasos de su anécdota particular. Pero Ismael 
es (para Acevedo DíazJ también un gaucho, es tam- 
bién un ejemplar de esa raza bravia que, oscuramente, 
ayudó ¿i la bbei ación de la patria, a la cieación de 



XXVIII 



PROLOGO 



Id nacionalidad. Ismael es simultáneamente una crea- 
tura particular y un símbolo. Por eso. el narrador 
dobla constantemente la acción novelesca concreta 
con comentarios que subrayan la cualidad arquetípica 
del personaje. Así, por ejemplo, aún en los capítulos 
de mayor intensidad novelesca icomo el XIX, en que 
Ismael posee a Felisa L asoma aquí \ allá la visión 
psicológica, el distanciamiento del observador cientí- 
fico Aunque rehuye todo regodeo sensual. Acevedo 
Díaz logra presentar la escena como el apareamiento 
de dos animales, hermosos y simbólicos. El novelista 
no puede I quizá no quiere) íefrenar del lodo al so- 
ciólogo positivista que lleva dentro v apunta entonces: 
"El gaucho vigoiosrj que domaba potros, era en aquel 
instante lo que el clima y la soledad lo habían hecho- 
un instinto en carnadura ardiente, una naturaleza lle- 
na de sensualismo^ 11 resistibles y arranque grosero" 
Ejemplos similares de otras novelas del ciclo his- 
tórico l\ aún de Soledad i podiían invocarse. Poi 
eso mismo, sin ánimo de negar la importancia del 
testimonio de Ace\edo Díaz, su raigambre vital, me 
parece también necesario establecer esta distinción 
complementaba: Acevedo Díaz vio. o\o v olió. sí. poi 
última vez el campo criollo de nuestias gestas de in- 
dependencia: contempló (tal vez el último) al gaurho 
creado por aquel medio y por aquellas circunstancias 
de hierro; estuvo junto a lo^ postreros sobrevrv ientes 
en hazañas que de alguna manera eian el epílogo in- 
creíble de las primeras. Pero su vi&ión fue la de un 
testigo, conveitido en actor apasionado por la fuerza 
de su vocación política y por la fatalidad de la histo- 
ria, pero un actor que jamás declina su cualidad de 
testigo. De ahí que su visión de los personajes gau- 
chescos (ya sea Ismael o Pablo Luna, los indios in- 



XXIX 



PROLOGO 



dómitos, las hembras bravias) tenga todos los rasgos 
de una visión ambigua: visión de observador, fasci- 
nado por la brutalidad, el coraje, el desgarro sexual, 
pero también la nobleza de estas creaturas. y visión 
de historiador-sociólogo que las clasifica, las define, 
las inmoviliza dentro de un sistema de referencias ya 
superado. Muy distinta es, por eso mismo, su visión 
de las clases dirigentes. Aquí el observador se con- 
vierte en cómplice. Por eso mismo, el protagonista de 
Nativa y de Grito de Gloria, ese Luis María Berón 
que es un señorito montevideano que se lanza a la 
aventura libertadora, convive con las tropas de Oli- 
vera, se une a los matreros en el monte, y tiene una 
apasionada relación sexual con una soldadera, cons- 
tituye en más de un sentido (aunque no tal vez en la 
letra de la anécdota) un alter ego de Acevedo Díaz, 
como se verá más adelante. 

V 

La creación narrativa 

La devoción de Acevedo Díaz por el pasado nacio- 
nal, la necesidad de desentrañar en la historia las cla- 
ves del presente, la urgencia de contiibuir a la crea» 
ción del sentimiento de la nacionalidad, son otros 
tantos estímulos que acicatean su creación narrativa. 
Pero no la determinan exclusivamente. Sería estéril 
reducif sólo a estos aspectos el estudio de su obra li- 
teraria. Detrás, o debajo, hay sobre todo un novelista. 
Un novelista que es capaz de recrear el pasado y en- 
contrar en los testimonios y documentos (infatigable- 
mente compulsados en archivos y bibliotecas, en la 



XXX 



PROLOGO 



memoria de los sobrevivientes, en la rica tradición 
familiar) esa cifra mágica que los hace revivir y en- 
tregar su secreto. Hay un novelista que hunde la mi- 
rada en la realidad contemporánea y descubre los la- 
zos misteriosos que la ligan con lo que fue y con lo 
que será. Un novelista que sueña seres y cosas, que 
crea. Este novelista ha sido alimentado no sólo por 
la historia y la sociología. También ha leído a sus 
maestros. Como suele ocurrir con todo escritor au- 
téntico. Acevedo Díaz se ha nutrido también de mu- 
cha literatura. Ha buscado en sus predecesores la 
enseñanza tan necesaria. Ha leído mucho, ha apren- 
dido mucho. 

Es habitual encarar el estudio de su obra literaria 
con la discusión sobre si es romántico o realista o 
naturalista, o las tres cosas a la vez, o ninguna de 
ellas. El planteo me parece académico. Como todo 
creador verdadero de esta América. Acevedo Díaz no 
pertenece por completo a ninguna de las escuelas eu- 
ropeas ya mencionadas, porque para él, para su ex- 
periencia literaria de lector, las tres escuelas se dan 
simultáneamente. En la segunda mitad del siglo puede 
leer a Walter Scott y a Alexandre Dumas, pero tam- 
bién puede leer a Balzac y a Galdós, a Flaubert y a 
Zola. Pretender definirlo sólo de acueido a cánones 
que ilustran externamente la evolución de algunas li- 
tei aturas europeas del siglo XIX, me parece tarea 
estéril. Porque Acevedo Díaz toma de sus maestros 
ciertas cosas, rechaza naturalmente otras, las combina 
y recrea, sin jamás embanderarse del todo, y lo hace 
siempre a partir de esa visión entrañable de lo na- 
cional y de esa experiencia vital única de último tes- 
tigo lúcido de una realidad cambiante. 



XXXI 



PROLOGO 



La unidad central de su obra I al margen de toda 
difusión sobre si constituye tetralogía o una trilogía 
o un tríptico l la da precisamente esa cisión .novelesca 
de la nacionalidad uruguaya, visión que tiene muchos 
puntos de contacto con la de Tolstoy en La Guerra y 
la Paz, aunque no esté demostrado que Acevedo Díaz 
haya leído esta novela. Pudo haber leído simplemente 
a Galdós, en quien también se encuentra (aunque 
más fragmentada I la misma visión A. partir de esa 
visión nacional. Acevedo Díaz organiza toda la mate- 
ria de sus novelas históricas. Por eso elige <iertos epi- 
sodios i la batalla de Las Piedras, la cruzada de Oli- 
vera, el desembarco en la Agraciada, Sarandí. la toma 
de Pavsandú I y con la misma libertad desdeña otros, 
no menos importantes del punto de vista histórico. 
Erran así quienes (^como Zum Felde en su estudio de 
1921 ) le reprochan haberse salteado todo el período 
artiguista, ''toda la epopeya, en suma, del Proto-cau- 
dillo americano 1 ', y que califican por eso su omisión 
de "inexplicable salto histórico". Si el plan de Ace- 
vedo Díaz hubiera sido duplicar en sus novelas la 
historia patria, entonces cabría hablar de omisión. 
Pero en él prima la visión novelesca de la nacionali- 
dad sobre el sometimiento servil a la crónica. Para 
dar el clima de la Patria Vieja, de Artigas y su epo- 
peva, basta y sobra con Ismael, que muestra sufi- 
cientemente al caudillo, y no pretende descifrar del 
todo su aura misteriosa. Allí está lo que importa. En 
cambio, una época mucho más compleja y descono- 
cida, pero no menos valiosa por sus potencias fermén- 
tales, esa Cisplatina de la que se apartaban con con- 
ciencia culpable algunos cronistas tradicionales, es 
examinada por Acevedo Díaz con todo espacio. Le 
concede dos novelas que son en realidad una y que 



XXXII 



PROLOGO 



detallan un doble proceso, capital para la compren- 
sión de nuestra nacionalidad: por un lado la degra- 
dación de un ideal, el entreguismo y la servilidad de 
una clase, y por el otro la aparición de una fuerza 
redentora en la que sin embargo, la mirada lúcida de 
Acevedo Díaz ya descubre las semillas de la discor- 
dia nacional. Nunca se podrá elogiar bastante la oii- 
ginalidad de este plan. Con Lanza y Sable, la ter- 
cera etapa de la fundación nacional queda magistral- 
mente resumida: liberada del vugo extranjero, la na- 
ción uiuguaya cae víctima de sus querellas internas, 
la escisión del pueblo oriental en doN bandos aparece 
fuertemente dramatizada, y <?e logra así una novela 
que es historia y (por la resonancia que tienen sus 
acontecimientos en el presente de Acevedo Díaz y de 
sus críticos I también es alta obra política. Lo que 
pudo parecer "inexplicable salto histórico 1 ' es la sabi- 
duría de un creador que está por encima de la crónica 
y vé más lejos, más hondo, más visionariamente, que 
ésta. 

En su visión se parece mucho más a Tolstoy que a 
Galdós. incluso por lo que tiene de polémico su en- 
foque nacional. El gran novelista español I que Ace- 
vedo Díaz sin duda había leído con detalle) fragmenta 
demasiado su ciclo de Episodios Nacionales y acaba 
por ser dominado por el fárrago. Como Tolstoy. Ace- 
vedo Díaz sólo destaca las grandes líneas y descubre 
en los acontecimientos particulares ( enormes o mi- 
núsculos) las claves de la nacionalidad. También en 
esto se parece al modelo de todos los novelistas his- 
tóricos del siglo XIX, a Walter Scott. Porque el na- 
rrador escocés supo recrear ciertos, episodios de la 
historia de Gran Bretaña sin necesidad de organizar 
un ciclo histórico completo y sin subordinar jamás 



3 



XXXIII 



la ficción a las exigencias de la clónica. Tuvo (como 
ha señalado muy bien Lukáczl la intuición de que 
bastaba un protagonista único para todas sus novelas: 
el pueblo que crea y padece la historia. En ese pueblo, 
encontró Scott, al margen de cualquier artificio téc- 
nico o de cualquier teoría socio-histórica, el lugar 
común narrativo de su visión profunda y de su arte. 
También en Acevedo Díaz, al margen de los indivi- 
duos de ficción o de historia que se destacan en el 
primer plano, hay un protagonista colectivo constante: 
el pueblo. Esto que ha sido dicho tan bien por Espi- 
nóla constituye uno de los motivos de la unidad pro- 
funda de su tríptico. 

Pero como Acevedo Díaz escribe más de cincuenta 
años después de haber muerto Scott, •su ciclo histórico 
incorpora elementos que otros no\ehstas europeos han 
ido introduciendo. Uno de sus más obvios recursos 
narrativos está tomado de Balzac y consiste en utilizar 
en las cuatro novelas un cierto repertorio de perso- 
najes que varían el grado de su importancia (Ismael 
es protagonista de la primera y figura muy secunda- 
ria de la teicera, por ejemplo). Así hay todo un 
elenco de seres de ficción, y algunos históricos, que 
reaparece en cada libro y otros que son de aparición 
menos frecuente. Incluso llega Acevedo Díaz a crear 
genealogías algo barrocas que convierten al bastardo 
del primer libro en hijo de algún personaje con el 
que parecía no tener ninguna vinculación. El recurso 
parece más de folletín que de Balzac pero muestra el 
cuidado de Acevedo Díaz por prestar una continuidad 
novelesca a su ciclo histórico. Este procedimiento crea 
otro elemento de unidad, aunque más externo. Tam- 
bién explica por qué debe considerarse a Nativa Y 
Grito de Gloria como las dos partes de una misma 



XXXIV 



PROLOGO 



novela ya que aquí la importancia relativa de Luis 
María Berón no se altera: es el protagonista de la 
primera y sigue siendo el protagonista de la segunda, 
a diferencia de lo que pasa con Ismael o con Frutos 
Rivera. 

Las relaciones de Acevedo Díaz con Balzac no ion 
únicamente técnicas. Algo J<> la visión social y hasta 
económica del gran realista fiancés se cuela hasta las 
novelas del ciclo histórico. Sobre todo en Nativa 
hay una presentación muy clara de las distintas cla- 
ses sociales que participan en la lucha revolucionaria, 
y lo que divide en dos handos a los personajes no 
es sólo su adhesión ideológica a una causa, o su al- 
tura generacional, sino su estar mciustado en una 
u otra de las clases que la revolución libertadora ha 
puesto en movimiento. Los intcieses de los personajes 
no son únicamente muíale^ o políticos. Es claro que 
Acevedo Díaz no necesitaba seguir a Balzac para en- 
contrai en otros escritoies, más cercanos a su tiempo, 
elementos aún más definitorios Dejando de lado a 
Galdós. podría citarse a Emile Zola. por el que tuvo 
particular aprecio. En un artículo que le dedica en 
"El Nacional" (Montevideo, octubre I o . 1002) y que 
Ibáñez invoca en su prólogo, llega a calificarlo de 
"el más grande hombre de letras de nuestro tiempo". 
En un texto anterior (carta al Dr. Alberto Palome- 
que, marzo 17, 1893, también citada por Ibáñez) ha- 
bía señalado su discrepancia con el romántico Maga- 
riños Cervantes y se había declarado exponente de 
"una escuela distinta por su fórmula, espíritu y ten- 
dencias". Estas afirmaciones no dejan lugar a dudas 
y contribuyen a filial a Acevedo Díaz en la corriente 
más famosa del fin del siglo europeo. 



XXXV 



PROLOGO 



Sin embargo, sus declaraciones no resuelven el pro* 
blema por completo, lía Borges ha señalado que sue- 
len ser prescindibles las opiniones de un escritor sobre 
su propia obra. Sin llegar a tanto, se puede creer que 
en muchos casos las opiniones sólo revelan la volun- 
tad consciente del escritor, no su determinación in- 
terior y. menos aún, su capacidad de creación. Hay 
muchos puntos de contacto entre la visión naturalista 
y la de Acevedo Díaz: en los personajes gauchescos 
de su ciclo histórico y en Soledad, ha intentado el 
narrador uruguayo pagar "tributo a las nuevas co- 
1 lien tes de ideas literarias" presentando "figuras de 
realidad palpitante con toda la crudeza de sus formas 
y el calor de sus instintos' 1 , como él mismo ha escrito 
en el prólogo a la segunda edición de Brenda, y en 
un contexto algo distinto. Por eso acierta Ibáñez I que 
también invoca esa cita) al señalar las vinculaciones 
entre Acevedo Díaz y el naturalismo, sin dejar de 
insistir en las diferencias principales. Hay un abismo 
entre la materia que trata el narrador francés y la 
materia del novelista uruguayo. Porque Acevedo Díaz 
describe un mundo feudal, que trabajosamente emerge 
hacia la modernidad, en tanto que Zola describe con 
precisión y minucia de sociólogo un mundo ya ca- 
pitalista. A pesar de esta diferencia, hay una común 
raíz positivista, un gusto por la realidad palpitante y 
cruda, una deliberación de realismo brutal que loa 
enlaza, aunque superficialmente. 

Felizmente, si Acevedo Díaz se creyó tributario de 
Zola, no siguió demasiado a su maestro en los labe- 
rintos de su doctrina naturalista. Como apunta muy 
bien Ibáñez, Acevedo Díaz no se empeñó en la iluso- 
ria observación científica de la escuela. Lo más pere- 
cedero del gran novelista francés fueron, obviamente, 



XXXVI 



PROLOGO 



sus doctrinas. A diferencia de Javier de Viana, que 
por un momento se dejó extraviar por ellas y abrumó 
Gaucha de seudo-naturalismo. Acevedo Díaz supo 
aprovechar mucho de Zola sin caer en innecesarias 
servidumbres. En esto, como en otras cosas, procedió 
como han procedido siempre los grandes creadores 
hispanoamericanos. Su arte narrativo se sitúa cómo- 
damente en una tradición variada que va de Walter 
Scott hasta a Emile Zola, como el poetizar de Rubén 
Darío «¡e situará entre Víctor Hugo y Mallarmé. o 
las ficciones de Borges cubrirán el campo que va desde 
Robert Louis Stevenson hasta Franz Kafka. En la mez- 
cla de influencias encuentra el verdadero creador su 
camino solitario. No otra cosa hizo Dante en su tiem- 
po, o Cervantes, o Shakespeare, o Goethe. 

Pero donde mejor s-e ve la originalidad de Acevedo 
Díaz es precisamente en la evolución narrativa que 
sufre su tríptico. En Ismael se encuentra todavía 
muy apegado a los cánones de Scott- el protagonista 
es un personaje común, no un héioe en el sentido 
clásico de la palabra, \ poi eso mi^mo resulta más 
fácil de convertir en arquetipo de la nacionalidad anó- 
nima; los personajes históricos, perfectamente indivi- 
dualizados, aparecen sólo al fondo del cuadro y par- 
ticipan muy ocasionalmente en el primer plano de 
la acción. Cuando trae a uno de ellos l por ejemplo 
Lavalleja) a una posición de íelieve. lo hace sólo por 
un instante. Tanto en Nativa como en Grito de 
Gloria, hav un cambio piofundo en la óptica, al 
elegir a Luis María Berón como protagonista, Ace- 
vedo Díaz parece no alterai las convenciones les tam- 
bién un personaje común, poco heroico en el sentido 
clásico), y sin embargo ha dado un salto, porque Luí*. 
María no puede ser considerado arquetípico. Por el 



XXXVII 



PROLOGO 



contrario, a través de él, el narrador esboza una suerte 
de autobiografía simbólica. Por otra parte, los per* 
sonajes históricos ocupan ahora más largamente el 
primer plano, sobre todo en la segunda de las dos 
novelas. En el tercer volante del tríptico, el protago- 
nista ya no es un personaje común y ni siquiera es 
un ser de ficción. Es Frutos Rivera, personaje histó- 
rico, primer Presidente de la República. Es cierto que 
Acevedo Díaz lo presenta sobre todo en su aspecto 
de Don Juan infatigable. Pero no menos cierto que 
a través de Rivera estudia el novelista oriental el pro- 
cedo de escisión de la nacionalidad. 

El tríptico ha evolucionado desde la novela histó- 
rica a la historia novelada, de la crónica a la "política 
Esta transformación corresponde por otia paite a una 
maduración interior del autor, refleja la dinámica de 
su visión y de su experiencia vital, y no depende de 
ninguna fórmula ajena, de ninguna devoción supers- 
ticiosa por los modelos. Otra vez; se impone la refe- 
rencia a La Guerra y la Paz, en que las figuras fic- 
ticias de Andrés y de Pedro acaban por parecer me- 
nos fascinantes que las de Napoleón y, sobre todo, 
Kutusov. Pero no conviene extremar la comparación. 
Si Acevedo Díaz hizo dar ese giro copernicano a su 
ciclo histórico, si partiendo de Ismael Velarde llegó 
a Frutos Rivera, es porque así era necesario para su 
poetizar. Es decir: para recrear novelescamente su 
visión histórica. 

VI 

Nativa 

Hasta cierto punto la estructura externa de Nativa 
reproduce la de Ismael, lo que revela una cierta ti- 



XXXVIII 



PROLOGO 



midez del narrador (es su tercera novela) y una cau- 
tela para no salir de ciertos carriles tradicionales. Se 
inicia con dos capítulos que ofrecen un cuadro ge- 
neral del momento histórico de la Cisplatina y que 
son prolegómeno a la acción histórica de la novela: 
1823/1825. Es un Uruguay ocupado por los brasile- 
ños, en que Montevideo aparece casi completamente 
entregado al invasor, mientras en la campaña algunas 
fuerzas aisladas intentan heroicas y por lo general 
desesperadas aventuras. Artigas es sólo el nombre de 
un fracaso, aunque hay una nueva generación que 
está dispuesta a jugarse, junto a sus lugartenientes, 
por la libertad de la patria. A partir del cuadro ca- 
pitalino, y como pasaba también en Ismael, Acevedo 
Díaz traslada la acción a la campaña, a la estancia 
Los Tres Ombúes, donde ocurrirá buena parte de la 
acción en presente de esta novela e incluso de Grito 
de Gloria. Otra vez. como en la primera obra del 
ciclo, se ofrece una pintura de la vida cotidiana al 
margen de la contienda y se presenta a las dos mu- 
jeres que habrán de polarizar la situación erótica: 
Natalia y su hermana menor, Dorila. Los capítulos 
III a VII sirven para dibujar ese cuadro idílico aún 
de la estancia y para introducir también al protago- 
nista, Luis María Berón, que se encuentra refugiado 
entre matreros pero que habrá de recibir alojamiento 
y atenciones en la estancia. 

En el capítulo VIII la acción &alta hacia atrás. Como 
en Ismael lo como en el remoto antecedente de la 
Odisea, si se quiere evocar la tradición épica), se 
inicia aquí el relato de las aventuras anteriores del 
protagonista, desde que abandona Montevideo y el 
seno de una familia de tradición española, hasta que 
llega a la estancia. Los capítulos VIII a XVII contie- 



XXXIX 



PROLOGO 



nen prácticamente toda la materia épica de la novela 
y se centran particularmente en la expedición de Oli- 
vera [que Acevedo Díaz describe brillantemente). A 
medida que el narrador muestra a los revolucionarios, 
va haciendo reflexionar a su protagonista: la epopeya 
se dobla así de materia didáctica, la novela histórica 
resulta ser también para Luis María Berón una no- 
vela de aprendizaje, como dicen los críticos alemanes. 
Al concluir el racconto, la acción vuelve al presente 
y a la estancia. 

Aquí cambia profundamente la óptica narrativa. 
Porque lo que ahora importa sobre todo es una do- 
ble situación triangular que Acevedo Díaz maneja con 
algunas torpezas. La más externa reproduce básica- 
mente el esquema de Ismael, que también utiliza 
Acevedo Díaz en Lanza y Sable y en Solí- dad, por 
lo que cabe considerarlo como marca de fábrica. Es 
la rivalidad entre Luis María Berón y un brasileño, 
el teniente Pedro de Souza íal que para colmo Luis 
María había salvado la vida) por la posesión de Na- 
talia. Como en el triángulo Ismael. Almagro, Felisa, 
o en el posterior de Abel Montes, Camilo Serrano, 
Paula (de Lanza y Sable), hay aquí una rivalidad 
política que agrava las cosa?. Pero en Nativa, Ace- 
vedo Díaz no se ha limitado a seguir este esquema, 
algo mecánico a la postre, sino que lo ha duplicado 
con otra situación triangular, mucho más visiblemente 
morbosa ya que implica la lucha de las dos hermanas 
poi el cariño de Luis María Berón. Ocurre aquí una 
misteriosa duplicación del efecto anecdótico por las 
implicaciones casi incestuosas de la rivalidad Aunque 
es obvio para el lector que Luis María prefiere a Na- 
talia, la menor quiere creer que ella es la preferida» 
o se sume en la más atroz melancolía al descubrir la 



XL 



P R O LOGO 



verdad. En el personaje de Dora, ha explorado Ace- 
vedo Díaz I sin mayor fortuna, para qué negarlo) una 
psicología torturada y enfermiza. Lamentablemente, 
todo huele más a novelón que a novela. 

Entre tanto, la acción externa alcanza a los perso- 
najes de ese mundo idílico pero corrompido. La es- 
tancia es atacada por los ocupantes, al mando del te- 
niente Souza, Berón queda herido gravemente. La si- 
tuación íntima se precipita, Dora se suicida, dejándose 
hundir en el río, como Ofelia. Natalia será alejada de 
Luis María que queda preso en la estancia hasta que 
una partida, al mando de Ismael, viene al rescate. 
Con la muerte de Dora se resuelve uno de los dos 
triángulos. Pero queda el otro y queda en suspenso el 
destino del protagonista v de su amada, como queda 
en suspenso el destino de la patria Otros personajes 
secundarios (en que sería injusto olvidar a Cuaró, de 
tan destacada actuación posterior ) completan y ani- 
man el cuadro Nativa «e corta, no concluye. Su ma- 
tena sólo encuentra su rumbo en Grito de Gloria 

Por este resumen se puede advertir, creo, que Na- 
tiva tiene una naturaleza deliberadamente híbrida y 
que su técnica es en muchos aspectos similar a la de 
Ismael, aunque carece de la noble simplicidad na- 
rrativa de ésta. También aquí la acción comienza in 
media res, para retroceder por medio de un largo 
racconto; también aquí se contrastan los diversos 
mundos del Uruguay de entonces: la capital, foco de 
intrigas; el campo como terreno de cambiantes en- 
cuentros, la estancia como mundo idílico, preservado 
(aunque por poco tiempo) de la contaminación de la 
guerra. Asimismo, aquí también la acción épica, aun- 
que más escasa, se dobla de una anécdota romántica, 
o de dos si se mira bien. Sólo que el cuadro que di- 



XLI 



PROLOGO 



buja la novela es profundamente distinto del de 
Ismael. 

En la primera obra del ciclo combatían españoles 
y criollos; en Nativa combaten brasileños y criollos, 
pero también combaten criollos entreguistas contra 
criollos libres. Un elemento de discordia civil se ha 
insinuado ya en el cuadro. También es más sombría y 
compleja la historia de amor. En Ismael la disputa 
entre el protagonista y Almagro por la posesión de 
Felisa, duplicaba simbólicamente la disputa de crio- 
llos y españoles por la posesión de la patria. La mu- 
jer era algo más que una mujer, era la fuente de la 
vida, de la nacionalidad. Aquí, en cambio, a la dis- 
cordia civil que muestra ya el cuadro histórico y al 
combate entre Luís María y Souza, se suma la dis- 
cordia (también civil) de las dos hermanas por el 
mismo hombre. Así como históricamente la situación 
es más turbia ahora, psicológicamente también Ace- 
vedo Díaz empieza a explorar relaciones de mayor 
complejidad y misterio. 

Por otra parte, la historia de Ismael. Almagro y 
Felisa ocurría en el plano de unos seres que el propio 
autor quería ver como arquetipos de un mundo pri- 
mitivo Cualquiera de los tres era un instinto, de 
acuerdo con la visión de la sociología positivista que 
asume Acevedo Díaz. Pero la doble acción erótica que 
presenta Natjva ocurre entre seres de otra clase y 
otra educación, seres de otro medio. Aquí Acevedo 
Díaz no sólo se deja llevar por su innegable tempera- 
mento romántico y por sus aficiones oratorias, sino 
que también está describiendo un mundo romántico. 
El 1825 de estas dos hermanas rivales es pleno Ro- 
manticismo. De ahí que la pasión contenida y hasta 
tergiversada de Dora adquiere cargados tintes sentí- 



XLI1 



PROLOGO 



mentales, que se use y abuse de la identificación de 
los estados de ánimo con el paisaje, y que se evoque 
no siempre discretamente la iconografía del Roman- 
ticismo o seudo-Romanticismo. Acevcdo Díaz no po- 
día negar que era contemporáneo de los pre-rafaelis- 
tas. Su Dora proviene casi tanto de Shakespeare como 
de Millais. 

La originalidad de Nativa no reside aquí. Aunque 
técnicamente estas complejidades revelan un progreso 
con respecto a la anécdota algo lineal y esquemática 
de Ismael, la felicidad no acompaña siempre al na- 
rrador de estos pasajes. Abundan las escenas de mal 
gusto, los análisis retóricos, la fabricación externa de 
sentimientos y pasiones. Por suerte, la novela tiene 
en su largo racconto méritos suficientes como para 
compensar las flaquezas del novelón tradicional. Toda 
la secuencia en que Acevedo Díaz evoca la gesta de 
Olivera es realmente de primer orden v justifica cuan- 
tos elogios ha hecho Espinóla, nada avaro en ellos. 
Aquí el narrador consigue recrear en su imagen y en 
su color, en su sonido y en sus acres olores a esa 
tropa pequeña pero heroica que lucha por la nación 
en momentos en que la mayoría de los patriotas acepta 
el yugo extranjero. Aquí Acevedo Díaz descubre (an- 
tes que los historiadores tradicionales) la entraña 
misma del sentimiento auténtico de la nacionalidad, 
su peso, su densidad, su perfil concreto. 

Ya Pivel Devoto ha señalado en su magistral estu- 
dio sobre la leyenda negra de Artigas, el papel que le 
cupo a Acevedo Díaz en la tarea de restaurar para 
las generaciones de su tiempo la verdadera imagen 
del héroe. Pero su labor no se detiene en Artigas. 
También ve y presenta magníficamente a Olivera, y 
con él a esa turba que lo acompaña, ese mundo hete- 



XLIII 



PROLOGO 



rogéneo de indios, negros y gauchos que son los ver- 
daderos fundadores anónimos de la nacionalidad. En 
estos capítulos de Nativa, como en los dedicados a 
la batalla de Sarandí, en Grito de Gloria, la visión 
de Acevedo Díaz se alza hasta la épica- Pero no una 
épica de gabinete, una épica virgiliana, con pa- 
ciente aplicación de fórmulas aprendidas en Homero, 
sino la épica viva del testigo y del artista. Porque esa 
turba que sigue al caudillo Olivera y que luego re- 
aparecerá, glorificada, en Sarandí, esa turba que re- 
gistra y contempla Luis María Berón con sus ojos 
de capitalino, es la misma turba eterna que llegó a 
ver y registrar el joven Acevedo Díaz í 19 años, estu- 
diante de Derecho I cuando abandonó las aulas en 
1870 y s? incorporó a la Revolución de las Lanza?. 

Lo que nos lleva a considerar desde otro ángulo el 
papel de Luis María Berón como alter ego de Ace- 
vedo Díaz. No lo es (tal vez! en su aspecto anecdó- 
tico v erótico, o si lo es importa poco para el análisis 
literario Lo es, en cambio, en su situación entrañable, 
de testigo y actor, de esa gesta heroica En la visión 
de Luis María Berón vuelca Acevedo Díaz su expe- 
riencia vital; en la visión de Luis María Berón in- 
serta su reflexión histórica; en la visión de Luis Ma- 
ría Berón enlaza inextricablemente el tiempo de la 
Patria Vieja con su tiempo vivo de hoy. Por el ex- 
pediente del arte. Acevedo Díaz consigue introducirse 
en el centro del cuadro que evoca, convierte su novela 
en máquina del tiempo; invierte la corriente niever- 
sible y se inteipola en el pasado. Lo que vé con los 
ojos de su imaginación lo vé y lo vive Luis María 
Berón, y el autor es, desde entonces, Luis María Be- 
rón para ver y registrar, para pensar y observar. El 
procedimiento es de una increíble audacia Es tam- 



XLIV 



biéu mu\ simple. De esa manera cumple Acevedo Día/ 
con cieces lo que se había propuesto como teórico: 
resucitar una época al tiempo que daba más seduc- 
ción a su relato. 

AI convertir a Luis María Berón en su alter ego 
resuelve Acevedo Díaz magistralmente la ambigüedad 
básica de Ismael. En aquella novela icomo ja he 
analizado largamente en mi libro) se manifiesta una 
q,^i<ic>en> ta narrativa muy escindida* por un lado, el 
< «Ji-ta, que e&tá muy cerca de sus personajes v 
FK, ocasionalmente se identifica con ellos; por otro, 
el y^'loriador-sociólogo, que los juzga desde lejos j 
los px^iica al ponerlos bajo el microscopio social. 
Ahora/\^^ ATIV ^. no pasa esto, o pasa poco. Al iden- 
tificarse e^iü^uis María Berón, el autor puede parti- 
cipar en laN^ión y al mismo tiempo I sin salir de 
ella I observarw; ser testigo } actor, enlazar armonio- 
samente los dos puntos de vista. De esta manera, tam- 
bién resuelve Acevedo Díaz otro problema que ya se 
plantea en el ciclo histórico: el de la adhesión política 
a una de las do» causas que se perfilan en el pano- 
rama nacional. Al presentar fugazmente al capitán Ma- 
nuel Oribe en el capítulo IX, ya introduce Acevedo 
Díaz una señal inequívoca de sus preferencias, que 
son (es natural) las de Luis María Berón. 

Porque el novelista no es ni quiere parecer neutral 
en la contienda que a partir de esa fecha separa a la 
nacionalidad oriental en dos partidos tradicionales. 
Por eso mismo, se vale de Luis María Berón para ir 
completando en sucesivos y bien calculados instantes 
una imagen simpática de Manuel Oribe, imagen que 
más tarde len Grito de Gloria I habrá de precisar y 
exaltar aún más. La elección de Luis María Berón es 
la elección de Acevedo Díaz. Pero al ser presentada 



XLV 



en una novela, como visión particular de un perso- 
naje, no provoca los problemas de distanciamiento 
que despertaba en Ismael la constante intromisión 
del sociólogo a lo Taine. Por utra parte, esta elección 
no impide al novelista ser capaz de crear (en todas 
las dimensiones) al jefe de la fracción opuesta. Ya 
se ha señalado que tal vez sea Riveia el personaje 
más completo de Acevedo Díaz. Como le pasa a Mil- 
lón con Satán. Acevedo Díaz llega a la cumbre de 
su arte de retratista narrativo en la pintura del ad- 
versario ideológico. Muchos motivos influyen en esta 
circunstancia, el menor de los cuales no es sin duda 
otro que la mayor fascinación real (históricamente 
documentable} de Fructuoso Rivera Pero la conside- 
ración de este problema escapa a los límites de este 
trabajo. 

Creo que ahora se puede comprender mejor por qué 
Acevedo Díaz ha elegido para el cuadro central de su 
Iríptico a un personaje como Luis María Berón, tan 
poco arquetípico en relación con Ismael, tan poco fas- 
cinanle en relación con Frutos. También se puede 
comprendei mejor por qué ha situado la acción cen- 
tral del tríptico en este período contradictorio de la 
bi c loiia nacional Lejos de ser, como escribió Zum 
Felde. históricamente innecesaria al plan del ciclo en- 
tero. Nativa es sumamente necesaria. Diría más: es 
imp rescindí ble. Porque mientras Zum Felde sólo vio 
la "insignificancia histórica" de la acción que pre- 
senta Nativa y afirmó que la insurrección de Olivera 
"no tuvo trascendencia política ninguna", Acevedo 
Díaz l que abarcaba la historia con dones de visiona- 
íio no de cronista l advirtió en cambio la trascenden- 
cia de la epopeya de Olivera, lo que ella significa 
como índice de una fuerza aún viva de la nacionali- 



XLVI 



PROLOGO 



dad oriental, y también reconoció la necesidad de que 
esa fuerza estuviese presentada a través de los ojos 
de un héroe que no fuera arquetípico. Un héroe que 
pudiera participar, como testigo y como actor, en la 
gesta patria, un héroe en el que pudiera volcar su 
experiencia vital de otras gestas revolucionarias y sus 
reflexiones sobre el destino entero de la nación. Aquí 
está la grandeza de Nativa. 

VII 

La otra mitad 

Pero es imposible continuar analizando Nativa 
como si fuera una novela autónoma. Es la mitad de 
la hoja central del tríptico y sólo adquiere plena sig- 
nificación si se la ve en relación con Grito de Glo- 
ria. Porque esta otra novela no sólo prolonga y re- 
suelve la historia personal de Luis María Berón, su 
romance con Natalia, su rivalidad con Souza, su re- 
lación apasionada con Jacinta (una de las hembras 
más cabales de Acevedo Díaz), sino que también lleva 
a su culminación el cuadro de la Cisplatina, la lucha 
contra el ocupante, el desembarco de la Agraciada, la 
victoria de Sarandí, toda la gesta de 1825 Lo que era 
cuadro constante de derrota y humillación, de lucha 
sin mayor aliento, de fúnebre y empecinada resisten- 
cia, se ha convertido ahora (y a pesar del sacrificio 
del protagonista) en anuncio de vida, de seguridad 
de patria. Así como Ismael va de una rebelión a una 
victoria, Nativa y Grito de Gloria (juntas) trazan 
el mismo camino. La hoja central del tríptico se com- 
pleta, la otra mitad perfecciona el cuadro. 



XLVII 



PROLOGO 



No es este, sin embargo, el mejor lugar para pro- 
seguir el análisis. Baste con lo que ya se ha indicarlo. 
Un estudio realmente completo obligaría a considerar 
no sólo Grito de Gloria, sino también Ismael y 
Lanza y Sable, tarea que aquí se ha esbozado sólo 
a la ligera. Porque la obra entera de Acevedo Díaz, 
a pesar de indiscutibles variaciones de calidad y de 
tensión creadora, de altibajos, de deslumbrantes acier- 
tos y penosos desfallecimientos, requiere un análisis 
completo y continuo como no se ha realizado toda- 
vía. Es una obra que se caracteriza sobre todo por 
su unidad interior, por su profunda visión entrañable, 
por su crecimiento seguro, fatal. Quienes han deta- 
llado únicamente las imperfecciones de la superficie 
se han quedado ahí, en la superficie. Interiormente, 
la obra es una y perdurable. 

Emir Rodríguez Monegal 



XLVII1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Nació en la Villa de la Unión el 20 de abril de 1851. 
Hombre de energía y destacadas dotes intelectuales, participó 
en actividades muy distintas, como novelista, periodista, polí- 
tico, diplomático > militar Interrumpió sus estudios de Abo- 
gacía, para dedicarse a la vida político-militar de la República, 
desde las filas del Partido Nacional Esto lo obligó a expa- 
triarse vanas veces, residiendo en la República Argentina 
donde se casó y nacieron sus hijos Participó en la revolución 
blanca de 1870-1872 y en la Revolución Tricolor (1875). En 
1897 volvió a tomar las armas cuando el movimiento revolucio- 
nario de Aparicio Saravia del cual fue uno de los gestores 

Desde muy joven actuó en el periodismo nacional, pu. 
blicando sus primeros ensavos históricos en la revista "El 
Club Universitario" y colaborando en les diarios de la época. 
"La República" (1872); "La Democracia*' (187:5-74) de la 
que fue director fugazmente del 9 al 13 de agosto de 1876; 
"La Razón" (1880) y sobre todo "El National", cuya direc- 
ción ocupó a partir del año 1895 hasta la fecha de su expa- 
triación definitiva en 1903, 

Es elegido senador de la República por el Departamento 
de Maldonado en el año 1899 El año antenor había sido 
nombrado miembro del Consejo de Estado. La sucesión pre- 
sidencial de 1903 provocó su separación de la vida política 
activa del paí e - Junto con vanos legisladores de su fracción, 
de&oyendo las directivas partidarias, \otó por D. José Ballle y 
Ordóñez, asegurando de este modo su elección como presi- 
dente. A consecuencia de este acto fue expulsado del partido, 
renunciando el 23 de abril de 1903 a la dirección de "El 
Nacional" y alej'ándose definitivamente del país. 

El 14 de seliembre de 1903 es nombrado Enviado Ex- 
traordinario y Ministril Plenipoteiiciano en Estado*. Unidos, 
México y Cuba. Dedicado a la carrera diplomática representará 
al país en la Argentina, Brasil, Italia y Suiza. Austria-Hungría, 
radicándose definitivamente en Buenos Aires donde murió el 
18 de junio de 1921. 

Sus obras son las siguientes Breada, Buenos Alies, 1884; 
Ideales de la poesía americana, Buenos Aires, 1881; Ismael, 
Buenos Aires, 1888; Nativa, Montevideo, 1890; Grito de glo- 
ria, La Plata, 1893. Soledad, Montevideo, 1894; Arroyo Blan- 
co, Montevideo, 1898; Carta política, Montevideo, 1903. Canal 
Zabala, Montevideo, 1903; Mines, Buenos Aires, 1907; Epocas 
militares de los países del Plata, Buenos Aires, 1911; Lanza 
y sable, Montevideo, 1914; El mito del Plata, Buenos Aire9, 
1916. 

XLIX 



4 



CRITERIO DE LA LUICION 



La novela Nativa se publica en ruarla edición siendo la 1 ? 
anteriores Montevideo. Tip. de 'La Obrera Nacional", 1890; 
Montevideo. A Barreiro y Rara»?, 1894. y Montevideo, C. 
García, 1931. 

La presente edición sigue fielmente el texto de la segunda 
de las nombradas, modificando únicamente la acentuación, de 
conformidad con las nuevas disposu íone^ «le la Academia 
Española 

J P B y B. N 



L 



NATIVA 



I 



TIEMPOS VIEJOS 

Allá |>or los años de 1821 a 1824, cuando la na- 
cionalidad oriental apareiía aún incolora, casi atro- 
fiada al nacer por rudísimos golpes capaces de produ- 
cir la parálisis o por lo menos la anemia que se sucede 
siempre a la postración > al prolongado delirio, — la 
libertad de la palabra escrita no alcanzaba tal vez 
el vuelo de un campana, y por el hecho la propaganda 
tenía límites circunscritos a un círculo popiliano,— 
estrecha, somera, recelosa, lapidaria, espantadiza co- 
mo ave zancuda que se abate en una loma en donde 
no hay para ella alimento, v al pretender remontarse 
a los aires se arrastra primen) a?otando el suelo con 
la punta de las alas > prorrumpiendo en desafinadas 
notas. 

Era esto un fenómeno natural. 

Toda resistencia había cesado desde hacía pocos me- 
ses, y la robusta sociabilidad que sangrara por cien 
heridas durante cerca de dos lustros para darse su au- 
tonomía propia o recuperar su equilibrio primitivo, 
había sido asimilada por un poder mayor, a título de 
Estado Cisplatino. 

Desde luego, esta sociabilidad había sido atacada 
en sus fundamentos, en sus tradiciones, en sus costum- 
bres, en su idioma, en sus propensiones nativas, — 
sustrayéndosela a la vida solidaria de sus congéneres 
por la razón de la fuerza y la lógica de la conquista 
Explícase así entonces, por qué la libertad del pensa- 



[3] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



miento no gozaba de más espacio que el que recorre 
una flecha; cuando a semejanza del ave viajera — 
sentada apenas la planta — no emigraba con sus in- 
térpretes a mejores climas. 

Este estado de cosas se debía en mucho a la política 
observada por el señor de Pueyrredón y por el doctor 
Tagle; quienes, adversarios decididos de don Joaé 
Gervasio Artigas, hombre de gran influencia personal 
y política en todas las provincias del litoral uruguayo, 
y por lo mismo entidad poderosa, habían logrado con 
astuta diplomacia atraer sobre el territorio oriental 
una invasión, que fue portuguesa, como pudo ser de 
otra nacionalidad cualquiera que se hubiese prestado 
a la aventura, — quizás al solo objeto de quebrar por 
siempre la prepotencia del caudillo, y no con el de 
entregar al extranjero la más rica zona del antiguo 
virreinato. 

AI proceder así, el Directorio de Buenos Aires se 
consideraba débil e incapaz materialmente de dominar 
con sus elementos propios el exceso de energía de la 
misma revolución a quien debía su existencia. — ex- 
ceso encarnado en la personalidad de Artigas, que por 
entonces desempeñaba una función formidable en su 
médium propio, por inspiración nativa, como resultado 
lógico de la ruptura de los vínculos coloniales, sin 
atingencia tal vez con el ideal de los pensadores y con 
estricta sujeción a los impulsos instintivos de la masa 
ajena a los cálculos \ convenciones arbitrarias de los 
gobiernos — . Pero, que la ocupación del territorio 
oriental por un ejército portugués — compuesto de 
tropas escogidas que habían luchado con las de Na- 
poleón Bonaparte en la península — no podía ser con- 
vencional, temporaria o transitoria, lo constataron bien 
pronto los hechos por el carácter mismo que revistió 



[4] 



NATIVA 



la ocupación, por los actos significativos que se san- 
cionaron y por la actitud de resistencia activa asumida 
por los orientales, cerca de cinco años después de ven- 
cido Artigas: actitud que el gobierno argentino se vio 
en el caso de secundar \encido a en el terreno 

de los hechos y de las ideas, borrando con el codo de 
la fuerza bruta lo que había hecho la mano de sus 
nerviosos diplomáticos — . El señor de Puevrredón y 
el doctor Tagle — estadistas de circunstancias — cre- 
yeron acaso de buena fe, mirando los hombres y las 
cosas con el catalejo de su época, no con el lente de 
que en estos tiempos nos servimos hasta para observar 
nebulosas, — que la personalidad de Artigas resumía 
todo lo que ellos consideraban el nial de la época: 
y que. abatida esta personalidad, la parte dañada del 
organismo entraría en cicatrización lo que equivalía 
a decir que el caudillo se asemejaba en cierto modo a 
un tumor en el cerebro, que una vez extirpado devol- 
vería con el equilibrio exigible la marcha normal a sus 
funciones. 

De este error seno, que se padeció entonces, provi- 
nieron males mayores. Don José Gervasio Artigas — a 
quien asignóse de esa manera un poder personal da- 
ñino absoluto, al punto de considerársele como fuente 
generadora de desobediencias y rebeldías indomables, 
o como fuerza extraordinaria de acción y reacción de 
donde emanaban y a donde refluían todos los extra- 
víos y rabias locales de las multitudes armadas, — no 
fue producto exclusivo de un molde que debía servir 
por el contrario de forma a múltiples entidades más o 
menos influyentes, como que ya estaba preparado y 
dispuesto en la fragua del cíclope ciego ■ — o por lo 
menos de un solo ojo — que se llamó coloniaje. Aque- 
llos gobernantes parecieron no tener en cuenta que en 



[5] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



la incubación de nacionalidades o en la formación 
embnonaria de soberanías nuevas, no es el caudillo, 
sea cual fuere su prestigio, el que crea los instintos!, 
las propensiones, la idiosincracia y la índole genial 
del pueblo en cuyo medio' se agita y se impone, sino 
que es la sociabilidad la que lo educa, lo adoba, lo 
eleva y lo hace carne viva de sus ideales invencibles y 
aun de sus brutalidades heroicas, con ayuda del clima 
y de las costumbres austeras; pues como lo comprue- 
ba la historia, atentamente analizada, las pasiones de 
la masa se condensan siempre en individualidades tí- 
picas, que son como sus válvulas de escape o sus cen- 
tros de atracción en cuyo redor giran todas las fuerzas 
activas para modelarse y darse una significación y un 
poder propios en el tiempo y en el espacio. Por eso, 
las personalidades típicas surgen ya dominantes y se 
hacen prepotentes, y por eso aun cuando no hubiese 
surgido Artigas, la fuerza espontánea que lo abortó 
habría engendrado otros de su talla, por la sencilla 
razón de que él no era una causa sino un efecto. 

Eliminado Artigas de la escena, y a pesar de los 
desastres terribles que él no habría soportado en parte 
siquiera si en la vida del conjunto que le seguía no 
hubiesen palpitado los instintos poderosus de que fue 
intérprete genuino, aun cuando hubiera abusado de 
sus facultades de mando; — eliminado, decimos, el 
caudillo, acosado por todas partes por el sable, el plo- 
mo, la deslealtad y la traición, dejando detrás un 
sangriento reguero de nueve años de batallas, teniendo 
por delante un último combate desigual y más allá 
el destierro perdurable, — persistieron no obstante las 
causas verdaderas del conflicto y por evolución natural 
y ley histórica de segregamiento y recomposición, las 
tendencias ingénitas de que hablamos, ya en punto de 



[6] 



N AT IVA 



desborde fatal y necesario, comenzaron a destruir has- 
ta en su última pieza el edificio de la colonia, organi- 
zación vetusta que hasta ese momento había interesado 
conservar a los que dirigían la marcha de los sucesos 
para ofrecer un armazón apropiado y conveniente a 
las ideas monárquicas de que estaban poseídos y a 
que querían someter sin forma de plebiscito a las mu- 
chedumbres altivas. 

Aquel ruido pavoroso del año XX pudo ser oído 
basta en los confines remotos, como el de una selva 
virgen devorada por el incendio; y si no podía com- 
pararse con el de la diana majestuosa de una victoria 
preparada por la táctica sesuda y la combinación ha- 
bilísima del genio y de la experiencia, era al menos 
el anuncio al mundo de que un pueblo convertía en 
ruinas el viejo edificio de instituciones que lo habían 
condenado por tres siglos a la oscuridad y al silencio, 
para resurgir de entie ellas, reconstruyendo con el 
sudor de su frente y el solo esfuerzo de sus brazos 
resignado al gran dolor de la resurrección poi el sa- 
crificio, y fortalecido por la esperanza sublime de las 
recompensas en el futuro y de la inmortalidad en la 
historia. ¡Noble y valiente muchedumbre semibárbara 
que tuvo el coraje de oponerse a la corriente de las 
ideas deslumbrantes de cortes y reyes, infiltrando en 
los mismos organismos privilegiados que eran intér- 
pretes cultos del pensamiento, con un robusto senti- 
miento de conservación propia — savia inagotable de 
libertad y de república' 

Vencido, pues, el caudillo, no acabaron los caudillos 
— como muerto el león no se extingue la leonera. La 
leona era la nacionalidad embrionaria, y había sido 
ella demasiado fecunda para que pudiesen contarse 
sus fieros engendros Aún errante con su caudillo de 



[7] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



una a otra ribera, cuando era perseguida desde Mon- 
tevideo al Ayuí sin piedad ni perdón, y desde el Ca- 
talán al Sauce entre una borrasca de sangre, había 
librado con suerte hasta en tierra extraña, pues a ella 
debió Ramírez echar melena Concíbese así cómo con 
el sentimiento irreductible de la independencia indi- 
vidual subsistiera el de la emancipación de pago, de 
distrito y de provincia, tanto más exacerbado cuanto 
mayor era el obstáculo opuesto a la libertad suspirada. 
Los "tupamaros" que habían sido pródigos de sacri- 
ficios años antes consagrando existencia e intereses a 
la causa suprema de la autonomía local, mantenían in- 
tacta su aspiración patriótica en medio de las graves 
vicisitudes de su tiempo y aguardaban pacientes el día 
histórico de la insurrección final que había de asegu- 
rar por siempre con su éxito la vida libre. 

Los acontecimientos en su trabazón lógica habían 
venido sucediéndose de tal manera que. desde cierto 
punto de vista podría afirmarse que ellos habían dado 
cohesión y firmeza a la obra del patriotismo, iniciada 
y perseguida en la sombra no obstante todas las per- 
fidias y debilidades de algunos prohombres que se 
imponían en la escena. 

En confirmación de estos juicios recurramos por un 
momento a la historia — sine ira et studio — según la 
frase de Tácito, — encadenando los hachos que ca- 
racterizan en su doble faz social y política el período 
tormentoso a que aludimos. 1 

1 La pequeña noticia histórica que subsigue, ha sjdo ex- 
tractada con algunas ampliaciones nuestras, ríe un capítulo 
de las memorias meditas del general don Antonio Díaz Aun 
cuando trata de hechos conocidos que han sido historiados 
a la luz de informaciones portuguesas y brasileñas, hemos 
preferido atenernos a esta fuente, por ser de estricta im- 
parcialidad, principio en que basó siempre sus comentarios y 
escritos aquel esclarecido militar y notable analista, a la vez 
que eminente hombre público 



[8] 



NATI VA 



El reino de Portugal, que en otras épocas de gran- 
deza y poderío había extendido su dominio a las más 
apartadas regiones del mundo, era por el año 1820 
una verdadera dependencia de su coloma en Amé- 
rica en donde gobernaba don Juan VI, su rey de de- 
recho divino, arrojado de la patria y de sus lares por 
la soberbia del vencedor de Austerlitz. 

A esta condición mísera no podía avenirse fácilmen- 
te aquel pueblo emprendedor y altivo, acostumbrado 
a su gobierno propio; ni consentir podía que su testa 
coronada administrase justicia a más de dos mil le- 
guas, pues que el rey tenía por asiento y corte la 
ciudad de Río de Janeiro. 

En medio de tales circunstancias, sintiéronse los 
portugueses estimulados por el movimiento militar de 
la Isla de León, — e iniciaron uno análogo en la ciu- 
dad de Oporto. dándole por base y objetivo la necesi- 
dad de la organización de un gobierno constitucional 
y el regreso a Lisboa de don Juan VI con toda su fa- 
milia. Ejército y pueblo confraternizaron, y la aspira- 
ción se cumplió. Reuniéronse las Cortes, sus propó- 
sitos trascendieron al Brasil, y la simple enunciación 
de un régimen constitucional encontró formal acogida 
en la antigua colonia, dando el ejemplo las provincias 
septentrionales ; excepción hecha de la de Pernambuco, 
que en vez de ese régimen quería el de la libertad, 
y que en recompensa de tan levantado anhelo fue some- 
tida y bañada en sangre. 

La provincia uruguaya adherida también por la 
fuerza a las de la coTona, y que entre ellas aparecía 
como una placa de acero soldando las roturas de un 
oro viejo, siguió el movimiento, a iniciativa de las tro- 
pas reales y por sugestión de un coronel Antonio C. Pi- 
mentel, quien llegó a imponerse a su jefe el general 



[9] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



don Carlos Federico Lecor, obligándolo a hacer causa 
solidaria con el ejército de Portugal y a presidir un 
consejo de militares, designados por los mismos regi- 
mientos y reparticiones anexos. 

En la capital del reino, el pronunciamiento se hacía 
más difícil por encontrarse allí el monarca, y pesar 
en mucho la influencia de la corte sobre el espíritu 
público. Pero, el hecho era fatal, de consecuencias in- 
evitables; y. aun cuando el rey llegó a hacer caso 
omiso del llamado de las Cortes, que pedían su re- 
greso, lanzando a luz su manifiesto de febrero de 
1821, en el cual anunciaba la intención de enviar como 
emisano ante ella* al príncipe don Pedro, quien de- 
bía consultarlas acerca de la carta constitucional a 
jurarse, el pueblo penetrado por intuición de que era 
la fórmula liberal la que se resistía, y obedeciendo ya 
con cierta vehemencia a los secretos impulsos produ- 
cidos por la conciencia del poder propio, se opuso a 
e?a determinación; y unida una fracción civil consi- 
derable a las tropas en una plaza pública, manifestá- 
ronse los deseos de que el monarca acogiese sin ob- 
servación alguna y ordenase el juramento de la cons- 
titución que las Cortes impusieran al reino. Juan VI 
tuvo que acceder a la exigencia popular, prescribiendo 
el juramento a su misma familia, con él a la cabeza; 
y, en pos de este suceso notable, vióse en el caso de 
volver a Portugal, designando a don Pedro como re- 
gente del reino del Brasil hasta que se hiciese efectiva 
aquella constitución. 

Efectuada la vuelta a Europa del asendereado prín- 
cipe, el Brasil quedó nuevamente en una posición sub- 
alterna, tributario de la antigua metrópoli que, por 
una singular anomalía, había llegado a ser en lns últi- 
mos tiempos una dependencia de su colonia. 



[10] 



NATI VA 



Asaltaron entonces a ésta, que acababa de gozar 
He los honores metropolitanos con la presencia de su 
monarca, los mismos escrúpulos y susceptibilidades 
locales que habían influido en el pueblo portugués 
para convocar a Cortes y exigir el regreso de Juan VI 
a Lisboa; susceptibilidades y escrúpulos que, aparte 
de la fuerza moral que les daba el hecho de la pose- 
sión de muy ricos y vastos territorios, llegaron a ad- 
quirir mayor incremento cuando a raíz de la vuelta 
del rey, las Cortes, en un documento dirigido a los 
gobiernos europeos, cometieron el error de lamentarse 
de las franquicias acordadas al Brasil por «m «obe- 
rano con perjuicio del reino de Portugal. 

En el espíritu público de la grande y opulenta colo- 
nia, esta manifestación imprudente produjo el efecto 
de relajar aún más los vínculos de obediencia y disci- 
plina, rebelándolo en el fondo, y predisponiéndolo a 
resistir con energía toda tendencia que importase r eco- 
Ionizar sobre la base de un sometimiento pasivo. 

Verdad es que sin esto, el quebrantamiento de los 
lazos coloniales estaba realizado en la voluntad del 
pueblo y que sólo era necesaria la forma en que se 
debía operar el segregamiento, tanto más lógico y 
fatal, cuanto que la colonia que se consideraba como 
parte, — en el fondo y del punto de vista geográfico, 
demogiáfico y político también, en lo que se relaciona- 
ba con la vida por venir, — podía decirse que superaba 
al conjunto o por lo menos a la metrópoli, en la esen- 
cia de sus elementos naturales y en el poder incon- 
testable de sus recursos económicos. 

Ajeno quizás a la existencia de este peligro inmi- 
nente que no habría pasado inadvertido a un gober- 
nante hábil, y tomando a lo serio con malicia o sin 
ella lo que el señor de Pueyrredón y su ministro el 



[ 11 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



doctor Tagle le habían sugerido, al pedirle la ocupa- 
ción de la provincia oriental, don Juan VI por una 
real orden publicada en Montevideo en junio de 1821, 
disponía que esta provincia "determinase sobre su 
suerte y felicidad futura, recibiendo esta prueba de la 
liberalidad de sus principios políticos y de la justicia 
de sus sentimientos, y que al efecto se mandase con- 
vocar un congreso extraordinario de diputados de 
los pueblos, que como representantes de la provincia, 
fijasen la forma en que habían de ser gobernados, 
consultando el bien general; y que los diputados fue- 
sen nombrados libremente — sin sugestión ni vio- 
lencia." 

Aunque liberal en la forma como se ve, esta real 
orden importaba en el fondo una anexión perpetua 
de la provincia oriental a la corona de Portugal, Bra- 
sil y Algarbes; porque gobernándola por entonces el 
general Lecor, cuya espada valía indudablemente me- 
nos que su perfeia en la intriga, debía suponerse que 
a sus arterías diplomáticas quedaba librada la elec- 
ción de los representantes del pueblo, y más aún ro- 
bustecía esa creencia en los espíritus sensatos la es- 
pecial circunstancia de que quienes debieran de con- 
vocar el congreso eran los miembros del Cabildo, — 
hechuras del general Lecor. 

Sucedió así, en efecto. Casi todos los diputados que 
se eligieron con ese motivo o móvil determinante, eran 
hombres que habían recibido prebendas y distinciones 
honoríficas de parte del rey, a cuya causa por el he- 
cho estaban obligados, considerándola los más muy por 
encima de las toscas propensiones y egoísmos de pago 
sintetizados en las palabras de "patria" e "indepen- 
dencia", especie de bramidos de yaguareté con que 
los caudillos semibárbaros llenaban las soledades. 



[ 12] 



NAT I VA 



El 18 de julio — día que se haría memorable cerca 
de dos lustros después gracias a esos caudillos — . re- 
uniéronse en la sala capitular los miembros del con- 
greso con una compañía de granaderos portugueses a 
la puerta, como custodia de honor. Esos diputados 
eran los que debían decidir de la suerte de la pro- 
vincia; y, previo un discurso que pronunció como 
suyo el señor Jerónimo Bianchi y cuva paternidad se 
atribuía a don Nicolás Herrera. 1 votóse la incorpora- 
ción de la provincia al reino, bajo el nombre de Esta- 
do Cisplatino, siendo una de las bases del tratado que 
el Barón de la Laguna continuaría en el mando 
del país. 

Como era natural, este acto consumado fue objeto 
de plausibles demostraciones por parte de la prensa 
de Río de Janeiro, que veía realizada por fin, por el li- 
bre consentimiento del pueblo orientaL la anexión de 
su rico territorio a la gran monarquía portuguesa. 

El mismo general Lecor se encargaba sin embargo 
poco después — en una nota datada en enero de 1822, 
dirigida al ministerio e inserta en el Diario do Go- 
bernó de Lisboa — de dejar consignado para la histo- 
ria, que "para asegurar el éxito, se sirvió del influjo 
que tenía sobre los empleados públicos, necesariamente 
dependientes del gobierno, para inclinar sus votos en 
favor de la reunión a la monarquía." 

Como se denunciase bajo esta forma por el Barón 
de la Laguna, el proceder incorrecto de que él mismo 
se jactaba haber hecho uso para uncir a extraños des- 



1 El señor Bianchi era administrador de la aduana de 
Montevideo, agraciado por el rey de Portugal con el Hábito 
de Cristo — Más tarde, entre otros, el abogado del Imperio 
don Lucas Obes (producida la secesión), obtuvo la "Orden 
do Cruzeiro" pensionada en recompensa de sus relevantes 
servicios a la causa de su soberano y señor 



[ 13] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tinos los de un pueblo infortunado, tan inconsulto al 
respecto como oprimido por un poder formidable, las 
Cortes portuguesas se creyeron en el ca^o de no préfe- 
tar su aquiescencia a esa conducta, por el momento ; 
aun cuando el escrúpulo debía desaparecer casi in- 
continenti, pues que sin sancionar los actos del gene- 
ral Lecor. y como si se tratase de bienes de sucesión 
vacante, tuvieron el intento de entregar el territorio 
oriental a la España en cambio de la insignificante 
plaza de Olivenza cedida a aquélla por el tratado de 
1801. lo que prueba que Portugal se consideraba pro- 
pietario por el derecho de la tuerza de lo que Fer- 
nando VII reclamaba a título de soberano haciendo 
intervenir en su gestión al congreso de la Santa Alian- 
za. Aun cuando la inicua permuta no se realizó, la 
prensa brasileña alzó alto su protesta, creyéndola fac- 
tible, pues que ella no importaba otra cosa que un 
golpe a cercén a la integridad de un gran reino, que 
privaría al Brasil de una de sus más envidiables zo- 
nas; — lo que prueba también que la colonia portu- 
guesa, con bríos y alientos propios de la mayor edad, 
tenía ya hechos sus cálculos serios sobre la trascen- 
dencia que entrañaba la conservación y plenitud de 
su dominio en la ribera oriental del Plata. 

Este nuevo antecedente, de importancia internacio- 
nal, vino a aumentar los motivos de descontento entre 
los brasileños. Las Cortes portuguesas habían hecho 
referencia en su manifiesto a las naciones, invocándola 
como una de las causas poderosas de decaimiento y 
atraso para la metrópoli, la libertad de comercio acor- 
dada por el príncipe regente a los puertos de la co- 
lonia, dentro de los que podían desde entonces echar 
el ancla los buques de todas las banderas del mundo: 
consagración de un principio liberal que honraba al 



[ 14] 



NATI VA 



gobernante, colocándolo al nivel de las prácticas avan- 
zadas que había de proclamar pronto la teoría revo- 
lucionaria dueña ya de los espíritus pensadores y la- 
tente en el pueblo; y, aunque no debiera atribuirse a 
esa razón la decadencia lamentada, sino a causas múl- 
tiples v complejas, su enunciación «imple, a la vez 
que indiscreta, y las medidas adoptadas posterior- 
mente en sentido de restringir en absoluto los derechos 
de la colonia al punto de pietendeise someterla a una 
existencia precaria, preparaion el desmembramiento } 
la independencia. 

El Brasil, vasta zona maravillo&a provista de rique- 
zas incalculables y habitada por un pueblo que había 
ya recibido muy provechosas lecciones de la experien- 
cia, no podía consentir en la resurrección del viejo 
sistema, ni tolerar las humillantes pertinacias de un 
ayo caduco; y así fue cómo, después que las Cortes, 
obedeciendo a un encelamiento peligroso, crearon por 
ley en todas las provincias brasileñas juntas guberna- 
tivas independientes de la regencia, con responsabili- 
dad únicamente ante aquéllas, y dictaron decretos im- 
poniendo en uno al príncipe que regresase a Poitugal 
y viajase de incógnito por diversos países a fin de 
completar su educación política, — en otro suprimiendo 
los tribunales superiores de justicia y de comercio, así 
como distintas instituciones creadas bajo el gobierno 
de don Juan VI; después que modificaron la organi- 
zación militar de cada pro\incia, enviando nuevos con- 
tingentes de tropas regulares para apoyar sus deci- 
siones, y que declararon írritos y nulos todos los actos 
realizados poi la regencia en beneficio de los pueblos 
y por iniciativa de éstos, no quedó ya duda alguna a 
los nativos de que se trataba de arrebatarles hasta la 
última prerrogativa local y de derecho propio; y, en 

[ 15 ] 

5 



EDUAHDO A CE VEDO DIAZ 



vísperas de pronunciarse enérgicamente en desobedien- 
cia activa anticipóseles su regente el día 7 de setiembre 
de V¿22, cumpliendo con la aspiración popular, al 
guto de "independencia o muerte" en los campos de 
Ipiranga, en donde fue aclamado Emperador consti- 
tucional del Brasil. 

Estos graves sucesos consiguientemente, tuvieron 
su inmediata repercusión en el Estado Cisplatíno, ocu- 
pado por una fuerza militar portuguesa a la sazón de 
tres mil quinientos hombres, aparte de las tropas au- 
xiliares!. Su comandante en jefe general Lecor, bien 
penetrado de la trascendencia del hecho consumado 
en el Brasil, apresuróse a encauzarse en la corriente; 
pero, hallando oposición seria en muchos elementos 
de acción que por razón de nacionalidad v espíritu 
caballeresco querían conservarse fieles y leales a la 
causa lusitana a la cual siempre habían pertenecido, 
adoptó por resolución irse a la campaña arrastrando 
Io«¡ contingentes que le eran afectos. 

Con motivo de esta actitud por él asumida. Monte- 
video sólo conservó como guarnición algo más de mil 
Voluntarios Reales. La salida de Lecor respondía A 
la conveniencia de ponerse cuanto antes al frente de 
los elementos brasileños que en los distritos espera- 
ban un jefe, y que contaban ya con el apoyo de loa 
orientales que obedecían las órdenes del comandante, 
después "bngadeiro" don Fructuoso Rivera. 

En tanto se producían estos conflictos en el Estado 
Cisplatino, coincidentes con los provocados en las pro- 
vincias de Marañón, Pará y Bahía, una sociedad se- 
creta de patriotas existentes hacía algún tiempo en 
Montevideo al habla con la mayoría de los miembros 
de su Cabildo, trataba de sacar utilidad de la emer- 



[16] 



NATI VA 



gencia para reiniciar la obra de redención- No había 
que resolver al respecto ningún problema; porque si 
alguno hasta entonces había aparecido insoluble, aca- 
baba de darle solución el filo de la espada; el Estado 
Cisplatmo no era ya dependencia de Portugal, sino 
de su antigua colonia, porque aislados los últimos re- 
presentantes militares del reino dentro del viejo Real 
de San Felipe, quedaban por el hecho heridos de im- 
potencia, sin vínculo de solidaridad alguna con el país 
dominado por los disidentes, y sin comunicación fácil 
con la metrópoli, a su vez imposibilitada para prote- 
gerlos con eficacia. 

Guiándose entonces por el espíritu de conservación 
propia y no ya por el deseo de retener una conquista 
ilusoria, el general portugués don Alvaro da Costa, 
cauteloso y prudente, propuso al Cabildo entregarle 
las llaves de la ciudad y aun dejarle hombres y mu- 
niciones de guerra para su defensa, siempre que aquél 
le proporcionase los recursos necesarios para tras- 
ladarse con sus tropas a Europa. 

Esta proposición era tentadora. 

Los orientales adhirieron, prometiendo emplear to- 
dos los medios a su alcance para el logro del objeto, 
aun cuando alejado el enemigo del recinto, tenían 
siempre delante el peligro tal vez más temible, del 
nuevo Imperio. 

Recurrieron al gobierno de Buenos Aires, de que 
foimaban parte don BernaTdino Rivadavia y el doc- 
tor don Manuel J. García. — el mismo que había in- 
tervenido en la oscura negociación de la ocupación 
de la Banda Oriental por los portugueses, en la época 
de Artigas. El gobierno argentino acogió bien el emi- 
sario, que lo fue el coronel don "V entura Vázquez, e 
indicó a los orientales línea de conducta; con todo, la 



[17] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



confianza nacida de esta actitud considerada sincera 
por los patriotas, debía desvanecerse en la hora de- 
cisiva como toda promesa banal de gabinete que tiene 
de sobra con las preocupaciones domésticas que ab- 
sorben su actividad. La acogida sin embargo, dispen- 
sada al agente confidencial, y la buena dosis de con- 
sejos dados por el señor Rivadavia al Cabildo de 
Montevideo, entre los que resaltaba el de la conve- 
niencia de que la opinión pública se pronunciase allí, 
antes de que a su vez lo hiciera el gobierno de que él 
era órgano caracterizado, dieron germen a varias ini- 
ciativas importantes, no siendo entre ellas la menos 
digna de mencionarse la aparición entonces en la ca- 
pital del Estado Ci&platino de cuatro periódicos y otros 
impresos sueltos tendientes a levantar el espíritu local, 
en armonía con las instrucciones o indicaciones amis- 
tosas del gobierno de Buenos Aires. Santiago Vázquez, 
Antonio Díaz, Juan Francisco Giró y Diego Benavente 
— escritor generoso, de nacionalidad chileno. — fue- 
ron los encargados de esa misión elevada, concillando 
la propaganda periódica con el interés momentáneo 
de los portugueses que la protegían, y ahondando la 
discordia entre éstos y los brasileños. 

Los alistamientos patrióticos comenzaron bajo estos 
auspicios; el general Costa dióles impulso con un ba- 
tallón de libertos, con armas y municione^ para otro 
de cívicos y para un regimiento de caballería que de- 
bía mandar el aguerrido oficial Manuel Oribe, lla- 
mado a adquirir con él algunos laureles en jornadas 
parciales; pero estos esfuerzos según se verá bien 
luego estaban condenados a esterilizarse en el vacío 
y la indiferencia de los mismos que los habían alen- 
tado con sus promesas 



[18] 



N ATI VA 



Como decíamos al principio, la prensa tuvo su mi- 
sión y notable en los primeros años de la tercera dé- 
cada del siglo. Por lo menos devolvió al ánimo público 
su temple enérgico. 

Aunque ensayos de gimnasia intelectual de espíritus 
superiores unos, menguados otros, no pocas de esas 
propagandas se fundaban en el hecho de una concien- 
cia propia formada en el pueblo por los múltiples es- 
fuerzos anteriores en sentido de la emancipación ab- 
soluta. Eran tiempos de descomposición en el viejo 
virreinato, a la vez que de persistencia soberbia en la 
provincia oriental en sentido de los rumbos fatalmente 
abiertos por la acción revolucionaria. Los heroísmos 
desgraciados habían ( ubierto de semillas el surco, y 
como era fértilísima la tierra, había engordado el 
grano y recomenzaba a cuajar con fuerza. 

Francisco de Paula Pérez, periodista de términos 
medios, no conseguía con su Pacifico Oriental satis- 
facer ni a monarquistas ni a liberales, a pesar de ha- 
ber colocado al frente de su ho]a esta sentencia de 
Lanjuinais, tan deleitablemente lírica entonces como 
ahora: — "Felices de los pueblos y de los que los go- 
biernan, si sus derechos recíprocos determinados por 
una sabia constitución cumplida de buena fe, se sirven 
de mutua garantía y se afirman de año en año por los 
trabajos de consejos representativos." 

La imprenta de Torres — después de los Ayllones — 
especie de potencia tan temible como poco conocida 
en la época de que hablamos, lanzaba a intervalos so- 
bre el vecindario aturdido, tan pronto periódicos de 
lenguaje enigmático, aunque comprensible por intui- 
ción al instinto popular, como hojas curiosísimas en el 
idioma de Camoens que hablaban de la adhesión al 
rey con un candor admirable. 



[19] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El sargento mayor Antonio Díaz — después teniente 
general, — el señor Santiago Vázquez y el joven pa- 
triota Juan Francisco Giró, más tarde presidente de 
la República, sostenían en La Aurora la causa vencida 
combatiendo las complacencias que se dispensaban a 
los usurpadores. El impreso llevaba por divisa el 
pulchrum est bene faceré reí pubhcce de Salustio, — 
viejo sátiro por entonces muy querido de los que ha- 
cían estudios de clasicismo. 

Eran estos escritores como los heraldos que gol- 
peaban, bajo, en los escudos del palenque desierto 
anunciando los combates de un porvenir cercano; y 
que, muerta por consunción su hoja, engendraban lue- 
go El Aguacero para conservar la llama con meritoria 
constancia, estampando por lema, ante las tristes ve- 
leidades de los coetáneos estas palabras de Jesús se- 
gún el evangelio de San Lucas: — "Ay de vosotros! 
que edificáis los sepulcros de los profetas, y vuestros 
padres los mataron." Y en pos de esta efímera hoja, 
El Pampero, seguido de una Ráfaga cnmo suplemento, 
en cuyo frontis se consignaba este epígrafe sacado del 
canto tercero de la Araucana : "Nuestra fama, el honor, 
tierra y haberes — a punto están de ser recuperados, — 
que el tiempo que es el padre del consejo,— en las 
manos nos pone el aparejo." ¡Predicción de tiempos 
de gloria y desagravio que había de cumplirse! 

Pero, ese impreso cesó pronto también, así como 
El Ciudadano, que en sus cortos días pugnó valiente 
por alimentar el fuego del patriotismo en el corazón 
de los criollos. 

Por otra parte, y obedeciendo a móviles distintos, 
el famoso fraile Francisco Castañeda, — primer con- 
denado en un juicio de imprenta en el Plata.— lejos 
de causarle el fallo mayor escozor que la disciplina 



[20] 



N AT I VA 



en carne desnuda, se permitía dar a luz con sus viñetas 
historiada* aquel singular papel Dona María Retazos, 
"para instrucción y desengaño de los filósofos incré- 
dulos que al descuido y con cuidado nos habían en- 
federado el año XX." — El doctor Bernardino Busta- 
mante, clérigo avieso oriundo de la península, denun- 
ciaba en su Febo Argentino a Rivadavia. a Valentín 
Gómez, a Manuel García y a Nicolás Herrera como 
agentes principales de la anexión de la provincia al 
Portugal;— y. El Duende de Antaño, por haberse to- 
mado la hbertad de escribir en sus columnas la pala- 
bra orientales, sinónimo de tupamaros, dejaba en el 
acto de existir a una simple amenaza del sable de los 
lagunistas. 1 

¡Tiempos extraños aquellos! Propósitos deliberados, 
tendencias ciegas, aspiraciones ardientes, patriotismos 
febriles, defensas de ideas impopulares, apologías de 
sistemas inicuos, todo esto iba reflejándose en los 
órganos de publicidad — por orden cronológico — ba- 
jo la inspiración de espíritus discrepantes y de carac- 
teres opuestos; siendo de notar que los que hablaron 
de "independencia'' en un estilo más o menos alegóri- 
co, en atención a las medidas restrictivas de la época, 
eran los que merecían en el fondo la acogida bené- 
vola de una opinión pública poT entonces pasiva y 
nada peligrosa en apariencia. 

El Semanario Político redactado por Manuel Arana, 
subdito portugués, atacaba en 1323 los actos del ge- 
neral Lecor y a la prensa de Río de Janeiro, que a su 
vez seguían el impulso dado al pueblo brasileño desde 



1 Dábase este nombre a los partidarios del general Lecor, 
y decididos parciales de la anexión 



[21] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



la aclamación en el campo de Ipiranga. Arana era 
uno de aquellos escritores de antaño que se creían 
me onmovibles en su tribuna mientras sostuvieran los 
derechos del más fuerte; y, como aparte de esa con- 
\ÍLción, contaba él con el apoyo moral del Cabildo, 
tenía abierta la suscripción de su periódico en la calle 
del Fuerte, librería de Yánez. v repartía cien ejem- 
plares de cada impreso a los Voluntarios del Rey, lo 
que era un lujo extraordinario de propaganda en aque- 
lla época de la candileja y de la pajuela. La prédica 
no salía con todo del circuito amurallado, y fue como 
un estertor de agonía para la dominación portuguesa, 
a la que se agregaron bien luego como úUimos des- 
tellos de una llama que muere, las propagandas de El 
Publicista Mercantil, y de Costa en La Gaceta. 

Lo úniro de notable que ésta denunciaba a me- 
diados de 1824. era el hecho de la aparición en el 
puerto, en donde echó anclas, del primer buque a 
vapor que surcaba las aguas del Plata, trayendo al 
tope la bandera inglesa; y el otro, insertaba como 
digno final de sus tareas los oficios de mutua despe- 
dida entre el general don Alvaro Da Costa comandan- 
te en jefe de los Voluntarios Reales y el Cabildo de 
Montevideo. Fuera de esto, nada más puede exprimirse 
de sustancial en las hojas amarillentas sobre las cua- 
les sudaban parcamente las prensas de la Tipographia 
do Estado; siendo justo sin embargo consignar aquí 
que todos esos periódicos al defendei a los portugue- 
ses fueron buenos auxiliares de los patriotas, cuya 
causa patrocinaban "por conveniencia" y por lealtad. 
Pero, los únicos esfuerzos intelectuales que en reali- 
dad tuvieron influencia benéfica, porque llegaron a 
rozar en lo vivo el sentimiento local de los nativos, 
fueron los de Díaz, Vázquez v Giró, contra todas las 

[22 1 



NATIVA 



tendencias conservadoias de los García, los Obes y 
los Herrera, marqueses y harones convencidos de una 
monarquía ideal. Aquellos periodistas, \erdaderos pre- 
cursores de la prensa libre de doctiína y de combate, 
conocían indudablemente el terreno en que ejercitaban 
sus fuerzas mejor que los caballeros sin feudo y apa- 
sionados de la heráldica que ronsiderahan al terruño 
harto pequeño para dividirle por sí solo en señoríos; 
mas, si bien en su prédica invocaban aspiraciones real- 
mente populares, estaban lejos de sostener el principio 
de una independencia absoluta que era en el fondo el 
ideal de los orientales, aunque este anhelo constante 
y ferviente no trascendiese en actos o deliberación pú- 
blica alguna. 

Preciso es reconorer que si no lo sostenían en esa 
forma, no era porque crevesen que con la desaparición 
de Artigas del teatro de la lucha había ce«ado la causa 
de resistencia en los orientales a reincorporarse a Bue- 
nos Aires o a cualquier otro país; sino porque así 
convenía hacerlo, desde que el señor de Pueyrredón 
y su ministro el doctor Tagle habían sido los prime- 
ros pn atribuir a la *ola voluntad indómita del cau- 
dillo lo que atribuir debieron a la voluntad indómita 
de la masa. 

El señor Rivadavia. más perspicaz tal vez. no par- 
ticipó de la opinión de sus antecesores, y por eso las 
promesas del gobierno de que formaba parte no lle- 
garon a cumplirse, quedando nuevamente los orienta- 
les en el período de que hablamos, relegados a su 
suerte. 

Con todo, la prensa contribuyó a los propósitos cer- 
teros de la logia secreta. Verdad que eran pocos los 
que creían en sus vaticinios patrióticos o en sus visio- 
nes proféticas entre la clase pensadora, que nunca 



[23] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tuvo fe en el instinto y en el músculo librados a su 
gola fiereza. 

El espíritu de nacionalidad seguía en incubación 
lenta; los pasados esfuerzos locales no habían aun 
dado forma a su obra, que no era una obra sin nom- 
bre, pues tenía su significación, sus alcances al por- 
venir, sus lincamientos claros en lo presente trazados 
con las puntas del sable y de la lanza tintas en sangre 
generosa. 

En el fondo de esa sociabilidad sin iniciativa os- 
tensible, al parecer inerme, persistía no obstante, como 
hemos dicho, la primitiva tendencia al cambio con 
la propensión nativa a la rebeldía y a la acción. Estas 
energías viriles no podían expandirse y difundir de 
pago en pago la fiebre de la pelea como en otros 
días no lejanos, hasta tanto no se reconstituvese la 
base de resistencia que consistía en la junción de los 
egoísmos locales a la vez que en la refundición de 
esfuerzos en sentido de la unidad de familia y de un 
destino común. 

Tras del caudillo sólo había quedado denso polvo 
en la atmósfera mezclado a la sombra de una gran 
derrota gloriosa; pero, recordábanse en los hogares 
algunos nombres que eran como esperanzas risueñas, 
a la vez que rayos luminosos de los primeros heroís- 
mos a través de aquel polvo de las batallas sin muerte, 
y aniversarios de sacrificios cruentos en defensa del 
terrón, cuando sólo peleaba un grupo de soldados irre- 
gulares contra ejércitos aguerridos, guerrilleros contra 
maniobristas, oponiendo al número el denuedo, y lle- 
vando cargan a fondo sobre la estrategia hábil y el 
cuadro doble. 

Así fue como se marcaron con sangre desde enton- 
ces en el mapa geográfico y en las tablas de los anales, 

[24] 



NATIVA 



los nombres de India Muerta, de Ibiracoay, de San 
Borja. de Corurabé, de Aguapey. del Arapey, del 
Catalán, campos y ríos testigos mudos de una lucha 
desesperada, apenas alternada por algunas victorias 
estériles cuyas dianas se perdieron sin eco en el de- 
sierto. 

Tal era el estado de las cosas y de los espíritus, en 
el instante histórico v preciso en que comienza nuestro 
relato, — desarrollo lógico del plan que nos impusimos 
en nuestro libro anterior, diseñando allí sus primeros 
lincamientos. 

Esta introducción se hacía necesaria para vincular 
épocas y eslabonar sucesos, y también para dar una 
idea clara en «us efectos de las causas impulsivas y 
móviles determinantes de los actos, esfuerzos y sa- 
crificios de patriotismo de la generación heroica que 
no creyó concluida su obra generosa hasta después 
que declaró a la faz del mundo que su tierra era ya 
independiente de todo poder extranjero, y que se im- 
ponía como forma definitiva de gobierno las institu- 
ciones libres; — no para desconocerlas y deshonrarlas, 
sino para trasmitirlas a la prole nutrida con sangre 
de valientes y sudores de martirio, a fin de que ella 
las llevase sin cobardías ni vacilaciones hasta sus úl- 
timas consecuencias. 



[25] 



II 



EL MEDIO AMBIENTE 

¡Buenos tiempos aquellos en que la ciudad de San 
Felipe no era más que un hacinamiento confuso de 
casas bajas sin revoque, con techos de teja distribui- 
das y alineadas en calles muy estrechas sin solado 
firme, llenas de lodo, alumbradas con velas de sebo 
en faroles de pescante, con plazas en que crecían hier- 
bas y pacían bestias, campanarios al ras de las cum- 
breras, ceméntenos dentro del recinto, casernas de 
granito v negros trozos de muralla como roto cintu- 
rón. dispersos hacia el norte y el levante entre pan- 
tanos y malezas' Por entonces la plaza de la Matriz 
servía de mercado o feria realizándose allí sobre los 
cordones de la vereda, junto a postes y cadenas, las 
ventas y compras de legumbres, hortalizas, pasteles, 
frutas y mazamorra con leche, confundidas todas las 
clases y ra¿as, blancos, negros, pardos, zambos, cam- 
bujos, indios; propietarios, mercaderes, militare* y 
ei>cla\os: con calzones de tres botones unos, de uni- 
formes olrus, de chiripáes éstos, aquéllos de melena 
v poncho, en tanto una de las charangas lusitanas 
provista de "chinchín" con adornos de cerdas, lan- 
zaba a los aires sus marciales ecos desde la acera 
del Cabildo. 

Tiempos famosos aquellos de usos y costumbres 
sencillas, en que los goces y novedades sociales se 
reducían al cuento y a la intriga en las salas de pe- 
sados cortinados, y la virtud era tan austera que por 



[26] 



NATI VA 



la menor falta se reducía a penitencia una doncella 
en la casa de ejercicios, bajo la dura regla de la 
beata mercedaria Sor María de Jesús; en que se lle- 
vaba el rapé blanquillo o colorado en cajas con mú- 
sica. u«ándolo como quien aspira oxígeno puro hasta 
las mismas ancianas pulcra;) ; en que el recato iba al 
extremo de no mirar con fijeza a los hombres, y el 
sentimiento del pudor al punto de no enseñar jamás 
las vírgenes en sus composturas v modas ni el na- 
cimiento siquiera de la garganta. ¡Ya están lejos! 

En tales épocas, la inocencia colonial no había su- 
frido merma alguna, se conservaba íntegra, atribu- 
yéndose el milagro a la educación de convento. Si 
una pierna hermosa mostraba la liya. el pecado era 
grave: prohibido también estaba bajo pena de reclu- 
sión el amorío con el rabillo del ojo. Este hecho, 
no consentido por la autoridad paterna, comprome- 
tía seriamente el porvenir de una doncella. 

A purgar esas y otras transgresiones de la ley mo- 
ral, llamaba cada mañana la campana tartajosa de 
San Francisco. 

A veces la concuriencia era tan numerosa que el 
recinto aparecía muy reducido, y tan densa la atmós- 
fera, que se hacía necesario habilitar el atrio para 
los sermones en días bonancibles. En concepto de al- 
gún circunstante campesino, "el aire de adentro podía 
cortarse en tajadas por lo espeso". 

Limpias las conciencias, bien podía irse al teatro. 

Cerca éste del Fuerte, con unas puertecicas que 
obligaban al concurrente a clavar la barba en el pe- 
cho al penetrar en un vestíbulo de circo, ofrecía en 
su interior a la claridad dudosa de un gran disco 
de candilejas el aspecto de un retablo corregido y 
aumentado de maese Pedro, dada la perspectiva del 



[27] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



escenario, el género del espectáculo y el vestuario 
pintoresco de los cómicos de la legua que declama- 
ban a asfixiarse más que en beneficio de la pieza, 
clásica, en el interés del aplauso. La asistencia del 
gobernador y de los jefes superiores en loa palcos, 
así como la de damas principales engalanadas de 
prendas de oro y brillantes que hacían juego con las 
presillas, medallas y galones militares, y correspon- 
dían al frac y chaleco blanco de raso de los caballe- 
ros, daba tono al centro y poderoso estímulo a los 
personajes que se movían desaforados en las tablas. 
Mientras en éstas se mutilaba sin piedad a Calderón 
de la Barca, sorbíase rapé con disimulo y funcionaba 
el catalejo. 

Aparte de este inocente entretenimiento, el bello 
sexo tenía también el de bailes y saraos para íesarcirse 
de las largas horas de oratorio y místicas vigilias en 
rosarios y misas de alba. Desplegábase en esas exhi- 
biciones, no muy frecuentes, en la casa de gobierno o 
en la capitular, lujo extremo y buen gusto: descollando 
las cabezas y bustos hermosos con el peinado a lo Ma- 
ría Luisa, los pies pequeños dentro del zapato blanco 
con flores de oro y los brazos de formas tornátiles cu- 
biertos a mitad por el guantelete fino. Los rulos na- 
turales y perfumados jugaban al descuido rozando a 
la pareja en la contradanza y el minué, y domeñaban 
suaviter in modo la soberbia del conquistador. De ahí 
que, al bailarse luego las reposadas cuadrillas, los 
rostros lusitanos aparecieran encendidos. Este efecto 
de los "tirabuzones" solía así ser superior al de la 
mirada y la sonrisa. 

Los centros escogidos para los hombres, eran los 
cafés. En salones estrechos y bien ahumados por el 
tabaco, reuníanse en las primeras horas de la noche, 



[28] 



NATIVA 



y platicaban sobre los asuntos de interés preferente 
con la mesura que las circunstancias exigían. 

Hacíase también tertulia en varias casas particula- 
res de españoles viejos y de "Iagunistas''' decididos, o 
sea partidarios de la anexión. El pro y el contra en 
estas reuniones aristocráticas llegaban a asumir pro- 
porciones de disputa de barrio, pues, como en toda 
época difícil, todos tendían a buscar en la escena 
su colocación más conveniente. 

En la calle denominada más tarde de Treinta y 
Tres, extendíase hasta una y otra costa del río una 
línea de casuchas, cobertizos y bariacas, — moradas 
de gente pobre. Olíase en todo ese trayecto a palo- 
meta y pescadilla de rey, y exhibíanse a los ojos de 
los transeúntes remangas, aparejos > redes de jorro, 
cañas y relingas, piolas y plomada?, así como hom- 
bres descalzos cargados de palancas y de peces. Más 
interesante que todo eso a no dudarlo, según la tra- 
dición, era la abundancia de rostros lindos en la prole 
femenina; afirman que allí brillaban tantos ojos ex- 
presivos y lucíanse tantos gentiles cuerpos, que la 
galante oficialidad portuguesa afluía en masa al ba- 
rrio de los pescadores con intento de bucear en la 
seguridad de encontrar perlas 

Hacia la parte del mediodía, a poca distancia, la 
escena cambiaba por completo, chatos edificios dis- 
persos de ladrillo desnudo en callejones tortuosa- 
mente delineados, eran madrigueras de negros afri- 
canos y de zambos donde se bailaba a la luz del can- 
dil, única que en ciertas nocheó hendía a trechos las 
tinieblas después del toque de queda. 

A este barrio costanero concurría con guitarras el 
peonaje de carretas del hueco de la Cruz para mez- 
clar a sus hábitos de campo un poco del placer de 



[29] 



EDUARDO ACKVEDO DIAZ 



poblado, refinando en algo el gusto silvestre con la 
tosca golosina del suburbio: germinación y principio 
del tipo híbrido que había de desarrollarse y difun- 
dirse paulatinamente en las afueras en el andar del 
tiempo, sin llegar al nivel del hombre de ciudad ni 
ponerse a la altura del gaucho altanero. 

El baile del "candil 1 " debía ser el precedente for- 
zoso del baile de 1 academia". El tipo primitivo em- 
pezaba a derivar por ley de evolución: y, como el 
avestruz macho, incubaba sin saberlo el huevo del 
"'compadrito''' al calor del vaho del conventillo y del 
sensualismo grosero. 

En cambio de estas clases que no se alzaban del 
nivel común por la naturaleza del sistema imperante 
y la índole misma de su origen, coexistían otras dos 
sin excluirse ni chocarse; por el contrario, vinculadas 
sólidamente, mantenían el equilibrio de los intereses 
económicos y financieros sustentando con sus robus- 
tas fuerzas las situaciones más difíciles, como que 
eran las que explotaban las fuentes de la producción 
y el trabajo. Bajo tal forma debían reputarse los co- 
merciantes y ganaderos o hacendados. Los primeros 
constituían una clase verdaderamente privilegiada, for- 
mando con las segundas un rango superior: teniendo 
como reglas de procederes viejas leyes y estatutos co- 
loniales que se consideraban en su aplicación como 
inviolables. El tribunal del Consulado había dado en 
su carácter de institución excepcional, seriedad y tono 
a este gremio: el que por otra parte se imponía por 
sí mismo, a partir de la proverbial honradez de sus 
actos. 

Si bien eran limitados los capitales en giro, llena- 
ban por completo las exigencias del mercado; y aún 
se atesoraba, sin tirantez ni usura. Los estancieros 



[30] 



NATIVA 



dueños de la grande propiedad, — no conocida en- 
tonces la pequeña sino en reducida escala y por lo 
mismo, embrionarias la agricultura e industrias ac- 
cesorias — , constituían a su vez un factor poderoso, 
y quizás la piedra angular de la vida económica. De 
tal modo primaba como industria el pastoreo, que 
las demás, sin excluir la de transportéis tan necesaria 
a su incremento, nacían y se desarrollaban anémicas, 
ya que no se extinguieran en breve tiempo, como las 
plantas que brotan a la sombra del "yatahy' 1 o del 
''armé" legendario. 

En esas grandes propiedades, — a veces comarcas 
enteras — , pacían numerosos ganados, que cuidaban 
pastores de índole tan bravia como la de los mismos 
toros indómitos ¡Las soledades nivelaban los ins- 
tintos! 

Sustraíanse por épocas inmensos rebaños ; consu- 
mían multitud de reses los ejércitos, ocultábase en 
los montes por falta de rodeo la flor misma de la ha- 
cienda vacuna; peí o, todo eso no disminuía de una 
manera sensible la cantidad enorme de animales úti- 
les esparcido» en abrupta» &iciras % feraces» campiñas 
como una bendición del suelo. La riqueza pecuaria 
pues, merecía ser calificada de don natural, desde 
que en nada se hacían sentir por entonces la previ- 
sión y el cuidado para su aumento, mejoramiento y 
cruza. El crecimiento espontáneo suplía al esfuerzo 
del hombre, y no importaba mucho al grande projne- 
tario que un tercio de los novillos gordos se hubiesen 
hecho cimarrone? ) y que la lana de sus ovejas fuese 
ordinaria y tosca, y llevase de adorno mil abrojos y 
flechillas. ¡Cosas del tiempo, y virtudes del clima! 

Por no desautorizar sin embargo, el sentencioso di- 
cho de que el ojo del amo engorda el buey, ca&i todos 

[31 ] 

6 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



los hacendados abandonaban la ciudad en ciertos me- 
ses del año, acompañados de sus familias, para po- 
nerse al frente de sus estancias y vigilar de cerca las 
faenas, tomando en ellas alguna parte activa. 

Aparte del móvil del interés, cedíase también a un 
hábito consagrado, cual era el de procurarse el aire 
libre y los placeres campestres en la estación estival. 
La atmósfera de Montevideo durante los calores, y 
la falta de mayores alicientes dentro de la esfera de 
una existencia rutinaria, agravada por el sistema opre- 
sivo de los dominadores, impelía a los natrvos a ale- 
jarse sin pena en busca de goces más tranquilos. De 
ahí que los hacendados aun a riesgo de contrarieda- 
des frecuentes por el estado de desasosiego en que se 
encontraba la campaña, pasasen largan temporadas en 
sus establecimientos, invierno y verano, a veces; más 
dispuesto? a sufrir aquéllos que a vegetar en una at- 
mósfera viciada, tolerando en silencio actos depresi- 
vos de gobierno y miserias de cortesanos. 

Siempre se respiraba en los campos un aire puro, 
y la pluma del ñandú se agitaba al soplo del pampero 
en la cabeza de los caciques. 



[32] 



III 



LOS TRES OMBUES 

Denominábase así una estancia situada sobre la 
margen del río Santa Lucía, hacia sus primeros afluen- 
tes; considerada entonces por sus numerosos ganados 
vacuno y yeguar como uno de los mejores estableci- 
mientos de campo. 

Pertenecía al hacendado don Luciano Robledo, crio- 
llo opulento y bien querido, sin que esto hubiera sido 
parte a que en las pasadas guerras se le hubiese res- 
petado en sus intereses en la medida del aprecio y 
buena fama de que gozaba. 

El casco, "tronco'' o casa principal se componía 
de un rancho de techo de paja brava, "cumbrera" y 
costaneras de "lapachiílo" y 4 'sauce negro", "tijeras" 
de quebracho, paredes de "oebato" o quincha ron en- 
tretejidos de ramas de "ñangapiré", dos ventanillas 
a la parte del oriente de alféizares adornadas con ma- 
cetas de rosas y claveles: puertas bajas y estrechas, 
pero de buenos cerrojos; y tres habitaciones — dos 
dormitorios a los costados y en el centro el comedor, 
sin otro solado que la costra dura y seca con buen 
nivel. 

Paralelo a éste se levantaba a pocos metros otro 
rancho de dos piezas para peones, una enramada y 
cocina. Como adherencia, un horno pequeño también 
de "cebato". En la cocina durante las primeras ho- 
ras de la noche, ardían dos candiles, que unidos a 
las luces del comedor formaban una buena "lumina- 



r 33 3 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ria' 1 según el capataz. Las de la cocina consistían en 
dos cucharones ya inválidos llenos de sebo, con dos 
mechas de trapo por núcleos de combustión, cuyos 
cucharones reposaban en dos marcas de hierro inser- 
vibles a su vez clavadas por los mangos en el suelo 
a poca distancia del fogón. Extinguida esta "lumina- 
ria 1 ', quedaba el fuego alimentado por grandes ramas, 
de manera que en las altas horas, y aun cuando en 
parte las cubriesen las cenizas, enormes brasas refle- 
jaban al exterior su rojiza lumbre, y servían para 
una nueva hoguera al despuntar la aurora. 

En medio del patio formado por los dos comparti- 
mientos, se veía el barril de agua sobre su rastra, y 
en desorden algunos arbolillos, enredaderas agrestes, 
plantas de saúco, recios higueroncs y hermosos lau- 
reles. 

Notábase aseo en el conjunto. El piso de tierra duro 
limpio de hierbas, tanto en el patio como en las ve- 
redas cubiertas en parte por los aleros, se extendía 
plano por los contornos hasta la entrada de una pe- 
queña huerta llena de legumbres, tronchudas horta- 
lizas, atbahacas, matas de sandías y gramíneas en 
grupo hinchadas de espigas. 

La morada no dejaba de ser alegre, pues estaba 
blanqueada en su exterior y por dentro; las puertas 
y ventanillas tenían su mano de pintura verde; las 
plantas crecían airosas por el cuidado asiduo; y todo 
en sus detalles revelaba la sencillez de costumbres del 
tiempo. Verdad que, en muchos sitios, lo negruzco 
del "cebato" se imponía a la capa de cal, y la ma- 
dera tosca mal cepillada, al verdigay de la pintura; 
pero no era posible exigir más en una estancia de 
hacendado rico, pues eso mismo era un lujo, el que 



[34] 



NATIVA 



no privaba a las avecillas y a los insectos que copar- 
ticipasen con toda inocencia de sus ventajas. 

En los extremos de troncos de las "ti jeras", los 
"mangangaes" de fuerte aguijón habían horadado la 
madera fabricando hondas cuevas, a los bordes de 
cuvas aberturas circulares formaban excrecencias ama- 
rillas lo« residuos de su miel ardiente; y en ciertas 
horas veíanse llegar los vellosos insectos color de ta- 
haco ron sus presas entre las antenas fornidas, revo- 
lotear irritados en redor de las cabezas de los que en 
el patio estaban, zumbar un momento ante sus cue- 
vas como inmóviles en el aire al batir rápido de sus 
alas vidriosas semejantes al hielo de los charcos, y 
sepultarse al fin en sus tugurios con el dardo temi- 
ble a la vista móvil y retráctil, por si acaso venía 
una agresión por retaguardia, lo que solía ocurrir 
euando a alguna traviesa se le antojaba pincharlos 
con una pajita. 

Debajo de los aleros, el movimiento de vida era 
mayor. Allí, entre la pared de "cebato" v la techum- 
bre de paja brava, como si las aves la considerasen 
m a siega enorme sobre colosal terrón, habían formado 
golondrinas y "ratoneras 1 ' sus nidos primorosos de 
plumas y ramitas en gran cantidad; de modo que 
siendo el período de la cría, sentíase al oscurecer y 
al alumbrar el día un piar confuso y plañidero que 
llegaba a revestir las proporciones de un coro o de 
una orquesta de flautas cuando se entraban las peque- 
queñas madre* con gusanillos y lombrices de tierra en 
los picos sacudiendo sobre las nidadas sus alas rumo- 
rosas. 

El cerco de la huerta era mixto. De un lado palos 
de sauce y molles a pique, asegurados por guascas 
peludas; de otro, exóticos agaves espinosos ya pro- 



[35] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



vectos en su mayor parte, pues con raras excepciones, 
de cada planta que extendía a todos rumbos sus ho- 
jas erizadas de pinchos se elevaba robusto un pitaco 
solo compaiable a un tubérculo o a un espárrago gi- 
gantesco, provisto de barbas fibrosas de un color ne- 
gruzco como el del cogollo. Estos frutos o vástagos 
únicos del agave, que hienden el espacio a gran al- 
tura como últimas manifestaciones de la fecundidad 
y de la energía de la pita que luego se seca y muere 
después de haber alimentado con su? hojas carnudas 
a los grandes bueyes aradores, no surgen ni crecen 
simultáneamente sino según la edad o grado de des- 
arrollo de la planta. Por manera que, de una parte 
veíanse pitacos nacientes, blandos y jugosos en la 
cúspide, al punto de poder ser allí tronchados a un 
golpe de cuchillo, con su corteza verde-esmeralda y 
su extremidad cónica así tierna como el casquete de 
un hongo; y por otra, liseras fornidas de coraza dura, 
ron sus brazos recios en forma de arcos y sus rami- 
lletes macizos remedando candelabros de antiguos ve- 
ladores, en cuyas anteras amarillentas venían los co- 
libríes en la hora del crepúsculo a libar su agreste 
polen. Trepadoras de florecillas moradas se enrosca- 
ban desde la raíz al pitaco en ciertos ejemplares, for- 
mando espirales de largas guías que en algunas se 
extendían lejos en pintoresca confusión. 

Algo más allá del cerco, copudos y ramosos, se ele- 
vaban tres ombúes de amplia circunferencia, troncos 
gruesos de corteza ya grietada, raíces enormes que 
serpeaban sobre el nivel hendido, horcaduras en di- 
versos ramales que servían de lechos a los gallináceos 
caseros, y grandes racimos de frutos verde-mar muy 
nutridos y compacto». Estos colosos tenían ya la ca- 
beza calva y algunos claros en derredor, por donde 



[36] 



N AT I VA 



penetraban veloces con las alas tendidas en busca de 
sombra, tordos y urracas bullangueras. 

Veíase a poca distancia un corral pequeño para 
majada del * l tronco v circuido de cardos en flor, de 
torcidos y nudosos postes sujetos con tiras de piel 
vacuna, cerrado en la entrada por maderos entrela- 
zados, de un piso blando y esponjoso en su interior, 
resultante de ocho o diez capas de residuos, del que 
se alzaban efluvios azulados bajo los ardores solares 
a modo de humareda de ardidos cuyo fuego no se 
nota. Estos vapores o exhalaciones brumosas cesaban 
así que la pezuña del enjambre oprimía la inmensa 
esponja y que nuevos materiales aumentaban su nivel, 
para continuar al día siguiente en densa niebla, adu- 
nadas las humedades del pi<«o con el relente de la 
noche. 

Junto al corral, hacia el bajo de la loma, se alzaba 
un rancho en ruinas lleno de agujeros con su "quin- 
chado" de paja hecho polvo por las lluvias, paredes 
de tierra y cañas abiertas por doquiera y mostrando 
puntas agudas de travesanos y varas, desmoronado en 
la parte superior del "mo jinete", con una puerta trans- 
formada en boquerón deforme y un ventanillo hecho 
ojiva descomunal por la acción del tiempo. De entre 
la paja disuelta salían "yuyos" y borrajas, así como 
del que fue pavimento ahora recorrido por batracios 
y culebras. 

El cardo borriqueño con sus largas pencas y alca- 
chofas circunvalaba la ruina en grandes matas, y la 
cicuta formaba espeso boscaje en un extremo borran- 
do toda huella de planta humana. En el interior, de 
una de las "tacuara?" laterales y sujeto a un gancho 
de asta de venado prendido a su vez en otro de alam- 
bre viejo, pendía una lonja de cuero duro, que había 



[37] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sido quizás la codicia constante del "tucu-tucu" y de 
la comadreja durante largos meses. 

Después de estos escombros, la soledad extendíase 
por delante con su naturaleza selvática llena de acci- 
dentes y verdores eternos, murmurios de caudales de 
agua cristalina v sordos rumores de ganados, que en 
la puesta del sol se aglomeraban en una meseta a 
paso tardo entre bramidos, parándose a intervalos para 
arrojar la tierra por encima de los lomos recalenta- 
dos o para chocar sus cuernos con ruido seco y estri- 
dente. 

Por esos sitios y a tales horas las perdices en pa- 
rejas buscaban su hierba favorita o sus gusanillos de 
tierra; la gama erguía su cabeza airosa a la orilla de 
a^ún bañado para lanzarse a la carrera entre los ar- 
bustos, encorvado en forma de asa su apéndice cau- 
dal: y los ñandúes en grupos subían la ladera a paso 
mesurado, el cuello tieso, silbando melancólicos en 
coro extraño con múltiples reptiles. 

En el fondo del declive de la alti-llanura que for- 
maban en =li nexo las cuchillas, seguían entre breñas 
su travectoria culebreando las aguas de un riacho que 
conoluía en plano descendente a e-paldas de la huer- 
ta. Esta advacencia de aguas a la tierra ligera de la 
planicie de cppa vegetal mediocre, siempre dominada 
por la sílice, daba incremento a las malezas, a la 
mielga v al trébol, acumulando en su ribazo un ver- 
dadero boscaje verde y denso. 

En el borde opuesto, sobre un plano hendido que 
no era más que un estero, diver«as hoyas o charcas 
por él alimentadas daban vigor y vida a los pajales, 
a las cardas, a los "ceibos'* y a los juncos en enma- 
rañado mapa de masiegas, trazos ramosos, islas de 
arbustos y prodigiosa masa de rectos bastones que 



[38] 



N AT I VA 



encubrían esas humedades tan queridas de los pal- 
mípedos. así como tremedales temibles y "cañadas'' 
silenciosas. 

En la hondonada profunda corría el río, orlado de 
montes en sus dos riberas. 

De una a otra escarpa del río, el doble velo o cor- 
tina de vegetación, ora tendiéndose amplio a lo largo 
de las márgenes sin dejar en descubierto claro alguno, 
ya ocultándose en los recodos bruscos del terreno para 
reaparecer a lo lejos siempre lozano y verde como un 
saurio colosal que escondiera en el horizonte la ca- 
beza, presentaba desde la alti-llanura el aspecto de un 
solo bosque tupido e inaccesible «iin permitir seguir 
a la mirada las sinuosidades > caracoleos capricho- 
sos de la cuenca. 

Algo encantaba sin embargo, estos lugares solita- 
rios; y era la presencia en el pago de las dos hijas 
del hacendado don Luciano Robledo, Natalia y Do- 
nla; quienes, huérfanas de madre, le acompañaban 
siempre en sus excursiones obligadas a la estancia. 

Ni una ni otra se hacían en ello violencia. Algunos 
meses de campo no las fatigaban, habituadas desde 
muy niñas a la vida promiscua de pueblo y campaña. 
Por otra parte, sus goces habían sido siempre limi- 
tados. La educación del tiempo no daba lugar al re- 
finarniento de gustos; y de ahí que don Luciano re- 
cordase con frecuencia aquel proverbio "a lo que te 
enastes*", cuando se exigía de él algo que no fuese 
discreto n no se encuadrase dentro del plan de su 
economía doméstica. 

Si bien Natalia tenía el cabello castaño, llamábanle 
Nata la rubia, para distinguirla de otra de su mismo 
nombre, pero muy morena, que vivía en el campo 



[39] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



vecino, y era como la virgen del pago por antigüedad 
y fama. 

Nuestra "rubia" superaría en exceso con todo, las 
gracias de su rival, sin dejar de ser criolla y tan dada 
como aquélla a la vida campestre. Tenía unos ojos 
garzos grandes con pestañas espesas y cejas admira- 
blemente arqueadas de un color casi dorado, la nariz 
fina y correcta, el cutis blanco sembrado de rosas fres- 
cas pequeña la boca de labios finos, muy rojos, hú- 
medos y un tanto fruncidos, verdadera flor de carne 
que al entreabrirse mostraban una doble fila de dien- 
tes tan reducidos en su tamaño, limpios y parejos, 
que bien parecían obra de artificio; la barba recogida 
hacia adelante con un hoyito en el medio, el óvalo 
perfecto con esa pelusilla propia de fruta incitante, 
erguido y saliente el busto, cuanto era de rurvo el 
torso — como de persona que se ha ejeiatado siem- 
pre en el caballo; y, por último, la mano y el pie 
armónicos; vale decir, éste de empeine alto y ancho, 
aunque corto, y aquélla de dedos regordetes con al- 
gunas grietas y punzadas de aguja en las vemas. 

Esparcíase por el rostro de esta joven tal aire de 
dulzura y candidez que inspiraba simpatía a primera 
vista, como si en él se retratase toda su vida interna, 
así cual se reflejan en melancólicas sombras los ár- 
boles, las nubes y las aves fugitivas en el remanso 
tranquilo de un arroyo. 

Su hermana Dorila menor que ella, pues contaba 
diecisiete años, de estatura media, delgada y flexi- 
ble como un gajo de membrillo, morocha pálida de 
ojos pardos muy vivos y penetrantes, muchas cejas, 
fosas hondas v oscuras, nariz de alas abiertas, boca 
grande de labio inferior carnudo, un lunarcillo som- 
brío cerca del hoyuelo de la barba, el pabellón de la 



[40] 



NATIVA 



oreja pequeña bien ajustado al rostro, cabellera negra 
abundosa cuyas trenzas formaban en sus extremos 
como penadlos de crespas hebras, y pie bien ceñido 
al zapato, era una joven nerviosa e inquieta a quien 
parecíale bien hacer siempre su gusto, sin que la li- 
bertad de que gozaba impidiera, no obstante, que a su 
corta edad cavilase a ocasionen cayese en hondas 
tristezas después de exageradas alegrías. 

Alguna vez se había observado, después de una ca- 
rrera frenética en caballo criollo mal domado de cri- 
nes a retazos, copete ralu } cola convertirla en escoba 
por los abrojos — va detiás de la manada arisca, ya 
en pos de los ñandúes sahajes* — . que ella se apeaba 
junto a] río. en la barranca del \ado. v largando el 
cabestro, se sentaba en algún terrón del ribazo ron 
la mano en la mejilla v la mirada fija en el agua 
dormida, como absorta, sin color en el rostro e in- 
móvil, al punto de que a su lado abatieran el vuelo 
los patos picazos y se lanzaran tranquilos al río sa- 
cudiendo las alas hasta rociarla con una lluvia de 
menudas y brillantes gotas. 

Dora — que así la conocían — eia por otra parte, 
activa y diligente en los quehaceres dnmésticos, fuerte 
para la fatiga, hacendosa sin reservas, a extremo de 
que su hermana ma\or hallaba descanso v consuelo 
en su fortaleza de ánimo. 

Una y otra se levantaban con el alba por necesi- 
dad ) por costumbre; juntas veían transcurrir las ho- 
ras; y con el mismo hastío esperaban que llegase la 
del reposo, que era la primera a veces de la noche 
con sus balidos de corderos quejumbrosos, sus can- 
tos de gallos regalones v su aullar de mastines som- 
nolientos. 



[41] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Volvía la aurora a aparecer, y con ella idéntica 

existencia. 

Cuidaban de la huerta y de unas plantas que da- 
ban flores olorosas. Cuando aspiraban con ansia sus 
perfumes se quedaban pensativa?. Sobre el borde de 
un pozo pendían claveles del aire blancos, anémicos, 
de un aroma suave que demoraban muchas lunas 
sin abrirse, a pesar del rocío de la altura v del vaho 
frío del abismo; pero que ya abierto el cáliz, se cre- 
cían bajo el calor de las manos y de los labios de las 
que en silencio buscaban como un placer solitario su 
dulce veneno. 

Solían vagar juntas por el campo hasta la orilla 
del bosque o la ribera del río en las tardes serenas, 
sin hablar palabra, con los brazos cruzados sobre el 
seno y la mirada triste. 

Cuando marchaban a pie iban muy juntas rozán- 
dose la una con la otra, como movidas por el mismo 
esfuerzo, sonriéndose a ocasiones para cambiar luego 
algunas frase*, inconscientes o reírse a carcajadas de 
súbito por cualquier ocurrencia. 

Si paseaban a caballo acontecíale a alguna de ellas 
abstraerse, abandonar las riendas, separarse de su com- 
pañera a capricho de la cabalgadura que deteníase a 
intervalos a triscar las hierbas o a contestar con un 
relinrho inmoderado los lejanos ecos de la "tropilla", 
en tanto su jinete tenía quietas las manos sobre el 
recado y los ojos en la línea del bosque o en los fue- 
gos rojizos del poniente. La otra no menos ensimis- 
mada, bajábase entonces en algún declive y poníase 
a arrancar "macachines" o "huevillos de gallo" en la 
hondonada, que paladeaba luego sin mirarlos, si es 
que no los retenía en el hueco de la mano para irlo& 
oprimiendo uno a uno entre los dedos y arrojarlos al 



[42] 



NATIVA 



pasto con un gesto de disgusto. Nata se iba así hasta 
el linde de la selva, inclinada e indolente, sin impor- 
tarle al parecer el rumbo ni la distancia ; — Dora 
volvía a montar, andaba algunos pasos, lanzábase nue- 
vamente al suelo por cualquier detalle que lograba 
atraer su atención, un ''arazá" con frutilla madura o 
una flor silvestre de aquellas azules o moradas que se 
ponía con frecuencia en el pelo; y, otra vez en la 
montura, divagaba por aquí y acullá ora al tranco, 
ora al galope, cuando no escalaba la cuesta a escape 
para sujetar de improviso en la cima, y quedarse allí 
contemplando los valles oscuros y lejanos. 

Reuníanse a veces al azar, y regresaban maquinal- 
mente sin ninguna impresión nueva que comunicarse, 
mirándose con aire ruboroso, y en ciertos momentos 
seco y duro. De ello no se daban razón, ni la había 
menester. 

Todo eso no implicaba que las moradoras de la es- 
tancia '"Tres Ombúes 1 ' no tuviesen > se pioporciona- 
ran entretenimientos adecuados al medio en que vi- 
vían, aun cuando fueran sencillamente inocentes e in- 
fantiles. El señor Robledo no gustaba de verlas tris- 
tes. Excursiones a caballo, paseos en canoa, giras por 
las isletas y el monte, todo les era permitido a con- 
dición de que no suspirasen en su presencia amorti- 
guando su genial alegre. Nata y Dora que tenían ca- 
riño a su padre, procuraban siempre complacerlo en 
este sentido, al punto de que cuando él las sorpren- 
día en actitud pesarosa o taciturna, como aisladas y 
embelesadas, corrían en el acto la una hacia la otra, 
sonreían y se hablaban combinando en el momento 
mismo un paseo cualquiera en compañía del capataz 
o de algún peón de confianza en hora que concluía 
la faena; o ya se alejaban del brazo rumbo a las car- 



£43] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



das del estero, invitándose a buscar huevos de pata 
bajo las pencas, aunque luego se fueran mirando con 
aire distraído y caviloso y esa expresión indefinible 
que trasmite al semblante el cansancio o desmayo de 
espíritu a fuerza de pasárselo contemplando las mo- 
notonías del campo. 

Un mes largo llevaban esta vez de estadía, y todas 
las impresiones gratas que la naturaleza agreste ofrece 
al devaneo juvenil carecían ya para ellas de novedad; 
salvo las que. imprevistas y de cierta sensación, ocu- 
rrían a veces dando otro colorido a las escenas de la 
pradera y del bosque. Entonces parecían ellas reani- 
marse por algunos días, durándoles el entusiasmo sin 
declinación sensible; hasta que en hora impensada, 
Nata volvía a su retraimiento, resistiéndose a las ins- 
tancias de su compañera para continuar en el ejer- 
cicio activo. 

Tales treguas no podían ser tampoco prolongadas; 
y las jóvenes reincidían con cualquier pretexto en sus 
diversiones inocentes. La aguja y el bastidor llegaban 
a fastidiai también, siendo la traviesa de Dora la pri- 
mera que *e pinchaba un dedo, a trueque de andarse 
mañana y tarde por la orilla del bañado o del monte 
persiguiendo "alguaciles", picaflores y pichones con 
la negra Guadalupe, a quien le retozaba lodo el 
cuerpo de gusto cada vez que la niña salía atándose 
un pañuelo en la cabeza y la invitaba a correr por 
el campo libre; cosa que la esclava hacía como una 
gata montaraz ágil y resuelta a saltos, caídas y za- 
patetas ruidosas que arrancaban carcajadas a la joven. 

Una tarde, Dora invitó a su hermana para un pa- 
seo a la orilla del monte; paseo que, por otra parte, 
hacían con mucha frecuencia. 



[44] 



NATIVA 



Aceptó Natalia, siempre que se efectuara a pie. 

La distancia de las casas a la orilla del bosque era 
corta, y no valía la pena de ensillar los rosillos casi 
gemelos de que se servían en sus excursiones mas 
apartadas. Dura había visto un día colgante de una 
rama de viejo "tala 1 * romo un globo de cera virgen, 
una herniosa "lechiguana" cuyu aspecto incitaba a li- 
bar panales aunque fueran de insectos- mitad abejas, 
mitad avispas, según la clasificación pintoretea hecha 
por el capataz. 

"Casilla de miel" — la llamaba ella — . Sentía como 
un ansia de cogerla; pero, se hacía respetar el agui- 
jón de sus dueños. 

De todos modos era preciso probar, y conocía ella 
dos medios de realizai la conquista, por haberlos visto 
poner en práctica en más de una ocasión a los mo- 
cetoneg dc-1 pago. 

Consistía el uno en rodear con una manta el globo 
de manera que quedase libre a los insectos la salida 
hacia el lado opuesto; la fuga se provocaba mediante 
un continuo golpear con las dos manos en la esfera, 
por encima de la manta, y a esas sacudidas sin des- 
canso, los insectos que abandonaban a grupos el nido 
se iban aglumerando a pocas varas en la atmósfera, 
desorientados y aturdidos, hasta formar una nube 
densa casi negra en perpetuo torbellino 

El otro, estaba exento de contingencias peligrosas 
Era el de la prueba del fuego y del humo. Decidida a 
emplearlo, Dora se había provisto de los "avíos" de 
su padre, consistentes en una larga mecha de hongo 
seco resguardada en su canuto de metal v en una 
piedra de chispa para producir la combustión merced 
al ludimiento recio con el eslabón; diligencia en la 
que la joven era experta a fuerza de ejercitarla siem- 



L 45 J 




EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



pre que don Luciano sacaba en su presencia una ta- 
garnina y la ponía entre los labios mascándola en la 
punta. 

Emprendida la travesía, y ya en la orilla del monte, 
dijo Dorila a su hermana con tono animoso' 
— Vas a ayudarme Nata, a juntar esa leña. 
— ¿Para qué, traviesa? 

— Verás. Allí en el abra cercana, donde están los 
espinillos y ''talas", en uno muy alto y resquebrajado 
que se cae ya de viejo, hay una "lechiguana" enor- 
me. . . 

Esto diciendo, separaba bien las manos, con los 
ojos muy abiertos y expresivos. 

— No quiero nada con las avispas, — contestó Na- 
talia al momento. 

— No sea& tonta, que nos pondremos a distancia. 

— ¿Acaso vas a tirar de un "maneador" la ''lechi- 
guana"? Se \an a venir zumbando por la soga. . . 

— No. no será con lazo. . . 

¿No ve¡3 que te pido juntemos leña? 

— Es otra cosa, — repuso Nata compiendiendo. 

Pero, esas ramas tienen espinas. . . Cargaré con 
estos palitos secos y lisos que están lejos del ortigal. 

— Carga con los que quieras, que yo les daré fuego 
con la yesca a los más chicos y fofos. 

Las dos jóvenes se pusieron a reunir la leña caída 
y dispersa al pie de los árboles, en dos hacecillos; y, 
riéndose de la tentativa, fueron a deponerlos cerca del 
sitio designado. 

Dura envolvióse bien la cabeza y rostro con un 
"rebozo*' de lana que expresamente había llevado, sin 
descubrir otra cosa que sus ojos lucientes llenos de 
vivacidad y malicia. 



[46] 



NATIVA 



Después comenzó a acumular pajas secas debajo 
del c 'tala": a cuyo alrededor iba colocando luego 
gruesos leños a medida que Nata se los aproximaba 
toda trémula y nerviosa. 

El globo colgaba inmóvil, percibiéndose claro un 
sordo zumbido de enjambre, y en su tapa exterior res- 
quebrajada semejante a un bojaldre de harina mo- 
rena se movían presurosos revoloteando a veres para 
posarse en seguida, dos o tres insectos que eran los 
centinelas. 

Dora dio al fin fuego, sopló la hojarasca que bien 
pronto ardió chisporroteando, v ella alejóse unos pa- 
sos muy atenta, por si aquélla se consumía sin comu- 
nicar su llama a las rainal fuertes 

A las primeras \olutas de humo, los centinelas se 
entraron por la única abeitura que debajo presentaba 
aquella pasta parecida al papel fabricada con raspa- 
duras de corteza de sauce tierno mezcladas con saliva: 
y, a pocos instantes, salían en tropel los porta-agui- 
jones con sus cuatro alas trémulas y sus cuerpecillos 
amarillo con fajas negras húmedas todavía, para lan- 
zarse en compactos escuadrones sobre el común ene- 
migo. 

Natalia que divisó en el acto la nube, y sintió en 
la mano un ardor punzante, dio un grito y escapóse. 

Dorila, la avispada y avizora, ya se había puesto 
en salvo corriendo a lo largo de la orilla. 

Acababa de sentarse en un troncón caído, encen- 
dida y jadeante, a la vez que aturdida y alegre, cuando 
acertó a pasar al tranco en su zaino oscuro el capa- 
taz de la estancia. 

Era éste un hombre maduro, muy formal, con su 
melena canosa caída al descuido sobre los hombros, 
el barboquejo a mitad de su luenga barba y una 

[47] 



7 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



cola de cigarro tras de la oieja; firme en los estri- 
bos, el mirar de mastín sin dientes, y la nariz en ex- 
tremo curva hasta rozar casi el boscaje de sus bigotes. 

— Vea don Anacleto, — dijo Dora todavía riendo; 
— por allí se me cayó el "rebozo'' . a causa de mu- 
cho correr con esa miedosa de Nata... ¡Hágame el 
favor de alzarlo, si no va a priesa! 

Y le señalaba el punto, con el brazo tendido. 

El capataz sofrenó el caballo, y mirando adelante 
preguntó con voz muy bronca. 

■ — ¿Será el mesmo que blanquea, arrimao al abra? 

—Ese es. don Anacleto. 

El capataz bien tieso, hincó espuelas, v pronto es- 
tuvo en el lugar 

En ese momento las abejas salvajes en tumulto se 
arremolinaban en la atmósfera volteándose hasta el 
nivel de las hierbas como enloquecidas por el humo 
espeso de un fuego sin llamas. El paisano viejo y ex- 
perimentado comprendió el peligro; su caballo asae- 
tado de súbito por los aguijones dio un corcovo y 
quiso arrancar a escape, — cosa que pareció vergon- 
zosa a su jinete — , el que sujetando riendas, azotó el 
aire con su rebenque; pero, sin haber aún logrado 
recoger el "rebozo M , fue tan furiosa la avalancha de 
insectos sobre su persona, que don Anacleto barbo- 
tando un juramento, que el zaino oscuro acompañó 
de un ronco bufido, partió como una flecha rumbo a 
la loma sacudiendo la cabeza y refregándose la na- 
riz, en tanto le columpiaba en la nuca el chambergo 
dejando su calva al aire libre. 

Reía Dora con toda& sus fuerzas al observar la es- 
cena desde su sitio de descanso; y más aún se le au- 
mentó la risa al incorporársele Nata, quien le ense- 
ñaba compungida la hinchazón de su mano. 



[48] 



N AT I VA 



— ¡Muy rica tu miel, perversa! —exclamaba Na- 
talia resentida — . No contenta con esto has metido al 
pobre don Anacleto en el avispero... 

Con las manos juntas por delante de las rodillas, 
Dora seguía "hamacándose" con deliciosa alegría en 
su tronco, sin hacer caso de las lamentaciones de su 
hermana, que eomluyó a su vez por contagiarse. 

El capataz había desaparecido tras de la loma, sin 
el intento al parecer de volver grupas. 

Bajaba el sol, y las sombras empezaban a difundirse 
en la orilla del monte 

Proseguía a intervalos el acceso de hilaridad in- 
fantil de las jóvenes cuando Nata creyó oir algunas 
voces, como de dos personas que hablaban entre los 
árboles. 

Luego, de súbito, dos cabezas aparecieron entre el 
ramaje: la una, de hombre de barba negra, muy pá- 
lido y mirar huraño; la otra, de joven de bozo ape- 
nas, tez blanca y ojos de extraño brillo circuidos de 
sombras. 

Las jóvenes oyeron murmurar al de barba negra 
en un acento dulce que contrastaba con la dureza de 
sus facciones, algo que se refería a Nata. 

Dora cesó de reír, y dijo a su hermana temerosa: 

— Vámonos Nata de aquí. 

—Sí. — respondió ésta sin titubear, y toda estre- 
mecida. 

Sin añadir más palabras, una y otra unidas de la 
mano huyeron veloces. 

En ese instante de singular sorpresa no s>e acorda- 
ron del "rebozo*', ni de la "lechiguana" tan codicia- 
da; y bien pronto traspusieron el grupo de "laureles 
negros" que adornaba en parte la falda, detrás de la 
huerta. 



[49] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Una vez dentro de ésta, detuviéronse recién a res- 
pirar junto a la línea de pitas seniles que ofrecían 
excelentes ladroneras de observación. 

Aparte de los del establecimiento, en raras ocasio- 
nes se veían hombres en aquella porción del monte, 
pues el paso o vado estaba lejos de allí. Ni tropas de 
ganado ni convoyes de carretas cruzaban desde luego 
por el rincón, dando motivo a vivacs o campamentos. 

El bosque en tales lugares era muy intrincado y 
extenso, formando una sola bóveda con la vegetación 
de las isletas y la selva colindante. 

Del lado opuesto, en cuanto caía bajo el dominio 
de la mirada, sólo se distinguía en una loma una casa 
de negocio, la que era a la vez una especie de fortín 
con sus enrejados de resguardo y sus troneras bien 
dispuestas para abocar fusiles o escopetas. Esa casa 
se encontraba en la dirección del vado, y en la zona 
que dominaba de buenos pastos y abrevaderos pacían 
siempre las boyadas de las carretas. Desde la alti- 
llanura de la estancia de Robledo, v a favor de un 
catalejo a propósito de que bacía uso don Luciano 
para descubrir el campo, percibíanse claramente to- 
das las novedades y movimientos de las haciendas que 
refluían al paso, verdadera válvula que daba salida 
a irrupciones semi-salvajes y a la vez fecundas de 
ganado flor, novillos bravos o manadas de potros y 
yeguas ariscas. Oíanse vibrantes también en las tar- 
des tranquilas las voces y gritos enérgicos de los tro- 
peros o conductores al azuzar la vacada; y solía verse 
cómo al azotarse ésta con violencia al río después de 
resbalar en tropel por la barranca, un cúmulo de 
cuernos y cabezas se abalanzaba en tumulto entre gran- 



[50] 



NATIVA 



des remolinos de espuma, para arrancarse al fin sobre 
la escarpa con el redoble del trueno. 

Las carretas con sus grandes toldos de cueros, sus 
culatas rellenas y sus ruedas enormes, cruzaban de no- 
che a veces por los campos de la ribera opuesta, rumbo 
al vado, perturbando la honda calma con el ruido de 
sus pinas y de sus ejes resecos, y las voces imperati- 
vas de los picadores: — ''¡ Barroso!" — "¡Anda Ya- 
guané!" — ík ¡Huse Chorreado!"... — "¡Amoroso!" 

Por lo demás, novedades de distinta índole eran 
raras. 

No se explicaban pues, las dos hermanas, cómo 
otros hombres que no íuesen "matreros" v del género 
temible, anduviesen en el monte de la estancia, casá 
encima de las casas. De ahi que se sintieran con mie- 
do, sin que su natural espanto excluyese una curio- 
sidad tan viva como cercana al interés, 

— ¿Te fijaste cómo te miraba aquel de la barba 
negra. Nata? — decíale su hermana — ■ Tenía ojos 
de hombre malo. . . o de robador de mujeres. 

— ¡No me aflijas, Dios del alma' Si parece que lo 
veo todavía con su cara de muerto metida entre las 
ramas y el sombrero sobre la oreja. 

— El más joven se quedó callado, - — repuso Dora 
con aire reflexivo, puesto el dedo en la boca y atenta 
la vista en el monte — ■. ¿No viste que sus ojos eran 
muy raros? 

— ¡Qué he de ver aturdida, si me tembló todo el 
cueipo lo mismo que si hubiese pisado un escuerzo! 

—No era para tanto, hija, que al fin nada nos 
han hecho esos hombres. 

— Lo que es para otra "lechiguana" no me encuen- 
tras, desde ahora te lu aseguro. Esta noche pongo los 
'"trastes" contra la puerta. 



[511 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Dora se echó a reir, y corrió a otro "portillo'' para 
seguir mejor su pesquisa, todavía sofocada y arre- 
glándose el cabello; en tanto que Nata se sacudía los 
abrojos del ruedo del vestido, y lo levantaba a cierta 
altura, temerosa quizás de haber enseñado demasiado 
su hermosa pierna en la fuga. 

Nada que inspirase sospecha vio Dora en la orilla 
del monte- 
La sombra densa invadía ya a prisa aquello* sitios 
solitarios, por los que atravesaba de vez en cuando 
a paso tardo uno que otro animal vagabundo. El sol 
poniente diluía su luz sobre las copas más altas for- 
mando como una franja de oro sobre terciopelo ver- 
di-negro, y denso y tibio el aire no movía hojas ni 
penachos. 

El capataz traía al encierro la pequeña majada del 
"tronco" 1 , al paso, con la diestra sobre el mango del 
rebenque, entre cien balidos plañideros. 

Al divisarle, Dora le hizo con la mano un saludo 
picaresco. 

Don Anacleto llevó por detrás con el dorso la mano 
al sombrero, que hizo deslizar hasta la nariz, y mien- 
tras se lo volvía a encasquetar muy grave, murmuró 
con sorna: 

— ¡Corazón ladino! jugándose con el paisano vie- 
jo... ¡cómo si no supiera yo con qué pican las 
avispas! . . . 



[52] 



IV 



SECRETOS DEL MONTE 

Y a en la mesa, don Luciano Robledo se impuso de 
lo ocurrido, contado en un estilo pintoresco por Dora. 

Era el hacendado un hombre manso, de rostro an- 
cho y tostado, nariz de ventanas muy abiertas, barba, 
cenicienta, bajo de estatura y abdomen pronunciado; 
siempre con sus piernas cortas embutidas en botas de 
baqueta, v un cinto de piel de cerdo con monedas de 
oro prendido flojamente, entre tuvas agujetas sujetaba 
un puñal de vaina de plata con incrustaciones dora- 
das. Comía con gran apetito, bebía fuerte, fumaba 
con fruición cigarros gruesos y nunca se le caía un 
escarbador de dientes fabricado con el cañón de una 
pluma de "chajá", de atrás de la oreja en donde lo 
asentaba a modo de tubo de anteojo. 

De índole jovial y alegre, tenía él a ciertas horas 
sus carcajadas sonoras que se oían de bien lejos y 
llevaban el contagio del buen humor. Raro era el 
día en que don Luciano aparecía en las faenas con 
el gesto torvo o la mirada aviesa, por manera que en 
todo encontraba él motivo para bromear sin reservas 
o dar expansión a su genio festivo. Los peones, y 
aun las personas extrañas al establecimiento, que en 
éste solían pasar algunas noches, le conocían a fondo; 
por eso su prestigio no era limitado v se hablaba de 
él entre el paisanaje como de un estanciero simpático 
v liberal. 



[53] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Esto mismo lo hacía más confiado y decidor, per- 
suadido de que mientras cumpliese con los deberes de 
hospitalidad, nadie se atrevería a disgustarle. 

Cuando don Luciano hubo oído la relación de 
Dora, echóse a reir muy socarronamente. y dijo refi- 
riéndose a los desconocidos del monte: 

— -No tengan miedo. Esa es buena gente que anda 
a salto de mata perseguida por los milicianos, pero 
que no hace mal a los vecinos pacíficos . . Todo lo 
más que pueden ingeniarse es carnear una que otra 
borrega o vaquillona gorda, porque los hombres tie- 
nen que comer, y las ganas matan lo ajeno, sin fi- 
jarse en la marca. El matrero, el puma, el yaguareté 
v el perro cimairón tienen el mismo colmillo, y cuan- 
do lo clavan, ni el cuero dejan al dueño. . . 

—Nada de eso que conviene, — observó Dora. 

— ¿Y qué ha de hacérsele? Yo no me puedo que- 
jar, porque peligraría la verdad si afirmase que me 
han comido una docena de vacas, que yo sepa. Pa- 
rece que la gente del monte me guarda algunos res- 
petos. 

— -A pesar de esa confianza, — dijo Nata — yo voy 
a asegurar bien la puerta esta noche con todos los 
"trastes" detrás. 

Volvió a reir de buen talante el hacendado, sirvién- 
dose un trozo de grano de pecho que estábale inci- 
tando en la fuente del puchero: y añadió: 

—Lo que dijo el paisano, en vez de amoscarte, de- 
bería serte gustoso. Te estuvo mirando y le bailaron 
al hombre los ojos nada más que por parecerle linda 
tu cara... ¿Te crees que ellos no tienen también 
su gusto como los demás? Medio taimados y ariscos 
no le ''envidean" a ninguno el olfato y los deseos, 
mayormente sí las mozas tienen el pelo rubio y llegan 



[54] 



NATIVA 



a enseñar alguna guapeza, porque son tentados, ami- 
gos de polleras, capaces de bailar un pericón por el 
ruedo del vestido. . sin sacar una hilachita tan sólo 
en las espuelas. Es preciso mezquinarles hasta la som- 
bra, Nata; porque yo he vi?to una vez a un "tigrazo" 
que se iba muy agachado por entre los juncos, siguien- 
do por la sombra a una borrega, > que al fin cuando 
la muy tonta dio la media vuelta y se vino al bajo, 
el manchado codicioso estiró la manaza y la enganchó 
de las lanas, lo que prueba que le faltaba trasquila. 

Pero vamos a ver Dora: ¿tú te asustaste? 

—¡Yo no!... Al principio me sorprendí, ¡porque 
esta Nata es tan melindre 1 

— ¡Sí, mucho de eso' Mira, papá, ella me ganó en 
la carrera. . . 

— -En prueba de que no me espanté, - — objetó Do- 
ra — es que puedo decir cómo tenían las caras los 
dos. Uno, la barba muy negra, renegrida, y un color 
de difunto; el otro, pelo rubio, con ojos oscuros, y 
apenas un bocito por bigote 

—Vean la curiosa. — observó don Luciano — . ¡ Có- 
mo se fijó en los pelos! 

— -Pues que miramos, era natural. — dijo Dora 
toda encendida. 

—Así es. Pero la cosa no tiene importancia y pue- 
den ustedes dormir tranquilas ésta y todas las noches, 
porque nada malo ha de suceder, para nosotros al 
menos . . . 

Otra cosa será al ganado; porque la gente de Le- 
cor muy diferente en sus mafias a las travesuras de 
esos pobres "matreros" sabe "parar rodeo" sin per- 
miso y apartar al destajo cuantas reses quiere, lo mis- 
mo que si se tratase de "orejanos". Y eso que es au- 
toridad. 



[55] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



La milicia de don Frutos, ¡para qué decir! Sus 
buenos muchachos "pealan", matan o arrean; no de- 
jan cueros ni rabos de terneras a ocasiones, y nada 
más que para comerse una lengua de vaca voltean el 
animal y lo dejan podrir entero en algún bajo... 
Hay "que tener paciencia, ya que no tiene la cosa re- 
medio. . . Cuando alguno se queja del manoteo o del 
destrozo, Lecor afirma al momento que va a castigar 
como hay Dios al que agarre lo que no es suyo, aun- 
que nunca castigue; don Frutos se pone hosco si algo 
igual van a soplarle, se moja los dedos y sigue ju- 
gando al truco sin sacar los ojos de las onzas. Las 
amarillas lo enlucernan al comandante. 

¿Y a quien más irse con el cuento? Por no pasar 
por chismosos, los hombres pacíficos se chupan la 
breva ¡y santas pascuas! « , . 

Después de esto se echa el perro muerto a la gente 
''matrera", como dejada hasta del diablo. Ella es la 
que hace judiadas de toda laya y carnea por gusto; 
si aparece una yegua con las costillas al aire o una 
vaquillona con un costado menos, o una oveja des- 
panzurrada, o un ñandú sin alones o un hombre sin 
cabeza y sin cinto, es el "matrero" a la fija el que 
ha andado cuchillo en mano cortando gañotes y sa- 
cando "achuras". Qué indios ni qué mandingas que 
se le igualen a este foragido . . . Vino con mañas des- 
de el vientre de la madre y tiene que ser peor que el 
"charrúa" a la fuerza. . . 

— Entonces tenemos razón de asustarnos, — inte- 
rrumpióle Nata con los ojos muy fijos, atenta y con- 
movida. ¿No ves, Dora?... 

— Quía, muchacha, — prosiguió don Luciano — . 
Ellos dicen eso de los "matreros"; peí o no son tan 
desalmarlos como los pintan. También hay buenos en- 



[56] 



NATI VA 



tre ellos; gente bien nacida que anda por necesidad 
pidiendo techo a los árboles y para comer se encari- 
ña del ganado suelto, sin intención de ofender, ¡como 
que es la barriga la que les gruñe y cabriolea! . . Ha- 
cen como el buey que se lame solo, y que. cuando se 
acerca como al descuido a un cerco de pitas, es ca- 
paz de comerse hasta la última hoja si no lo sacan 
a rigor 

— -No son tan mansos eso* otros — -dijo Dora — ; 
porque no contentos con matar vacas v borregas se 
apoderan de los caballos de silla y no los vuelven 
más. . . 

— jOh! y eso es natural, hija; los hombres no han 
de andar a pie aunque vivan en el monte. Precisan 
salir, merodear y correr buscando mejoia a su suerte, 
poique siempre algún escozor los aflige . ¡Vieras 
cómo enseñan al mancarrón! Si da gusto, v fuerza es 
perdonarlos. El animal aprende con más facilidad que 
muchos que no lo parecen, aunque caminen y tengan 
orejas para escuchar > no etitien en la ''cuatropea" 
del diezmo. Se acostumbra al "potrero" del monte, se 
hace chiquito para pasar pur abajo de las ramas, 
toma agua en la oiilla con ^óh» entilar el hocico, no 
relincha cuando siente el tropel, conoce la senda en 
lo oscuro mejor que un "carpincho* 1 , no se asusta del 
"aguará" que se le cruza entre las manos, y también 
le alarga callado una dentellada al perro cimarrón si 
se le pone delante. . . Se hace un animal de más en- 
tendimiento que otros animales de menos pies; con 
poco rebenque, y con sólo tironeailos del copete. 

— Según lo que oímm — obseivó Xata— . usted les 
disculpará todo, aunque hagan uso de lo que le per- 
tenece . . 



[57] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



— ¡Pues! ¿Por qué he de andarme con ellos de 
disputa todos los días?... ¡Bien parado iba a salir 
yo de la rodada! No hay más que dejarlos y el dia- 
blo me lleve, si este ajuste no es el mejor, Natilla. El 
''matrero" como el "redomón 1 * para venir a suave y 
menos dañino, quiere más maña que fuerza; y así 
acontece que. el que les pone cara de malo, amanece 
un día a la pudre por bobalías. . , 

El hombre a monte, como iba diciendo, adiestra el 
caballo a su modo y lo complace de todas formas, 
pues que es su compañero en la vida triste el que lo ha 
de lie var siempre en los lomos y librarlo del peligro, 
sin que nunca le eche en cara el servicio, aunque 
pase hambres y reciba a ocasiones uno que otro chu- 
zazo que le enderecen al amo en la refriega o en la 
disparada Por servido él que lo curen y le den un 
poco de libertad para reponerse de su flacura y des- 
calabros. El animal, digo, no es de los que se quejan, 
por condinón noble. Pueden desjarretarlo, bolearlo o 
meterle en los encuentros todos los "cortados" de un 
trabuco; si la suerte le ayuda para seguir corriendo, 
ha de saltar la zanja con las narices tan abiertas como 
dos tubos calentados al fuego que echasen humo, y 
con el rabo casi tieso como un "marlo". si es que lo 
han "tusado" para aparejarlo a los rabones y "reyu- 
nos" de la tropa portuguesa. No precisa el jinete hin- 
carle la espuela ni bajarle la mano, porque cuando 
va sobre la rienda parece que quisiera echar todo el 
bulto adelante y tragarse el viento, sin perder la hue- 
lla, el ojo que se le salta y el espinazo que se le cim- 
bra abajo del "lomillo" como si quisiera escurrirse 
lo mismo que una culebra... De esta laya son los 
caballos de los "matreros", y bien vale el robo la en- 
señanza. De buena gana les dieran ellos bizcochos, si 



[58] 



NATI VA 



los tuviesen; pero en cambio los "desbazan'' para que 
no se estropeen, le sacan el haba, les cortan las crines 
de que ha hecho presa el ahí ojo v les quitan el sudor 
del lomo, todo con el cuchillo, los manosean y los 
abrazan, y los animales se largan retozones a revol- 
carse, hínchanse, se sacuden, resuellan, se hartan de 
gramilla, duermen al raso caiga lluvia o esté helando, 
y en la primer tardecita aparente ya e«-tán listos para 
una calaverada llevando encima todo el " apero" y 
al guapo sin acordarse de las angustias pasadas. 

— Pero esos hombres de que hablas, no trabajan y 
viven sin familia. Parece que a nadie quisieran. . . 

—¿Qué han de trahajai, inocente?. .. Si pudieran 
hacerlo serían tan listos para lo bueno como lo son 
para lo malo. ¿0 te figuras que elloo no tienen placer 
en ser como los demás hombres? Es que no los de- 
jan, los persiguen y los obligan a huir por último; 
ya porque no se presten a apoyar a los otros que es- 
tán con el gobierno, ya poique tienen linda pinta para 
infantes o para dragones, pues siempre hav remonta 
en las tropas; — \ ¿paia qué decir chus ni mus 
cuando les echan la mano v los endilgan a la ouda- 
dela, si nadie ha de salir en su defensa, que no sea 
— para el decir — algún guapetón de esos que se su- 
blevan creyéndose más bravos que Artigas? ... Y si 
se quiere los ''malevos 1 ' no son tantos, mirando las 
cosas por otro lado . . . 

Suele suceder que los hijos de familia encerrados 
en aquella madriguera con muros y fosos, como para 
que nadie entre o salga sin que antes dé cuenta de su 
conducta, se entusiasman de repente, «e insubordinan, 
y a pretexto de conocer esa campaña de que oyen ha- 
blar, aunque a ese respecto se parezcan ellos mucho 
a palomas de campanario, mgémanse el medio de es- 



[59] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



currirse lo mismo que hacen los pollos en covral 
ajeno. . . Al fin se ven fuera de portunes y enderezan 
a los matorrales buscando camino, viendo mucho cam- 
po y mucha luz por delante y atragantándose de aire 
hasta soplar corno fuelles de herrería, sueltos de cuer- 
po y alegres, retozando a modo de k Vharabones v que 
comenzasen a querer tender el alón de un costado y 
a esponjar el plumero de atrás con aire de requie- 
bro... ¡Después principian las penas! 

Cuando llegan a hacerse fuertes y ágiles, pocos ''ma- 
treros" los igualan a estos mocitos de ciudad, porque 
se atreven a más todavía si se les deja criar alas y 
echar púas... ¡El diablo me Heve si no me refocilo 
algunas veces en verlos! 

—Entonces no hay por qué espantarse tanto de 
ellos, — dijo Dora mirando a su hermana, que oía 
muy atenta a su padre — . Aprenderán también a can- 
tar versos en guitarra con una voz linda. . . 

— Y tendrán otros modos, — objetó Natalia — : si 
es que no se vuelven huraños de tanto andar en los 
montes con las fieras. . . 

— Eso no sé, ni tampoco si los arañan los gatos ti- 
grinos o los muerden los cimarrones, j Allá se las en- 
tiendan!... Esto que iba contando, es para que us- 
tedes no se figuren que todos son tan fieros que no se 
les pueda ni mirar a la cara. 

Y ahora, voy a disponer lo conveniente por pre- 
caución. 

El señor Robledo empinóse esto diciendo, un vaso 
de vino tinto, que paladeó con fruición; y levantán- 
dose de su banqueta con toda agilidad salióse al patio 
con una tagarnina entre los dientes y el yesquero en 
la mano. 

Ya a solas, dijo Dorila: 



[60] 



N ATI VA 



— Mira, Nata, no sé por qué me imagino después 
de lo que ha dicho papá, que estos hombres del des- 
poblado no son tan perversos como esos vagos de la 
ciudad que sirven a los portugueses v andan por las 
esquinas poniendo miedo. . . ¿Ño te paiece lo mismo? 

Natalia frunció los labios \ se encogió de hombros. 

— A mí me asustan los hombres que viven en los 
montes — contestó — . Andan con lo<= tigres y comen 
raíces. 

Dora echóse a reír ron ímpetu, exclamando. — ¡Qué 
inocente, Nata! ¿Te figuras que ellos cuando quieren, 
no escogen la flor del ganado, v que no tienen sus vi- 
viendas muy buenas en lo escondido del monte 9 Don 
Anaclcto. que sabe también esas cosas, me lo ha di- 
cho muchas veces. 

— Será así, — objetó Nata pensativa. 

Después de eso dirigióse a su cuarto, y sentándose 
en su cama volvióse a quedar meditabunda, jugando 
con el pie en una piel de tigre que delante del lecho 
le servía de alfombra 

Cuando se recogió a las nueve, a pesar de su pro- 
mesa no arrimó los muebles a la puerta. 

Dorila le hizo por esto alguna burla; pero ella se 
acostó, sin contestar palabra, siempre cavilosa. 

Soñó esa noche con el hombre de la "cara de 
muerto". 

Dora se despertó muy temprano desasosegada, y se 
puso en el acto de pie. 

Lucía recién la aurora. Sus grandes fajas azules, 
rojas y amarillas, cuyo esplendor ensanchaban más 
las brumas tenues del horizonte, alargábanse tras de 
la loma y del monte como un inmenso chai de fanta- 



[61] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sía. Todo se movía ya en el campo: aves, peones, ga- 
nados y perros. 

Los gritos de los loros en los árboles de la barranca 
V de los horneros sobre sus nidos de lodo, reunidos 
a las voces de alboroto de los "chajaes" en los próxi- 
mos pantanos y de los "terus" en la llanura, daban 
extraña vida vigorosa a los contornos en medio de 
su misma tristeza montaraz. 

Después de recorrer maquinalmente algunos sitios, 
Dora se dirigió a la huerta con ánimo de escoger le- 
gumbres y descubrir nidadas de gallinas entre las 
grandes matas de las plantas rastreras. 

En esa diligencia estaba, cuando sus oíos descu- 
brieron a raíz de una pita envejecida, algo como un 
bulto o atado blanco que en el instante le pareció 
ser el "rebozo" de lana que ella abandónala el día 
anterior junto al abra del monte. 

— ( Ah! — exclamó en un arranque de alegría in- 
fantil ¡Si es mi "rebozo"! 

Lanzóse sin demora sobre el objeto, y al alargar 
la mano pareció vacilar en tirar de la manta; pero 
bien luego se resolvió y cogiéndola con dos dedos, la 
hizo rodar por el pasto. 

El "rebozo" se desenvolvió al caer, y una cosa re- 
donda resguardada por una capa de hoja* verdes y 
frescas se deslizó hasta sus pies con la docilidad de 
una bola. 

La joven retrocedió recelosa al principio, creyendo 
todo lo malo; mas de súbito lanzó un pequeño grito 
y volvió a aproximarse confiada, mirando a todos la- 
dos como sorprendida agradablemente. 

Las hojas frescas se habían desprendido del objeto 
redondo, poniendo a la vista chorreando gotas de 
miel la hermosa "lechiguana" de la víspera. 



[62] 



N AT I VA 

Dora la recogió, pues no contenía una sola abeja, 
y fuese a enseñársela callada y pensativa a su her- 
mana, que aún se revolvía en el lecho. 

- — ¡Mira! — exclamó Nata muy admirada — -. ¿Quien 
lo trajo? 

—No sé. 

Dora acompañó su frase con una mueca. 
Las dos se quedaron mirando el gran globo plo- 
mizo. 

--¡Quién sabe lo que sera esto! — dijo Dora de 
pronto, observando con visible desagrado que tenía 
untados de miel los dedo*. 

— Sí. es muy raro, — objetó Nata. 

Dora se volvió hacia la puerta, diciendo: 

— El rebozo también apareció 

Tras de estas palabras tnó al patio la "lechiguana", 
que al rodar lejos fue esparciendo por aquí y acullá 
sus hojaldres hasta detenerse en el muro de la cocina, 
donde rebotó como una cascara vacía para sepultarse 
en un hoyo. 

Momentos después, Dora se acercó muy grave al 
ventanillo de don Anacleto, separando sin miramiento 
alguno las plantas parietarias que se enroscaban de- 
lante lujuriosas, dejando apenas un corto espacio para 
dar cabida a una persona junto a la reja. 

La pieza que habitaba el capataz con uno de sus 
compañeros era espaciosa, y en su arreglo interior 
bastante pintoresca. 

Caties fuertes, pieles, banquetas improvisadas con 
cabezas de bueyes viejos, una mesa de pino blanco, 
dos guitarras resquebrajadas ya por el tiempo y muy 
morenas en la caja por el uso, aunque con todas sus 
cuerdas, "lazos", "maneadores", "tres marías", cabes- 
tros, bozales, "redomonas", estribos de madera, cue- 



8 



[631 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ros de zorros y gatos monteses, tijeras de esquila, mar- 
cas de hierro, sogas y lonjas para "tientos", recados 
completos, frenos y riendas, charque en abundancia, 
rollos de tabaco negro envueltos en "'chala 1 ', un tercio 
de "yerba mate", y otras cosas y utensilios aparecían 
diseminados en el suelo, paredes y huecos o colgantes 
de la cumbrera sin orden ni simetría. 

No faltaban tampoco en medio de esta confusión, 
resaltantes sobre el muro negro cnn sus colores viví- 
simos de sangre de toio y yema de huevo, dos o tres 
imágenes de santos, el arcángel San Gabriel. San Jorge 
matando al dragón y otra pintura de ánimas saliendo 
del purgatorio. Algunos mechones de cerdas de caba- 
llo pendían de astas de venado a los flanco* Bajo 
el ventanillo de cruz de hierro, una olla regulai tum- 
bada por falta de un pie servía de depósito a un mon- 
tón de "garras'' y sebo fresco propio para candiles. 

Dos o tres clases de enredaderas silvestres, por la 
parte de afuera, cubrían el ventanillo, llevando sus 
largas guías hasta más arriba de los aleros; por ma- 
nera que mezclábanse habas del ane, campánulas azu- 
les, hojas canaliculadas en gracioso tumulto formando 
arcada la siempre verde, punto de cita de pájaros- 
moscas, "viudillas" y picaflores al salir el sol o al 
caer la tarde. Aovaban también allí algunas de estas 
avecitas, y de sus huevezuelos daba cuenta con fre- 
cuencia Dora para fabricar collaies o sartas capri- 
chosas que le duraban lo que una campanilla de pa- 
rietaria. 

Entre estas enredaderas fue donde se metió Dora, 
sin poner, como decíamos, mucha atención en los des- 
trozos que ocasionara a su paso. 

Estaba el capataz muy absorbido en la confección 
de un cabestro, puesta la yema del pulgar izquierdo 



[64] 



NATIVA 



debajo de la tira de cuero muy tirante sujeta por una 
presilla con botón en el hierro vertical de la cruz, en 
tanto que con su mano derecha, tostada y callosa, des- 
lizaba el cuchillo por el borde del cabestro levantando 
bajo el filo largos rulos de piel seca. 

De pionto asomó en el \entamllo el rostro picaresco 
de la joven, quien le dijo con un acento humilde: 

— Esas abejas son como fieia?, don Anacleto... 
Vea usted, yo no tuve la culpa si lo picaron, y vengo 
a prevenirle que es bueno pala eso un poco de sebo 
de la riñonada, porque suaviza mucho y quita el ar- 
dor. ¿No se ha puesto usted? . . . 

El capataz, suspendiendo en el acto su tarea, la miró 
con un aiie de bondad mezclado a taimo nía, contes- 
tando en tono socarrón* 

— La cosa no es para tanto, niña . . . Ya no me es- 
cuecen las picazones, } lo que siento e<» haberles de- 
jado el "camoatí". 

— ¡Si apareció hoy con el "rebozo'* en la huerta, 
don Anacleto, y yo lo he tirado ahi junto a la cocina! 

¿No adivina usted quién ha podido traerlo enton- 
ces, si no ha sido usted mismo o Nereo? 

— No sé nada, — íepuso el capataz con sorna — 
Yo no lo tiuje. 

— ¿Y los peones? 

— Puede ser, niña. Pero, cuasi aseguro que no, poi- 
que esa es gente que nunca chupa miel de avispas y 
se recoge temprano para ganarle la delantera al sue- 
ño . . La negra habiá andado por el abra, y ^in más 
ni más agarrado el panal, aunque los bichos se le 
prendieran en la trompa. 

— (No! j SÍ Guadalupe no se ha movido ayer de 
tarde, ni lo habria puesto entre las pitas de la huerta, 
enterito como estaba! . . . 



[65] 



EDUARDO ACEVKDO DIAZ 



—Si no hay i astro de hocico, es otra cosa, — ob- 
servó el capataz reflexionando con la mano en la 
barba. 

— Boca será, don Anacleto, pues mi negra no tiene 
hocico — dijo Dora un poco enfadada. 

— Lo mesmo es. niña, — respondió el viejo — . Aho- 
ra caigo por qué "hullaban" tanto los perros a más 
de media noche, por junto y parejo, como hacen 
cuando andan por el campo "aparecidos" o leones 
hambrientos . . . 

— /.Qué dice u*ted, don Anacleto? 
—Nada digo, sino que algún ''matrero" trujo la 
miel, y a la fija se llevó algún cordero a la vuelta 
■ — contestó el capataz, recomenzando su tarea con 
aire muy serio. 

Dora se quedó meditabunda, y apartóse luego del 
ventanillo. 

No impuso a su hermana de esta conversación. 

Nata, sin embargo, hablóla en ése y en el siguiente 
día de ciertos ruidos extraños que ella había sentido 
la noche que se siguió a la aventura; rumorea mez- 
clados al ladrido de los perros, que siempre anuncian 
gente en el campo, y que le robaron el sueño. 

Dorila se limitó a encogerse de hombros y a reírse 
de sus preocupaciones. 

— Habré soñado, dijo Natalia; pero yo juraría que 
hasta sentí voces, así como de quien encariña los mas- 
tines y los vuelve mansos, porque al momento no más 
los perros en vez de ladrar furiosos como al princi- 
pio, rezongaban bajo casi vencidos... 

Don Luciano, a quien ninguna de estas cosas cogía 
de sorpresa, ni podían tomarle otras mayores que él 
presentía, acompañaba a Dora en sus risas sin abrir 



[66] 



NATIVA 



comentario alguno sobre las ánimas o los duendes de 
media noche. 

De todas maneras. Nata no volvió a sus paseos, en- 
tregándose a sus labores, al punto de pasarse horas 
enteras junto al bastidor bordando sus telas; muy su- 
perior en esto de dar entretenimiento a las manos a 
Dora, quien nunca salía de !a bastilla o hilván me- 
nudo por animosidad a la aguja más que por el dolor 
que sintiera en las espaldas de que algunas veces se 
quejaba, aun cuando en otro género de tareas fuese 
diligente y animosa. 

Nada de ello privaba que siguiese en sus excursio- 
nes a pie o a caballo, con la rompan era forzada en 
reemplazo de Natalia, que era la negra Guadalupe: 
mocetona verdaderamente corpulenta y guapa con su 
pelillo en forma de racimos de ->aúco. sus ojos salto- 
nes de un color plomizo, su nariz chata v respingada 
en la punta con las alas muy abiertas y su boca gran- 
de de labios pulposos con dientes tan blancos v pa- 
rejos, que bien podían comprarse a los granos de 
"mazamorra" con leche que ella sabía preparar los 
días de fiesta. 

Nada de notable ocuirió en esto« paseos- que diese 
lugar a temores o de*r*onf ianzas ; lo que fue devol- 
viendo la tranquilidad al ánimo de Nata, que ya em- 
pezaba a echar de menos sus horas de libertad por 
las tardes, días después de los incidentes relatados; 
y especialmente su gira casi cotidiana a la ribera del 
río, bajo el sauzal de los patos. 

Por su parte, y en el interés de la compañía, Dora 
no dejaba nunca de encarecerle los buenos momentos 
que pasaba con Guadalupe cuando se iban en busca 
de nidos y habas del aire. 



[67] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Tanto insistió a este respecto, fiando a las menores 
cosas un colorido de sobra interesante, que logró al 
fin arrancar a su hermana de su retiro, a cuya som- 
bra protectora la piel de su i ostro y manos había casi 
recobrado la prístina blancura. 

Natalia sonrióse una tarde y se dio poi vencida. 

Fue el de los sauces el sitio esrogido, el cual que- 
daba a poca distancia de las ''casas", sobre la es- 
carpa del río. 

En esa parte del monte en foirua de herradura 
abríase una picada o sendero angosto a través de 
"talas", espinillos y "guayacane^ 1 " que concluía en la 
ribera arenosa, desde cuva pla\a dominábase el río 
en todo su ancho: y por un claro espario*o del monte 
en la orilla opuesta, una gran zona de la campaña 
con sus planicies y "cuchillas , \ matoi rales y hondo- 
nadas. 

Por este sendero muy conocido se entraron las dos 
jóvenes, yéndose a sentar en el amplio tronco de un 
sauce cuyos gajos flexibles en correctos arcos hume- 
decían en las aguas sus extremos, formando un pa- 
saje umbrío, por donde desfilaban en la tarde de 
uno en fondo nutrias y "macaes". 

La corteza blanda aparecía ravada en diversos si- 
tios con un punzón, rayaduras que eran cifras y le- 
tras hechas al descuido por la mano de Dora; tan 
mal inscritas que debió haber puesto al pie de cada 
una: ésta es una X, o éste es un 5, a fin de no equi- 
vocarse luego ella misma, que llegaba a comparar la 
primera con una patita de chingólo, y el segundo a 
un copete de cardenal. 

En silencio permanecieron algunos momentos. 



[68] 



NATI VA 



Después, como tuviese Dora delante de su vista un 
trecho o pequeña playa cubierta de ligero musgo, pa- 
reció darle tema a la memoria, porque dijo riendo: 

— -Allí enterrábamos otros años los pollitos que se 
morían, cuando apenas tenían pelusa, . . 

¿Te acuerdas, Nata? 

—Sí — -contestó ésta con aire distraído - - Les po- 
níamos una cruz de ramitas. También a los pobres jil- 
gueros, que tanto queiíamos . . 

— -Me acuerdo. — añadió Dora — . que a los pocos 
días no podíamos ya resistii, v les sacábamos de en- 
cima la tierra para ver lo que había pasado dentro. 

¡Cuántos gusanillos se movían!.. Era un hor- 
miguero. 

—¡Mil a' — dijo Nata señalando a la otra onlla — 
Por allí viene gente. 

Dora dirigió al sitio indicado sus 'ojos. 

En realidad, un grupo de bombies de caballería 
que al parecer venían buscando el vado, se habían 
acercado paso a paso basta la escarpa del río; y cla- 
vando en el terreno húmedo los cuentos de sus lanzas 
adornadas de banderolas, puésto^e a contemplar muy 
atentos y silenciosos a las dos mujeres del sauce como 
a objetos bastante raros. 

Parecían haberse olvidado del deber y de la con- 
signa para darse tan extraña tregua deliciosa. 

Un tanto absortos, pues, con sus greñas secas y 
polvorientas por encima de las mejillas tostadas, sus 
barbas espesas hasta el pecho y sus manos afirma- 
das en los astiles, fijos los ojos melancólicos en un 
solo blanco, allí estaban inmóviles con las cabezas 
altas, lo mismo que una banda de ñandúes en presen- 
cia de un paño que flota al aire o de un pato que se 
revuelca en las hierbas. 



[69] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Nata y Dora se pudieron de pie lentamente, sin sa- 
ber qué camino seguir, algo turbadas e inquietas. 

Al fin uno de aquellos hombres levantando una 
pierna que hizo chocar en la caiona. exclamó con voz 
enronquecida, aunque perceptible a la distancia: 

— jSe me hace que me llega esencia de "chirimo- 
yo". Cristo bendito! 

El reato rio en coro, produciendo e«ta risa que bro- 
taba de entre nutridos pelos el efecto de un prolon- 
gado rezongo de "carpincho". 

Las dos hermanas escaparon corriendo, hasta tras- 
poner el monte. 

Cerca ya de las casas, acortaron su cañera fatiga- 
das, riéndose a su vez a pe^ai de la alarma; y co' 
giendo Dora a su hermana del brazo, preguntóla ja- 
deante: 

--¿No sentirte murho ruido de ramas cuando pa- 
samos junto a los ceibos?. . A mí tne parerió que 
era un hombre que se escurría. . . 

— Sería algún novillo. 

—No. 

— ¿Si vendrán esos soldados en busca de los ''ma- 
treros 1 "? 

— Habrán equivocado el paso, \ eso es todo. 

— ¿Sí, poco baqueanos son ellos para no dar con él! 

— No creas. Esa caballería tiae algún intento de 
este lado del monte. . . 

Una detonación de arma de fuego en la orilla que 
acababan de abandonar, cortó aquí la frase a Dora. 
Sucediéronse a ésta dos más, y luego grito* y vocea 
recias que se alejaban. 

A poco algunas nubecillas blancas como lana car- 
dada surgían de las flotantes bóvedas del bosque, re- 



[70] 



NATI VA 



montándose en suaves íemolinos por la atmósfera 
serena. 

Cuando las hermanas se entraban en el patio, salía 
don Luciano apiesuradamente con su catalejo y po- 
níale a desrubur el campo por la paite del monte. 

Sin separar el instrumento de la visual, dijo, vién- 
dolas venir: 

— No conviene que anden cerca del río . . En un 
derrepente van a morder a estas muchachas en las 
piernas los perros cimarrones, . si no es una bala 
de tercerola que las alcanza, 

- — ¡Don Anacleto — - gritó seguidamente al capataz 
que se aproximaba—, repunte la tropilla del lado de 
la loma, y cuide de mi pangaré, , Seiía bueno lo 
metiese temprano en la enramada llaga arrear tam- 
bién la majadita del "tronco" hasta aquí encima, y 
que las borregas pellizquen lo que puedan. . . ¡Diablo 
de alboroto, caneja! ¡No parece sino que siempre he- 
mos de estar oliendo a póhora, mil cuernos! . . Alle- 
gue las dos lecheras barrosas al palenque, y vea, vie- 
jo, que ese mancarrón macaco no dé con mi pelada 
en lo duro. 

— ¡Qué ha de dar' — contestó el capataz amoscado. 
Dende que me conozco ningún juanero me ha cascao 
las liendres. 

Y en tanto atendía al reclamo, seguido de dos peo- 
nes tan \iejos como él, don Anacleto refuniuñaba- 

— Ya comienzan a los tiros . . 

Esta noche a la cuenta me chmgolean el malacara 
y me hacen humo el "maneador" . . No se enriede 
en las cuartas, compadre Calderón, v enderece esa tro- 
pilla al corral, ¿no ve que viene abriéndose cancha 
la yegua madrina? 



[711 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Paisano lerdo el Nereo, con sus lomos grandotes. 
[Mire sino cómo aparta aquella barrosa de la cría y 
^e va encima de las guampas ese hombre condenado! 

— ¡Oh! y le habrán gustado siempre más que el 
lado de la cola, compadre Anacleto — repuso Calde- 
rón entrecerrando un ojo. 

— -Angina será... ¡Costalee ese animal y véngalo 
coleando, don Nereo. que el becerro viene atrás de la 
ubre! 

Estas voces sobresalían pujantes al ruido del ga- 
nado menor y mayor arrollado hacia el con al y el 
palenque, y al de los galopes alternados con troteos 
a son de rebenque y rodajas. Una gran nube de polvo 
envolvía hombre y cuadrúpedos. Balidos y relinchos 
completaban el concierto, en medio del cual desem- 
peñaban los cencerros una función importante. 

Don Luciano seguía dando sus ordene-, a pesar del 
tumulto, y sus viejos servidores obedeciéndolas, aun- 
que no con mucho acierto en todos los momentos a 
causa de la confusión, la distancia o la sordera cró- 
nica de alguno de los peones, asi impropiamente lla- 
mados en las estancias, siendo antes que eso centauros. 

En la parte del monte, sin embargo, nada inducía 
ya a sospecha o temor, después de los tiros y gritos 
que habían motivado la alarma. 

El bosque en sus orillas e isietas visibles, aparecía 
silencioso; ningún hombre había asomado al llano, y 
las mismas aves de la ribera del río, patos, espátu- 
las y garzas, remontándose o abatiéndose tranquilas 
entre los juncos y espadañas, indicaban el mayoi so- 
siego en aquellos lugares solitarios. 

Las jóvenes, bajo la impresión natural que les ha- 
bía producido el suceso, fueron encaminando sus pa- 
sos maquinalmente hasta la huerta; y habíanse sen- 



[72] 



NATI VA 



tado pensativas juntos a los pitacos, mirando hacia 
aquellos árboles inmóviles y mudos con ese aire de 
curiosidad y de duda que imprime en el semblante 
el espectáculo de una escena aislada cualquiera de 
dramas ignorados. 

Luego se pusieron a conversar con vivacidad, ner- 
viosas y excitadas: ora comentando el rumor entre el 
follaje de los ceibos que Dora había oído al pasar, 
ya la aproximación a la orilla de aquel grupo de hom- 
bres melenudos, ya las detonaciones cerca de los sau- 
ces donde ellas habían estado muv runfiadas; y como 
final de sus coloquios, convinieron en que alguna 
atingencia tenían con cosas tan raras los desconoci- 
dos que las sorprendieron en mitad de sus risas, la 
tarde en que tentaron apoderarse de la "lechiguana". 

— Lo que resulta de todo esto. — concluvó por de- 
cir Nata — ■, es que ya no podiemos ir <-in temores ni 
a la isleta de los sauces. 

— Dejaremos pasar algunos días, por si acaso, — 
repuso Dora. 

— 1 volverá a suceder lo mismo En verdad digo 
que no me siento con ánimo para andar más sola por 
allí. 

— j Miedosa! ¿ Qué sabes tú si esos hombres son 
perversos?. , No lo demuestran, al menos, ^a tenían 
tiempo de habei dado alguna prueba, y entre tanto, 
recuerda lo que papa nos ha dicho. 

Porque él es bueno, y nunca piensa nada malo de 
los demás. 

—-Mira : \ n creo que la "lechiguana" fue traída 
aquí por uno de aquellos que vimos. . . tal vez por el 
de cabello rubio . . . 

— ¿Por qué lo supones? 

—No sé . . Me parece ... lo presiento. 



[73] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



— ¡Loquilla! Ya te lo imaginas muy apuesto. 

—¡Ya verás! —exclamó Dora, refregándose las 
manos con cierta ansiedad — . Te digo otra vez que 
no sé por qué me lo figuro; pero. . . esa cara. . . 

— ¿Qué tenía? La habrás visto en sueños, como se 
ven otras nada lindas. 

— ¡Quién sabe! Yo pienso que no, Natilla, algo me 
dice que la he visto en Montevideo, y tú también. . .,' 

Nata se puso a reir con una gracia adorable. 
Luego, dijo: 

■ — ¿Será aquel Pedro de Souza, de los Voluntarios 
Reales, que tanto te persigue? 

— ¡Qué! —prorrumpió Dorila con ímpetu — . Ese 
tiene el pelo castaño y los ojos veidosos. ¿Y qué iba 
a andar haciendo dentro de las breñas?. . ¡Qué ocu- 
rrencia la tuya tan original! 

— Entonces, no sé. . . Tampoco puse mucha aten- 
ción con el susto. 
—Eso, más bien. 

— ¿Te acuerdas. Dora, cuando Souza te apuntaba 
el catalejo en el teatro, tieso en su silla, apenas aca- 
baban de encender las candilejas? 

— Y muy gallardo que me parecía, con su traje de 
paño Lien abrochado y una media charretera en el 
hombro, — contestó Dora con un gesto de despecho — . 
Está en Santa Lucía de guarnición. 

Pero, no se trata de ése . . 

Guadalupe interrumpió aquí el diálogo con su pre- 
sencia, para advertir a las jóvenes que era hora de 
comer. 



[74J 



V 



LOS CUENTOS DE DON ANACLETO 

La comida fue breve, y contra su costumbre, don 
Luciano se mostró grave, y las jóvenes taciturnas. 
Poco de nuevo «e habló sobre el episodio del día. 

Presentábase mu\ hermosa la noche. Las hermanas 
se pasearon juntas largo íato en p1 patio, ha<sta sen- 
tirse fatigadas. 

Entonces sacaron del dormitorio unos bancos pe- 
queños que pusieron a uno \ otio lado de la puerta 
del comedor y se sentaron, con ánimo al parecer de 
aspirar aire libre buenos momentos. En realidad co- 
rría un aura deliciosa. 

Vino el viejo capataz a hacerles compañía, según 
su hábito antiguo, aunque esta noche con un ceño de 
marcada desconfianza y miradas escudriñadoras ha- 
cia el monte. 

Púsose una colilla de cigarro detrás de la oreja, 
y callando, en cuclillas contra la puerta, observaba a 
ratos a las jóvenes, con las manos juntas entre las ro- 
dillas, el sombrero en la nuca y el barboquejo debajo 
de su nariz de garra, la barba canosa muy revuelta y 
doblada hacia el peeho y los ojos un tanto asediados 
por vejigas carnosas, fijos en la zona más oscura. 

Dio una tos bronca, y siguió en su silencio. 

Las hermanas se miraron, sonriéndose. 

—Empiece un cuento, don Anacleto, — dijo Nata — . 
Se va usted haciendo un poco remolón. 

— No crea, niña Natalia. Es que se nos va el humor 
a los viejos cada día que pasa, y sernos asina como 



[75] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



cuerda de guitarra, que es juerza afinar para que 
suene. 

— -Bueno, yo la afino, — repuso Nata con dulzura. 
— ¡ Quién no ha de contar! . . . Pero yo no caigo en 
una cosa a gusto que venga a pelo, por complacerla. 
— Cuento de amores. 

— De amores ha de ser, y con abrojos, niña, que 
nunca el hombre es de suerte, por lo mesmo que es 
engreído. 

Cuando le toca la china parece cosa de milagro. 

— Nosotras no somos más afortunadas, don Ana- 
cleto, — dijo Dora simulando la mayor pena. 

— A según y conforme, — - respondió el capataz con 
una tos grave — . Cuando yo era mozo tenía muchos 
amigos, y no conocí a ninguno satisfecho por buena 
correspondencia o por aquel gusto que él se pi opuso 
s>entir; eso que eran de chapeado y virolas,, muy ga- 
rifos en sus fletes, y de fama en el pago. Al ñudo se 
encalabrinaban todos a una, tendiéndole el ala a una 
moza muy garrida que moraba en una cuesta del 
valle, entre las toscas de la serranía, lo mesmo que 
pájaro huido; y no faltaba alguno que se ponía esca- 
pulario por alcanzar la gracia. Era de balde. La moza 
no caía en el lazo de los requiebros, ni de los ardiles 
de la trova: ni trampa de pie de amigo, ni otra cosa 
es con guitarra. Ubalda miraba a todos igual, y al 
mirarlos los consumía como si fuepe basilisco; por 
lo que ya magros de carnes los mozos, unos decían 
que a la cuenta era hija de bruja, y otros, para peor, 
que era engendro de murciélago y de calandria... 

■ — -¿Ese es el cuento, don Anacleto? — interrum- 
pióle Doia con aire de mucho interés. 

— En el comienzo voy. Para decir verdad, es una 
historia que pasó, y no invento que se me antoja. 



[76] 



N AT I VA 



— jQué linda debe ser! — dijo Nala — . A mí me 
gustan las cosas verdaderas. 

— -Ya estoy ansiosa. — añadió Dora sonriendo. 

El capataz se recostó bien contia la pared, mirando 
las estrellas: y luego de acariciarle la barba, prosi- 
guió muy formal: 

— Una ocasión cayó al pago un mozo forastero 
como de veinte o treinta año* con la cara boy osa, los 
ojos de lechuza medio salidos, nariz que parecía un 
<l biricuyá'\ paletas grande* > muy dientudo el hom- 
bre, con el pelo tieso como crin de chivato, — que se 
llamaba Nicasio de apelativo — : v junto con el llegar 
de este forastero fue el alboroto, como quiera que la 
gente del pago era medio tentada de la risa. 

Nicasio no se fijó en eso. diciendo que cuasi todas 
las risas, por ser de envidia, se parecían a las roncas 
del gato: muchos dientes finos, muchos bigotes tie- 
sos y mucho lomo hinchado Asina feo como era se 
puso a obsequiar a Ubalda; y con sorpresa grande 
se vido que ella comenzó a redetirse dende que lo 
miró. 

La hermosura a la fija la tendría por adentro este 
forastero, lo mesmo que está lo gustoso del "maca- 
chin" por abajo del amargor; porque de otra laya no 
acertaban con el tiro los mozos del pago 

Ya se ve. — decían todos — : más vale llegar a tiem- 
po que ser convidado. 

¡Noche a noche caía Nicasio a! lancho de Ubalda, 
y se retiraba temprano por no ser cargoso, contento 
con su buena ventura y hablando siempre de hacerla 
su mujer. 

¡Miren qué miel para esa boca! — intrigaban los 
mozos — . Pues no hay más que correrlo al dientudo. . . 



[77] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Dora sofocando sus ímpetus de reír, interrumpió 
aquí al capataz, diciendo con bien fraguada indig- 
nación: 

— ¿Y qué tenían ellos que mezclarse en lo que no 
les importaba? Si Ubaldina quería a Nicasio, esos 
pretendientes debían irse a sus casas, a tomar "mate" 
en la cocina. . . 

— J Ahí está, niña! A los hombres les gustaba man- 
gonear por el gusto de entrometerse en lo ajeno; y 
para mejor, cuando el padre de Ubalda, que andaba 
''tropeando'", cayó al rancho una tardecita, preguntó 
qué hacía allí sentado en una cabeza de vaca aquel 
basilisco; y como le contestasen que era el consentido 
de la moza, se puso el viejo a bufar y a quererlo des- 
pedir sin mas saber del asunto. Las lágrimas le sal- 
taban a Ubaldina, la madre se ponía de su costado y 
Nicasio hacía empeño por amansarlo. 

Todo jué al ñudo. 

— ¡Qué crueldad no oírlo, don Anacleto! 

— Asina es. Como campanas de palo son las ra- 
zones de un pobre. . . 

No hubo que hacer: Nicasio se marchó llevándose 
el corazón de la moza, y dicen que iba triste esa tarde 
como el que ha perdido la madre, montado en un 
"redomón" doradillo, rumbo a un abra de la sierra, 
en busca de algún matorral grande a la cuenta para 
esconderse de la mozada zumbona... 

Cuando se supo la cosa, el pago se revolvió lo mes- 
mo que nido de "mangangá 1 * en que se ha metido 
una mosca brava por enquivocación. Mordisco aquí 
y pinchazo allá, no dejaban al forastero ni una nada 
de pellejo sano; y era de ver cómo miraban a Ubal- 
dina los que ella no había querido! . . . 



[78] 



NATI VA 



La pobie moza era un manantial de llanto; y por 
las mañanitas cuando los pájaios comienzan a pico- 
tearse las plumas v anda saltando el ganado retozón 
y suena el cenceiro de la yegua madrina metiendo 
alboroto en el campo, se le \eía junto al palenque 
como una "viuda afligida, con los ojos nublados en 
el abra aquella en que se hundió Nicasm. siempre fu- 
me en que él había de volver, porque no era menos 
que la piedra que rae del cerro al bajo para juntarse 
ron lao otras sin que naide la arrempuje. 

Pero, a los poros días se rornó que Nieasio había 
caído de una barranca alta, y que lo había apretado 
el ''redomón 1 ', dejándolo muerto en la zanja. 

Cuasi todos se alegraron del mal del prójimo, cuan- 
do un "tropero" trujo la noticia a la ca^a de negocio 
del Gavilán, — que era donde la mozada se juntaba 
para jugar al naipe. 

¡Qué breva para el forastero 1 — habían dicho an- 
tes, cuando el padre de Ubalda lo despidió. 

Ahora dijeron: —¡Consuelo te den los lf car an- 
chos", hojoso! 

Ubaldina se escondió en el rancho como si hubiere 
ganado abajo de la tierra, a llorar a la fija hasta 
quedarse lo mesmo que un junco. ¿Quién había de 
enjuagarle los o}Os. que no juese ella mesma? Naide 
se para a alzar la pobre borrega que anda sólita ba- 
lando por el campo cuando sopla viento frío, a no 
ser el dueño; — y naide tampoco le saca a la gama 
cuando se clava, la espina del dedo, si no es para 
afirmarle mejor un tiro de bolas Con Ubalda la ley 
era pareja. . . 

— ¿Y Nicasio? — preguntó Dora roja de risa—. 
No dice usted si murió de veras, don Anacleto. 

— ¿Nicasio? 

[79] - 

9 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— -Sí, — observó Nata — . Yo me intereso poi el po- 
bre a quien deja usted en una zanja cerca de los 
tigres . . 

— No lo comieron, niña: aunque no me acuerdo 
si dije que había tigres allí. . 
— ¡Sí, que dijo! 

— Será asina. Como resentido \ agraviado tenía 
Nicasio que dar la vuelta, y la dio. como que las co- 
sas no habían pasado sino de la laya siguiente: el 
que se había golpeado en la barranca no era él, sino 
el padre mesmo de Ubalda que iba a apartar para 
tropa en el valle; y quien lo sacó por projimidad de 
abajo del roano con una canilla rota, fue el chachueco 
Nicasio en cuerpo y alma; por lo que el viejo dijo 
que aquello parecía cosa de otro mundo. Dijo más 
el lisiado: "este Nicasio no tiene la cara tan fiera, y 
lo he de servir dándole mujer a su gusto". 

El mesmo envidioso que dio una noticia contraría, 
fue a contar la verdadera a la casa del Gavilán, cuan- 
do todavía seguía el chacoteo en la mozada. 

Jugaban al truco, retozando. Carmelo, el más la- 
dino y <k pa>ador", tironeaba para abajo e] naipe apre- 
tándolo, por veile la lista, aunque paiecia que no que- 
ría verla; los otros habían hecho con sus hojas ca- 
ñuto» y se reían o chiflaban, por el gusto de lucirse. 
Y al tironear al ñudo, Carmelo canturreaba: 

Mariquita me dio un ramo, 
Que le tomase el olor 
Si querés llamarte Rosa 
Consérvate siempre. , . Uoi 

Dijo. Y otro contestó por el gusto de mentir: ¡en- 
vido! 



[80] 



NATI VA 



Fue en eso que entró el embusteio y les endilgó la 
fresca. 

Todos dejaron caer las barajas aturdidos, y uno 
gritó: ¡esa es grilla, cuñao! 

— No es grilla, aparceros. ■ — respondió él—; sino 
cosa de verdad, v si miento que me parta un rayo 
ahora mesmo. . . 

— ¿ Llovía y tronaba en ese momento, don Anacleto? 

—No lo sé a la fija: pero el cielo estaba tordillo 
oscuro y "íefucilaba" fuerte... El caso es que se 
armó una "tinguitanga 1 ' de todos los diablos en el 
Gavilán, y que poco faltó para que lo "achurasen'' al 
"tropero" mentiroso, lo que hubiera acontecido si 
no hubiese escapado como un viento. 

El caso e& que una tardecita caliente, de esas que 
le gustan al "aguacir' y al chingólo, estaba la moza 
toda achirlada en la puerta del rancho, cuando vido 
que se allegaba Nicasio junto con su padre. 

Ubalda cuasi se ca>ó de alegría encima de un pai- 
sano viejo, que andaba por consolarla en sus pesares 
ron la cencía que dan los años 

El "tropero" al llegar le dijo, medio quejoso* 

"Ahí está, muchacha. Yo te lo traigo a este "ma- 
trerazo" por si te gusta. . . Decí que no. ¡ladina! . . . 
En la barranca maldita de cierra adentro, más dura 
que pared de iglesia, rodó el roano y me apretó. De 
nada me valieron el cuerpo y la vista jcanejo! por- 
que el mancarrón se arrolló atrás de mí como un ma- 
taco, y en un repeluz me hizo añicos la canilla." 

Sin dejarlo más hablar, lo bajaron al viejo y lo 
acostaron. 

Después Nicasio dijo que él sabía sanar las heri- 
das, sin poner el ungüento al sereno, ni los trapitos a 



[81] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



la luna: nada más que con una? tablas chica», que 
había que ajustarle al hueso 

Como si juese brujería, en una semana el "ti opero" 
aseguró que ya podía mover bien la lisiada. 

Vean, niñas- medio brujo tenía que ser Nicasio, 
poique el caiacú viejo no se pega no más asina 

— ¡ Pobre don Tropero ! — prorrumpió Dora — ; 
¡cómo sufriría! 

— Indalecio era el apelativo, no Tropel o \o lo lla- 
mo asina porque acarreaba ganado de la sierra; y 
eran pocos tan baqueanos para apartar reses gordas 
entre los pedregales y tirarle las "boleadoras" al no- 
villo serrano que quería ganai los barrancos, con 
ios cuernos como "ahujas" v... 

— ¡Oh, don Anacleto' — dijo Nata— El cuento 
era de amores. . . 

— Como iba diciendo, niña . 

Sin tártago, ni "cambará", ni yerba de las piedras. 
Nicasio curó al hombre, y lo puso derecho. 

Entróse entonces a arreglar el casamiento en el pue- 
blito, que estaba a un galope de dos leguas. El padre- 
cura no vido inconveniente, diciendo que él se alegia- 
ría de asujetar las dos almas ron el menino yugo, por- 
que asina se vían menos en pique de perdeisc. 

Pero la mozada descontenta no jué de ese parecer, 
y todos juraron que le habían de jugar a Nica->io una 
mala partida, por haberles venido a robar la flor del 
pago. 

Y jué que. en la tarde antes del casorio, se jun- 
taron hasta unos cinco o seis entre las piedras gran- 
des del valle, en la cuesta; montado Carmelo en zan- 
cos, y todos con mechas ensebadas a modo de candi- 
les, para prenderlas en la noche y salirle con ellas 



[82 ] 



N ATI VA 



al encuentro al forastero cuando cruzase para el 
rancho. 

Nicasio pasó sin recelo una '\ añada'' al tranco de 
su tordillo, y se jué acercando al pedregal. 

Aunque estaba escuro el cielo, venía el hombre mi- 
rando estrellas de puro gusto; y estrellas vido en un 
redepente en la escuridad, porque al pronto, como tu- 
ces amarillas de las ánimas en pena, lo cegaron los 
candiles de la gente emboscada; y una fantasma del 
grandor de un "'canelón" que traía una luminaria en 
la mano y parecía ecbar humo negro por la boca, se 
le vino encima a saltos de langosta, gritando: ^¡Oin- 
ganlé al duro, y se duebla' ¡A la uña. aparceros!'' 

Pero, el forastero que no era ni medio manco, se 
hizo a un lado sin gran julepe ^ sacando un gran 
trabuco, dijo: 

— ¡No se me allegue el que no quiera morir, y 
abran paso' 

Uno de los mozos. Mendo que Nicasio hacía uso 
de armas, sacó otra de fuego, pero >a cuando él ba- 
jaba el gatillo, y ponía a Carmelo con los zancos para 
arriba, corno cae la cigüeña que está comiéndose un 
pescado y recibe un chumbo en la cabeza 

En mirandn esto, el mozo tiró también, v tan a la 
fija, que a Nicasio le alcan/ó un balín en un ojo, 
volteándolo por los tuaitos en menos que tardó en 
chispear la piedra 

Asina que Ubalda supo esto, coi rió <<ola al mato- 
rral, sin que la gente pudiese privarla de ver muerto 
a su novio 

Esa noche no volvió, y creyeron que se había re- 
fugiado en alguna "tapera" a llorar su desgracia. 

La buscaron por todas partes, sin encontrarla en 
nenguna, como si la hubiese tragado la tierra; sólo 



[83 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



hallaron un pañuelo suyo mojado en sangre junto al 
cuerpo de Nicasio, y con el que a la cuenta le ha- 
bía estado secando la herida al di junto. 

Y muchos días y meses pasaron sin saberse más de 
Ubaldina, aunque se registraron montes y barrancos, 
por si en ellos había rastro de la pobre perdida. 

Y dicen las mujeres del pago que, por allí junto 
al matorral del suceso, se vía siempie una fantasma 
blanca que corría atrás de una lucecita amarilla des- 
pués de la media noche; y que cuando esa linterna se 
apagaba en la boca mesma de un pozo que cerca de 
la sierra había, la fantasma se hacía humo negro, 
hasta perderse entre un monte espeso, a donde naide 
entró nunca. 

En ese punto iba de *u relato «Ion Anacleto, y es- 
cuchábanle en parte las jóvenes tentadas a cada ins- 
tante de la risa — a pesar de lo trágico del asunto ■ — 
por el modo que de narrarlo tenía, cuando un jinete 
sujetando el caballo en la cresta de la vecina loma, 
dejó a todos en suspenso, con no poca sorpresa y 
sobresalto. 

El primer impulso en las hermanas fue el de en- 
trarse al comedor, y se pusieron de pie en el umbral; 
pero notando que el jinete se acercaba al trote rumbo 
a la enramada, sin compañía, y con aire reposado. 
Dora se apresuró a decir entre riente y temblorosa, 
deteniendo a Nata del brazo: 

— j Vea, don Anacleto, qué sp le ofrece a ese hom- 
bre, que de aquí se me está pareciendo mucho a 
Nicasio! 

El capataz se paró, mirando muy atento al que se 
aproximaba; y como hallase demasiado misterioso y 
negro al jinete, al punto de no descubrirle ni una 



[84 1 



N AT IVA 



pinta blanca en el cuerpo, y que se avanzaba callado, 
cubierto con un sombrero como un hongo, repuso con 
aire grave: 

— Permítanme, niñas, que vaya a buscar el trabuco, 
porque se me hace que ése que se allega "no es trigo 
limpio". 

Y sin agregar más palabra, fuese precipitadamente 
a su habitación, acomodándose el cinto, sintiendo que 
se aflojaban las puntas del chiripá, a consecuencia tal 
vez de haber estado tanto tiempo sentado sobre los 
talones. 

Nada agradable fue a las jóvenes el ^erse solas. 

Después de titubear un momento, entráronse, lla- 
mando a voces a su padre 

Don Luciano, que escribía, muy absorto en sus 
apuntes, en mangas de camisa por el calor, levantóse 
en el acto dejando la pluma, \ vino sin pérdida de 
tiempo al llamado. 

— Mira, papá. — -dijo Dora — : ;ahí llega un hom- 
bre! 

— ¿Y es ése motivo de alarma? 

—Precisamente nu. pero después de lo sucedido 
esta tarde, creemos que hay razón . . . 

— ¿Por qué ha de haberla?. . ¡Vamos a ver! 

El hacendado salió al patio; y en medio de él se 
paró, con la camisa abierta en el pecho y las manos 
en la cintura, la cabeza al aire libre y una actitud 
desenvuelta y tranquila, propia de hombre muy sano 
y entero. 

Cerca encontrábase sombrero en mano y apostura 
militar, firme y respetuoso, un mocetón renegrido, 
de quien era sin duda un caballo que piafaba, atado 
al palenque. 



r as ] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



Al divisarle y medirle con una ojeada de campero 
sagaz, don Luciano dijo con autoridad, como si lo 
conociera : 

— ¿Cómo te va, negro? 

— Muy bien mi señor, para servir a su merced. 
--¿Qué andas haciendo? 

— Venía a hablarle al señor de una cosa de apuro . . . 
— ¿A esta hora? 

— Crea su merced que es una obra de caridad, y 
que corre priesa ... Mi amo está lastimado y metido 
ahí en el monte, y como hay que cuidarlo al abrigo, 
\engo a pedirle permiso para traerlo a ese rancho 
\iejo que hay en el bajo, siquiera por unos días... 

— ¿Tú tienes amo? 

— Como digo, mi señor; aunque él me dio libertad, 
— repuso el negro con acenlo cariñoso a la par que 
humilde. 

— ¿\ cómo be llama? 

— Luis María Beróri. 

Don Luciano quedóse un instante en silencio, un 
tanto sorpiendido. 

Nata y Dora escuchaban todo desde el ventanillo del 
dormitorio, no menos admiradas que el bueno de Ro- 
bledo. 

El negro, que parecía despejado y resuelto, siguió 
hablando sin dejar de atender a uno y otro lado a los 
perros que lo olfateaban formando como una ronda 
atenta y gruñidora. 

— Nosotros moramos en el "potrero" del monte, 
más arriba de la isleta que su merced conoce, pero 
todos los días venimos hasta el rincón, y muchas ve- 
ces espantamos para fuera el ganado alzado por hacer 
bien a su merced . . . 



[86] 



N AT I VA 



— ¡Hombre! por eso he visto esta mañana una punta 
de "orejanos" arrimada al rodeo 

— Pues para que vea mi señor; a mi amo se le puso 
entretenerle en esa faena, v tanto fue el empeño, que 
lo cogió en una pierna un novillo hravo, y ahí está 
medio lidiado, sin poder montar y con fiebre. 

— ¡No hav entonces más que curarse, demonios! . . 
Malas diversiones son esas de jugarse con los cuer 
nos. . . ¿Y qué anda buscando tu señor por el monte, 
a trueque de semejantes caricias? ¡Vaya un gusto, 
caneja! . . . Berón. . . Conozco un apelativo así. . . En 
fin. por ahora, Benito. 

— Esteban me llamo, para servir a su merced. 

— Bueno, Esteban. . . Por ahora arréglense ahí don- 
de dices, como Dios, los ayude, que mañana será otro 
día, y daré orden al capataz para que los atipnda bien. 
Pero mira, negro, que en ese rancho viejo hay más 
sapos y sabandijas que "colas de zorro 1 ' en el campo . . 

Sonrióse Esteban hasta blanquearle los dientes, re- 
saltantes como el globo de sus ojos en la oscuridad 

— Eso no importa, señor. Yo me encargo de espan- 
tar los bichos y de "quinchar" un poco el rancho para 
que no entren el agua v el viento. 

— ¡ Convenido! Te faculto para todo, que si eres 
tan diestro para esas maniobras como ladino para ex- 
plicarte, la cosa promete. 

— Ya verá su meiced. Le voy a arreglar lindo la "ta- 
pera": y no vamos a estar más que unos dos o tres 
día^, hasta que se alivie un poco el enfermo. Después 
nos vamos a nuestra "casa", allá en el "potrerillo" . . . 

— ¡]\n hay más que hablar! Si precisas algo ahora, 
no tienes sino pedir, sin pelillos, ni vueltas de capacho. 

—Nada, mi señor, a no ser muchos perdones por el 
atrevimiento . . . 



[ 87 J 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Todos los que quieras, bien hablado. 

— ¡Gracias a su merced! 

Esto diciendo, Esteban hizo un cambio de frente 
paia retirarse, viendo que el hacendado se entraba en 
el comedor; pero Dora, que hacía un instante había 
vuelto tras corta ausencia al ventanillo, gritóle muy 
afanosa y comedida: 

— jNo se vaya sin llevar esto, que puede servir! 

Volvióse el negro solícito, y de las manos de la jo- 
\tn tomó un montón de hilas y unas tiras de género 
blanco 

Luego saludó muy respetuoso, y se fue, balbuceando 
algunas frases de agradecimiento. 

— iQué negro bien criado! — exclamó Dora. 

—¿Has visto? — repuso Nata con asombro — . Se 
me va quitando el miedo. ¿Qué habrá en todo esto, 
Dorila? 

Iba a contestar Dora, cuando la presencia de don 
Arv. letu en el patio, a paso lento y cauteloso, con un 
trabuco cruzado por delante en la cintura, provocó 
en ella un acceso repentino de risa, que, como siempre, 
contagió a su hermana. 

Los perros ladraban detrás del jinete, que se dirigía 
a la cuesta cercana al monte, a paso de trote. 

— ¿Ahí se va el "matrero", don Anacleto! gri- 
tóle Dora, ahogando en lo posible su hilaridad. 

—Calíate Dorila, — dijo Nata. 

— j Si esto me divierte, déjame! . . 

El tapa taz con la mano en la culata del trabuco y 
con aue sigiloso, volvióse apenas, al pasar por delante 
del ventanillo, para decir con acento bajo: 

— Vi que le blanqueaban los ojos al negro, y no 
hice la atropellada por no disgustar al patrón . . . 

Pero, ya lo filié. . . 



[88] 



NATI VA 



Y siguió hasta el cerco de la huerta, tieso y arro- 
gante. 

Nata, al contrario de Dora que reía a sofocarse, 
púsose cavilosa, y cerró la pequeña hoja del ventanillo, 
murmurando : 

— Ahora que estarán tan cerca de nosotras, siento 
más confianza... ¡Buenos sustos nos han dado! ¿No 
te parece que no son tan malos? Piden las cosas con 
unos modos. . . 

— Yo te lo dije, — repuso Donla moderando sus ri- 
sas y enjugándose los ojos con un pañuelo — . Tú 
eres la miedosa que te negabas a todo, viendo duendes 
hasta en un rayo de sol. 

— ¡No tanto!.., Confiero mi dehihdad; pero no 
podrás decir que no ha habido causa de miedo. Esta 
noche, cierto es, me encuentro más tranquila, no sé 
por qué razón. 

— Si resultaran ciertas mis sospechas, ¡cómo te ha- 
ría burla! ... ¡Ya verás! 

Y al objetar esto Dora, moviendo de arriba abajo 
la cabeza, con los ojos puestos en el techo y los labios 
fruncidos, a la vez que con un reflejo de raro albo- 
rozo en el semblante, lo hacía sentada en la piel de 
yaguareté, cruzadas las manos por delante de las ro- 
dillas, en infantil columpio el gentil cuerpo como si 
por él corriese azogue 



[ 89 ] 



VI 



GUADALUPE 

Muy avanzado va el día siguiente, brillando en es- 
pacios límpidos un sol abrasador, «Ion Anacleto pudo 
observar que el rancho viejo se había transformado 
como por encanto; lo que hubo de llenarlo de asom- 
bro, pues si bien él había salido al campo desde antes 
de amanecer, y en el espacio de tiempo transcutrido 
bien podía operarse un milagro semejante, ninguna 
orden ni noticia había recibido te&pecto a esa "obra 
nueva". 

En realidad, la antigua vivienda o mina existente 
junto al ribazo del arroyuelo que desemhot aba en el 
río, no presentaba a esa hora el abpeeto agreste ) 
desolado que en el día anterior; por el contrario, su 
techumbre derruida había sido recompuesta con gran- 
des y amarillentos manojos de paja biava cortada en 
las masiegas del estero; y segados a raíz, dentro v 
fuera, en un trecho considerable, gran número de 
cardos y cicutas, presentando desde lejos el suelo tal 
limpieza que se podía jugar ''a la taba" en el "playo" 
sin tropezarse con un solo "'rastiojo , \ 

Este deshro/annento foimaba un semicírculo de- 
lante de la puerta, o entrada al rancho mejor dicho, 
pues que aquélla consistía en dos pieles de perros ci- 
marrones, unidos y colgantes como un cortinaje; y se 
dilataba en línea recta al monte a ti aves del caidizal 
como un caminito de haciendas al abrevadero. Dos o 
tres caballos pacían cerca, atados a la estaca Salía 



[90 1 



NATI VA 



humo fiel fogón, de la parte airas del "mojinete". La 
enorme ujiva del ventanillo aparecía cubieita ron un 
cuero de toro, clavado a la pared de "rebato" ron 
estaquillas de laurel negro. 

A horcajadas en la cumbrera, tal vez dando la últi- 
ma mano al "quinchado", veíase un hombre negio 
muy afanoso, que al principio el capataz tomó por un 
muño descomunal, dados sus continuos ) nerviosos mo- 
vimientos. 

A fin de cerciorarse, fuese acercando ¡jaso a pa^o 
hasta la entrada de los cardos, y desde allí púsose la 
callosa mano a modo de visera en la fíente para mi- 
rar mejor. 

A poco de estai en esa observación concienzuda, 
muy atento, vio salir del rancho un hombre alto y 
fornido, color de aceituna, que se sentó en cuclillas 
contra la pared, a fumar un cigarro cun la mavor tian- 
quilidad. 

Don Anacleto movió de uno a otro lado la cabeza, 
diciéndose algo perplejo: 

— -El negro parece el mesmo. . Pero éste, es cha- 
rrúa, y cacique ha de ¡>er a la fuerza por la poca gana 
que tiene de trabajar. ¡Indio forzudo y lerdo! Quien 
lo ve ahí tirado al sol en vez de ayudar al retinto, 
al igual de un lagarto viejo cuando canta la "chicha- 
rra". . Yo te había de dar, perezoso, si estuvieras 
conmigo, ladrón de guascas y de mancarrones a la 
horita en que todos dueimen, y cuando naide puede 
rayarte las costillas en campo raso ... j Pero es atre- 
vimiento ganarse la "tapera" con la mesma facultá 
que una comadreja o un zorrino o una vizcacha, para 
el decir, que tanto da indio y negro como cimarrón 
y salvaje!... Las pobres vaquillonas van a empezm 
a parar la oreja, y para mí tengo que los "orejanos" 



[91 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



le» vienen dende hace días sacando el cuerpo a estoi 
mandrias. . . 

Interrumpió aquí el soliloquio del capataz una mi- 
rada distraída y vagabunda del horrible en cuclillas; 
mirada que don Anacleto consideró siniestra y agre- 
siva, por lo que en el acto mismo resolvió dar cuenta 
a su patrón, volviendo riendas al trote más largo 
de su rosillo. 

Pronto estuvo encima de los agaves de la huerta, 
y allí fue detenido por Nata y Dora, quienes, cu- 
biertas las cabezas con una especie de turbante para 
evitar en parte los ardores del mediodía, miraban 
con viva curiosidad hacia el rancho. 

—¿Qué hay, don Anacleto? — preguntó precipita- 
damente Dora. 

El viejo capataz sujetó el rosillo; y con s;esto duro 
de hombre que ha campeado y viene en busca de ar- 
mas con que arrostrar un peligro serio e imprevisto, 
contestó a voz en cuello: 

—¡Qué ha de haber, niña!... que en el nido de 
"tucutucus" de allí del ''playo", se han metido como 
uno' "cinco o doce" indios anoche, después de canto 
de «alio a la fija, y hasta me ha parecido ver entre 
los "yu vales" del costado, un porción de "osamentas" 
de animal yeguarizo... 

■ — ¡r\o puede ser, don Anacleto! ¿\ cómo no al- 
canzamos a ver desde aquí a esos hombres? 

—Andarían por el campo, — agregó Nata, un poco 
sobresaltada. 

El capataz escupió de lado, y dijo: 

— El indio, niñas, se agacha siempre y se escuende 
hasta en el trébol, por lo que ni el mataco que juese 
les gana a hacerse una bola . . . Después tienen un olor 
que los descubre, cuasi como el zorrino, aunque se 



[92] 



N ATI VA 



unten con chirimoyo. Yo no he visto más que uno, 
que estaba afilando una flecha junto a la puerta: pero, 
es siguro que los otros se encuentran en el rancho 
o tendidos boca arriba entre los pastos comiendo al- 
gunos pedazos de carne cruda. 

— ¿Ni siquiera les vio usted las plumas del copete? 

— ¡Nada!.. . Esos mugres se pegan a la tiena co- 
mo la iguana entre los cardos, y el más baqueano se 
enquivoca si los encuentra, por parecerse a troncos 
de sauces caídos. . , 

Voy a avisarle al patrón, antes que se haga más 
tarde. 

Dejáronle ir las jóvenes, un tanto confusas por lo 
que habían oído, aun cuando les asistía una creencia 
contiaria a lo aseverado por el capataz; creencia qüe 
confirmaba en cierto modo la tranquilidad que rei- 
naba en el campo, no descubriéndose peisona alguna 
en toda la zona visible. Sabían ellas también que él 
exageraba algo las cosas por costumbre y por tem- 
peramento; y, en esa conciencia, no quisieron comu- 
nicarle nada de lo ocurrido en la noche anterior. 

— El pobre viejo tiene una cabe/j de "chingólo" — 
dij'o Dora incomodada — . ¿No se le antoj'a que en 
la "tapera"' está el cacique Pirú con toda una horda, 
cuando nada se ve en el bajo, fuera del negro Es- 
teban?... ¡Yo creo que tiene hace mucho a los in- 
dios montados en la nariz! 

Como don Anacleto la ostentaba muy curva y larga, 
Natalia se rio de veras de la ocurrencia. 

— ¡Será eso! . . . Con todo, no hay que descuidaise. 

— ¡Yo no lo creo! 

Mira. Una vez nos vino con la historia de que ha- 
bía en lo más hondo del "rincón"' matado un tigre, a 
brazo partido; mientras que, según Nereo, lo que ha- 



[93] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



lúa ultimado era un coatí. Cuando yo le pedí que me 
trajese el cuero, salió diciéndome que se había pu- 
drido. . . 

Después nos trajo el cuento de que encontrándose 
una tarde a pie en el rodeo ajusfando la cincha, lo 
había atropellado un toro malísimo, . . y que él, dán- 
dose vuelta muy ligero, lo había agarrado de los cuer- 
nos Lirándolo al suelo como a un cochinillo de leche, 
v entre tanto, no tardó Calderón en venir a decir que 
una novilla le había dado en el vientre a don Ana- 
cleto, con sólo el hocico y tirándolo rodando de la 
cuesta abajo. . . 

— Es preciso dispensarlo, Dora. - — interrumpióle su 
hermana riendo; — no ves que ya es viejo, v tiene 
que inventarlas . . . 

— No, ¡si no me importa! Pero ¿por qué nos en- 
gaña así? 

— Será por vengarse de aquello de las avispas. 

— Lo mismo que su pelea con los perros cimarro- 
nes... en la noche de Navidad: ¿te acuerdas?... 
Venía él todo soíocado, hosco y bufando, con el pe- 
cho al aire y remangado hasta el hombro ... Al otro 
día, en lugar de perros bravos muertos, papá halló 
junto al pajonal una pobre zorra descuartizada por los 
mastines de la estancia que él le había "chumado". 

— ¡0\e! — exclamó de súbito Nata — Papá está 
hablando con don Anacleto. 

El dormitorio del señor Robledo tenía un ventanillo 
que daba a la huerta. Delante de este respiradero o 
ventilador, que tal parecía por s>u estrechez y su con- 
figuración, se había construido un pequeño cobertizo, 
a fin de evitar que el sol penetrase en verano. El ha- 
cendado, que se levantaba siempre muy de madruga- 
da, hacía su siesta después de mediodía, y dejaba se- 



[ 94 ] 



NATI VA 



miabierto el ventanillo para que corriese el aire, prote- 
gido como lo estaba aquél en parte por el cobertizo. 

Ya en su lecho, lo había sorprendido el capataz con 
sus noticias; y sobie la existencia en el bajo, de una 
borda, departían, cuando Nata hizo callar a Doia 

Las jóvenes se acercaron, en el doble interés de oir 
algún dato nuevo y de disfrutar de la sombra. 

Poco de interesante pudieion escucha i. 

Pero, minutos después, \ieron con algún asombro 
que don Anacleto a caballo y Guadalupe a pie, lle- 
vando uno y otra provisiones y objetos diversos, se 
dirigían a las ruinas del estero, en franca y amena 
conversación. 

— ¡Mejor' —dijo Dora con viveza, batiendo pal- 
mas Ahora vamos a saber por Guadalupe todo. 

—Así es, — añadió Nata- — . Tú podías preguntarle 
a su regreso sobre lo que ha\a visto, v vo lo haié con 
don Anacleto, para comparar. . . 

■ — ]Me gusta! Así sabremos hasta qué extremo dice 
mentiras... Pero, me acuerdo ahora que la negra 
se le parece un poco; y si habla con Esteban, peor. . . 

— ¡Maliciosa! ¿Qué importaría que conversase con 
el moreno? 

— ¡Hum! . . . Capaz es de entusiasmarse la ne- 
grilla. . . 

— -Cállate traviesa y vamonos, que el calor se hace 
insoportable. ¡Ya no puedo más! 

Y tras de estas palabras, Natalia fuese a prisa, para 
atravesar cuanto antes el terreno quemado por el sol. 

Dora corrió en pos con la agilidad de una gama, 
en medio de risas y parloteos. 

[ 95] 

10 



EDUAHDO ACEVEDO DIAZ 



No se demoraron mucho tiempo capataz y esclava, 
en el desempeño de su comisión. Transcurrida media 
hora apenas, estuvieron de vuelta en las "casas". 

Sin que la llamasen, Guadalupe entróse en la ha- 
bitación de las jóvenes con el rostro bañado en sudor 
y cierto aire de misterio, arreglándose todavía en la 
cabeza un pañuelo a cuadros rojos y amarillos que 
le servía de cofia. 

Antes que con la palabra, interrogóla Dora con los 
ojos, saliéndole al encuentro. 

Guadalupe, compañía cotidiana de la joven en el 
paseo a pie o a caballo, en el baño del manantial ve- 
cino y hasta en las fútiles diversiones y recreos cam- 
pestres, sabía interpretar bien los menores gestos de 
Dorila; y por eso, se apresuró a decir: 

— No hay motivo para miedos, niñas, porque no 
son más que tres: un indio, un moreno y un. . . 

— ¿Y un qué?. . . ¡Habla, pues! 

— ¡Si viese qué pinta de mozo, niña! Un señorito 
rubio que tiene una cara que da gusto el mirarla, y 
unos ojos azules que ni el cielo. . . 

— Entonces don Anacleto se engañó, Guadalupe; 
porque él nos dijo que había por lo menos una hor- 
da entera de charrúas en el bajo. 

— ¡Qué! niña, — exclamó la negra con sonrisa bur- 
lona — ; uno solo, y ése manso; está vestido como la 
gente, y convidó con un cigano a don Anacleto... 
Ni un pasto han dejado en el suelo y parece casa la 
"tapera", niña, como oye: el techo de nuevo y todas 
las cuevas tapadas. Como están cerquita del monte, 
han andado al trajín con los troncos; tienen fuego, 
mate y "churrasco". 

¡Mire que intrusos esos!... 



[96] 



NATI VA 



— 6 \ el enfermo? 

— A lo largo, en un recado. Habló poco, para pe- 
dirle a don Anacleto que su merced el amo lo dis- 
pensase, y le diera las gracias. Que pronto sanará v 
vendrá a saludarlo, para irse; porque dijo que no 
quería abusar, estándose aquí muchos días. Don Ana- 
cleto le aseguró que mi amo era gustoso, y que no se 
afligiese. . . 

— Por supuesto. ¿Qué mal hay en que esté? Así 
fuesen todos . . . 

— ¡Ay, niña, qué triste parece el mozo! Como que 
está lastimado en una pierna, dicen, por un toro bravo. 

— ¡Pobre! ¡Lejos de su familia 1 

— Una pena, niña. El indio y el moreno lo cuidan 
mucho, como a un señor: le lavan la lastimadura y 
le ponen la ''yerba de las piedras 1 '. Muy contentos con 
las hilachas y trapitos blancos que mandó la niña, 
que vinieron bien para el caso, porque estaban rom- 
piendo sus ropas a pedazos. . Dijo el herido que ha- 
bía de ser un alma buena la que eso hacía con un 
desgraciado. 

— ¡Mira, Nata, por tan poca cosa! . ¿Y no tiene 
madre, Guadalupe? 

-—No sabré decirle, niña Dora. 51110 que parece 
marchito; talmente, que al mirarlo se ve lo que su- 
fre. Se llama Luis María; por la figura, alto, mucho 
pelo rubio y tenía un pañuelo atado en la frente que 
él se mojaba a cada momento con agua puesta en 
una cáscara de "mulita", muy blanca y limpia ... El 
moreno se llama Esteban. 

— Sabemos ya eso... ¡Cuándo no te habías de fi- 
jar en el retinto, pizpireta! 

— Barrunta de buena casa, y se muestra muy agra- 
decido con su merced. Después, aunque es trompudo, 



[97] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



se las echa de muy leído... Kl indio, callado; pero 
siempre haciendo que se ríe, como si tuviese monos 
en la cara . . . 

A esta ocurrencia, sonrióse Natalia que oía en si- 
lencio; y fuese luego a recostar en su lecho con los 
ojos bajos, más que por sueña o cansancio, preocu- 
pada tal vez por las noticias e inhumes de la esclava. 

Así que ésta se retiró, Dorila hizo lo que su her- 
mana. 

Miráronse las dos. con ánimo de comentar minucio- 
samente las cosas, puestas las manos en las mejillas, y 
reclinadas con natural abandono; pero, cambiadas al- 
gunas frases vagas, se quedaron pensativas hien pronto, 
reconcentradas, casi hurañas, como si una misma emo- 
ción de extrañeza hubiese embargado por completo sus 
cerebros y estremecido de súbito sus corazones. 

Quizás a esto contribuía también la hora v la pesa- 
dez del día, de un calor sofocante, capaz de abatir los 
organismos más fuertes. Por el ventanillo entreabierto, 
ün tanto velado con una gasa verde, penetraba denso 
un aliento de fuego, a la par que el eco monótono e 
insistente de las cigarras y el sordo zumbido de los 
"mangangaes'' que iban y venían cargados de polen 
de manzanilla, batiendo sus vidriosas alas delante de 
las maderas salientes del alero. Unido al de los abe- 
jorros, oíase la música del tábano y de cien insectos 
gruñones, crujir de élitros y trinar de golondrinas al 
reparo, entre palpitaciones de alborozo. 

Pocas horas después, don Luciano, que se paseaba 
a pecho descubierto por el cuadro del cobertizo' go- 
zando del vienteciUo todavía caldeado que soplaba de 
la loma, dijo a Guadalupe que no olvidara llevar buena 
cantidad de yerba y azúcar ''misionera'* la una y "ru- 



[98] 



NATIVA 



hia' la otra — , al rancho viejo; y que avisase al capa- 
taz repuntase la majada del tronco hacia el mismo si- 
tio, para que ''los hombres" apartaran lo que quisie- 
sen cnmei 

Entie capataz y esclava solían promediar sus biegas 
y sus día? de bonanza, que duraban períodos casi de- 
termmado> ; y al lleno de las primera? llegaron ese 
día. pues habían venido disputando a su regreso de 
la "tapera' 1 con encono \ verdadera tenacidad acerca 
de futilezas 

Con todo, la negrilla lo buscó diligente en su tugu- 
rio: \ no encontrándolo allí se dirigió a la cocina. 

Hallólo en cuclillas, con el mate en una mano y la 
caldera en la otra. 

Al entrar, dijo Guadalupe con tono de autoridad' 

—Manda el amo que haga repuntar las ovejas para 
que carneen los hombres de la "tajiera". 

Don Anacleto la miró en silencio, volviendo despa- 
cio su^ pupilas ahumadas* de córneas enrojecidas: y 
siguió sorbiendo su ''mate cimarrón" hasta hacer so- 
nar la "bombilla 1 '. 

— ¡Parece sordo! — - murmuró la negrilla, sacando 
el candil del hueso de caracú que, enclavado en un 
rejón de marca vieja servía de candelero. 

Y como viese luego que el cajiataz. en vez de darse 
pur aludido, dejaba en el suelo el "mate" junto al fo- 
gón casi apagado, y ^arando su cuchillo de cabo de 
asta se ponía a cor tai -e la uña del pulgar, paciente y 
concienzudamente, añadió má* amostazada dándole la 
espalda, y como gruñendo 

— ¡Don Nereo toda\ía pase, aunque le conversen 
con 'un ruerno; pero éste 1 . . 

El capataz levantó la cabeza v dijo con aire re- 
posado: 



[99] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Más aceite da un ladrillo. 

¡Venime no más con enflautadas, tizón!... Yo sé 
por qué te das tanta maña para servir a los del rancho 
viejo. Ya vide que le guiñabas el ojo al cuervo. . . 

— ¡Qué más se quisiera el cabeza de cebolla! ¡No 
preciso de regodear a ninguno para merecer, mal ha- 
blado; que cuando lo quiera, lo tendré' 

— [Hum! . . . Cuando hagan pis la gallinas. 

— ¿Qué dice?. . . ¡ Animalito de Dios! ¡Quién lo ve 
tan viejo y tan zafao, por la Virgen María! 

— Nunca lo juí; sino hombre de esperencia en estas 
cosas. 

Por eso te digo eso, que te ha acalambrao tanto. 

— ¡Ja. ja! bozal le hace falta, — repuso ella salién- 
dose a toda prisa irritada. 

—Sí, ya te conozco Guada-mota. — gritóle el capa- 
taz, tembíándole la borlilla del barboquejo en la punta 
de su nariz de ''ñacurutú"—. ¡Al ñudo te estás albo- 
rotando, alacrán rabón! 

La esclava se fue bufando; y detrás de ella el capa- 
taz a repuntar la majada. 

Empezaba la sombra a formar ancha faja bajo el 
alero y a correr menos caliente el aire, embalsamado 
por las manzanillas en flor. 

El ventanillo del aposento de las jóvenes estaba 
abierto, y asomada una cabecita que era la de Dora 
con su ceño alegre, fresca, lozana y juguetona, alar- 
gando a cada instante la mano hacia afuera para coger 
las mariposas blancas o amarillas que en silencioso ale- 
teo trazaban círculos sobre las enredaderas del frente 
e iban aturdidas a desfilar por delante de ella. 

Nata salió a hacerle compañía, parándose junto al 
ventanillo. 



[ 100 J 



NATIVA 



Después reclinó su cabeza en el hombro de su her- 
mana, con la vista fija y como perdida en la exten- 
sión del campo. 

La presencia de Guadalupe en el patio, con la pro- 
visión de yerba-mate para los huéspedes del otro ran- 
cho, hizo recaer el pensamiento de una y otra en el 
interesante asunto cuyo comentario detenido las dos 
parecían desear evitar, sin que pudiesen ellas mismas 
explicarse la naturaleza y el alcance de sus escrúpulos. 

Dorila tenía sus vehemencias y arrebatos geniales; 
Natalia sus ensueños y vuelos de imaginación, en parte 
acrecentados por las esperanzas y los anhelos secretos 
de la vida solitaria. Encontrábanse en esa edad en que 
lo más real se encubre para la mujer de cierto poético 
misterio y se trazan con la mente senderos de luz para 
llegar a una ilusión suspirada; y cierto era, en la 
situación de ánimo de una y otra, que la presencia de 
un extraño en la estancia de las calidades que se atri- 
buían a Berón, prestábase de un modo imperioso a 
inclinarlas a dulces halagos y candidos devaneos. ¿Sa- 
bían ellas acaso, quién era ni cual había sido su exis- 
tencia en medio de la campaña desierta? No, en ver- 
dad. Pero, esa misma atmósfera de lo desconocido 
que rodeaba al héroe de la aventura, exaltando un 
poco la fantasía de las jóvenes, siquiera ella no fuese 
ni muy ardiente ni creadora, incitábalas de hora en 
hora a pensar y a creer en cosas antes no soñadas. 
Dolíanse en el fondo algo, de que el asilo no fuese 
más hospitalario y generoso. Y de ahí secretos im- 
pulsos, en parte comprimidos, de endulzarlo y hacer- 
lo más grato a la desgracia. 

A la aparición de Guadalupe, — quien se disponía 
a emprender marcha al bajo, desde donde llegaba el 



r 101 j 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



rumor del rebaño arreado por el capataz — , las her- 
manas se miraron como movidas por el mismo deseo. 

— ¡Pobre el herido! — exclamó Dnra. 

Guadalupe . . . 

La negra, que se había quedado mirándolas con un 
gesto picaresco, que indicaba bien a las claras que 
esperaba órdenes, se apresuró a acercarse. 

— ¿Vas a la "tapera"? — preguntóle Nata. 

— Sí. niña; si algo se ofrece... 

— Espera, — repuso Dora — . Voy a aumentarle el 
avío. 

Desapareció del ventanillo, para volver muy pronto. 

Trajo un puñado de liilas que entre las dos habían 
hecho ese día, impulsadas por igual sentimiento pia- 
doso, como una cosa natural y sencilla, y dos pañue- 
los blancos impregnados de un aroma suave de flo- 
res, sin duda recién arrancadas y esparcidas luego 
sobre ellos. 

De todo formó un pequeño lío, y pasóselo callada 
a Guadalupe. 

Recibiólo la negra con una sonrisa, y fuese veloz 
moviendo la cabeza. 

Cuando Nata alzó la vista, notó que su hermana 
la observaba risueña a su vez, y bastante encendida. 



[ 102 ] 



VII 



AL CAER LA TARDE 

Durante algunos días? nada de extraordinario ocu- 
rrió en "Tres Ombúe^"\ ¡siguí en rio la* cosas en un es- 
tado análogo a lo descrito. 

Socorrióse a los huespede? ron el celo que al prin- 
cipio; el herido entraba en convalecencia y hacía sus 
pequeños paseos por Li tai de frente a -?u vi\ieiida: y 
sus dos rompañerus. el indio y el negro, se afanaban 
en contribuir a his tareas del campo, con una pericia 
v actividad tales, que habían llenado de sorpresa al 
señor Robledo. 

Al habla con ellos, pudo persuadirse de que el cha- 
rrúa había perdido en la f orina las crudezas primiti- 
vas de la tribu, de la que "vivía alejado bacía más de 
quince años: explicándose así su ductilidad paia todo 
género de faenas y los medios ingeniosos de que se 
valía para simplificar el trabajo. Por otra parte, no 
tenía malos hábitos, so expíes aba bien; y siempre 
cun la sonrisa en los labios, parecía de una índole 
suave y templada. 

En cuanto a Esteban, bien echó él de ver en el acto 
que había sido educado desde muy pequeño en per- 
manente actividad laboriosa. Tan hábil campero \ 
domador como el indígena Cuaró. puso de relieve al 
hacendado en breves días la insuficiencia de su peo- 
naje; insuficiencia que en realidad don Luciano no 
podía hacía tiempo subsanar, a causa de las guerras 
y persecuciones continuas, y del estado del país, 



r ios ;i 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Los raocetones robustos habían emigrado a leja- 
nos pagos de la otra banda; o tenían por única mo- 
rada el corazón de los bosques. Estos, que al acaso 
le habían deparado por corto término, y cuyo con- 
curso inesperado debía propiamente a su siembra de 
buenas acciones, colocáronle el establecimiento en con- 
diciones insuperables para una próspera marcha. 

Casi todo el ganado arisco y "orejano" fue lan- 
zado del interior del monte, en masa considerable, 
campeado y sujeto a radio; luciéronse grandes rodeos 
y apartes; se domó, dióse caza al ñandú, formóse 
acopio de cerdas y de plumas; trajéronse varias ve- 
ces a encierro enormes manadas de yeguas, que no 
conocían la "manguera"; esquilóse una última y pe- 
queña majada; y sujetáronse algunas vacas al pa- 
lenque. 

Cierto es que, como por encanto, y a una invita- 
ción de Cuaró, surgieron del monte diez o doce mozos 
de melena y botas de potro; los que, rozagantes y 
alegres, hablando de "acordarse de sus tiempos", co- 
mo si éstos muy atrás hubiesen quedado, emprendie- 
ron la faena con ahinco, tomándola en cuenta de di- 
versión, para ellos prohibida por el rigor de los do- 
minadores. 

Aunque por esos campos el tráfico no era mucho, 
defendidos por un lado con una valla de bosques, 
los mocetones volvían a ciertas horas a sus guaridas, 
evitando en lo posible todo encuentro desventajoso 
con las partidas brasileñas o con las del "Brigadeiro" 
Frutos que solía cruzar por la carretera, de allí di§- 
tante dos leguas. 

Por entonces, la riqueza pecuaria del país empe- 
zaba a ser objeto de latrocinios por parte de los do- 
minadores en la vasta zona del norte; y si bien no 



[ 104 ] 



NATI VA 



había llegado allí el sistema de la confiscación y del 
despojo, no debía demorar en hacerse sentir de la 
manera más irritante e inicua. Era cuestión de tiempo 
y oportunidad. El desfile de esas partidas importaba 
una previa exploración. 

Si el señor Robledo se sentía contento \ satisfecho, 
no lo estaba menos que el buen criollo el viejo don 
Anacleto. Pocas palabras hallaba en su misma ver- 
bosidad y jerga campesina para ponderar el servicio 
de los mozos; y todo cuanto tenía era poco también 
para obsequiarlos y tenerlos alegres. 

Había cobrado grande afecto a Cu aró y a Esteban, 
y admiraba en el primero la destreza en el tiro de 
bolas, diciendo: "nunca vide acollaradas tres Marías 
que silbasen más lindo y con provecho; y hasta el 
toro mesmo se duebla con sólo su música en las 
guampas". 

Del negro agregaba que, para echar un '"piar 1 o un 
nudo "potriador", o para afirmársele en los lomos a 
un potro de los que muerden el aire o se "costalean" 
de puro gusto, no había quién pudiera pisarle una 
hilacha del ''cribao' 1 . 

De esta suerte, la estancia era un centro de jolgo- 
rio. Resonaban con frecuencia las guitarras, y aun a 
veces, en concierto con éstas los acordeones; cántigas 
patrióticas, trovas y serenatas: muchas voces v risas, 
ruido constante de espuelas de hierro con más pin- 
chos que una corona de espinas; trotes y carreras; > 
en ciertas noches, acentos simpáticos modulando aires 
de la tierra a lo lejos en la soledad de los campos. 
Algunas de esas voces, de un timbre puro y vibrante, 
atravesaban la distancia nomo ecos melancólicos de 
sacrificios ignorados, que adquirían mayor encanto 



[ 105 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



confundidos con los ruidos y estridulaciones miste- 
riosas del desierto. 

Pero, en otros días, un silencio profundo denun- 
ciaba la ausencia de aquel espíritu juvenil y entusiasta 
que tenía el don de animar las "casas 1 " y el llano con 
su savia poderosa de buen humor y de vida. 

Aquellas novedades distraían bastante el ánimo de 
las dos hermanas, que veían "remozado" a su padre, 
cuyo nombre pronunciaban todos los ' matreros" con 
cariño y respeto. Por eso, algo echaban de menos en 
las noches silenciosas. 

Don Luciano había ido varias veces al rancho de 
Ius asilados, y remitido diversos útiles y objetos a 
Cuaró. 

Con todo, nada de nuevo había dicho a ellas, salvo 
que el herido seguía siempre arribando, sin otros re- 
medios que el lavado sencillo v el vigor exuberante 
de su juventud. 

No les era esto suficiente, porque ya la curiosidad 
del primer día podía bien calificarse ahora de interés. 
Los datos que conocían inclinábanlas a pensar, aparte 
de lo que naturalmente preocupan ciertas proximidades, 

Al principio se condolieron; después desearon apre- 
ciar el objeto de su aflicción más de cerca, mirarle 
y recrearse en su buena obra. 

Con instinto propio de mujer, presentían que esto 
debía sobrevenir; y no se equivocaron en el cálculo. 

Jineteaba Esteban una tarde en un redomón de pe- 
laje muy negro; tan negro, que el jinete bien podía 
decirse que formaba con el solípedo una sola masa, 
por no asemejarlo a un centauro retinto, no soñado 
por la fantasía helénica. 



r loe] 



N AT I VA 



Tal vez, a esta circunstancia especial o a este de- 
talle poco común, debíase el interés con que le mira- 
ban desde las "casas"; pues muy próximo a ellas, en 
un declive suave y extenso, cuyo límite marcaba un 
"sombra de toro", era donde el diestro esclavo ponía 
a prueba su habilidad y sus músculos de acero. 

La cincha ajustada al medio, marcaba bien la pre- 
sión en el vientre del cuadrúpedo, formándole a los 
lados dos curvas abultadas, por lo que antes de la 
corveta y el corcovo, el brioso animal insistía a cada 
instante en el arqueo del lomo para sacudirle la carga 
con la cabeza entre los remos delanteios, en cuya po- 
sición lanzaba relinchos ahogados que parecían en- 
tortóles de fiera. 

El negro estaba descalzo, sin otro estribo que un 
palito de madera dura colgante horizontalmente de 
una guasca "sobada", y la espuela subre el rancajo 
desnudo. Tenía las íiendas en una mano, y en la 
otra el "maneador". Afirmábase con los dos dedos 
mayores del pie en su singular estribo, oprimiendo 
entre ellos la soguilla. 

Don Anacleto lo ayudaba por detrás, en el castigo, 
descargando sendos golpes de ""lonja" sobre los cuar- 
tos del oscuro. 

El animal se precipitaba y revolvía sudoroso cu- 
biertos de ampollas de espuma blancas como algodón, 
cuello, boca y corvejones, — las crines revueltas, las 
narices dilatadas, el copete húmedo, los ojos enrojeci- 
dos de una expresión indómita pero triste, cual si ya 
se sintiese humillado y a punto de ser vencido. Sus 
grandes saltos — elegantes botes de admirable gim- 
nasia — , sus paradas súbitas sobre los pies traseros 
y manotadas en el vacío, sacudiendo la airosa cabeza 
a la vez que todo el largo de la médula para lanzar 



[ 107 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



a su tirano; sus gritos casi feroces al aplomarse en 
ágil columpio y refregar los labios llenos de sangui- 
nolentas burbujas en los pastos duros, al mismo tiem- 
po que levantaba sus miembros posteriores hiriendo 
con los cascos el aire con increíble rabia, fueron poco 
a poco limitándose a ligeros brincos y ahogados ron- 
quidos, cuya expansión hacía forzosa la fatiga. 

Temblábanle los miembros como si a lo largo de 
ellos chorrease agua hirviendo, hundíansele y se le 
ensanchaban los ijares lo mismo que un fuelle de 
fragua, y solía erguir la cabeza para mirar desespe- 
rado hacia la loma en que corría la yeguada en al- 
boroto, lanzando un relincho que en su mitad estran- 
gulaba el estertor. 

El rebenque del domador parecía remojado, y su 
espuela nazarena había aglomerado en cada punza 
buen número de pelos amasados con sudor y sangre. 

Esta prueba de domesticación, tan distinta a la do- 
madura por el copete, o por método científico, obli- 
gaba también al jinete a tomarse alientos, — semi- 
aturdido, a pesar de su agilidad y destreza, por los 
vaivenes y balanceos del potro. 

Don Luciano lo observaba todo desde los "ombúes", 
a cuya sombra agradable se habían agrupado sus hi- 
jas con Guadalupe. 

Nereo y Calderón, acompañados de otros, de pie 
junto a la enramada y con los "mates" en las manos, 
aplaudían a voces los quiebros del negro sobre los 
lomos, acercándose de vez en cuando para examinar 
en detalle el cuerpo del oscuro que hipaba sin des- 
canso, y hacer alguna observación pericial acerca del 
estado del ''recado'' o de las piernas y la boca misma 
del potro, a fin de prevenir ''no quedase mañero", 
ya fuese por "manquera", ya por "blandura". 



[108] 



NATI VA 



Al final estaba Esteban de su faena, y muy entre- 
tenidos todos en mirarlo, cuando un joven jinete apeán- 
dose a un flanco de la huerta, adelantóse con buen 
¡ talante y aire desenvuelto a saludar a don Luciano: 
quien, al divisarle, dijo con su proverbial sencillez: 

— Ahí viene el amigo Berón. 

¿Cómo va esa lisiada?.,. Ya lo veo caminando 
firme, y de lindo color. Allegúese. . . Aquí estamos 
que no perdemos ojo en ese potrillo que jinetea su 
negro . . . 

Acercóse el joven, sonriéndose, y dio la manu afec- 
tuoso al hacendado, 

— Cada vez mejor, señor Robledo. — contestó — . 
Agradezco . . . 

— Estas son mis hijas, que usted ve: Natalia y 
DorÜa . . . 

Saludólas Berón con un gesto expresivo, que pare- 
cía significar: ya sé, y algo les debo. 

Guadalupe puso en blanco los ojos, recostándose 
en el ancho tronco del segundo ombú. Relamíase los 
pulposos labios en silencio. 

Las hermanas mostráronse atentas. 

Bien se vislumbraba, sin embargo, que una y otra, 
cada una según su temperamento, había experimen- 
tado algo de sorpresa o de emoción, a la vista del 
forastero. 

Hablóse poco, a medias palabras, sobre el incidente 
de la herida, sobre el ardor de fuego de ese y de otros 
días, sobre la habilidad de Esteban y sobre lo her- 
moso que estaba el campo. 

Sucedíanse pausas de silencio, por parte de las jó- 
venes. 

Don Luciano conversaba y reía, dirigiéndose a ve- 
ces a gritos al capataz para hacerle objeto de alguna 



[109] 



EDUARDO ACEVÜDO. DIAZ 



pulla inofensiva, sabiendo hasta qué exiremos iba el 
amor propio de su viejo servidor. 

No se quedaba sin la réplica; que en eso, don Ana- 
creto era infalible, aunque contestase una cnsa des- 
comunal. 

Luis María, colocado a cierta distancia, con la ca- 
beza erguida para recibir mejor la» caricias del viento, 
solía mirar de soslayo el interesante grupo, sin deiar 
de proseguir con el ganadero sus diálugos. cortados 
por las ocurrencias de aparte de este último. 

Su mirar discreto no carecía de extrañeza; a su vez 
parecía sorprendido. 

Las hermanas, muy sobre sí. con ese aire propio de 
las mujeres que se interesan en ocultar lo que sienten 
al propio tiempo que los defectos que constituyen un 
relieve de su personalidad, Lenían los ojos fijos en 
la pradera: pero, en realidad. ln estaban examinando 
en todos sus rasgos y perfiles. 

No privaba eso que entre ellas cambiasen frases so- 
bre cosas indiferentes, medidas y circunspectas. 

De la observación de Berón resultaba esto: no son 
zafias. De la de ellas, esta síntesis: este hombre no 
es como esos otros. 

Guadalupe muy tiesa, con su vestido de percal a 
pintas moradas v su pañuelo de algodón floreado so- ( 
bre el pechu, contemplaba con fruición la escena. Qui- 
zás sabía a qué atenerse res pecio a estas novedades 
que rompían por completo con la munotonía de los 
últimos tiempos. 

Luis María Berón era un mancebo de veinte y cua- 
dro años, alto, delgado, de rostro fino, cabello rubio 
en ondas, frente amplia, ojos azules, nariz bien deli- 
neada, boca de labios muy rojos con un bigotillo do- 
rado, cuello robusto y pecho saliente. 



[ 110] 



NATI VA 



Cualquiera habría supuesto, a poco de obscrvai su 
busto apolino. que aquellas guedejas sedosas y en- 
ruladas que le caían hasta los hombros, habían cre- 
cido por primera vez entre las breñas: que aquellos 
ojos claros no habían tenido poco antes la mancha 
violácea que los rodeaba como un disco negro; y que 
aquel aspecto de dureza que daba rigidez a sus fac- 
ciones, súlo pudía atribuirse al influjo de un contacto 
violento con la vida semi-báibara. En íealidad, todo 
este urganismu. sin apartarle mucliu de la corrección 
de formas de los gauchos. — lipos admirablemente 
modelados para la lucha y graciosamente embelleci- 
dos por el clima - — . a\ enlajábales en su naturaleza 
selecta, en nada afeminada, pero sin peí files ni deta- 
lles groseros. Aunque endurecidas por ejercicios dia- 
rios de fuerza, las manos eran pequeñas, como el pie; 
y realzaba en cierto modo su semblante el rastro casi 
indeleble dejado por el beso ardiente de esa querida 
romántica de los seres vagabundos, que se llania so- 
ledad. 

Notábase a primer golpe de vista que este joven, 
en medio de los azares de su vida errante, cuidaba 
con singular esmero de su persona. Llevaba bien pei- 
nada la cabellera, a través de cuyos mechones lustro- 
sos descubríase la piel blanca del cráneo; no usaba 
largas las uñas, ■ — lo que era un detalle original — , 
ni adornaban sortijas sus dedos callosos, pero sin ve- 
llo ni pecas; su tronco esbelto cubierto poT una ca- 
miseta azul, resaltaba más en gentileza con el "vi- 
chará" terciado sobre el hombro izquierdo; y un som- 
brero negro de alas cortas que usaba algo caído sobre 
el lado derecho, dábanle en con i unto un aspecto de 
"payador" hermoso de daga y guitarra, en cuyos la- 
bios de guinda pareciera tremida r la tro\a melancó- 

[ 1U] 

11 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



lica, en tanto se retrataban en sus pupilas los paisajes 
del desierto. El ceño duro, el velo parpadal algo caído, 
los labios finos y apretados daban a su semblante 
una expresión enérgica que se acentuaba aún más 
en ciertos momentos por la fuerza extraña de sus ojos. 

Sus calidades físicas y el aire de distinción de su 
figura, sus maneras y el modo de expresarse, eran 
en este sujeto aparecido de súbito, causas suficientes 
para que las jóvenes se sintieran sorprendidas como 
en realidad lo estaban. 

No les cabía tampoco duda de que no era otro que 
aquel cuyo rostro vieron entre el ramaje de "cane- 
lones" y "mataojos", la tarde de la aventura de la 
"lechiguana" ; llegando en sus preocupaciones a in- 
ferir que el panal había sido enviado por él y puesto 
en la huerta a las pocas horas del hecho. 

Con todo esto, aventuráronse a interesarse por co- 
nocer en sus detalles el incidente desgraciado que ha- 
bía compelido al joven a guardar lecho. Algo dijo él, 
correspondiendo a ese interés. 

El episodio era sencillo: hecha irrupción en un po- 
trero pequeño del monte, por una vacada arisca que 
suponían de propiedad del señor Robledo, él y sus 
compañeros pusieron empeño por lanzarla a campo 
raso, lo que lograron en mucha parte; pero, encerrado 
él entre las arboledas y el ganado, que pugnaba por 
entrarse al corazón del bosque, fue cogido en una 
pierna por un novillo bravo, y aun su caballo, que 
recibió heridas mortales. 

Debía su vida a los compañeros, que acudieron en 
el acto al socorro . . . 

Escucháronle las dos hermanas con atención, cada 
vez más admiradas del lenguaje usado en el relato, 



[112] 



N AT I VA 



tan distinto al que estaban acostumbradas a oir a Ub 
gentes del campo. 

En tanto, Esteban había concluido su faena fati- 
gosa y dura. 

La tarde avanzaba, y en gigantescos pasos la som- 
bra iba cubriendo la pequeña zona cubierta por "las 
casas". 

Don Luciano se manifestaba placentero, las jóvenes 
reían, y Berón parecía participar del general contento. 
Los diálogos llegaron a tomar mayor animación; y 
Dora se permitió indicar que en el declive que daba 
al estero se respiraba un aire más fresco que el de 
aquel sitio. 

Desasosegada e intranquila, moviéndose de aquí 
para allá con cualquier pretexto, su proposición lan- 
zada como un mero dicho, fue acogida; y todos se 
dirigieron a la ladera cercana, a excepción del hacen- 
dado, quien, según él — al excusarse — "era viejo 
para cabrero". 

Desde la loma, el espectáculo se presentaba encan- 
tador. El cielo estaba azul; pero en el horizonte del 
poniente, una gruesa valla o barrera de nubes color 
plomo interrumpía la luz solar, dibujando en el es- 
pacio de un lado una cordillera con vistosos picos y 
morros, y del otro enormes superficies planas o me- 
setas de vapores inmóviles y nutridos. En una como 
montaña, la más enhiesta de la aérea cordillera, la 
refracción formaba en los contornos sinuosos una an- 
cha franja de oro de un brillo incomparable; y por de- 
trás se alzaban a varios rumbos diversas fajas o he- 
bras de cabellera no ígnea, sino azulada, en tanto 
caía de la vecina falda, lo mismo que baja serpen- 
teando de las cumbres al valle un gran curso de 
agua, una cascada de fuego que desaparecía en la 



[113] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



boca negra de un abismo. Uno que otro rayo se es- 
rapaba a través de aquella masa condensada, casi ho- 
rizonlalmente. y venía a atra\esai los montes que fes- 
tonaban el río convirtiéndose en el pasaje en un di- 
luvio de aristas luminosas. 

— ¡Mira, qué lindo! — exclamó Dora alborozada. 
El sol nos esLá guiñando un ojo... 

Nata se rio, añadiendo: 

— Ahora pestañea... 

La negra, sin pieocuparse poco ni mucho del pai- 
saje, se puso a correr como una gama atrás de un 
chivo que andaba a saltos entre unas piedras del de- 
clive. 

Berón se mantenía discreto y atento, algo tímido 
en su actitud y no menos preocupado, al verse solo 
con aquellas dos primaveras. 

Causábanle una impresión dulce, halagadora, des- 
pertando en su espíritu confusas reminiscencias; sus 
palabras, sin embargo, carecían de ardor y no de- 
notaban nada de lo que parecía sentir íntimamente. 

También las jóvenes se mostraron reservadas. 

£1 momento de recreo fue muy corto: casi de la 
misma duración que el panorama del poniente. 

Cuando regresaban, Nata y Dora venían del brazo, 
cambiándose miradas, cada vez que lograban fijar 
alguna en el acompañante que \enía al lado, a paso 
grave v medido. 

— Haremos mañana el paseo a la ísleta, — decía 
Dora — ■; pues ya no hay motivo. . . Tengo allí en las 
acacias tres nidos de jilgueros con cinco pichones. Se 
les van poniendo negras las eabecitas. 

—Sí, iremos, ■ — conte&taba Natalia, sin fuerzas para 
negarse en presencia de aquel testigo. 

lil, por su parte, añadía con reposo: 



[ 114] 



NATIVA 



— Conozco el sitio. Es muy alegie. de mucha som- 
bra, y tiene el canal por delante, de gran hondura. 

— Una vez se ahogaron algunos animales ariscos 
en el remanso, — - proseguía Dura cotí aire austero. 
Don Anacleto miraba desde la orilla a caballo, sin 
saber por dónde bajar,. . 

Nata se llevaba la mano a la boca, con ímpetus de 
risa al oir ésta y otras ocurrencias irónicas de su 
hermana: y así llegaron a Lis "ombúes". paso a paso, 
cuando ya el sol se había escondido, pero no sin 
dejar como un rescoldo el suelo y más que tibio el 
aire. 

A las ramas de uno de los "ombúes 1 ' habíanse ya 
trepado las a\es caseras, en filas y esponjada?; y un 
gallo criollo de cresta muy roja y gruesos espolines 
en sus zanquituertas iba salLando el último, de ve- 
rruga en verruga del tronco, y de la horcadura cen- 
tral a los gajos, alborotado y caeaieando. con la 
barbada temblorosa y el ojo alerta, por si faltaba al- 
guna de la gran familia. \. cercioiado de que no. 
parábase de vez en cuando en alguna rama endeble, 
muy altivo: lanzaba una nota estridente y bamboleán- 
dose estiraba bien el ala frotándola en uno de los 
espolines ufano y orgulloso. 

En piesencia del cuadro. Dora sintió como un an- 
sia, y Nata se sonrió. 

Era que una de las diversiones predilectas de aqué- 
lla, consistía en acechar la oportunidad en que el ga- 
llo batía sus alas para cantar: y. en haciéndolo, arro- 
jábale entonces con cualquier objeto inofensivo a la 
cabeza o al esponjado cuello, a fin de que se "atorase" 
según su expresión pintoresca, y en vez de un canto, 
saliese como un grito despavorido cuvo eco repitieran 
en coro todo.-, lo* emplumado*. 



t 115 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Nata se reía, al pensar que a la presencia de Berón, 
debía el pobre sultán de los gallináceos el no haber 
recibido una andanada de Dora, en medio de su al- 
borozo. 

En cambio, comprimiendo a su vez la risa, y con 
cierto aire de amenaza, Dorila dijo, con pueril viva- 
cidad: 

— ¡ Engreído el cantor ! . . . 

Algunos momentos se detuvieron conversando de 
cosas campestres bajo los "ombúes"; y de allí se des- 
pidió Luis María, manifestando que le sería muv agra- 
dable el permiso de venir todos los días a saludarlas, 
mientras permaneciera en el campo. 

Algo oyó él balbucear a las dos, cuyo sentido no 
pudo alcanzar de un modo claro; pero debió inter- 
pretar la respuesta favorablemente, porque se fue sa- 
tisfecho y contento. 

Perdíase ya en la sombra su silueta, y las dos her- 
manas seguíanle todavía con mirada atenta, calladas 
y en suspenso. 

Después volvieron los ojos; dieron algunos pasos 
sin objeto; lamentóse Dora de que se le hubiese "es- 
capado el batará de una sorpresa"; murmuró Nata 
palabras vagas; calláronse de nuevo; y, por último, 
se miraron de frente la una a la otra . . . 

Parecieron preguntarse: "¿quién es?" "¿de dónde 
viene ? " 

Tenemos nosotros que decirlo, antes de proseguir 
el relato. 

Luis María tenía su odisea interesante, y por lo 
mismo digna de que la narremos desde su origen. 
En su corta historia, sólo había ensueños e infortu- 
nios, — patrimonio de los héroes ignorados. 



[116 1 



VIII 



HOGAR DE ANTAÑO 

Algunos años antes de que se fundase la escuela 
gratuita establecida en el Fuerte, bajo los auspicios 
de la sociedad lancasteriana, y cuando aún primaba 
en materia de educación el viejo sistema conventual, 
Luis María oía en San Francisco, sentado cinco ho- 
ras al día en dura banqueta o banquillo, las leccio- 
nes y consejos de los maestros de sandalia y rosario. 

Aparte de los rudimentos, inoculados a rigor de 
disciplinas, los buenos frailes le habían enseñado un 
poco de latín, poniéndolo en relación, aunque lejana 
y fría como toda la que se entabla con los muertos 
de otras razas y otros siglos, con Horacio, Ovidio y 
Virgilio. 

Educada en esa forma su memoria, — porque todo 
procedimiento era por entonces mnemónico, — reci- 
taba él en cualquier momento trozos clásicos enteros, 
desde el jam quiescebant voces hominumque canum 
del poeta melancólico, hasta el arma virumque. . . del 
cantor de Dido. 

En otro género de estudios, Luis María no era me- 
nos adelantado. Había recibido lecciones de Larra- 
ñaga sobre botánica y zoología, al punto de serle casi 
familiar la flora y la fauna rioplatense. 

De más está el decir que no era lego en teología, 
siquiera se tratase de las nociones principales; y que 
había ayudado al servicio divino, cuando la campana 
del convento era la única que llamaba a misa y se 



[ 117 ] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



utilizaba hasta el atrio para celebrarla en los días 
de gran afluencia de fieles. 

El boquirrubio de sobrepelliz e incensario en la 
mano, que difundía aromas al pie del altar, atrayén- 
dose las miradas de las devotas con su aspecto de que- 
rubín inocente y sus grandes ojos azules de una pre- 
coz tristeza serena, había merecido algunas veces, sin 
embargo, de sus maestros, castigos severos. 

La letra con sangre entra, ■ — se decía entonces. El 
niño tenía bajo su apariencia dulce e inofensiva un 
genio duro y fuerte, que no doblegaba la penitencia; 
reacio siempre al castigo, indócil a la reconvención 
brutal y alLivo ante la amenaza disciplinaria. 

Los conventuales lo distinguían a pesar de todo, no 
sólo por sus bellas dotes intelectuales, sino Lambién 
por la respetabilidad social de la familia a que per- 
tenecía. 

Tal vez, con conriencia de esto, el niño solía llevar 
al extremo la violencia de sus arrebatos: y fue así 
cómo una vez. después de una reprimenda, y hallán- 
dose de penitencia en la celda del padre guardián, 
cogió la caja de carey con incrustaciones de oro y 
aditamento musical, en que aquél guardaba su polvi- 
llo de lujo, y la lanzó contra el muro convirtiéndola 
en cien fragmentos. 

Después de es Le ímpetu colérico, escaló la tapia y 
se fue. 

Contaba ya trece años. 

Inútil fue todo esfuerzo por volverlo a la escuela 
del claustro. Rebelóse contra las prácticas rígidas y 
austeras de su misma familia; — aquellas prácticas 
españolas que no permitían la menor réplica u ob- 
servación a las regla* doméslii-as. ni a los fueros de 



[ 118 J 



NATIVA 



la patria potestad — , y hubo que ceder para evitarse 
mayores desazones. 

El mancebo había ya recibido, por otra parte, la 
instrucción necesaria, y convenía emplear su activi- 
dad en otras tareas. 

Dcdicósele al comercio, en la misma casa de su 
padre-, que era hombre de negocios y rico propieta- 
rio; nueva condición a que se sometió el joven sin 
resistencia alguna, pero sin abandonar su? libros que 
leía con avidez creciente, como una prueba de que 
no había sido la falta de amor al estudio lo que lo 
había inducido a romper cotí las reglas colegiales del 
convento, sino sus severísimas prácticas internas, ante 
las cuales aparecían de color de rosa las costumbres 
austeras del hogar. 

En el seno de su familia, con arreglo a esta^ aus- 
teridades, se profesaba la religión del rey y rendíase 
culto al derecho divino, no viéndose ntra autoridad 
respetable más allá de su augusta persona; y. a par- 
tir de esta especie de superstición o fanatismo irre- 
ductible, todos y cada unu de los sacudimientos ar- 
mados de las campañas y la revolución de mayo en 
primera línea, constituían rebeldías criminales que de- 
bían castigarse de un modo inexorable. 

Los caudillos se encontraban fuera de toda ley. 
Prohibido estaba el hablar de Artigas en ningún mo- 
mento, si no era para celebrar sus desastres. El señor 
Berón había sido miembro de la logia "Los Empeci- 
nados'', uno de sus más conspicuos intransigentes, del 
consejo privado del virrey Elío, y luego del círculo 
familiar de Vigodet — de cuyas tertulias era perso- 
naje obligado para la malilla y el solo, el tresillo, las 
damas o el ajedrez. En la carpeta u el tablero tenía 
pocos rivales tratándose de una bnla natural o de un 



í H9 J 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



jaque-mate de sorpresa; y como era franco, abierto, 
algo manirrota, de voz recia y carácter firme, la ter- 
tulia se animaba a su sola presencia, cundían los 
liábanos y cajas de rapé y concluíase siempre por 
reconocer que muy pocos comerciantes llevaban tan 
bien como él los calzones de tres botones. 

Sus ideas eran radicales y extremas en toda cues- 
tión. 

Artigas era un cuatrero con presillas de coronel; y 
figurábase a los hombres de algún valer que le ro- 
dearon, con las piernas desnudas para andar mejor 
en los charcos y pantanos, sombreros altos de felpa, 
fracs con botonadura dorada y "boleadoras" ceñidas 
a la cintura. 

¡AI fin tupamaros! • — -argüía colérico, romo expre- 
sión sintética de sus razonamientos de sectario con- 
vencido. 

Por lo demás, el señor Berón tenía fama de ser un 
excelente sujeto, amo de bastantes negros, concurrente 
asiduo a la iglesia del convento y protector de des- 
validos. 

Su esposa, dama ya madura, de espíritu tolerante 
y sosegado, pulcra, hacendosa y sencilla, si bien no 
trataba a Luis María con el aire adusto de su padre, 
mostrábasele seca por temperamento, aunque como 
aquél lo amase en el fondo de una manera entrañable. 

Esta buena señora llevaba consigo en todo tiempo 
al costado un rosario "bendito" de cuentas de porce- 
lana, y una cajita de plata llena de polvo blanquillo, 
que sorbía con frecuencia en medio de sus faenas do- 
mésticas. El pañuelo de algodón a cuadros rojos y 
amarillos, era el complemento de estos avíos. 

Aunque retraído y sobrio en demostraciones de ca- 
riño por la educación recibida y por su dureza de 



[120] 



NATIVA 



carácter, el hijo tenía siempre para la madre un beso 
o una sonrisa, y amoldábase casi indiferente a los 
usos del hogar sin demostrar nunca en sus menores 
actos que él advirtiese que se le consideraba niño to- 
davía cuando ya había dejado de serlo. 

Ciertas lecturas llegaron a acentuar las predisposi- 
ciones naturales de su espíritu, nutriéndolo de ideas 
nuevas a la vez que exaltaban sus sentimientos en fa- 
vor de causas extrañas a las viejas preocupaciones so- 
ciales y políticas, imperantes en su familia. 

Al principio oyó decir que los contrabandistas y 
facinerosos en alianza con los "charrúas" se habían 
alzado contra la autoridad del rey, y que cometían 
crímenes sin nombre en las campañas sin que los 
tercios pudiesen dar con ellos por junto para exter- 
minarlos completamente. 

Niño aún, aquellos sucesos no pudieron atraer su 
atención. 

Pero los años pasaron, y la lucha seguía sin iregua. 

Entonces, a medida que él fue avanzando en edad 
y en madurez de juicio, empezó a examinar y a for-' 
marse en sus adentros un criterio distinto a aquel 
que dominaba de antaño en el recinto amurallado, y 
bajo el techo de sus padres. 

¿Por qué peleaban con tanto brío aquellos hom- 
bres? Parecíanle extraordinarios. A los mismos frai- 
les de San Francisco les había oído decir cosas que 
ahora se le presentaban claras, al pedir materiales a 
la memoria; y esos elementos de juicio iluminaban 
su razón, despertando en su corazón virgen los anhe- 
los vagos, al comienzo, después ardientes de copar- 
ticipar de las emociones y peligros de los que lucha- 
ban más allá del muro artillado; — espacio para él 



L 121 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



desconocido, Heno del misterioso encanto que le da- 
ban las proezas del valor, poblado tal vez de paladines 
semejantes a loa de la leyenda antigua, consagrados 
por entero a la patria y pródigos en morir. 

Desde que llegó a sentir estas impresiones, — ver- 
daderos asalto» del instinto nativo, — este amor se- 
creto a los criollos sus hermanos, este vértigo por la 
aventura que solía nublarle el cerebro, — se hizo más 
reservado, casi hosco, cual si temiese que en su frente 
se reflejaran los ensueños juveniles con las sombras 
de un delito. 

En ese ensimismamiento fijóse la madre más de una 
vez, sin lograr satisfacción cumplida. ¿Serían acaso 
los monótonos hábitos domésticos, aparte de la fatiga 
del trabajo diario, los que iban cambiando el carác- 
ter del joven al punto de arrebatarle toda alegría? 

Para estas dudas mediaban razones. 

Luí? María salía en muy rara ocasión de su casa. 
Concluidas sus tareas encerrábase en su cuarto y leía, 
hasta la hora de la cena. En la mesa se hacía el rezo, 
comíase frugalmente, y antes de levantarse los man- 
teles el hijo pedía la bendición a sus padres y volvíase 
de nuevo a su retraimiento silencioso y sombrío. 

Muy de mañana estaba de pie, y en su sitio de labor, 
que era un escritorio colocado detrás de una com- 
puerta, con banco alto y vistas a la plaza de la 
Matriz. 

Desde ese sitio complacíase en los momentos de ocio 
en ver llegar a los hombres de campo que venían a 
proveerse en el establecimiento, apearse junto a la ve- 
reda resguardada en su cordón por cadenas de hierro 
sujetas a postes de ñandubay o de algarrobo, echar la 
manea a sus caballos enjaezados con el mejor "apero'' 
y entrarse luego a la casa balanceándose sobre sus 



[122 j 



NATI VA 



talles, con aire altivo, al ruido de sus espuelas prendi- 
das al rancajo sobre "bolas de potro" abiertas en los 
dedos, camisa limpia con un pañuelo en triángulo so- 
bre el omoplato y anudado al cuello en vez de corbata, 
chaqueta burda, chiripá de bayeta y calzoncillo de cri- 
bo, sombrero de ala blanda al flanco, larga la cabe- 
llera flotante sobre los hombro», el poncho de estación 
a medio caer en el brazo, muchas surlijas raras en- 
sartadas de a cuatro y cinco en los índices y anulares, 
la cola del cigarro encima del pabellón de la oreja, y 
el barboquejo trazando un arco a media barba: el mi- 
rar desconfiado, la palabra tardía y el regateo en la 
paga con el codo en el mostrador y los ojos en el pingo 
coscojero que amenazaba pisar una rienda o hundirse 
en el lodazal de la calle hasta los corvejones. 

Luis María abandonaba su escritorio, los observa- 
ba con interés, interrogábalos sobre ciertas cosas, com- 
placíalos en algunas de sus exigencias, y concluía por 
estrecharles fraternalmente la mano cuando ellos se 
despedían. 

Después de estas escenas, que eran frecuentes volvía 
él a sus meditaciones, fijas las pupilas en aquella plaza 
desnuda de árboles y en aquellos muros de ladrillo 
colorado de la Matriz que se alzaban al frente, tristes, 
con sus mechinales llenos de murciélagos y lechuzas. 

Al toque de oraciones. íbase a su soledad. 

Así fue creciendo, y pasaron meses y años. 
Diecisiete contaba de edad. 

En un lapso no muy largo de tiempo, habíanse arria- 
do diversos pabellones en la ciudadela: a los españoles 
vencidos para siempre, habíanse sucedido los argen- 
tinos y luego los orientales o >L artiguistas", en pos de 
combates y disturbios, acontecimientos inesperados, 



[123] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



transformaciones violentas, gobiernos de un mes y re- 
presalias implacables. Los ánimos habían quedado 
aturdidos ante aquel drama de acción permanente. 

Su padre no hablaba ya de política con el ardor de 
oíros días, y vivía recogido en el hogar, en cuyo se- 
creto se permitía él únicamente confiar en que todo 
volvería a su quicio así que España se reconstituyese; 
para lo cual con cuatro batallones del Fijo y dos regi- 
mientos de Albuera el Real de San Felipe quedaría 
obligado a la vieja lealtad. 

Acordábase con enojo de la batalla del Cardal en 
que se encontró; y contaba al hijo cómo se habían 
acostado boca abajo los batallones de rifleros ingleses 
detrás de los maizales para abrasar viva la columna 
española a quemarropa, como en efecto lo hicieron, in- 
troduciendo el desorden en las filas; de qué modo 
huyó el virrey Sobremonte de infeliz memoria, arras- 
trando la caballería, y en qué forma regresaron los 
vencidos al Real después de la dura pelea dejando 
tendidos en el lugar nefasto centenares de valientes. 
Y luego, la defensa de Montevideo por el noble y pun- 
donoroso Ruiz Huidobro, tan digno de mandar como 
de ser obedecido, soldado de grande aliento y español 
de la mejor sangre, bajo cuyas órdenes sucumbieron 
contentos los veteranos junto a sus banquetas y frente 
a la brecha abierta por la lluvia de hierro de ciento 
cincuenta cañones, y a cuyas arengas las simples mi- 
licias igualaron el heroísmo de los tercios enardecidos 
por el ejemplo. 

"¡Si vieras, muchacho, — exclamaba el señor Be- 
rón en este punto de sus recuerdos, — cómo se amon- 
tonaba la carne humana delante de la metralla en la 
brecha! ¡Eso era morir, por Santiago! Aquí en el 
brazo recibí una onza de plomo, y en la pantorilla 



[124] 



N AT I VA 



tengo la huella de un casco que me llevó buena can- 
tidad de pulpa." 

Repetía después sus historias de la época de Elío y 
del tiempo de Vigodet, para caer al fin en tristezas 
profundas. Tenía del general Alvear un concepto muy 
desfavorable, desde el día de la famosa capitulación. 

"Con sus charreteras, — decía fusco. — es todavía 
y será siempre un alférez de carabineros desleal, des- 
equilibrado y travieso, que deberá siempre al acaso 
sus victorias y a sus farsas de comedia su prestigio 
efímero.' 1 

Luis María oía todas estas cosas callado, con res- 
peto; pero, en su interior, deducía que su padre so- 
ñaba cuando afirmaba, persuadido formalmente, que 
la vieja metrópoli volvería a recuperar sus dominios. 

Respecto a juicios de otra índole, el joven pensaba, 
y con razón en cierto modo, que el anciano era más 
realista que el rey. 

La época no se prestaba a esos cálculos y devaneos. 
Hora tras hora, los horizontes se ponían más oscuros, 
frustrando planes y combinaciones, y subvirtiendo por 
completo el orden de las ideas coloniales. 

Cierto día, las pequeñas fuerzas del país que guar- 
necían la plaza bajo las órdenes del delegado Barreiro, 
la evacuaron para reincorporarse a Artigas. 

La vieja ciudad fuerte quedóse así sin hombres de 
armas, como un armazón dentro de una coraza, vacía 
la ciudadela, sin centinelas las formidables murallas, 
ni ruidos de tambores en los cuarteles. 

Parecía pesar en el ambiente una capa de plomo. 

En medio de ese silencio solemne repercutía en los 
oídos de muchos el eco fatídico de rápidas y ruidosas 
victorias ... eco era que para algunos, el precursor 



[125] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



feliz de una paz perpetua y de una prosperidad en- 
vidiable. 

Y otro día ardiente, a principios del año XVII, 
echadas a vuelo las campana?, vio entrar Luis María 
numerosos soldados en compactos regimientos vestidos 
con trajes azules y amarillos, carteras negras para en- 
seres, correaje blanco en bandas y altos morriones de 
cono invertido. 

Esto» nuevos tercios armados de carabina y sables- 
alíanjes los de a caballo, y los de a pie con fusiles de 
cazoleta y pedernal, pesados y deformes, luciendo en 
sus vestuarios el celeste y anaranjado, y chocando con 
sus bridones de guerra de orejas partidas y rabos des- 
nudos, las lujosas sillas de arzón, portapliegos y pis- 
toleras acharoladas de los jefes, capitanes y tenientes, 
desfilaban por un flanco de la plaza al son de los cla- 
rines y trompetas, al aire los estandartes de quinas y 
bordadas guías, con rumoroso estrépito de armones y 
piezas de campaña. 

Eran las tropas portuguesas, — vencedores de In- 
dia Muerta, — que habían recibido horas an'.es frente 
al portón de San Pedro las llaves del viejo Real en 
bandeja de plata, de manos de los cabildantes; y cuyo 
jefe, bajo el palio, escoltado por el clero, marchaba al 
frente muy orgulloso de sus fáciles triunfos. 

Aquella columna ordenada con vistosos uniformes, 
las banderas enhiestas, el choque de los sables, el sordo 
rodar de los cañones, el paso ruidoso de la caballería, 
las notas vibrantes de las cómelas y de la charanga, 
el batir de los badajos y el vocerío confuso de la gente, 
— atraída de una manera vigorosa, allí como en todas 
partes, por el prestigio del éxito. — no aturdieron a 
Luis, María, que experimentó ante semejante espec- 



[ 126] 



NATI VA 



táculo un sentimiento de repulsión invencible mezclado 
de desprecio. 

No valían más en su concepto los que rodeaban al 
vencedor, que el vencedor mismo; la "patria" que él 
se había forjado en sus adentros y cuya imagen rara 
guardaba como un ensueño dulce y querido, no estaba 
allí dentro de muros, entre lus nombres de negocio 
que atesoraban tras una larga labor honesta, cierto era, 
el peso fuerte y el cuartillo, ni entre las negras pas- 
teleras y los pescadores de palancas. Los verdaderos 
hálitos de vida de esa "patria", los ecos enérgicos de 
sus sublimes rabias mal domadas venían de afuera, de 
sitios que no conocía, quizás de campiñas llenas de sol 
y de pampero cruzadas por escuadrones casi desnudos 
y deshechos que iban derramando sangre a lo largo 
del camino, por el placer de verterla en holocausto a 
una pasión indomable ; de cuyos himnos selváticos na- 
die hablaba para cuya bandera no había laureles, y 
de cuyos sacrificios anónimos y héroes ignorados nada 
diría la historia. Esos hálitos, esos rumores lejanos de 
oscuros combates a muerte, esos duelos de uno contra 
ocho tierra adentro junto al bosque, en el llano, en la 
sierra, sin pólvora, sin balas, a lanza y sable y toque 
a degüello, sin auxilio ni mano protectora, reempla- 
zándolo todo la bravura del instinto y el fanatismo de 
pago, eran sucesos y ruidos que llegaban tardíos para 
desvanecerse al pie de las murallas como últimas rá- 
fagas de un viento tempestuoso. 

j Cuánta abnegación, sin embargo, en el fondo de 
esos amores terribles y de esos odios implacables! Era 
en ese fondo casi insondable que el joven vislumbraba 
la débil lumbre que había de alimentar nuevos incen- 
dios, mejor tal vez que las brasas cubiertas por la ce- 
niza sobre las cuales y al acaso una mano arroja po" 



12 



[127] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



derosos combustibles; — fondo preñado de savia co- 
mo el de la tierra que esconde el germen arrastrado 
por el huracán, y que ha caído en el hoyo al azar, 
recubriéndolo el mismo viento de borrasca y librán- 
dolo al crecimiento espontáneo de todas las incuba- 
ciones misteriosas. 

Así pensando, a medida que los hechos le suminis- 
traban día a día nuevos elementos de juicio, él no po- 
día mirar con indiferencia la entrada triunfal en Mon- 
tevideo de las tropas portuguesa^; las que, a título 
de "parificadoras" habían regado y seguían bañando 
con sangre de criollos el suelo de la provincia. 

En confirmación de sus suspicacias sucediéronse 
bien pronto actos de dominio y de opresión de un sig- 
nificado claro y evidente: impusiéronse diezmos, cam- 
bióse la moneda, púsose fuera de la ley a los que lu- 
chaban, y hasta arrancóse a la debilidad del Cabildo 
una fracción de territorio en cambio de un préstamo 
exiguo de dinero para un faro en las costas del Este. 

La bandera de las quinas parecía afirmar más su 
astil en los gloriosos bastiones del recinto; y el pres- 
tigio del blasón arrancaba aplausos a quienes debían 
sellar sus labios. Verdad era que los que de este modo 
procedían no conocían la clase de huéspedes que ha- 
bían alojado en su casa, y que cedían casi inconscien- 
tes al impulso de la novedad dorada por el éxito. Esta 
había herido profundamente los sentidos de una so- 
ciabilidad desvinculada y en completo desequilibrio. 
Nuevos hombres, nuevas banderas, ejército discipli- 
nados otros programas, esperanzas de orden detrás de 
la anarquía, ¿qué más podía desearse? 

Hacía poco tiempo que Torgués amenazaba domar 
la soberbia española con espuelas, como si se dijera, 



[ 128] 



N AT I VA 



jinetear en el lomo del león y gobernarlo con una 
mano por la melena; y menos tiempo hacía que se 
había visto salir de la plaza, al anuncio de grandes 
derrotas, sin formación, en descompuestos escalones, 
desgreñados y siniestros, con los dedos del pie enca- 
jados en un solo estribo de madera, emendo sables 
rotos y empuñando tercerolas sin pedernal ni baqueta, 
abollados los sombreros de "panza de burro", luengas 
las barbas, harapientos, — a unos hombres que se de- 
cían soldados o dragones de Artigas. 

¿Cómo podían compararse estos dragones que así 
marchaban en la hora de prueba, silbando entre dien- 
tes algún ''pericón" salvaje, con aquellas brillantes 
tropas que vestían de amarillo y celeste y traían col- 
gando al flanco enormes carteras negras, como si cada 
número encerrase en la suya, el secreto de civilizar y 
de resolver problemas? 

Ante este criterio, Luis María sentía lástima por los 
creyentes, y admiración por las míseras huestes nati- 
vas; porque le era imposible hallar grandeza de ánimo 
fuera del sacrificio, que es donde el ánimo brilla y se 
impone, aunque se lleven andrajos y se canten trovas 
alegres en medio del infortunio, y hasta en la víspera 
de la pelea sin perdón. 

En rigor, no era él solo el que dudaba de las pro- 
mesas de don Carlos Federico Lecor, aun cuando este 
astuto político y soldado procurase convencer por me- 
dio de manifiestos que venía a "pacificar", aplicando 
a su conducta y per&ona, en descargo, conceptos se- 
mejantes a los de los versos de Camoens: Meltido lenho 
á man na conciencia. — é non falto se non verdades 
puras. 

Algunos querían una patria grande, aunque fuese 
brasileña. 



[129] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Otros, y eran éstos los más, suspiraban por una pa- 
tria pequeña, pero libre y rica. 

La clase privilegiada en la que brillaba el talento 
con los títulos académicos, los honores oficiales, las 
condecoraciones ostentosas y la soberbia de las des- 
igualdades sociales, constituía el apoyo y sostén moral 
del principio de absorción absoluta y adherencia a la 
corona, sin que, a pesar de serle exigible la iniciativa 
como elemento pensador llamado a encaminar las ideas 
y a domar por medios hábiles las pasiones en lucha, 
hubiese en ningún momento hecho trascender planes, 
proyectos o combinaciones de orden político e insti- 
tucional que denunciasen un propósito fijo y delibe- 
rado respecto a la nueva suerte de la tierra nativa, con 
proyecciones calculadas o ciertas, y un sistema dado 
de reformas que garantiese su régimen interno y local 
en lo futuro. 

De ios procederes incorrectos, por no decir incohe- 
rentes y desacertados de estos hombres inteligentes, 
aristócratas por casualidad, inferíase a todas luces que 
tan sólo el odio a la obra del caudillo era el móvil 
determinante de su actitud, móvil individualista que 
los había aunado para buscar más allá de las fronteras 
el poder fuerte que debía ahogar en su desarrollo em- 
brionario el sentimiento democrático con el de auto- 
nomía propia, desviando, aunque por breve tiempo, 
de su cauce la corriente natural, a imitación de los 
prohombres que en la ribera opuesta pugnaban de 
todos modos por adaptar a la forma monárquica una 
sociabilidad transformada ya por esos "hijos del pam- 
pero" llamados caudillos. 

Pretendían desde luego, sustraer a la vieja organi- 
zación del virreinato la zona oriental, rompiendo los 
vínculos tradicionales y de familia, inyectando otra 



[130] 



N ATI VA 



sangre en sus venas exangües, sustituyendo con otras 
costumbres y otro idioma el lenguaje y los usos con- 
sagrados por los siglos; sin advertir que la historia, 
la naturaleza, el clima, los instintos peculiares de raza 
y de índole etnológica, adobados por el hábito cons- 
tante de la pelea y del sacrificio, hacían inconciliables 
esos propósitos con el espíritu local y eran fuerzas tan 
temibles como las de aquel jinete mitológico que las 
renovaba con mayor vigor en cada caída. 

Podría, pues, esta clase privilegiada representar la 
inteligencia, la riqueza, la cultura y hasta la "sangre 
azul"; pero no el buen sentido práctico, que al acertar 
con las soluciones convenientes dirime los conflictos 
sin herir los grandes intereses vitales de la comunidad 
en sus mismos principios conservadores. 

La clase humilde, la de los amores profundos al 
pago y por extensión a la provincia, en cuyas filas 
oscuras no se distribuían órdenes del Cruzeiro, ni há- 
bitos de Cristo, ni baronatos con terruño, ni grados 
militares más o menos honoríficos; que soportaba el 
peso de todos los tributos ominosos, alcabalas, diez- 
mos, servicios obligatorios, trabajo esclavo; que ha- 
bía combatido largos años sin quejarse de su suerte, 
mezclando a los laureles zarzas de martirio, y a sus 
nobles sufrimientos la gran virtud de la altivez en la 
derrota, — esa clase no abdicaba de sus pretensiones 
al predominio absoluto de la tierra que amaba con 
pasión indígena, representándosela dentro de sus gran- 
des ríos y océano, con sus cerros, sus montes, sus "cu- 
chillas", sus estancias llenas de millones de animales, 
sus vírgenes florestas y campos de eterno verdor, sus 
pajonales inmensos con criaderos de tigres, sus arro- 
yos de aguas transparentes y arenas sembradas de 
chispas de oro, sus? valles fértiles poblados de venados 



[131] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



y ñandúes, sus praderas de costra mineral luciendo al 
sol en prisma» caprichosos piedras admirables, sus se- 
rranías abruptas con enormes morriones de granito y 
caudales de agua en sus abismos festonados por una 
vegetación arbórea lujuriante, sus vastos terrenos ara- 
bles en donde el grano engorda y se yergue maciza la 
dorada espiga a salvo de huracanes y ciclones, sus 
puertos privilegiados, y sus riberas bañadas por las 
olas marinas, representábansela, decimos, como una 
tierra tan hermosa y opulenta que bien merecía con- 
cluir peleando en ella la vida errante, porque ninguna 
patria habría después de ella que endulzara siquiera 
la amargura de perderla. 

De esta pasión común a todos los pagos, en todos 
imperante y ardiente, resultaba un culto rudo y fa- 
nático que servía de lazo de unión a los espíritus, 
reunía a los hombres de distintas zonas con más fa- 
cilidad que la disciplina social con sus duras reglas, 
y al difundir en la masa inquieta el soplo del instinto 
sublevado predisponía al combate permanente la so- 
beranía del número. 

Entre los cálculos, pues, del talento y la diplomacia 
y las suspicacias de la astucia apoyada por las proezas 
del músculo, oscilaba la suerte de la Cisplatina; y era 
el tiempo el que debería poner en evidencia si la ra- 
zón estaba o no de parte de los humildes, y si "los 
últimos serían los primeros." 



[132] 



IX 



EN POS DE LA AVENTURA 

Tal era el medio ambiente en la reducida sociedad 
de su país, cuando Luis María, formada ya su con- 
ciencia de hombre, y trabajando por las insinuaciones 
y ruegos de su madre, propúsose modificar en parte 
sus hábitos de vida, dándose a sí mismo una libertad 
que nunca había gozado. 

Einpezó a frecuentar algunos centros con violencia 
al principio, por predominar en ellos el espíritu de 
anexión que tanto le mortificaba; violencia que él 
llegó a reprimir en el interés de imponerse de los tra- 
bajos ocultos, aparentemente encauzado en la corriente 
de las ideas de entonces. Sentía un vivísimo anhelo 
por oir y orientarse en la cosa pública. Ni el teatro 
iluminado con candilejas, ni los bailes suntuosos de 
la casa de gobierno, a los que asistían las mujeres más 
bellas de la clase aristocrática, atraían su atención. 
De una gravedad precoz y de un carácter estoico y 
firme, cuanto eran de dúctiles y maleables los de aque- 
llos que primaban en esos centros, el joven rehuía todo 
entretenimiento fútil, pasaba casi inapercibido para 
los que se creían hombres de observación y sagacidad, 
y era inabordable para los necios y los tontos. De ahí 
que por aquéllos se le mirase por encima del hombro; 
y por éstos, con esa prevención hija del rencor y nieta 
de la envidia, así capaz de inventar la calumnia en 
cualquier momento, como de escupir al mérito por 



[ 133] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



exceso de imbecilidad, Luis María ponía oídos sordos 
a esas animosidades, buscando siempre informarse en 
las mejores fuentes acerca de la marcha futura de los 
sucesos y de la actitud que asumirían ciertos persona- 
jes en un instante dado. 

Llegó así a enterarse bien de lu que ocurría, co- 
rriendo el año de 1823. Una logia de patriotas, en 
combinación con el general don Alvaro de Costa que 
mandaba los Voluntarios Reales, venía gestionando el 
auxilio del gobierno de Buenos Aires, a fin de que 
éste, a la vez que socorriera con buques suficientes a 
Costa para trasladarse con sus batallones a Europa, 
prestase a los criollos apoyo moral y material contra 
Lecor que vivaqueaba en Canelones, cnmo adicto a 
don Pedro I proclamado Emperador, y al frente desde 
luego de las tropas regulares del Brasil y de las auxi- 
liares orientales que mandaba el brigadier don Fruc- 
tuoso Rivera. 

El gobierno argentino, a pesar de la opinión que 
empezaba a formarse en favor de la provincia, rehu- 
sóse a un rompimiento con el imperio, y a cualquiera 
iniciativa de hostilidad, hasta tanto no llegase contes- 
tación explícita sobre instrucciones enviadas a su re- 
presentante en la corte fluminense. 

Vióse en esto un pretexto más o menos simulado; 
y, decayendo los buenos en sus esperanzas, resolvieron 
dirigirse en busca de apoyo a las provincias del lito- 
ral, en donde ejercía valimiento el general Mansilla, 
— -militar de talentos, hombre culto y corazón ame- 
ricano. 

El comandante en jefe de las fuerzas portuguesas, 
no obstante esas y otras negociaciones de un móvil 
sano y patriótico, había aventurado una sorpresa sobre 



r 134 ] 



N AT I VA 



las tropas del general Lecor en la esperanza de domi- 
nar las campañas, obtenido el éxito. 

Aunque era hábil el plan, no consiguió ese éxito 
por circunstancias imprevistas; limitándose en esa su 
ofensiva a un choque sangriento de vanguardias- cuyo 
triunfo parcial se debió al denuedo del capitán don 
Manuel Oribe. 

Los patriotas que en el fundo suspiraban por la in- 
dependencia y que habían hecho fervientes votos por 
la vicLuria completa de los aliados que les proporcio- 
nara la suerte, miraron con pena el regreso de los Vo- 
luntarios dentro de murallas. 

La desmoralización fue entonces en aumento. El pe- 
ligro arreciaba, y era difícil el conjurarlo. Portugue- 
ses dentro, brasileños en el campo: un rey y un em- 
perador — padre e hijo — - disputándose por medio 
de sus ejércitos la preponderancia exclusiva del país; 
los orientales divididos entre realistas c imperiales, 
con proyección de \istas algunos, los utros por con- 
veniencia; el gobierno de Buenos Aires neutral — pe- 
ro en realidad al acecho ; — falta de recursos, resis- 
tencias obstinadas de los pesimistas, vacilaciones en 
las cabezas directoras: tal era el estado de las cosas y 
de los espíritus cuando Luis María llegó a darse cuen- 
ta exacta de los factores en acción, y a condolerse r\r 
la bajeza de unos pocos v de la abnegación estéril de 
los más. 

Entre estos últimos, el bravo ciiollo Leonardo A.1- 
varez de Olivera en la impaciencia del patriotismo, se 
había alzado en arma^ en la zona del Este reuniendo 
en un solo regimiento aquellos moectones del Aiguá 
y del Alférez, que doce años antes habían visto partir 
a sus padres con la hueste de Manuel Francisco Ar- 
tigas para batirse en Las Piedras y tras recias vici^i- 



[ 135 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tudes, ir a sembrar con sus huesos los campos de Si- 
pe-Sipe. Desde el primer momento se mostraron ellos 
dignos de sus progenitores, librando varios combates 
en los que cedieron a su empuje las fuerzas enemigas, 
que arrastraron a su vez en el repliegue todas las guar- 
niciones que quedaban aisladas en puestos diversos del 
distrito, a las órdenes del coronel Feb'sberto. 

Este incidente o detalle del cuadro de la época, im- 
presionó a Luis María Berón de una manera singular. 

¿Sería porque aquellos hombres se batían solos, sin 
aliados, aunque los tenían en Montevideo, por la con- 
ciencia de su valer y de su derecho a la tierra, lo 
mismo que lo hicieron un lustro antes bajo las órde- 
nes de otros caudillos? 

Tal vez. Esos combatientes habían seguido a Frutos 1 
hasta el año XX y recogídose a sus hogares después 
del desastre del Catalán, donde el rudo y valeroso sol- 
dado Andrés de Latorre quemó los últimos cartuchos 
de Ja resistencia regular dejando al vencedor dentro 
de una charca de sangre. 

Ahora, lt Frutos'' levantaba su tienda cerca de la de 
Lecor, fraternizando con los mismos que fueron sus 
adversarios; y, ellos, lejos de ampararse a su presti- 
gio y a su bandera incolora, peleaban por su cuenta, 



1 El general don Fructuoso Rivera era conocido por ese 
nombre entre las gentes del campo. Fue el que le dieron 
desde oue emoezó a ¡servir en la campaña del año XI; y asi le 
llamaban con'extrema familiaridad sus numerosos compadres 

"Padrino Frutos" — decían hablando de él sus ahijados, 
que sumaban centenares, y algunos de los que habían recibido 
el agua bautismal ya hombres, con las barbas más abajo del 
pecho. 

Escondido en el laberinto de las sierras del Infiernillo, tu- 
vimos hace años oportunidad de conocer un indio "tape", 
muy viejo, quien aseguraba haber sido su compadre "Frutos" 
el primer caudillo que había cruzado por aquella soledad ris- 
cosa y salvaje, errante algunos días, hasta dar con el repecho 
de la cuchilla Negra, en la época de su campaña a Misiones. 



[136] 



NATI VA 



incluyendo al caudillo en el número de los que "vi- 
vían sobre el país". 

Entonces, aquel alzamiento parcial era consciente, 
espontáneo, efecto de propensiones y tendencias pro- 
pias, cuyo objetivo no se simbolizaba en una perso- 
nalidad más o menos prepotente, y cuya iniciativa era 
anónima como las que surgen del conjunto e impro- 
visan jefes por la esencia misma de su virtud. 

Así pensaba Luis María una noche, en que oyó elo- 
gios sobre Alvarez de Olivera; a extremo de que, al 
retirarse para su casa meditabundo, figurábaselo en 
su imaginación como un adalid de poema; siendo lás- 
tima en su sentir que tío llevase casco por cimera para 
poetizar mejor la hermosura de su causa. Estaba pe- 
leando. Había vencido dos o tres veces sin contar el 
número, obligando el resto a la fuga pnr el escar- 
miento; y agregaban que todo había sido a botes de 
lanza con desprecio del plomo, sin aguardar que le 
buscasen, enderezando al peligro como en los cuentos 
de los lances caballerescos. 

Ante estos sucesos sentía él rierto rubor que le 
enardecía el rostro, pues que siendn ya un hombre 
nada había hecho todavía que lo acreditase como tal, 
cuando otros desde niños llevaban espada a la cintura 
y se habían distinguido por su decisión y su valor. 
Forjábase entonces la ilusión de que ese don Leonardo, 
que tanto de león tenía, bien podía enseñarle a batirse 
y a merecer los dictados que a otros se daban, a par- 
tir de que. como decía su padre haciendo suya una 
frase de Cervantes, "ningún hombre vale más que 
otro, si no hace más que otro hombre''. 

Luis María se acostó un poco febril: y soñó esa no- 
che con batallas y matanzas, llenas de euos de clarines 
y músicas marciales, percibiendo entre densas huma- 



[ 137] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ , 

. - — — — 

redas estandartes, penachos y mo^ .¿s, y bajo sus 
pies que el suelo temblaba al * de los regimientos 
en la carga como empujaoV ^or el grande aliento del 
honor y de la gloria, bajo el sol brillante de su tierra 
tan bella y tan amada como la madre cariñosa, espe- 
cialmente en esos días de dolor y de quebranto. Soñó 
también que él se perdía en el tumulto como uno de 
tantos, cuando creía haber dado pruebas de heroísmo; 
y que en medio de la lucha cruenta los más humildes, 
riendo le decían: 

"Aún no hiciste tu deber, pobre vanidoso; mira 
nuestra piel por donde resuellan veinte heridas y sa- 
brás lo que es valor," 

Y luego, otros que estaban cansados de matar, cu- 
biertos de sangre, clavaban en tierra el cuento de sus 
lanzas de hojas de tijera, y mirándolo con lástima ex- 
clamaban: 

"¡Llegaste tarde! Ya hicimos por ti y por otros, 
y harto pagos si agradecen." 

Cuando despertó, estaba empapado en sudor; y hu- 
bo de tentarse y encender la bujía para persuadirse de 
que había soñado. Así que llegó a cerciorarse de ello, 
sintió alivio. Calmóse y se dijo: u Si voy a la guerra 
alguna vez, trataré que me estimen esos hombres fieros 
que provocan la muerte y la reciben como un rayo de 
sol." 

El día siguiente, por la noche, Luis María salía de 
su casa situada en la calle de San Fernando, para se- 
guir por la de San Carlos hasta la de San Benito, 1 



1 Esas calles estrechas y especialmente delineadas para 
marcha de tercios y trenes de artillería, antes que para trá- 
fico de ciudad comercial son las conocidas en la nuei-a no- 
menclatura por Cámaras. Sarandí y Colón. 



[138] 



NATIVA 



Muy oscuro estaba el cielo, y aunque soplaba un sud- 
oeste silbador, habíanse provisto de sus respectivas 
velas de sebo los faroles de pescante en ciertos sitios, 
siquiera fuese para evitar a los transeúntes retrasados 
serias caídas en zanjas y pantanos. Verdad que las 
fuertes rachas las habían apagado en cerca de un 
tercio; pero, otras resistían valerosamente dentro de 
sus recios vidrios, brillando de trecho en trecho en las 
tinieblas como lamparillas de cementerio rojizas y ago- 
nizantes. A pesar de todo, estas luces valían más que 
el candil y reemplazaban con alguna ventaja las lin- 
ternas de mano, muy en uso años atrás, cuando cada 
uno velaba por su persona y andaba Dios por el 
mundo. 

Como era ya alta hora, Luis María dióse de manos 
a boca con un gran grupo, compuesto en su mayor 
parte de damas, al cruzar el callejón del Fuerte. 

Esas damas de flamantes vestidos de valiosa tela y 
macizos adornos en orejas, pecho y manos, cuyas enor- 
mes piedras preciosas fulguraban en la sombra, pei- 
nadas primorosamente de rodete y largos bucles a los 
lados con su accesorio de flores de borla de oro o de 
taco de la reina, salían con sus caballeros, padres o 
esposos del teatro de San Felipe, en cuya escena ac- 
tuaba una compañía de cómicos de la legua. 

Luis María, que se había apoyado en un cañón de 
hierro colocado de poste en la esquina, bajo un farol 
cuya luz apenas surgía en medio de una gran pavesa, 
violas desfilar por su lado, comunicándose en voz alta 
las impresiones de la comedia. 

Una de ellas que se detuvo un instante cerca, y a 
quien solía encontrar él a su paso sin haberse tomado 
nunca la pena de averiguar su nombre, le miró con 
atención marcada. 



[139] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Ya había la mujer desaparecido con otras en la 
sombra, cuando ocurriósele a él pensar que era muy 
hermosa y que estaba en todo el brillo y lozanía de 
juventud. Un impulso de curiosidad o de amor propio 
complacido hubo de arrastrarlo a seguir sus pasos; 
pero, recordando en el acto que tenía un plan resuelto 
y adoptado, apresuróse a continuar su camino con 
mayor decisión que horas antes, de realizar aquél en 
la medida de sus deseos. 

De allí a la calle de San Benito había apenas una 
cuadra. Traspuso esa distancia en un minuto, y vol- 
viendo sobre su izquierda encaminóse hacia la costa. 

La calle aparecía más negra que un crespón de duelo. 
La muralla que se alzaba en el fondo de ella alta y 
maciza, contribuía a hacerla realmente tenebrosa, a=í 
como las casuchas y cobertizos de los flancos que se 
erguían deformes en la oscuridad, sin un ruido y sin 
una lumbre en su interior. 

De atrás de la muralla venía el sordo rumor produ- 
cido por los tumbos de las olas en las peñas, al soplo 
poderoso de un viento de borrasca. 

Luis María se entró en aquella boca con paso fir- 
me, sin preocuparse de uno que otro hombre de espada 
que pasaba por su lado confundido con las tinieblas; 
y, a poco andar, se detuvo frente a la puerta de una 
vivienda baja y hendida de techo de teja, llamando 
a ella con el puño de su bastón fuertemente. 

Esa casucha era una de tantas propiedades de su 
padre^ que tenía al fondo un buen espacio libre para 
vehículos de carga y caballerías. 

Unos y otras estaban al cuidado de varios negros 
de confianza, buenos carreros y jinetes criollos en su 
mayor parte esclavos de "flor y nata' 1 , uno de los cua- 



[ 140] 



NATI VA 



les — Esteban — era propiedad exclusiva del joven 
Berón. 

Como si esperaran su venida, la puerta se abrió in- 
mediatamente, y volvió a cerrarse así que él entró. 

Era Esteban el que había abierto. 

Berón lo detuvo en el corredor oscuro, cogiéndole 
del brazo, y díjole en voz baja: 

—Mañana temprano irás a recoger todos los útiles 
de "apero" que nos son precisos, sin olvidar ni una 
pieza. 

— Sí. señor. 

— También los ponchos de invierno, rebenques y es- 
puelas. En las maletas pondrás lo que convenga; ropa 
blanca en abundancia. Me esperarás al caer la tarde 
con los caballos listos, en la quinta que está de este 
lado del Cardal. . . 

Ya sabes que desde hoy eres liberto. ¡No lo olvides! 

— ¡No, señor! Conforme amanezca, todo estará listo 
como su merced manda. 

— ¡Así espero, y calla!... Hemos crecido juntos, 
negro; y así como fuiste mi compañero de infancia 
y de juegos, vas a serlo ahora en otras diversiones 
más peligrosas. No te acuerdes de los cachetes que te 
daba, cuando chicos, porque tú también solías apo- 
rrearme. 

— ¡Oh, no era adrede, niño! . . . 

— Vas a ser mi camarada, y deseo de ti la mayor 
fidelidad si en algo me estimas. 

¡Ahora, dame fuego! 

El negro dio en el acto lumbre a un yesquero, que 
presentó todo conmovido a su joven señor. 

Encendió éste un cigarro, y sin añadir más pala- 
bra, hízose abrir la puerta con una seña, y fuese. En 
muy breve tiempo recorrió el trayecto que le separaba 



[ 141 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



de su casa, sin accidente alguno; lo que era raro en- 
tonces, pues las calles ofrecían motivos sobrados para 
ello con sus zanjas y grandes desniveles. 

Por otra parte, una lluvia menuda que empezaba 
a caer lo había obligado a precipitar la marcha. 

Apenas entró, pudo oir a su padre que hablaba en 
voz muy alta en el comedor, donde como de costumbre 
sin duda, había hecho su partida a las damas con la 
excelente compañera. 

Parecía excitado, violento. 

Meses hacía que se le habían calmado un poco sus 
arrebatos geniales, al punto de que sus mismos con- 
trincantes podían escucharlo sin acritud; de ahí que 
Luis María sintiese cierta desazón al percibir el ronco 
murmullo que venía del interior, y que denunciaba un 
arranque apasionado. 

Aproximóse al comedor en puntas de pies, y púsose 
a escuchar, recogiendo entre muchas, pocas frases 
completas. Su padre decía: 

— Se ''despañolizan" todos. ¡Ya acabó el amor al 
rey . . . Hace poco la lealtad rayaba en veneración y 
no se veía honor y reputación bien puesta sino en el 
respeto a la majestad soberana. . . Vinieron luego los 
"fidalgos" con más rumbos que un cuadrante, ellos 
que tanto a España debían, y se colaron aquí de ron- 
dón porque no estaban los tercios por delante; desde 
entonces la gente de la muy "leal y reconquistadora" 
se enamoró de la orden del "Cruzeiro" pensionada; y, 
¡adiós recuerdos!. . . Esas quinas famosas ¿qué serían 
sin España? ¡Por Santiago!... Si Morillo no se va 
a esos malditos llanos de Venezuela nada de esto ha- 
bríamos presenciado. ¡Gran yerro, yerro increíble! . . . 
Mañana entrarán aquí los brasileños, porque no hay 
que esperar otra cosa, a partir de que ese general Da 



[142] 



NATI VA 



Costa no mira más que a la costa para entregarse aun- 
que sea a los vientos del demonio, cun tal de salir de 
su ratonera. Y verás entonces, mujer, como vuelve Le- 
cor bajo el palio a caballo, y caminan al nivel de su 
bota larga y rozándose con sus espuelas los mismos 
que ahora le hacen fuerza ... ¡ Ya verás í . . . 

¿Qué ha sido del orden? ¿Qué de la sumisión? 
¿Qué de las costumbres severas del antiguo régi- 
men?... Todo se va evaporando. Mira, mujer: hasta 
nuestro hijo va alzando el gallo y por ahí se anda con 
sus humos de libertad, el muy mequetrefe, a fuerza 
de pasarse de turbio en turbio en la lectura de esos 
libros franceses que tiene en el estante y que no sé 
cómo no he echado al fuego antes de ahora. 

A esto, algo argüyó la madre en voz baja y dulce, 
que Luis María aunque atento, no llegó a percibir 
claro. 

Sin duda lo defendía del reproche amargo, porque 
su padre siguió diciendo, siempre en tono recio: 

— -¡Bueno! . . . ¡todo está bien! Pero tú ignoras esas 
cosí lias de que hablo, esas lecturas continuas, a que 
quizás lo has sustraído en parte alejándolo siquiera 
un poco de tus "polleras" y tus mimos. . . Verdad que 
se estaba él en la crianza todavía a fuerzas de caricias, 
siempre junto al rescoldo y a las comodidades, sin 
procurarse fuera con algunas alegrías, algunas penas, 
para aprender algo de la vida. . . ;Ya sabría él lo que 
era bueno, si hubiese peleado como su padre en la 
milicia tres días con sus noches sin comer bien y dur- 
miendo peor en la banqueta, cuando los ingleses nos 
cogieron por traición! Erraron la brecha aquellos mal- 
ditos y los quemamos vivos a los del 40° regimiento; 
pero el sueño que es el mayor enemigo del soldado, 
emborrachó a la gente de la muralla al sud, y por ese 



13 



[143] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sitio se nos metieron antes de rayar el día como una 
ola en noche de tormenta en que no se siente más que 
el borbollón y el ruido de la espuma, , . Las bocas de 
los rifles formaban como una culebra roja, de arriba 
abajo, por el frente, por los flancos, mientras que los 
fusileros echando a la espalda el peso, maniobraban 
a cuchillo en las banquetas. Una traidora peladilla me 
alcanzó en el brazo derecho, haciéndome caer el ar- 
ma ' — ¡todo en defensa del rey y por el nombre de 
España, canejo!... Dime ahora ¿qué saben de estos 
sacrificios y de esta causa gloriosa los jóvenes que 
se forman entre portugueses y brasileños, dividiendo 
por partes iguales sus afecciones sin acordarse para 
nada de sus progenitores, de su idioma y de sus tra- 
diciones nacionales? ¿Qué saben? Maldecir y rene- 
gar, pordioseando un poco de libertad a los que nunca 
hicieron nada por ellos y vienen a despojarlos de 
honra e intereses. ¡Hermosa perspertiva, por Santia- 
go!... ¡Y creerán que eso es digno! en vez de rebe- 
larse y vender cara la vida tan ruin y miserable en es- 
tos tiempos, cuanto son ellos de corrompidos! . . . 

Luis María no oyó más, y fuese caviloso a su apo- 
sento. 

Había escuchado lo bastante. 

Las palabras duras de su padre podían aplicársele, 
pues él nada había hecho en su aislamiento y pasado 
egoísmo, que mereciese otros epítetos. 

En esa tierra ardiente en que naciera, y en que 
se meció su cuna al fragor de los combates, los lus- 
tros venían sucediéndose sembrados de batallas; y, 
recién ahora sentía él el hervor de la sangre, después 
que tantos la habían derramado sin queja en holo- 
causto a una causa superior a la de los viejos servi- 
lismos coloniales. 



[144] 



N AT I VA 



¡Razón sobraba al honrado peninsular en lo del 
sacrificio personal, ya que no en lo atingente con la 
justicia de esa causa! Las ideas que marchan, que 
perduran, eran los anhelos fervientes de su juventud. 
Las del pasado se le aparecían pálidas, sin luz clara, 
a semejanza de antorchas moribundas en las ruinas — 
compañeras del vacío y del silencio. 

Bajo éstas y análogas impresiones, el joven se 
acostó. 

Inquieto y desasosegado estuvo temprano de pie, 
cuando el gallo criollo sacudiendo sus alas en el co- 
rral cantaba alegre al columbrar la aurora. 

Casualmente tal vez, la señora de Berón se le había 
anticipado ese día, y cruzaba el patio ya en sus fae- 
nas activas'. 

Estaba él en la puerta; y al verle, se detuvo ella 
al pasar para dirigirle una frase de cariño. 

Esa madrugada más que otras veces, parecióle a 
Luis María su madre muy hermosa; y acercándose 
la besó en la mejilla y en la frente. Llevaba la señora 
una flor de regadera en la mano que dejó caer, para 
abrazarle con ternura. 

Luego sorprendiéndole la expresión del rostro de 
su hijo, preguntólo con interés: 

— ¿Qué tienes? 

— Nada, madre ; no he dormido bien . . . 

— Estás enfermo, y me lo ocultas. 

— No . . . Pero te diré con franqueza que necesito 
pasar uno o dos días en la chacra en donde me en- 
tretendré en la caza de perdices ... Me acompañará 
Esteban. 



[145] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— No me parece mal, hijo, y es muy justo que te 
des ese descanso. Sin embargo, parece que algo te 
reservaras. . . 

— Puedes creer que no es así. 

—Te prepararé entonces lo necesario. Dime la hora 
en que piensas salir. 

■ — No lo hagas, madre, pues Esteban te ha ahorrado 
ya ese trabajo. 

— ¡Qué sabe el negro! Déjame a mí hacer, . . 

Luis María calló, separándose de su madre des- 
pués de besarla otra vez. 

¿Cómo decirla que él se iba por mucho tiempo? 

Se sentía sin fuerzas para hablarla y convencerla 
de que el suyo era un proyecto madurado, que amaba 
el peligro y que era preciso arrancarse a la vida se- 
dentaria que le hacían insufrible sus ensueños patrió- 
ticos y sus entusiasmos juveniles. 

¿Y su padre? Si se le acercase con ese objeto so- 
brevendría un conflicto, porque el señor Berón era 
duro e inflexible. Le escribiría una carta, pidiéndole 
disculpa por su paso con una bendición absolutoria. . . 

Sin reflexionar más, entróse de nuevo en su apo- 
sento y púsose a escribir esa carta a su padre, en tér- 
minos respetuoso», sin orgullo ni altivez, procurando 
persuadirlo de que seguía su honroso ejemplo al dar 
este paso en obsequio a sus convicciones y que al 
proceder de esa manera confiaba en que no dejaría 
de ser digno de su aprecio y paternal cariño. Supli- 
cábale también que comunicase su resolución a su 
buena madre y no consintiera que ella dudase de su 
amor. . . 

Después de escribir así, invirtiendo en ello cerca 
de una hora, sintió algún consuelo. 



[ 146 1 



N AT I VA 



En seguida arreglóse el traje de abrigo — pues se 
estaba a principios de invierno — ; calzóse largas bo- 
tas de montar, y cubriéndose la cabeza con un cham- 
bergo de ala corta, guardóse la carta después de ce- 
rrarla y lacrarla y salióse a la calle, dirigiéndose al 
portón de San Pedro. 

Una bruma densa se cernía sobre aquellas mura- 
llas, de ocho metros de altura y de quince y veinte 
pies de espesor según los sitios; obra ciclópea de há- 
biles ingenieros españoles que emplearon el gneis y 
el granito de varias canteras para guarecer los tercios 
de la conquista contra las asechanzas de enemigos 
temibles sin excluir los avances del charrúa. 

Ahora no se veían en sus plataformas los centine- 
las del Fijo con sus largas coletas sobre casaca azul- 
oscuro, sino los del cuerpo de Voluntarios Reales con 
vueltas amarillas y morrión de cono invertido. 

Ya por esa época los formidables muros, altos y 
negros, presentaban grandes destrozos en distintos si- 
tios; huecos que aparecían cubiertos de un boscaje 
de hierbas de vicioso crecimiento, como lo estaban 
los enormes lienzos de musgo y borraja, de la contra- 
escarpa a los bordes, llenos de grietas profundas pro- 
picias a los hongos, perfectamente nutridos por una 
humedad que goteaba a hilos sobre la curva maciza 
de los cimientos. 

La ciudadela con sus ángulos y bastiones formaba 
como un vientre deforme en el medio, hacia el este, 
con sus dos cúpulas achatadas, verdosas y sombrías, 
bajo cuyas bóvedas resonaba el redoble de los tam- 
bores o el eco de las trompas para recordar en cada 
hora a las gentes el imperio exclusivo de la ordenanza. 
El foso de sesenta pies de anchura por cuarenta y 
cinco de profundidad, aparecía cegado en muchas 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



partes por escombros y residuos, lo mismo que el 
cauce seco a donde refluyen constantes aluviones; prin- 
cipio de aplanamiento por la mano del tiempo, que 
en todo el armazón gigante había ya impreso el signo 
de completa decadencia. 

Delante de ese foso se extendía el campo, casi deso- 
lado a tiro de cañón. El trayecto desde la muralla 
hasta más allá del Cardal 1 , era del dominio de las 
balas todavía: los proyectiles se habían enseñoreado 
de esa porción de tierra y de ese espacio de aire y 
de luz por la razón brutal de las plazas fuertes: te- 
rreno limpio para la proyección del tiro rápido y la 
parábola del mortero, y distancia sin obstáculos para 
las largas del cuarto de culebrina y el falconete. 

Ya sin embargo, pocas bocas coronaban los baluar- 
tes, y esas mismas estaban poco seguras en sus afus- 
tes. Empezaba a pasar el tiempo de los fosos, de los 
puentes levadizos y del cañón de hierro, cuya cureña 
disparaba produciendo el destrinque de las piezas en 
los días de fogueo y lanzaba rodando a la esplanada 
artillero, atacador, y taco ardido, como aviso pru- 
dente de que era llegado el momento de su reemplazo. 

A un flanco de la ciudadela, hacia el norte, existía 
una arcada estrecha con una puerta pesada en el 
fondo que daba salida al campo, y cerca una cons- 
trucción maciza que servía de albergue a un piquete. 

Muy próximo se alzaba un edificio regular, en don- 
de solían reunirse por la mañana algunos jefes y ofi- 



1 Lugar inmediato a la ciudad, en donde existe todavía 
un pequeño oratorio con la imagen de Jesús. — Allí comen- 
zaban los grandes cardizales en terreno hendido, que con- 
cluían en la costa, y los plantíos de maíz que sirvieron de 
escondrijo a los batallones ingleses de rifleros en el san- 
griento combate con las tropas españolas el año VII. 



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NATI VA 



cíales de la guarnición para departir sobre los suce- 
sos del día anterior y novedades supervenientes. 

Era aquél el portón de San Pedro, y fue ante la 
entrada de esa casa donde Luis María se detuvo, in- 
dagando si se encontraba allí el capitán don Manuel 
Oribe. 

Como le contestasen afirmativamente, entróse sin 
vacilar. 

El oficial que buscaba, así que le vio, vino a su en- 
cuentro y estrechóle en silencio la mano, con esa de- 
ferencia que se dispensa siempre a la gente bien na- 
cida. 

—¿Resolución hecha? — preguntóle con arento 
breve e incisivo. 

—Inquebrantable, señor. Vengo en busca de pase 
para el comandante Alvarez de Olivera. 

— Aquí está, otorgado por el superior. 

El oficial sacó con el papel, un pliego cerrado, y 
fijando su mirada fuerte en el joven, añadió: 

- — También este oficio para el jefe a cuyo encuen- 
tro va usted, con recomendación de que no caiga en 
manos del enemigo. 

— Así será, capitán, — respondió Berón fríamente, 
al recibir pase y nota. 

— ¿Lleva usted baqueano? 

— Lo es un negro a quien he dado libertad. Mi pa- 
dre lo ha ocupado estos últimos años con otros escla- 
vos en las faenas de campo en Maldonado, y conoce 
bien el distrito. 

— La campaña será cruda, — observó el oficial—; 
y usted va a exponerse . . . 

Luis María lo miró sereno, sin susceptibilidad he- 
rida. 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El capitán Manuel Oribe era un joven apuesto y 
bizarro, nervioso, esbelto, de aire distinguido y mo- 
dales cultos, ojos pardos de expresión enérgica, ca- 
bello negro, cabeza erguida y busto vigoroso, la mano 
blanca y larga, el vestir correcto desde el corbatín 
hasta la espuela corta de bronce. Sus hechos valero- 
sos le habían dado justo renombre, y aparte de com- 
bates ganados en buena ley — el último de los cua- 
les había sido la derrota de la vanguardia del Gene- 
ral Lecor — . contábanse de él algunos episodios que 
acreditaban intrepidez heroica, a la vez que táctica 
sesuda de militar de escuela. De ahí que el joven le 
hablara y mirase con respeto. 

— Si me expongo, mejor. — diju— : quiero rendir 
mis pruebas. 

—Bien resuelto, aunque el horizonte no aparezca 
claro. ¡Sea usted feliz! 

Luis María, comprendiendo que no le era dado in- 
vestigar nada, movió la cabeza en silencio, despidióse 
y se marchó. 

Después de lo dicho y oído, no había que pensar 
en retroceder; era preciso afrontar la aventura con 
entereza. 

Se sentía con fuerzas para ello. 

La idea del peligro ponía su sangre en ebullición, 
y las esperanzas patrióticas daban temple a su fibra 
empujándolo hacia adelante sin permitirle tener en 
cuenta esos afectos profundos del hogar que perdu- 
ran, — tan gratos después a la memoria en la hora 
de prueba, y que en el frío de la soledad producen la 
ilusión de una dicha verdadera por el hecho de no 
gozarla. ¿Qué sabía él de eso? Se consideraba útil y 
capaz de contribuir con sus esfuerzos a la realización 
del ensueño de los fuertes, pues que era joven, inte- 



[ 150 ] 



N AT IVA 



ligente y brioso; y no había que vacilar, so pena de 
pasárselo años enteros en la casa de comercio de su 
padre midiendo géneros y pesando granos. 

Fuera de muros, al sol y al aire Ubre, tenían que 
ensanchársele los pulmones, endurecérsele los múscu- 
los y crecerle recias las barbas, que así darían aspecto 
más varonil a sus facciones finas. Envidiaba al capi- 
tán Oribe la tostadura que produce el calor del vivac 
y la expresión enérgica que graba en el semblante la 
costumbre del peligro. Delicado había sido sin duda 
como él, de ojos melancólicos y epidermis de donce- 
lla; pero, ahora tenía los perfiles severos, mucha 
fuerza en la pupila y el aire duro del soldado de em- 
presa. 

Seré soldado también, — se dijo Luis María. 
Y siguió su camino con paso firme. 

Ya en su casa, el joven hizo sus últimos aprestos, 
reuniendo todos los objetos que él creía necesarios 
en unas maletas de cuero. 

Su buena madre habíale colocado junto al lecho 
en una mesa diversas cosas, a fin de que nada de 
conveniente le faltase "en su estadía en la quinta". 

Agrególas, un tanto emocionado, a su equipaje; el 
que sin ser muy abultado, llevaba más de lo preciso. 

Teniendo en cuenta lo que había reunido Esteban, 
suprimió algunas piezas, limitándolo a la ropa blanca, 
camisetas y cobertores. 

Una hora después, el negro se hacía cargo de todo, 
agregando por su parte cuanto pudo ocurrírsele como 
hombre campero y criollo de vicios. El tabaco, la yer- 
ba-mate, la sal en un saquito de lona y el anís en una 
gran cantimplora de azófar figuraban en su lista par- 
ticular. 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— No olvides alguna cosa de comer, por si acaso — , 
Jijóle al despedirlo Luis María. 

El liberto había guiñado el ojo, y salídose muy tai- 
mado. 

Durante el almuerzo, el joven mostróse con su pa- 
dre más afable que otras veces. 

El señor Berón estuvo comunicativo y afluente, di- 
sertando sobre las cosas del día y la gravedad de las 
circunstancias; aunque, cuando trataba de estos asun- 
tos serios, lo hacía sin mirar a su hijo ni esperar sus 
aprobaciones, con los ojos en el plato o en el techo, 
cual si se dirigiese a un auditorio respetable, o a los 
co-tertulianos del tiempo de Elío y Vigodet 

— ¡ Ahora están lucidos estos "fidalgos"! — decía 
riéndose de una manera bronca y estrepitosa. Dentro 
de la jaula, sin puerta de salida; pues por la parte 
de la tierra se darían de narices con Lecor, y por la 
del mar, no cuentan ni un casco viejo que pueda ha- 
macarlos nueve mil millas... Me imagino sin em- 
bargo que a la postre, no han de recibir de la otra 
banda socorro alguno, como quiera que allí no están 
muy seguros, mientras las armas del rey sigan ma- 
niobrando en el Perú y ganen terreno sus bravos ge- 
nerales ... Lo que harán éstos en definitiva será en- 
tregar las llaves del Real a los de afuera, como que 
son de la misma carnada, y por aquello de que, en 
tratándose de adjudicar prendas, más cerca está de la 
carne la camisa que el jubón. . . No os figuréis, ¡por 
Santiago! que ellos han de dar Montevideo a otros 
que no hablen su idioma. ¡Todo ha de quedar en fa- 
milia! Se Deu nao jora Den, santo Antón sería Den. 
Y de ahí no los sacaréis a estos intrusos acaparado- 
res de lo ajeno, capaces de abrumarnos con sus im- 
puestos, pero sin mucho ánimo para salir a arrojar 



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NATI VA 



lejos a los imperiales dueños de casi todo el territo- 
rio. . . No podían venir mejor las cosas para la causa 
del rey. Ya verán pronto lo que es bueno. . . ;Si si- 
quiera viniesen aquí con Valdez o con Canterac los 
batallones aquellos de Burgos o de Gerona y los dra- 
gones de Moquehúa, por Dios y en mi ánima! ... En 
pocas horas cesaban estas ignominias. Ordóñez que 
fuese; aquel Ordóñez de Cancha-Rayada que hubiese 
ganado después la acción en Maipú si no es una tor- 
peza de Osorio, como Muesas aquí hubiera ganado 
la del Cerrito si no es una cobarde peladilla que lo 
derriba en la falda en mitad de la pelea cuando ya 
tenía cogido el laurel para España; ¿quién de estos 
baronetes de la Laguna o del Pantano, se le habría 
puesto al alcance que no lo descalabrara en menos 
que se dice un responso, y lo llevase hasta la fron- 
tera chamuscándole los ríñones como a un condena- 
do? ¿Quién? Yo quiero saberlo... 

No me habléis de Vigodet, que fue vilmente enga- 
ñado por ese Alvearzillo que figuró de carabinero 
allá en la península ... El Real no era bocado para 
éste, que antes tenía que echar colmillos de león; y 
sino, ved qué sacáis de limpio de la pringue gruesa 
y sucia de su parte, después de lo dicho en su mani- 
fiesto por Vigodet. ¡Exprimid, y saldrá la felonía a 
chorros! ¿Así se rinden fortalezas y se hace arriar 
una bandera sin mancha, para emporcarla luego que 
desfilan los tercios veteranos con sólo cuatro falco- 
netes y forman en batalla frente al caserío de los ne- 
gros?. . . Esos negros habrían sido más leales. . . ¡Y 
sino decidme, por Belcebú! ¿Era para rendirse en 
esas condiciones una plaza fuerte con cinturón de 
murallas, ciudadela, cubos, flancos, ángulos y bastio- 
nes defendidos por cuatrocientas bocas de fuego, sin 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



contar las doscientas de la armada, entre cañones, 
obuses, morteros, carroñadas y todo tubo de hierro y 
bronce que vomitase metralla — servidos por artille- 
ría veterana, y bisoña? ¿Y qué me decís de los seis 
mil hombres próximamente que se escudaban con el 
muro inexpugnable, con cerca de cuatrocientos jefes 
y oficiales a la cabeza — entre los primeros dos ma- 
riscales de flor y nata que valían por cuarenta y 
cinco y más caudillejos insurrectos?.. . ¡No! Y con- 
tad, señores míos, con el Lorca y el América, capa- 
ces de cargar a la bayoneta a diez mil charrúas con 
sólo mandarles que calasen la de tres canales; y des- 
pués la infantería de la provincia y la de marina, 
sufridas y valientes, los dragones y los blandengues, 
el Madrid, los trozos gloriosos del Sevilla y del Al- 
buera, los jinetes de Chain y los negros fieles. . . ¡No 
olvidéis el batallón Distinguidos del Comercio, en cu- 
yas filas yo revistaba en calidad de teniente: bizarro 
cuerpo, a fe de mi nombre! . . . 

Mientras así se expresaba el señor Berón. levan- 
tando en alto el puño con gesto ceñudo y entonación 
épica, su esposa seguía sirviendo tranquila el puchero, 
y Luis María pálido unas veces y en otras sonrosado 
limitábase a mover afirmativamente la cabeza, sin 
atreverse a desplegar los labios. 

Cinco segundos de silencio a lo sumo, ponía entre 
párrafo y período el viejo peninsular; y, atento al 
recogimiento del auditorio, sorbía un trago de Jerez 
legítimo, y continuaba: 

— Por encima de lo dicho, poned si gustáis a reta- 
guardia de las filas, en sótanos y casernas, como moco 
de pavo, diez mil cartuchos de cañón listos a bala y 
metralla, casi un millón de fusil y tercerola, seiscien- 
tos quintales de pólvora, un centenar de embarcacio- 



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NATI VA 

nes de todos tamaños en la rada con poderosa arti- 
llería — más de doscientas piezas, repito — provistas 
de considerables cantidades de artículos de guerra; 
agregad lo mucho que el parque contenía, el entusias- 
mo de la milicia, la esperanza de auxilio a la larga, 
— y decid — vuelvo a preguntar — ¿nu era bastante 
ese poder para reducir a polvo la tropa insurgente 
con sólo venir a las manos, al grito de Santiago y 
cierra España? . . . 

¿Qué opinas tú, muchacho? 

Al dirigirse a su hijo en esa forma, el señor Berón 
tenía el rostro encendido y la mirada colérica, y tem- 
blábanle las manos bajo una profunda excitación 
nerviosa. Estas ráfagas eran en él frecuentes. 

El joven contestó con calma: 

— Nada, padre. Entonces yo era niño. 

— Verdad. ¡Qué sabes tú de esas cosas! Tenías la 
leche todavía en la boca y crecías entre ruido de ca- 
ñonazos y escopeteos como un pichón de paloma de- 
bajo del campanario... 

—Pues. — observó la madre — , estudiaba en San 
Francisco sus latines y religión: ¿no te acuerdas? 

— -Teología será, mujer; y lo otro, se me antoja 
que serían latinajos. 

— ¡Tanto da! — repuso la señora alegremente. 

Luis María se sonrió, y sin preocuparse de tales 
recuerdos, dijo a su padre que lo miraba de soslayo: 

—He puesto ya todos los libros de la casa al día, 
y arreglado bien los cuadernos de apuntes... 

—¿Y a qué viene eso? 

— Quería que usted lo supiese, porque deseo pasar 
esta noche y el día de mañana en la quinta del Car- 
dal, si no hay inconveniente. . . 



[ 155 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— No, ninguno. Ya te veo en traje: puedes ir. Pero 
mucho cuidado con apartarse lejos de aquí, de Las 
Piedras para arriba, si no quieres caer en manos de 
los imperiales. 

El joven se estremeció; más que por ese temor 
imaginario, a la idea de que el señor Berón algo hu- 
biese sospechado acerca de sus planes. 

Bien luego parecióle sin embargo infundada su 
duda; pues su padre, recapacitando, siguió su pero- 
ración con menos brío a medida que ensartaba en 
ella todo género de reminiscencias y no encontraba 
oposición a sus opiniones. 

De esta suerte, acontecíale adormecerse en pos de 
la propia excitación, y en concluir con suspiros o bos- 
tezos lo que había empezado con voces estentóreas y 
salidas de tono, acompañadas de una mímica violenta. 

Luis María se levantaba respetuosamente, y la ma- 
dre proseguía sus quehaceres domésticos, en lucha per- 
petua con los negrillos y mulatülos que se ocupaban 
más de sí mismos que de los deberes para con sus 
amos. 

Sucedió igual cosa esta vez; y, cuando el señor 
Berón se retiró del comedor para prepararse a su 
siesta ordinaria e ineludible, el joven fuése a su vez 
a su aposento a dar la última mano a los preparati- 
vos de viaje. 

Pasóse en él largo rato, concluida esta diligencia. 

Después echó en una cartera que llevaba sujeta al 
cinto una buena suma de dinero; y puso sobre la 
mesa debajo de un libro pequeño, la carta que había 
escrito para su padre. 

En seguida salió a la calle lleno de resolución; y 
a los pocos minutos trasponía la puerta de San Pedro, 
con las manos en las faltriqueras y el aire tranquilo, 



[156] 



NATIVA 



silbando una "vidalita" al compás de la marcha, en- 
tre malezas y barrancos. 

Aparte de algunas construcciones dispersas, del hor- 
no de Viana, el matadero de Sierra, el cuartel de 
Blandengues, el de los indios y los corrales de Silva, 
de Pérez y de Martínez, toda esa zona al frente y 
lados aparecía agreste e inculta. 

Luis María la cruzó a paso rápido en corto espacio 
de tiempo, sin novedad alguna. 

Esperábale Esteban en la quinta del Cardal con los 
caballos prontos. 

No faltaba avío alguno a los "recados"; los pon- 
chos de invierno estaban bien ceñidos en rollo con 
"tientos" en la parte posterior del lomillo, los "lazos" 
de trenza nueva sujetos en el mismo sitio sobre las 
ancas, los "maneadores" en el pescuezo y las "ma- 
neas" en el "fiador". 

El bayo de Luis tenía cruzada debajo de la carona 
una espada, y en una funda de lana que cubría el 
cojinillo, una pistola de caballería. El liberto había 
cargado por su parte su cabalgadura con las maletas 
en forma de árganas; y en cuanto a las armas echán- 
dose a la espalda una carabina y prendídose a la 
cintura un sable corvo a más de la cuchilla mango- 
rrera. 

Apenas hubo llegado al sitio, que estaba a veinte 
cuadras de las baterías, el joven montó ágilmente en 
el bayo, y dijo a Esteban: 

— Ven junto a mí, y guía por el rumbo de Pan de 
Azúcar. ¿Conoces bien ese camino? 

— Sí, señor. Lo he andado muchas veces, y a ese 
rumbo está la gente alzada . . . 

— Pues en busca de ella vamos, para ser del nú- 
mero de los que pelean. 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— jMejor. señor! Ya verá su merced cómo a cam- 
po libre la pólvora hace poca humareda y se alboro- 
tan los mancarrones por "sancochos'' que sean ... Lo 
que sí que las fatigas son grandes y hay que caminar 
a ocasiones hasta de noche con ojos' de gato. 

— -Caminaremos, negro. ¿Te asusta, eso? 

— ¡De dónde, señor! He pasado ya muchas "lobas" 
a lomo pelado y antes se cansó el "matungo". . . Aho- 
ra tenemos que ir a este costado de donde sale el sol. 

Y Esteban tendió el brazo hacia la parte de la costa. 

— No ha de faltar "rastrillada" de carretas y en- 
cajaduras tamañas como zanjas. . . A trechos la hue- 
lla se borra, pero ganada la loma enderezamos a la 
sierra. En los bajos hay muchos pajonales donde se 
meten los "matreros" sin que naide pueda dar con 
la guarida. 

— Eso nos conviene. ¡En marcha! 

Los dos jinetes se dirigieron al camino al galope, 
perdiéndose bien pronto de vista detrás de las ondu- 
laciones del terreno. 



[ 158] 



X 



RULOS Y NAZARENAS 

El joven voluntario no tenía la práctica constante 
de los hombres camperos, y desde luego su? recursos 
ingeniosos para sobrellevar con paciencia los azares 
y amarguras de la vida de sacrificios. 

Las horas se hacen tardías y las jornadas abruma- 
doras, cuando la actividad se ejercita en campo raso 
y el peligro puede asomar por cualquier horizonte, 
sin minuto de descanso para el músculo aterido y sin 
instanle de resuello para el caballo fatigado. 

Esas jornadas suelen ser insufribles al mismo ji- 
nete duro, según las contingencias de la marcha. 

Durante el día, bajo la lluvia incesante y menuda 
que destempla las fibras y convierte los campos en 
un charco, desbordándose arroyos y "cañadas"; o lle- 
vando de frente el viento que ha levantado la helada 
de las vísperas, y que hiere como un látigo las carnes. 
Por la noche, el suelo y la leña húmedos en la "cu- 
chilla" desierta o a la orilla del bosque casi en esque- 
leto, el hielo que cubre poco a poco con su manto 
implacable todos los objetos hasta formar sobre ellos 
una costra dura semejante al vidrio ahumado, el le- 
cho de caronas y de cojinillos tendido sobre la hierba 
mientras que el hombre en él dormido, bajo el pon- 
cho, se agita a cada instante sobresaltado al sentir 
que tiembla el suelo al tropel de una yeguada arisca, 
o que gruñen enconados los "carpinchos" dispután- 
dose entre el barro de la orilla sus amores. 

[ 159 ] 

14 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Después, la aurora pálida con sus nieblas frías o 
su aura cruel. Cielos plomizos, tierra mojada, soledad 
siniestra detrás, delante, por todas partes. Y así, el 
ánimo, en cuerpo desfallecido; muchos dolores extra- 
ños en el tronco y en los miembros, sed intensa, ape- 
tito voraz — efectos de la fatiga que el mismo ejer- 
cicio cura con ayuda del oxígeno de los campos, del 
alimento sano y de las aguas puras, como si el clima 
modelara o completase el tipo, haciéndolo al fin apto 
para la lucha sin tregua. Añádanse las vicisitudes de 
la jornada y las emociones del peligro que al princi- 
pio dan un tinte sombrío a la aventura, y que al final 
solazan a las almas fuertes. 

Por estos trances rudos debía pasar el joven pa- 
triota; y desde las primeras horas empezó a experi- 
mentarlos, sin arrepentirse de haberse sometido a las 
pruebas de los hombres robustos y viriles. ¿Cómo 
arredrarse ante la odisea que él había soñado? 

En la tarde del segundo día de marcha cayó una 
lluvia fina y helada, cuya impresión bastaban a ate- 
nuar apenas los ponchos de paño azul forrados con 
bayeta roja, cuyas haldas caían hasta cubrir las rodi- 
llas y por las que se deslizaba a gruesos hilos el aguia 
sobre las cañas de las botas. Los caballos con la san- 
gre ardiendo confundían con aquéllas sus sudores y 
el vapor de sus narices, pegados los extremos del co- 
pete y de las crines a la piel lustrosa, y hecha pincel 
la cola que batía barriosa los corvejones al compás 
del trote inseguro sobre un terreno resbaladizo. 

Luis María, que empezaba a sentir a consecuencia 
de la fatiga como punzadas de aguja en los omopla- 
tos, opresión al pecho, ardor en los ríñones, parálisis 
en las extremidades y en el semblante un enfriamiento 



[160] 



NATIVA 



de piedra, pensó en el descanso y el abrigo, y pre- 
guntó a Esteban: 

—¿En dónde haremos noche?... Ya no puedo 
más. 

— Está al caer, — dijo el negro — . Para acampar 
es bueno aquel montecito que se ve en el bajo. 

—Vamos allí y haremos fuego, porque la sangre 
se me hace hielo. 

— Fogón no conviene, señor. El tizón se ve de le- 
jos y entrega a los hombres dormidos. . . Si encende- 
mos leña ha de ser abajo de tierra con una capa de 
troncos por arriba; pero, no hay carne fresca que 
asar, y es mejor taparse con los ponchos en lo es- 
curito . . . 

— Yo bien sabía que no eras ni medio bozal, ne- 
gro... ¿Entonces nos acostaremos como los gallos, 
hasta que llegue el alba? 

— Sí, señor, y dormiremos también. 

— Pues endereza al sitio. 

Empezaba a oscurecer. 

Seguía cayendo el agua mansa, cuyos velos forma- 
ban como una cerrazón en el horizonte, aumentando 
el tinte sombrío del paisaje y envolviendo en densas 
telas de niebla el montecillo del declive — verdadera 
orla de "talas" de la cuenca de un arroyo que crecía 
por momentos. 

Esteban, que se había adelantado al galope, echó 
pie a tierra junto a los árboles; e incontinenti, des- 
pués de escoger aquí y allá, cortó una rama larga y 
gruesa con su cuchilla mangorrera. 

De esta rama despojada de sus pinchos y dividida 
por mitad, hizo dos estacas afilándoles los extremos. 

— Para asegurar los caballos, — dijo — , aunque este 
palo sea quebradizo, señor. 



[ 161 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¡Qué hacerle, a falta de otro! — observó Luis Ma- 
ría que acababa de apearse con las piernas entume- 
cidas — . ¿Y ese tronco? 

— Es la maceta para clavar las estacas . . . Atare- 
mos los caballos en aquel albardón porque aquí no 
hay más que "cola de zorro". 

— ¡Bueno, despacha pronto, que estoy yerto! 

El activo negro, campero hábil, bajó en un instante 
los "recados", pasó el lomo de la cuchilla por el de 
los caballos, desenfrenólos, ciñó al ''fiador' 1 de cada 
uno el respectivo "maneador', hízolos marchar en pos 
de él; y, tanteando en diversos sitios el terreno más 
firme de modo que no aflojasen fácilmente las esta- 
quillas, hundiólas al fin distantes ducc n quince varas 
una de la otra, donde la gramilla abundase más que 
el trébol. 

Luis María estuvo observando todas estas diligen- 
cias muy atentamente a pesar de los escozores de la 
jornada; y, concluido el maceteo del liberto, púsose 
callado a arreglar el duro lecho sobre la tierra mo- 
jada, bien cerca de los árboles. 

— En esta lomadita es mejor, señor, -—dijo Este- 
ban — . Unas cuantas ramitas de sauce abajo, y des- 
pués las caronas encima. . . 

El negro corrió en seguida diligente, trajo las ra- 
mas y aderezó a su manera las camas, colocando los 
lomillos de cabeceras, los cojinillos de colchón, y los 
ponchos y cobertores de abrigo. 

- — No hay que hacer ranchos, porque estamos muy 
al descampado y andamos solos. 

— Tampoco llovizna ya, — repuso Berón, metién- 
dose debajo del poncho. — Dame una galleta para 
entretener estos dientes, que se me están chocando. 



[162] 



N ATI VA 



El liberto recurrió a las maletas que había guar- 
dado cuidadosamente, trajo lo pedido, y sacando el 
tapón a su cantimplora, la acercó a los labios del jo- 
ven, diciendo: 

— '¡Un trago de esto da calor! 

Luis María sorbió, y cubrióse la cabeza. 

Esteban púsole la pistola junto al lomillo, al alcan- 
ce de la mano; hizo lo mismo en su lecho con la ter- 
cerola y el sable; miró con mucha atención a todos 
los contornos, por si algo de sospechoso se percibía; 
y, contento de su inspección, empinóse dos veces el 
botijo, echó una última mirada a los caballos que al 
triscar las hierbas hacían oir claro su crujir de dien- 
tes, y se arrolló bajo el puncho con extrema veloci- 
dad, quedándose inmóvil y a poco dormido. 

Había cerrado la noche, sin viento ni lluvia, y 
empezaba a helar. 

Al poco tiempo, todo aparecía de un color blanque- 
cino: hierbas, árboles, lomas y declives. 

Hasta los duros lechos y ponchos cubiertos por la 
helada, confundíanse, sin saltantes relieves, con los 
demás objetos del suelo; blancos y tiesos los "manea- 
dores", perdíanse como las estacas entre los pastos 
cortos, a su vez endurecidos bajo una manta vidriosa. 

Las ramas inmóviles con sus hojaldres de cristal, 
especialmente las de las copas semejantes a cabezas 
calvas, daban a los árboles un aspecto triste y deso- 
lado en medio de las tinieblas. 

Los caballos que habían cesado de pacer, piafaban 
de vez en cuando como ateridos; el pato salvaje sa- 
cudía las alas alborozado a la orilla del arroyo, y el 
"chajá" autero hería el aire con sus gritos en la la- 
guna como si todo un regimiento hubiese acampado 
en la loma al toque de clarines. 



[163] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



A -las cinco de la mañana, el negro que había dor- 
mido intranquilo, se levantó sin pereza, y púsose a 
examinar los alrededores. 

Todo estaba en calma. Aún no soplaba la brisa que 
había de levantar al hielo en sus alas para rozar con 
ellas implacable la "carne viva. 

Llevó los caballos a abrevar al arroyo, aderezó el 
suyo en breves momentos y despertó a Luis María, 
diciéndole muy bajo, después de sacudirlo un poco: 
— : ¡Señor! Ya es hora de marchar. 
El joven que estaba inmóvil como una piedra, revol- 
vióse en su "recado" pronunciando algunas palabras 
ininteligibles, encogióse y volvióse a quedar dormido. 

Por dos y tres veces volvió el liberto, hasta conse- 
guir al fin que se pusiese de pie. 

Al hacerlo de mala voluntad, Luis María sintió do- 
loridos todos sus miembros, empujó con el pie el pon- 
cho cubierto por la helada y apartóse del lecho como 
un sonámbulo, acercándose a traspiés hasta la orilla 
del monte. 

La impresión de un aire extremadamente frió, que 
acabó de despertarlo de veras, púsolo ágil y activo. 

Abrigóse con su poncho, cuya bayeta se conservaba 
casi seca y caliente; y, a fin de dar calor a las manos 
agarrotadas, propúsose ensillar por sí mismo su ca- 
ballo. Al efecto, muy listo, aproximóse al "recado", y 
echó mano a la carona, haciendo saltar todas las pren- 
das que encima estaban, inclusive el lomillo en que 
había posado la cabeza. 

En el mismo instante, una culebra verde con pintas 
rojas que bajo la comba de aquél dormía muy arro* 
liada, puso en juego sus anillos y dio un silbido, 
arrastrándose veloz hacia el arroyo. 



E 164 ] 



NATIVA 



Luis María se quedó quieto con la carona en la 
mano, siguiendo con la vista el reptil hasta que des- 
apareció entre los juncos del ribazo. 

El liberto, que se mordía tentado de la risa su labio 
de esponja, se apresuró a decir: 

— Es mansita, señor; les gusta mucho el rescoldo a 
esos bichos. . . 

Miróle el joven con cierto aire de asombro, procu- 
rando con todo dominar su sorpresa; y, sin pronun- 
ciar una palabra acercóse muy lentamente al manso 
lobuno ; mas, al coger el "maneador" 1 duro con el hielo, 
que había que extirpar con los dedos corriendo en la 
diestra la soga, renunció a la tentativa malhumorado, 
diciendo a Esteban: 

— ¡Ensilla tú, con mil demonios! 

En tanto el negro empezaba la operación, y se reía 
a solas, el joven dirigióse a la orilla y se lavó la cara, 
— -hundiendo sus largas botas en el terreno húmedo 
hasta más arriba del tobillo. 

Recomenzaba a llover; el agua raía en forma de 
niebla, tan finas eran sus gotas. 

No era ésta razón suficiente, para que los paj ari- 
llos no gorjearan a su gusto en coro suave y armo- 
nioso, saludando el alba; y justo es decir que lo hacían 
tan bien, en medio de la misma confusión de trinos, 
píos y quejas, que Luis María no pudo menos de alzar 
la mirada al ramaje, y murmurar con ironía al sentir 
cómo se escurría sobre su cabeza y hombros la lluvia 
mezclada al hielo: 

— ¡Oh, poetas! . . . Venid como yo ahora a oír can- 
tar a las castas avecillas en la rama al cuajar el día, 
y decirse amor besándose con los piquillos al rescoldo 
del nido. ¡Sí, venid, bardos soñadores que cantáis 
como esos pájaros... Aquí está la selva umbría y 



[165] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



el arroyo susurrante y la tórtola que arrulla, todos 
esos eternos idilios de que nos habláis sin lluvias 
mansas, sin Iodos que salpiquen, sin heladas que aga- 
rroten, sin suelo húmedo y duro como lecho... ¡Ve- 
nid a pasar una noche como yo. y ya veréis lo que vale 
el poema, bellacos! ... Os había de preguntar si era 
bella esta alborada, si grato el concierto de los seres 
alados, si hospitalaria la sombra de los árboles, si 
cristalinas y transparentes las gotas que de las hojas 
caen como menudos topacios, y si muelle el verde 
césped donde la culebra se agita y busca el calor del 
que duerme con toda la confianza de una compañera 
cariñosa ... Y habíais de responder, estoy seguro, sin 
pasar por la experiencia, que este gran sudario que 
por ahí se extiende era manto de suave armiño y que 
eran preciosas filigranas de alabastro las agujas de 
hielo y muy bellas las urracas y calandrias despluma- 
das y lodosas que saltan de la rama al charco, y manso 
por extremo el reptil frío de estrías de esmeralda y de 
coral que en busca de calor se mete en el hueco del 
lomillo bajo la cabeza del que duerme, y allí se está, 
hasta que uno se levanta y le da con el pie para que 
se vaya a su cueva. . . ¡Ya os diría yo de misas, vi- 
sionarios! 

Esto murmurando, retiró con tanto esfuerzo como 
enojo sus pies del lodo, secándose el rostro con el 
anverso de la manga; y encaminóse a su caballo, in- 
quieto con el cierzo, y cuyos pelos aparecían erizados 
afeando de veras su pinta. 

Montó con alguna torpeza, porque sentía un dolor 
mortificante en los muslos y las corvas, así como el 
del que se ejercita por primera vez en la esgrima del 
sable. 

[ 166] 



N AT I VA 



También en otras partes le dolía ; y por ello sentía 
él mucha pena. 

Con tanta fuerza de voluntad. — se dijo, — se 
pierde sin embargo un equilibrio necesario, y basta 
el rumbo, que una navecilla afirma con su timón y un 
ave con su cola . . . 

— ¡Vamos! — -agregó luego en \oz alta con cólera, 
descargando el rebenque en las ancas. 

El negro adelantóse por un flanco para guiar, muy 
tranquilo con su carguero v una tagarnina en la boca. 

En silencio marcharon por algún tiempo al trote 
largo, sufriendo el rigor del vientecillo de cara y de 
la lluvia que a intervalos caía densa. 

Dejado habían detrás el empinado morro de Pan 
de Azúcar, e internándose en un terreno escabroso, 
cuando Esteban desvióse del rumbo, dirigiéndose a un 
rancho humilde que en mitad de una ladera dejaba 
ver únicamente su techumbre de paja brava. 

Tomó allí lenguas de una mujer: v supo que el co- 
mandante Alvarez de Olivera había pasado por aque- 
llos sitios el día anterior y acampado de allí a dos 
leguas, según los informes de uno de sus soldados que 
del rancho había salido esa madrugada para reincor- 
porarse a la fuerza. 

Continuaron entonces la marcha largo rato siempre 
azotados por el agua y el viento. 

Llegados al arroyo, sólo encontraron vestigios de 
campamento, armazones de ramas, vivacs en cenizas 
y huesos frescos de animales vacunos. 

Cinco o seis caballos escuálidos y lastimados en los 
lomos hasta mostrar la carne viva, y a los cuales ha- 
cían compañía algunos tordos voraces parados en los 
mismos espinazos, sin que ellos tuviesen fuerza en las 



[ 167] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



colas para espantarlos, pacían distantes unos de otros, 
triscando apenas, como buscando prolongar por unas 
horas más la vida. 

El liberto observó todo con atención; y, luego dijo: 

— La fuerza no ha de ir lejos, señor. 

—¿Por qué? 

—Estos "bichocos" de marcha tienen la "rosa" 
fresca . . . 

~¿Y qué hay con eso? 

— Que Ies han volcado el "apero" cuando más, hace 
una hora. . . También fíjese el señor que los troncos 
de los fogones tienen brasas, y se han prendido una 
nada. . . 

— ¿Crees entonces que no irán lejos? 

—Sí, señor, — repuso el negro, con los ojos fijos 
en el suelo, y después en la loma, como siguiendo una 
huella bien perceptible para él. 

—[La "rastrillada'' va por allí! — agregó luego, 
señalando la loma de la derecha. El paso de la caba- 
llería está marcado en lo blando y hasta hay surcos 
de resbalones en la cuesta. . . 

— ¡Pues adelante! — dijo Luis María. 

Abandonaron el sitio a trote firme. 

La zona en que habían penetrado era ardua y pe- 
dregosa, con uno que otro pequeño llano feraz, a los 
flancos o lagunas rodeadas de espesas masiegas. 

En los horizontes brumosos de un color de plomo 
destacábanse hacia el oriente en masas azuladas y 
compactas, abruptas serranías y riscosos morros cu- 
biertos de mantos de nieblas, de cuyas faldas caían las 
fuertes corrientes que engrosaban los cauces de los 
valles hasta rebasar sus niveles- Los arbustos de es- 
pinas que buscan su savia en los barrancos y entre 
las anchas grietas de los peñascos, montaban aquellas 



[ 168] 



N AT I VA 



faldas y estribaderos en audaces escalones como nu- 
tridos regimientos que escalasen atropellándose el des- 
filadero en pintoresca confusión de guías, penachos 
y morriones puntiagudos. En los recodos de piedra 
desnuda alzábanse por las bases las malezas, formando 
un boscaje verdinegro matizado de cardos secos, sobre 
el que desfilaba a chorros espumosos el agua de las 
mesetas. 

En lo alto, columpiándose sobre los riscos en lento 
vuelo y confundiendo con la llovizna vaporosa el color 
ceniciento de sus alas, las gaviotas y cormoranes dis- 
persos a grupos se dirigían entre roncas notas hacia 
los litorales del Cabo, sin dejar de abatirse de vez 
en cuando en los charcos y bañados, alargar el pico 
y coger la presa para proseguir su rumbo solazándose 
en las nieblas de la tormenta. 

Avanzaba el día sin que se asomara el sol, y dispo- 
níanse los viajeros a hacer alto junto a unas grandes 
piedras, cuando de improviso el eco no lejano de un 
clarín les indicó la proximidad de una fuerza que era 
sin duda la que buscaban. 

El clarín tocaba marcha. 

Pusiéronse los dos al galope con ardor. 

Traspuestas algunas "cuchillas'" y al coronar una 
loma sujetaron riendas, y pudieron ver entonces una 
columna de caballería que marchaba al paso por el 
extremo opuesto del valle sin insignias visibles ni estan- 
darte, de a cinco en fondo y regular formación. 

Luis María calculó en doscientos el número de aque- 
llos jinetes, pues alcanzaban a cuarenta las filas que 
culebreaban al marchar de flanco en las ondulaciones 
y quebradas del terreno. 

Todos iban de lanza, algunas con banderolas; mu- 
chos con sombreros de ala blanda y emponchados; 



[ 169 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



otros sin ellos, con una simple "vincha'' o un pañuelo 
grueso en la cabeza y alguna piel de carnero a las es- 
paldas, ceñida en sus extremos por delante. 

A retaguardia y a uno de los flancos, varios hom- 
bres arreaban las "tropillas" de caballos, que bien 
pasaban de mil, guardando conveniente distancia de 
la columna. 

— Aquél debe ser Alvarez de Olivera, — dijo Be- 
rón, apenas observó la tropa. 

El negro que había estado muy atento, con la vista 
fija en el llano y el cuerpo erguido sobre el recado, 
con todo el aire curioso y avizor de un avestruz tieso 
en la altura, movió afirmativamente la cabeza, con- 
testando: 

— Sí, señor. Es la gente del Aiguá y del Alférez. 

Sin añadir palabras más. reiniciaron el galope, al- 
canzando en pocos momentos la columna, cuando su 
cabeza penetraba en un vallecito encajonado y es- 
trecho. 

Agobiados bajo los ponchos, silenciosos y graves, 
sin otro ruido que el producido por los cascos de los 
caballos sobre el suelo húmedo, unos fumando al abri- 
go de los cuellos con la vista clavada en el crucero 
de sus cabalgaduras, otros cabeceando somnolientos, 
pocos pararon en ellos su atención; y de esos pocos, 
uno dijo, bostezando: 

— Ahí se allega un pueblero, con un retinto. 

Incorporados ya, Luis María que miraha todo con 
viva curiosidad, pudo observar que casi todos aque- 
llos hombres iban vestidos con andrajos fuera de los 
ponchos o de las pieles: chiripáes deshilachados so- 
bre piernas desnudas, botas de potro rotas y enloda- 
das, espuelas de hierro viejo atadas con * 'tientos", re- 
cados pobres de simple lomillo y carona algunus. un 



[170] 



NATI VA 



solo estribo de madera y riendas con bocado de "Ion- 
ja". Muy contados eran los que lucían prendas de 
valor, y entre estos mismos varios carecían de som- 
breros, más interesados tal vez en aderezar mejor a 
sus pingos que a sus personas. En cambio, cubrían 
sus cabezas y sujetaban sus largas cabelleras con pa- 
ñuelos de colores atados por detrás, de modo que col- 
gasen las puntas. 

No faltaban quienes llevasen el poncho o la piel 
de carnero sobre las carnes, las piernas al aire, las 
barbas luengas hasta el pecho y los rulos del cabello 
por abajo de los hombro?. 

En cuanto a las armas, las hojas de tijeras de es- 
quila y los clavos cuadrangulares constituían las mo- 
harras de la mayor parte de las lanzas de aquellos 
caballeros errantes. Algunos las llevaban de acero bru- 
ñido en forma acanalada, o serpentina, con medialuna 
doble o cuádruple según la importancia del rejón y 
la bizarría de sus dueños. La pistola, el trabuco, la 
tercerola de piedra de chispa, la daga o facón y el 
sable corvo complementaban el arreo ofensivo, pro- 
duciendo el conjunto en la marcha con las calderas 
viejas, una que otra olla de cocinar puchero, el roce 
de las guascas, el trinar de las "lloronas", el ludi- 
miento de las vainas de metal, el resoplido de los re- 
domones, el tascar de las coscojas y el chapoteo de mil 
cascos en el suelo barrioso un ruido tan singular, si- 
niestro y bravio, que sólo podía compararse con el 
que hicieran muchas garras en un gran pellejo lleno 
de viento, clavos y cadenillas de hierro que rodara 
como una peonza sobre lecho de guijarros. 

Advirtió también Luis María que. en medio de aque- 
llas filas, las razas, variedades o subgéneros estaban 
todas bien representadas por caracteres típicos, desde 



[171] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



el charrúa color bronce oxidado, y el blanco de puro 
origen y el negro de tez rayada, hasta el zambo for- 
nido y el cambujo color de tabaco de mucho vientre, 
mejillas mofletudas y manos cortas de dorso negruzco 
y palmas de roedor. 

Y a poco que él fue examinando los detalles, caras 
pálidas, ojos hermosos u ojillos de coatí, cabelleras 
negras y doradas junto a greñas bastas y racimillos de 
saúco, narices perfiladas y trompas con hornallas en 
vez de fosas, bocas cubiertas por bigotes finos y otras 
muy anchas con tres pelos por adorno y dentadura de 
niño, cuerpos delgados y flexibles cuanto eran de ma- 
cizos y rechonchos los que a su lado se agitaban, no 
pudo menos de preguntarse en medio de su mismo 
aturdimiento: ¿qué obra extraña saldrá de este mon- 
tón de instintos? 

Como se hubiesen ya aproximado bien a la columna 
y desfilasen hacia la cabeza, aquellos centauros em- 
pezaron a fijarse en ellos; y, uno de chambergo de 
"panza de burro 1 ' agujereado y ya incoloro por el uso, 
cuyo barboquejo se le perdía por debajo de la na- 
riz entre el boscaje de las barbas, al ver cruzar al 
liberto con sus maletas repletas, todo de nuevo, y muy 
plantado en los lomos, sintióse tentado a gritarle con 
voz ronca: 

— ¿De dónde venís cuervo, tan cirimonioso? 

— ¡Véanlo! — exclamó otro, — con las "motas" 
muy peinadas y las maletas que revientan. .. 

— ¡Alcanzá un poco de azúcar, jetudo! — barbotó 
un tercero empinándose en el estribo, — que no ha 
de ser todo para tu trompa. . . 

Otro, que no poseía sino un "chifle" de media 
guampa, al obeservar que el liberto llevaba una can- 
timplora de azófar, alzó su lanza, vociferando: 



[172] 



NATIVA 



—[Alarga un "taco" de ginebra, fruto de higuerón! 

— ¡Lindo para sacarle las botas al mono! — agregó 
un lancero que iba de alpargatas y miraba codicioso 
el calzado flamante del negro. 

—[Miren al marqués del Mazacote! —argüyó al- 
guno agraviado a retaguardia—, ¡Muy de lujo, y 
púas de bronce! 

Una voz formidable dominando todas las otras, se 
elevó de pronto, rugiendo: 

— ¡ Párate cimarrón y tírame con diez patacas 
limpias! 

El liberto que no había perdido la calma volvió la 
cabeza a esta voz; y al reconocer a un antiguo com- 
pañero, rióse hasta mostrar las muelas, y dijo re- 
tozante : 

— ¡Adiós, hermano! . . . 

Esta réplica cayó en la hueste lo mismo que un mos- 
cardón en una colmena. Las últimas filas se agitaron 
con gran vocinglería; una carcajada homérica retumbó 
de escalón en escalón^ y hasta los mismos que iban 
durmiéndose tomaron parte en la "loba' 1 sin saber de 
qué se trataba. 

Esteban siguió muy tieso en pos de su amo, que 
marchaba al galope a alcanzar la cabeza de la columna. 

Pero, la acogida no había aún terminado para él, 
puesto que a su flanco izquierdo, por donde arreábase 
un trozo de "caballada", una criolla bien puesta a 
horcajadas en un cebruno quisquilloso y saltarín cu- 
yas cerdas nada perdían en la comparación con las 
guedejas de la que parecía llevar los cascos a la 
jineta, — gritóle con aire de camorra: 

— ¡Quién lo ve a Juan Catinga hecho un morro, todo 
limpio y con carguío!... ¿dónde habrá robado tan- 
tas "ptfcW' ese hollín? 



[173] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¡Calíate comadreja, — replicó el negro al pa- 
sar. — porque no he de complacerte! . . . 

— ¡Oigan al chumbo! Motoso... Rabudo... 

Esteban continuó al galope, silbando. 

Movíansele las maletas de lienzo como dos alones 
esponjados, dando idea de su valioso contenido; y a 
su paso levantábanse nuevos chillidos semejantes a I03 
que lanza una banda de gavilanes sorprendidos ante 
una presa inesperada. 

A todo puso él oídos sordos, y íue a detener su ca- 
rrera casi encima del frente de la columna, cuando ya 
Luis María conversaba con el jefe. 

Al verle tan bien aderezado y lleno de humillos de 
asistente de rico, el alférez de la segunda fila, que iba 
todo andrajoso, mojado hasta los huesos y de mal ta- 
lante, di jóle con rabia: 

— ¡Apártate, negro. . . o te bajo de un guantón! 

Esteban se sonrió sin muestras de enojo, y golpeó 
con la diestra por debajo del poncho. 

— Empréstame un poco el * 'chifle", — añadió en- 
tonces el alférez con tono dulce. 

El liberto sacó su hermosa cantimplora, llena hasta 
más de la mitad de anís legítimo; y en tanto los jine- 
tes más cercanos se relamían en silencio los labios, 
pasósela al oficial, que en el acto extrajo el tapón y 
se la empinó con deleite. 

— ¡ Linda ubre, moreno : da consuelo ! — exclamó 
al devolvérsela. Cuando acampemos, mangoneá por el 
fogón que siempre hay "churrascos" gordos... 

— Gracias, mi alférez. 

— Si te perdés, chiflame . . . Ofértale a tu patrón 
hacer rancho juntos.. , Siempre hay algo: algún asa- 
dito con cuero, un guiso de ''achuras' 1 . . . 

— Le he de decir, señor. 

[174] 



N ATI VA 



Y mientras hablaba el alférez, el liberto dio un largo 
beso a la cantimplora, con gran envidia de muchos de 
los que lo miraban. 

— ¡No hacértese vinagre en el gañote! — dijo uno 
a media voz. 

— ¡Ganas tengo de ensartarle el botijo en la me- 
dialuna! 

— ¡Tan pelechado el trompudo! — añadió otro con 
encono. 

El negro alcanzó una galleta al alférez muy orondo, 
y en seguida gritó con imperio: 
— j Cállense la boca! . . . 

Los milicianos rompieron a reír estrepitosamente. 

En ese instante la columna hizo alto. 

El jefe se había apartado algunos pasos con Luis 
María, y echado pie a tierra junto a unas rocas, para 
guarecerse un tanto de la lluvia. 

Parecía interesarle de veras la llegada del joven, 
pues prestaba mucha atención a sus palabras. 

Era el caudillo Leonardo Olivera un hombre de con- 
tinente altivo, mucho músculo, igual suma de osadía 
y espíritu rebelde al freno, como el de todos los hijos 
del Pampero. Oía con reposo y miraba fuerte. Vestía 
de chaqueta y "bombachas", botas hasta la rodilla, de 
cuero de lobo, y chambergo de ala corta. Calzaba bien 
las espuelas y ceñía con gracia el sable. Era fama que 
con la lanza inspiraba respeto en la pelea; que mataba 
con su propia mano, al nivel del soldado; y que sólo 
dirigía la vista atrás para avergonzar a los flojos. 
Absorbíalo todo, un amor profundo a la tierra; ese 
amor — tal vez único — que se crece en la lucha y se 
agiganta en la desgracia como solo ideal perdurable. 

Verdad es, que Luis María no vio en él más que 
un hombre reservado, adusto y duro, de pupilas muy 

[ 175] 

15 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



fijas y aire de mando; pero, todo eso denunciaba la 
fibra del valor. Consolóse en parte, de que el jefe 
fuese más discreto que la hueste. 

Olivera lo había recibido bien, y pedídole le leyese 
la comunicación de que era portador. 

índicábasele en ella un punto determinado del lito- 
ral del cabo para recibir pertrechos de guerra; y en- 
comiábase su conducta en términos lisonjeros. 

Impuesto de esta nota, pidió otras noticias y datos. 

El joven se los proporcionó sin omitir detalle, ni 
exagerar el estado de las cosas. La situación se pre- 
sentaba muy grave. 

— En la ciudad — dijo — el elemento patriota 
cuenta con el apoyo de los Voluntarios Reales, y el 
entusiasmo cunde. Pero, en la campana. Lecor dispone 
de fuerzas importantes gracias al concurso personal y 
a la influencia del Brigadier Rivera; siendo usted el 
úniro que ron su denuedo mantiene la esperanza de un 
alzamiento considerable. . . 

Don Leonardo con la vista vaga en el horizonte, 
movió a estas palabras lentamente la cabeza, y luego 
repuso, encogiéndose de hombros: 

■ — Se haee lo que se puede. . . La cosa no da para 
más, amigo. Cuanto, cuanto he sacado de sus ranchos 
a la gente del pago, y ya la hice refregar fuerte, de- 
jando algunos pobres tendidos por el valle. . . j Somos 
un grupito! ... La "muchidumbre" se está quieta, por 
miedo a Frutos, de la parte allá del Canelón, como si 
el hombre fuese más que Artigas. Seguiremos ... ¡ Pe- 
learlos, los voy a pelear! —agregó con firmeza, sa- 
cudiéndose y avanzando dos o tres pasos con la vista 
siempre en las quebradas; — pero, no sé hasta dónde 
aguantarán los muchachos viéndose solos... [Ya ve- 
remos ! 



[ 176 | 



N AT I VA 



Un momento de silencio siguióse a estas palabras, 
(licha? con excitación creciente. 

Después, bajando el tono, el raudillo encaróse con 
Luis María, añadiendo: 

— En cuanto a usted, venga a mi lado romo ayu- 
dante. Va a pasar algunas penalidades, pero las partirá 
conmigo, 

— Agradezco mucho ese honor, mi jefe. Venía dis- 
puesto a servir como simple soldado. 

— No, mi amigo; iodo.- los somos cuando llega la 
hora de ponerse a prueba... ¡Créalo! Lo mismo va 
a estar usted a la cabeza que a retaguardia, porque en 
la carga se hace un solo entrevem. 

En seguida, cogióse ron la izquierda a las crines de 
su caballo, y echó una mirada a fondo a la columna. 

Algunos, que habíanse desmontado cubriendo las 
"pilchas" con un halda del poncho, y que comentaban 
entre risas la acogida hecha a Esteban, se apresuraron 
a entrar en formación, sin voz de mandu, ni toque de 
clarín. 

Olivera montó de un salto, y tras de él Luis María, 
que en el acto buscó su colocación junto a otros dos 
ayudantes. 

El baqueano, que se encontraba algunas varas a van- 
guardia rompió la marcha, y en pos se movió la co- 
lumna, en momentos que la lluvia arreciando caía a 
plomo como una calcada ruidosa y espumante. 



[ 177 ] 



XI 



CUARO 

La fuerza, efectuando lentamente una contramarcha 
de fíanco, tomó rumbos hacia el litoral del cabo. 

La jornada prometía ser muy dura, al trote largo, 
mientras no se encontrasen escabrosidades al frente. 

Sólo obstáculos naturales o imprevistos obligaban 
a moderar el paso: ya un terreno pedregoso cuyos 
riscos despeaban a los animales — según la expresión 
del gaucho, ya un valle cubierto de lagunas y pantanos, 
tremedales y ciénagas, ora arroyos salidos de cauce 
por la fuerza de la creciente y que era preciso atra- 
vesar a nado sobre los lomos del caballo, o cogido de 
las crines sin desnudarse arrollado el poncho al pes- 
cuezo; y cuando no sucedía esto había que oblicuar 
la marcha para despuntarlo en sus nacientes, prolon- 
gando desmesuradamente el camino por comarcas don- 
de no existían puentes ni se conocían otros vehículos 
que las carretas tiradas por bueyes como única mani- 
festación de la industria de transportes, y el caballo 
considerado como articulo de guerra. 

Luis María no se había hecho idea de estas contra- 
riedades y sinsabores, y empezaba su aprendizaje en 
días aciagus, sin esperanza de triunfo. 

Aquella organización rara de la hueste, vestida de 
andrajos, y la manera más extraña aún de imponer su 
voluntad el caudillo; la pasión entusiasta del valor en 
esos hombres, muchos de ellos tan briosos como su 
jefe, y dóciles al mando en medio de su falta de dis- 



[178] 



NATI VA 



ciplina y de escuela; aquel amor romántico por la 
aventura y el peligro, olvidados de sus miserias y des- 
nudeces, para exponer viriles la vida en el primer en- 
cuentro; ese andar abrumador sobre el caballo horas 
interminables, cual si fuesen clavados en las monturas, 
en lucha con los elementos confundidos en una sola 
cruel inclemencia, alegres, activos, ruidosos a través 
del desierto; aquella resolución intrépida para arro- 
jarse al agua honda que puede absorberlos en su seno 
y arrastrarlos en su curso violento, y que ellos salvan 
ágiles adheridos casi siempre a sus cabalgaduras con 
las que parecen constituir una sola pieza; ese vigor 
extraordinario para soportar el hambre y resistir al 
sueño, y esa facilidad para dormirse sobre los lomos 
sin perder estribos ni rumbo, como si velase en ellos 
un sexto sentido vigilante; aquella conformidad triste 
pero firme con su suerte sin protestas agrias, bus- 
cando a cada paso y por cualquier motivo aunque fuese 
fútil reírse de todo, hasta del dolor reumático o de la 
llaga viva; esa resistencia dura al cansancio, a veces 
del naciente al poniente, con el cuerpo tieso apenas 
inclinado hacia el cuello del caballo, resistencia sólo 
comparable a la de este noble bruto, pequeño con 
relación al de raza pura, y criado a la intemperie sin 
celo ni cuidados, pero de un "aguante" incuestiona- 
blemente superior; aquella sobriedad por último de li- 
mitar sus apetitos durante dos y tres días, cuando es 
necesario, a algunos "mates cimarrones" — es decir, 
al simple brebaje de yerba sin azúcar. — a varios ci- 
garros de tabaco fuerte y a pocos tragos de anís o de 
caña, si la hay, constituían un cúmulo de circunstan- 
cias nada comunes y una existencia original tan ruda 
y agreste que el joven voluntario veía ir en aumento 
su asombro a medida que el rigor del tiempo, las do- 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



lencias y las privaciones descarnaban los instintos y 
ponían de relieve la fiereza de las almas. 

Los mismos detalles insignificantes eran para él 
motivos de interés, y observábalos con afanosa curio- 
sidad, sintiéndose como se sentía con fuerzas para 
amoldarse a aquella vida militante extraña, cuya con- 
clusión podía ser tardía. Entonces tenía que serle útil 
una experiencia que otros desdeñan y que luego echan 
de menos, a solas con las fuerzas de la naturaleza, con 
el peligro diario en el bosque y la asechanza perma- 
nente en el llano. 

En medio de paisajes monótonos regados por do- 
quiera, y allá junto a un bosraje sombrío de arbustos 
espinosos que bordaba riscosos estribaderos, después 
de una marcha de todo el día. cuando bajaba la som- 
bra envuelta en frías brumas, el escuadrón se debía 
detener, según la orden que Luis María oyó trasmitir 
al baqueano. 

Y allí acampó, sin mayores ruidos ni confusión al- 
guna. 

Imposible parecía que en aquel lugar desolado hu- 
biese leña, y que pudieran acomodarse bien para dor- 
mir los hombres en aquel suelo empapado y cubierto 
a trechos de costras de gneis. 

Luis María vio sin embargo, en pocos instantes. lu- 
cir la llama de algunos fogones, luego de muchos, y 
agruparse en redor de ellos los soldados; y por otra 
parte, improvisarse "ranche jos" co.n varas y juncos de 
una laguna, que se cubrían con ponchos, sin más es- 
pacio en su interior que el necesario al cuerpo de un 
hombre y donde se tendían las piezas del recado útiles 
para el arreglo del lecho. 

Al calor vivificante de los vivacs cuyos troncos chis- 
porroteaban difundiendo la alegría a pesar de la lio- 



[180] 



NATIVA 



vizna; y de los mates que circulaban de mano en mano 
transmitiéndolo a los estómagos vacíos, la animación 
cundió a todos los extremos, coloreáronse los rostros 
y las risas ruidosas reemplazaron a las frases concisas 
y apagadas voces de un momento ante?. 

Parecióle entonces al ^en que la soledad lúgubre 
se había transformado en ri-ueña aldea llena de ilu- 
minaciones \ fogatas como en una noche de San Juan, 
recordándole las lanzas clavadas en tierra con sus 
banderolas húmedas y ajadas, los gallardetes en pa- 
ralelas a los flancos de los arcos de los juegos de 
sortija. 

El grueso vapor que se desprendía de las ropas mo- 
jadas, el humo espeso de las ramas húmedas a su vez. 
y del tabaco usado en grandes dosis, formaban una 
nube sobre cada vivac que clareaba de vez en cuando 
algún soplo de aire helado. 

No lodos se encontraban junto a la llama. 

Muchos se habían \a guarecido bajo sus ranchejos 
o madrigueras a estilo charrúa, escurriéndose a lo 
largo lo mismo que los zorros en sus cuevas, más an- 
siosos de ganar algunas horas de sueño aunque fuese 
sobre una jerga empapada que de estarse entumecidos 
al amor de una lumbre que producía en las extremi- 
dades de los miembros agudos escozores, si no se tenía 
la paciencia de aproximarlos poco a poco a las brasas 
para evitar los efectos de una reacción violenta. 

Entre los que circuían estrechamente lo» fogones al 
punto de no dejar claro alguno por donde pudiese pe- 
netrar una lagartija, por lo que al mover las cabezas 
sólo se percibían barbas erizadas y narices color de 
remolacha entre un resplandor rojizo, uno que otro 
"churrasco" jugoso y caliente retemplaba los ánimos, 
alternando con el mate o el jarro pequeño de "lata" 



[ 181 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



provisto de "bombilla", y alguna bota de "caña" o 
"chifle" de cuerno las libaciones prolongadas de cada 
grupo. 

Si por acaso se acercaba a esos centros o tertulias al- 
guno que no se había preocupado de su cocina, con in- 
tención de calentarse siquiera los dedos ateridos, cesa- 
ba de súbito en el núcleo la plática sabrosa; volvíanse 
todos para mirar de soslayo al zángano al ruido de síus 
pasos o de las espuelas, y apretábanse más unos con- 
tra otros siempre en círculo medido, de manera que 
entre ellos no quedase el menor hueco. Guiñábanse los 
ojos sombreados por el ala del sombrero y lucientes 
al calor, hacíanse los boquituertos retozando en silen- 
cio con esas risas que no acaban de estallar bajo los 
pelos y que tanto se asemejan a gruñidos de mamón- 
cilios, escondían el "mate" bajo el poncho o volcaban 
la caldera para disculparse con la falta de agua, y al 
apartarse del sitio el importuno visitante recomenzaba 
el bullicio sazonado con el comentario, — ora de las 
vueltas que el hombre dio para meter por una rendija 
cualquiera las manos, ya del gesto que puso cuando 
alcanzó a ver que el asador de espinillo no tenía ya 
más que el rezago del "churrasco", y que la caldera 
estaba muy tiesa con la boca para abajo. 

Renovábanse luego las ocurrencias sobre la llegada 
de Luis María y de Esteban — • la novedad del día, — 
pues el tema se prestaba para ellos a inagotables va-) 
riantes. 

— -El macaco se descolgó con botas de baqueta, — 
decía uno. \ 

- — ¡Muy tieso chafando a los pobres! 

— ¡Y con poncho verdevejiga! — argüía otro, a 
quien le humeaba la lana de piel de carnero echada en 
parte hacia adelante, para que le llegase bien el calor. 



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NATI VA 



—Muy de celeste el negro, y uno todo rotoso y "bi- 
choco" — murmuraba un paisano algo obeso, al apre- 
tar con la uña la brasa del cigarro. 

— ]La purita verdad, hermano! — replicábale el ve- 
cino, sacándose el barro de la bota de potro con el 
lomo de la daga. Al que nace barrigón es al ñudo que 
lo cinchen. 

Una hora larga llevaban en éstos y diálogos pare- 
cidos, cuando el clarín sonando de súbito, lanzó tras 
la de atención, la nota prolongada de silencio, cuyo 
eco repercutió sonoro a la distancia en el llano y muy 
próximo en las concavidades de las rocas. 

La gente empezó a moverse en torno de los fogofries 
entre voces altisonantes, risas nerviosas y roncos bos- 
tezos. 

Pronto raleáronse los núcleos, buscando cada uno 
su acomodo para dormir del mejor modo posible: • — 
"a lo sapo" — según unos, — "a lo gallo" — según 
otros, — a lo "teru-teru" — según el de más allá — . 
¿Qué hiciste de mi manta, hermano? — gritaba des- 
de un extremo una voz impaciente. — jPreguntáselo a 
Ciríaco! — respondía sin duda, alguno que no era el 
interpelado, envolviéndose en su poncho hecho criba. 
— [Habló el buey! [No te envideo las guampas! — 
replicaba con voz de trueno y la bayeta en la boca, 
otro entrometido. 

Pocos instantes después, retirábanse los pocos que 
habían quedado secándose las botas junto a las bra- 
sas. Estas, acosadas sin tregua por la llovizna menuda 
que en forma de densa bruma seguía cayendo, con- 
cluyeron por apagarse antes de cubrirse por la ceniza 
en parte hecha lodo; y la oscuridad profunda volvió 
a enseñorearse del sitio en medio de un silencio sólo 



[183] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



perturbado por una que otra exclamación de sonám- 
bulos y muy sonoros ronquidos. 

En la falda de una loma, al amparo de unas piedras, 
y a dos o fres cuadras del campamento, percibíase 
como un ligero resplandor la luz vacilante del único 
vivac que persistía, y que era el de la guardia avan- 
zada. 

Por su parte, Berón se había encontrado al dejar a 
su jefe, y muy cerca de su "rancho" con otro amplio 
y cómodo construido esmeradamente por Esteban con 
gajos ramosos. 

Había tenido el liberto la precaución de escoger 
para ello un lugar abrigado, junto a una enorme peña 
gastada en forma ovoidal en su centro por los lomos 
de los toros que en ella venían diariamente a rascarse 
hasta clarear su pelaje. Brasas de gruesos troncos, a 
urt lado de la entrada, confortaban algo aquella choza 
de dorso empinado como el de un dromedario. 

Luis María escurrióse en el acto, abrigándose bien; 
pero, apenas lo había efectuado con ansias de dormir, 
cuando un bulto inclinóse a la entrada del ranchejo y 
deslizándose ágil a cuatro manos hasta el interior, 
tomó posición junto a él con mucha confianza. 

Boca abajo, y fumando, el intruso di jóle con una 
voz suave y tranquila: 

— Mirá, amigo... Tú no has dicho al negro que 
tenga ojo abierto, porque si lo cierra de firme te va 
a hacer humo los maneadures y bozalejos la gcntp d p l 
■"■Aiguá", que es de más maña que el zorro. . . 

El joven, reincorporándose sorprendido, reconoció 
en quien le hablaba tan familiarmente al teniente Gua- 
ro, ayudante del jefe, con el que había trabado rela- 
ción por la mañana. 



[184] 



NATI VA 



— Pero, estáte tranquilo, porque yo mandé al asis- 
tente que bombease por si rondaban los hombres de 
uña. . . 

■ — Gracias, compañero, — dijo Luis María;- — pero 
me asombra que entre amigos suceda eso . . . 

■ — Son buenos los mozos. No más que roban coji- 
nillos. . . También te aviso que hay que dormir poco, 
por ;i acaso se le antoja al enemigo meterse en el 
campo con el lucero. 

— Si al lucero esperan, van lucidos, teniente, porque 
nunca vi noche más negra y lluviosa. 

— ¡Es temporal! — repuso Cuaró, — - y se ha de 
correr si sopla por la mañanita viento del río. como 
acontece. . . ¡No te engañes, amigo, con estas cosas. . . 
Me »*tá chiflando la barriga de frío! 

— Por ahí cerca está la cantimplora, teniente. Beba 
un trago de anís. 

Cuaró que la había ya cogido, empinósela diciendo: 

— Por no hacer desaire . . . 

El beso fue un poco largo. Relamióse los labios, y 
añadió: 

— Muy temprano se ha de carnear, y comiendo la 
gente se pone alegre. 
Después, marchamos. 

Nos pondremos en la costa en el día aunque re- 
vienten los mancarrones. . . Yo tengo un caballo lindo 
que te voy a regalar si se aplasta tu lobuno que está 
medio "aguachado" con la vida de pueblo. .. Es un 
overo nuevito que boleé en la sierra adentro, gordo y 
de estribar sin recelo, con un capullo blanco en el 
copete y la cola que barre. . . Verás que te gusta. 

— -Así ha de ser. y agradezco mucho. .. Pero, ¿us- 
ted no tiene sueño, teniente? 

— Me hormiguea un poco por el cuerpo. 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Pues hay que aprovechar entonces ... Si se en- 
cuentra usted cómodo puede dormir ahí. ¡Lo que es 
yo, no puedo más! 

— 'Por no perder la costumbre, voy a descansar un 
rato, amigo. . . 

Sin decir palabra más dióse vuelta sobre su dere- 
cha, echándose con indolencia su poncho mojado so- 
bre el vientre y piernas. 

Minutos después, uno y otro dormían profundamente. 

El teniente Cuaró, de raza indígena pura, era un 
mocetón de veinticinco años, de talla bien conformada 
y miembros musculosos en extremo, terminados en 
unos pies pequeños y en unas manos de dedos cortos 
y duros capaces tal vez de quebrar entre sus falanges 
un pedazo de hueso sólido y resistente. 

En su cara ancha, de frente regular y pómulos sal- 
tantes, poco vello se veía, apenas algunos pelillos ne- 
gros, lustrosos, tiesos encima del labio, y en la barba 
casi angular, dos o tres como único adorno. El cabello 
corto y cerdudo pero ralo, cubría un cráneo vigoroso 
de temporales hundidos, occipucio saliente, que caía 
a plomo sobre el tronco atlético. 

Cuando hablaba bajo y suave, animábase este sem- 
blante de hombre macizo con la expresión brillante 
de unos ojos chicos, negros y elongados de velo par- 
padal caído y casi siempre trémulo como el ala de un 
murciélago. 

Parecióle a Luis María, la primera vez que le vio, 
que por aquellas pupilas asomaba el reflejo de un 
borbollón de energías indómitas anidadas en sosiego 
bajo la índole apática del tipo de raza, apartado ha- 
cía mucho tiempo de los toldos, sin haber perdido por 
eso los instintos del aduar ni la crudeza de la fibra. 



[186] 



NATI VA 



Sin darse una idea clara del motivo, cayóle en gra- 
cia su compañero color de aceituna. Lo halló grave, 
circunspecto, reposado, sin penas ni alegrías en la 
apariencia, obediente y activo al menor mandato de 
su jefe, y tan bien sentado en el caballo, que el gene- 
roso bruto debía sin duda estremecerse al sentir el 
roce de sus rodillas o el trino de las espuelas. 

Recordó entonces lo que tantas veces oyera decir 
acerca de los aborígenes, con relación a los informes 
de viajeros que afirmaron haber examinado concien- 
zudamente los usos y costumbres de la tribu avasalla- 
dora, bajo cuya soberbia habían caído "bohanes , \ "ya- 
roes'' y "chanaes". 

De los juicios absolutos de esos viajeros, descen- 
diendo a los detalles, tentó escudriñar en el rosto del 
indígena las huellas de ciertas prácticas bárbaras, que 
se atribuían a sus congéneres. 

Aparte de dos o tres líneas irregulares de tinte azul 
oscuro que enseñaba en la frente y mejillas, hechas 
sin duda por medio de un punzón de espina, de hierro 
o de madera recia, semejantes a las que dejan los gra- 
nos de pólvora debajo de la piel tras de un disparo 
sin bala sobre carne viva, ningún otro rastro de las 
costumbres salvajes se descubría en el rostro de Cuaró. 

Su labio inferior delgado, casi terso y recogido, no 
presentaba cicatriz alguna a raíz de los dientes que 
denunciase haber sido horadado para uso de la "bar- 
bota". 1 



1 El sabio don Félix de Azara, refiriéndose a la "barbota" 
en su libro Viajes por la América Mcridioial, explica asi esta 
práctica, según él, usual entre los charrúas: 

"Pocos días después de nacido un niño, la madre le horada 
de parte a parte el labio inferior a la raíz del arco dentario, 
y en tal agujero le introduce la "barbota", que es un palito 
de cuatro o cinco pulgadas de largo y de dos líneas de diá- 
metro. Jamás se quitan dicho palo ni aun para dormir". 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Verdad era que habían pasado algunos años desde 
aquel en que Cuaró dejara de usar el moño con plu- 
mas de ñandú, el "quiapí" y la aljaba de flechas de 
"urunday" y "coronilla" para incorporarse a gentes 
de mejor vivir que la de los toldos; con todo, a pesar 
del tiempo transcurrido, hubiese conservado señal co- 
mo esa considerada indeleble a haberla llpvado. 

Según las noticias difundidas, el joven creía muy 
arraigada en los charrúas aquella costumbre cruel, 
análoga a la de otros indios del coiUmenle que em- 
pleaban una doble rodela de madera perfectamente 
circular, no sólo en el labio inferinr. sino también en 
el extremo carnudo del pabellón de la oreja. 

En el rostro de Cuaró no vio él ningún indicio de 
la que, indudablemente, fue costumbre de "Butocudos'\ 
indígenas del Brasil; no de charrúas. Cuaró tenía in- 
tactos labios y orejas; y, apenas las estrías azuladas 
hechas a punzón sobre los arcos de las cuencas y de- 
bajo de los pómulos, huellas casi borradas, denun- 
ciaban el uso primitivo de una tintura desconocida in- 
yectada en la piel para formar rayas o signos, por 
medios más rudimentarios que los empleados por los 
marineros para dibujarse navecillas y anclotes in- 
deleblemente junto a la arteria humeral. 

Llegó entonces a pensar que la "barbota" en el cha- 
rrúa, era una superchería, efecto natural de las sus- 
picacias de los sabios muy dados por lo común a apli- 
car reglas por analogía, tratándose de razas que difie- 
ren por hábitos y origen, aunque concuerden en rasgos 
físicos y en desnudez. Reservábase sin embargo, con- 
firmar esta opinión en la primera oportunidad. Por 
el momento, sólo vio en Cuaró un hombre fuerte, su- 
frido y enérgico como pocos, aun de otras razas, ves- 
tido con decencia en medio de la» mayores privaciones, 



[ 188] 



NATI VA 



y de una índole simpática a pesar de sus resabios y 
taimonías. 

Como ejemplar de raza pura, en estas condiciones, 
encontró en él un grado de superioridad incuestiona- 
ble sobre el cambujo y el zambo, en cuanto a raras 
virtudes de sufrimiento y perseverancia. 

Ante su actitud grave e impasible y su estoica fir- 
meza para soportar todo género de contrariedades, 
figuróselo en verdad de una sola pieza. La sangre y 
el carácter debían harerlu apto para cualquier em- 
presa ardua, y aún para cualquier esfuerzo constante 
y rigoroso, previa una educación disciplinaria conve- 
niente. 

Pero, en la vida de la hueste, no sujeta a reglas 
calculadas y severas para domeñar soberbias y sofocar 
la expansión de instintos fiero?, dándose rumbo cierto 
al esfuerzo colectivo con la rigidez de la organización 
sólida y del método, gozaban de las mismas licencias 
tanto el "tupamaro" o mestizo y el cuarterón, el zam- 
bo y el cambujo, como el indio y el negro, confun- 
diéndose así en un solo espíritu de insubordinación 
y de desorden todas las tendencias morales discrepan- 
tes y propensiones más o menos aviesas del número. 

Una inclinación instintiva irreductible, por decirlo 
así, mezcla de espíritu independiente y de amor al 
pago y por extensión, a la tierra común, constituía 
la cohesión necesaria para la lucha en la masa; a la 
vez obediente hasta ciertos límites a la autoridad del 
caudillo, nacida del prestigio individual y del "hechizo 
del músculo" antes que del asentimiento unánime y 
consciente de todos los factores en acción. 

Los vicios propios a cada raza o variedad, o inhe- 
rentes por lo menos a su estado respectivo de cultura, 
formaban un compuesto adverso al deber militar, al 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



mismo tiempo que una suma de energías coherentes 
en el propósito de resistencia obstinada al opresor. 

Mas. en medio de ese extraño conjunto de fuerzas 
vivas reacias a la disciplina regular distinguíase el 
indígena por su conducta siempre igual y su voluntad 
pasiva trabajada por las influencias del médium, le- 
jos ya de la barbarie cruda de los toldos. 

Por eso era que Cuaró, tipo selecto, había desper- 
tado desde el primer instante interés tan vivo en el 
joven. 

En aquella reducida caballería de guerra, la única 
que por entonces se había atrevido a levantar en el 
país la bandera de insurrección, y que se agitaba de 
aquí para allá febriciente bajo la lluvia y el hielo, 
confiada en el poder de sus lanzas y en el denuedo 
de su caudillo y convencida tal vez de que en sus filas 
vivía robusto el espíritu de los pagos y brillaba pura 
la gloria de su tierra, Luis María se había visto de- 
lante de un cuadro histórico en pequeño, donde nada 
faltaba sin embargo, para ofrecer una idea acabada 
y real de la calidad de los elementos de una sociabi- 
lidad singular llamada a reproducirse y perpetuarse 
en el tiempo y en el espacio, hasta perder en evolu- 
ciones sucesivas sus tintes dorados y sombríos de piel 
de tigre. 

De todos los subgéneros y clases allí reunidos, la 
que más lo sedujo fue la raza aborigen, que era la 
menos representada. ¿Por qué? No se lo explicaba 
él mismo claramente. Quizás descubrió en sus pocos 
ejemplares una entereza bravia propia de leyenda, que 
en algo aventajaba al valor romántico de la prole 
mestiza, crecida entre vértigos y torbellinos bajo las 
alas poderosas del Pampero. 



[190] 



NATI VA 



Cuaró era un tipo interesante de su raza. También 
lo era su corta historia; y de ésta algo debemos decir, 
siquiera sea para dar a conocer el origen y las vici- 
situdes de la vida del charrúa. 

Circunstancias extraordinarias rodearon su naci- 
miento, y otras no menos singulares lo apartaron de 
los toldo?. 

Un día de estío ardiente, la tribu indomable levan- 
tando su campamento a orillas del Tacuarembó, an- 
duvo errante algunas horas, con sus mujeres y sus 
carguíos informes, basta dar con una pradera feraz 
regada por un arrovo de límpidas aguas que afluían 
al caudaloso Negro, y en la cual se apacentaban nu- 
merosos ganados. 

El sitio era bueno. 

Había gramilla exuberante para los caballos, monte 
espeso, ramajes flexibles, grandes masiegas de paja 
brava y carne gorda, formando el campo escogido pa- 
ra el aduar como una herradura inmensa con la curva 
de los bosques. 

Los caciques clavaron en tierra sus lanzas de rejón 
largo; y la tribu se detuvo. 

El espectáculo era tan pintoresco como excepcional. 

Llevaban casi todos los hombres plumeros de co- 
lores en el cráneo, e iban armados de lanzas y aljabas. 

En la edad de piedra de e->ta raza valiente, hace 
más de tres siglos, cuando el hierro les era descono- 
cido, usaban los charrúas flechas de pedernal en forma 
de hoja de laurel, rodeada de dientes agudos en di- 
rección opuesta al arpón. Sustituido el pedernal por 
el hierro, muchos años después, sirviéronse principal- 
mente de arcos de barriles para su uso, fabricando 
lanzas: las que, con el arco y el carcaj, constituían sus 
instrumentos de guerra. 

[ 191 ] 

16 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



En la época en que los exhibimos, poros eran los 
que llevaban flechas. 

Las mujeres usaban de medios especiales para car- 
gar con su prole; siendo de jiotar que pecaban por 
exceso sus sentimientos de cariño. El del pudor se 
revelaba completo en uno y otro sexo, dado el medio 
ai n bien Le en que vivían. 

Muchas de las mujeres no se contentaban con el 
"quiapí" que cubría el cuerpo en gran parte: y íabri- 
eaban ron un género análogo una especie de camiso- 
nes sin mangas, con aberturas para los brazo*, con los 
que aparecían vestidas. 

Los hijos pequeños iban colgados a la espalda den- 
tru de una jerga. cu\as cuatro puntas se ataban por 
delante; en ésta, como bolsa, metían una o dos cria- 
turas con la cabeza para afuera. 

La que tenía tres hijos, había colocado el tercero 
montado adelante; y la que contaba cuatro, al mayor 
de ellos en las ancas. 

Otros, traían los más pequeños pendientes detrás, 
y los más grandes iban de a dos o tres montados en 
caballos, que ellas mismas conducían del ronzal, si- 
lenciosas y pacientes. 

Las plumas de "chajá", de loro y en más abundan- 
ría las de ñandú figuraban por murho en los detalles, 
sin excluir los cabos de las flechas y la parte inferior 
de las moharras de las lanzas vistosamente adornadas. 

Pocas eran las mujeres que iban cubiertas con jer- 
gas sencillas, o "quiapíes" sujetos a la altura del 
hombro derecho con un nudo grosero; si bien eran 
muchos los pequen uelos que arrastraban retazos de 
telas incoloras o guiñapos de bayeta inservible. 

Se habían visto obligados a abandonar la vieja "ran- 
chería", a causa de una fiebre epidémica, proveniente 



[192] 



NATIVA 



tal vez de los miasmas que exhalaban multitud de des- 
pojos y osamentas de animales vacunos y yeguares 
acumulados poco a poco en las cercanías del aduar, y. 
aun de reses que los fléchelos solían aprovechar úni- 
camente por la parte de arriba, dejando intacta la 
otra, — costumbre del yaguareté. — por no tomarse 
la pena de darlas vuelta. 

Instalóse la tribu: y. en tanto que las mujeres cla- 
vaban ramas eu el suelo en forma de arcos y reunían 
paja para ronstruir sus ranchos de dos o tres varas 
de largo por una y media de ancho. — los nioeetones, 
sueltos ya sus caballos, agrupábanle alegres siempre, 
pero sin algazaras ni estrépito alguno, en cierto sitio 
llano del terreno por ellos escogido expresamente para 
encajar una estaca de un tercio apenan a flor de tierra, 
que les sirviese de blanco en el Liro de "boleadoras" de 
dos ramales, a treinta pasos. 

Era éste su juego favorito, y en él vencía el que lo- 
graba enredar aquéllas en la estaca. 

Apostaban lodo lo que tenían - - ''quiapíes" géneros 
ordinarios, tabaco, jergas y aun los caballos, sin que 
por éste u otrus moth os. se suscitasen entre ellos re- 
yertas ni pendencias desagradables. 

En caso de producirse alguna, intervenía uno de los 
caciques y conciliaba fácilmente todas las pretensiones. 
Muy rara vez sucedía esto. 

Los mocetones en grupo, a la distancia prefijada, 
en silencio aunque risueños, arrojaban uno tras otro 
sus ''boleadores"; las que, o pasaban por arriba, o 
daban con una piedra o un ramal en la estaca, o se 
ceñían a ella. 

Sólo en este caso se consideraba válido el tiro, lo 
que era bastante difícil que acaeciera por grande que 
fuese la habilidad del jugador. 



[ 193 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



No dejaba de ser curioso el cuadro que presenta» 
ban aquellos hombres casi desnudos, de alta estatura 
y ancho pecho, miembros nervudus y flexibles en to- 
dos sus movimientos, descubiertas sus cabezas y ceñi- 
das las frentes con una tira de género cualquiera; 
que apenas abrían la boca para hablar > para reir, aun 
cuando se sintiese ruido continuo de carcajadas, el 
que producían inflando las mejillas y mostrando un 
poco sus dientes blancos y pequeños. 

No eran menos singulares los que se exhibían en 
detalle, cerca del grupo que se ejercitaba en el ma- 
nejo del arma arrojadiza. 

Por una parte, cinco o seis flecheros sentados so- 
bre el pasto crecido de modo que quedaban casi ocul- 
tos bajo lois penachos de la "cola de zorro", cubier- 
tas sus cabezas con una jeiga o con guiñapos de "vi- 
chará", procuraban en lo posible absorber todo el 
humo de los cigarros que tenían encendido», hasta 
quedarse atontados. 

En utro sitio, algunos habían formado rueda de- 
jando el fogón en medio, pasándose de mano en mano 
como brevaje delicioso un aspa de toro semejante a 
un "porongo" o calabaza, lleno de yerba-mate y agua, 
del que cada uno tomaba un sorbo introduciéndose 
en la bora la major cantidad de yerba, que mastica- 
ban incansables como los rumiantes, hasta dejarla 
sosa e incolora. 

Más allá, una vieja curandera aplicaba remedios a 
dos enfermos, engrasando prolijamente las espaldas 
de uno de ellos y frotándole esa parte en seguida con 
un pedazo de piel vacuna por el lado del pelaje, a dos 
manos, y hecho el cuero un rodillo, en tanto pedía 
se le reservase la ceniza ardiente de un fogón que 



[ 194] 



NATIVA 



allí próximo se veía para tender sobre ella al doliente 
hasta quitarle el daño. 

En un terreno llano a que el monte daba alguna 
sombra, vario* moeetunes en fila, bien sentados en 
sus caballos, en pelos como acostumbraban andar, y 
una sola rienda por único gobierno ceñida a un bo- 
cado afirmadn a su vez detrás de los molares, se 
aprestaban — diestrísimos como lo eran — a probar 
la ligereza de los corceles criollos en carreras de a 
dos o de a cuatro hasta un limite que marcaban con 
una rama, a trescientas o más varas del punto de 
partida. 

Pero, de todos estos detalles, el más interesante era 
sin duda alguna el que presentaba una joven india 
que no era "guajnita" ni "cuñalay". sino "cuñá-ca- 
ray" como diría un "tape" 1 ; la que. arrastrándose 
apenas por debajo de los árboles parecía buscar un 
sitio de reposo, lejos de los rancho? v toldos, allí a 
la sombra de algún "guayabo" o de un "quebracho" 
corpulento. 

Primero de pie. v luego de rodillas apovándose en 
las manos, habíase ido apartando cierta distancia; 
hasta que. llegándole a faltar las fuerzas ■ — pues algo 
de grave la afligía — tendióse baj o un árbol ramoso y 
sombrío que parecía ofrecer dulce amparo al menes- 
teroso de sosiego. 

Al pie de aquel árbol, fuerte y resignada, dio ella 
a luz un varón, fruto de sus amores con el cacique 
Naygú. 

Después del trance, acometióla un sueño profundo; 
uno de esos sueños parecidos al sopor o al letargo, 
de los cuales no fácilmente se despierta . . . 

1 Voces guaraníes, cuyo significado es, respectivamente. 
— niñita — ; señorita — ; mujer catada 



[ 195 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Las mujeres ancianas recogieron al vastago; y sin 
tocar a la dormida, se alejaran veloces. 

Era que, la pobre madre, no debía ya despertar. 

Habíase guarecido del sul ardiente bajo un árbol 
fatal, el "ahué", o sea el árbol malo, cuya sombra 
intoxica y mata, según la tradición indígena. 

Este árbol misterioso, de elevadas proporciones, ma- 
dpra blanca y nutrida y espeso ramaje, — propio del 
clima del norte, aunque no muy coitiúu — , ejercía 
influencia tan maléfica, en concepto de ios charrúas, 
sobre todas las plantas que brotaban en >us contor- 
nos que las aniquilaba al nacer al igual del "yathay". 

Tronco preferido del mal espíritu, los que a su pie 
dormían no despertaban más en las horas pesadas 
de la siesta; y los que sobrevivían pur acaso, arran- 
cándose al peligro que en torno esparcía su sombra 
maldita, era para sufrir por largo tiempo los crueles 
efectos de su sutil veneno. 

El indígena creía que era en la corteza del "ahué" 
donde las víboras untaban sus dientes, y donde el 
yaguareté afilaba sus garras. 

Fue así como, a la sombra del árbol malo, nació 
Cuaró; lo mismo que un engendro de alimaña, en un 
ardiente día estival, lanzando sus primeros vagidos 
junto a su madre muerta y absorbiendo en sus tier- 
nos pulmones todas las inhalaciones selváticas y fuer- 
tes efluvios del desierto, de igual modo que todos los 
de su tribu, entre los que llegó más tarde a distin- 
guirse con el mote de "Ahué", preferido al de Cuaró 
por su mismo bravio genitor el cacique Naygú. 

Cuaró se hizo hombre creciendo casi desnudo, a 
caballo sin cesar, con las "boleadoras" a la cintura, 
la "vincha" en la frente y la lanza en la mano. 



[196] 



N AT I VA 



La tribu no reconocía señor. \ andaba de aquí a 
aenllá campando por su? respeto?, sin temor a ningún 
poder en este mundo: porque sus guerreros creyeron 
en todo tiempo, que ellos eran los valientes sin pare- 
cido y que sólo el número podría doblegarlos y ven- 
cerlos. 

Pero, estalló de pronto el movimiento revoluciona- 
rio de 1811. consecuencia del de 25 de Mayo de 1810; 
y, como aceros atraídos por imán poderoso las hues- 
tes charrúas fueron atraídas por la corriente: o, tal 
vez arrastradas fueron por propio instinto o habitud 
de pelea, de que daban testimonio trescientos años de 
duras y cruentas guerras. 

Vino después un pacto amistoso o alianza ofensiva 
con Artigas, en 1812; alianza que subsistió hasta la 
desaparición del caudillo de la escena. 

Tenían los charrúas por Artigas un gran respeto 
adunado a un sentimiento de estimación sincera, nun- 
ca desmentido, como si en realidad hubiese llegado 
hasta ellos la fuerza de su prestigio o la fama de su 
bravura. 

Resueltos pues, a acompañarlo con lealtad en to- 
das sus luchas formidables, sin reservas para su pre- 
sente y futuro, el cacique principal los reunió un día. 
hízoles formar en ala, según su costumbre antigua 
cuando iban a la guerra, v dirigióles con brío su pro- 
clama o arenga recordándoles en ella las \iejas haza- 
ña •> de la tribu, y sus propias proezas personales. 

Mientras él los arengaba y blandía con vigor la 
lanza, las mujeres escalonadas algunos metros a reta- 
guardia cantaban un himno extraño, y un ruidoso 
clamoreo recorría la línea como un alarido de recon- 
centrados odios. 

Marcharon animosos. 



[ 197 J 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Durante largos años, junto a las milicias, rodaron 
corno una tromba de extremo a extremo del territo- 
rio, siempre montaraces y bravios, temibles en refrie- 
gas y sorpresas, acampando apartados a los flancos 
de la columna con la mirada atenta al peligro, lo 
mismo que una manada de pumas errantes, echados 
en los pajonales al acecho. 

Fue entonces cuando Cuaró, ya en su mocedad, 
extraviado en una de esas marchas de la tribu y he- 
rido de bala en un encuentro oscuro, dio con la divi- 
sión del coronel Andrés de Latorre; quien, descu- 
briendo en el indígena ciertas cualidades sobresalien- 
tes le retuvo a su lado, estimulándolo en la carrera 
con el grado de alférez de caballería, 

Cuaró se distinguió en varios combates sangrien- 
tos; recibió en Corumbé tres heridas, y una lanzada 
feroz en Aguapey. 

Pero, no fueron estas lesiones de mayor importan- 
cia para su tronco de hierro. 

En el desastre del Catalán, después de una reñida 
pelea, y cuando ya el enemigo aguerrido y numeroso 
se avanzaba sobre el grupo que rodeaba como único 
resto al bravo Latorre, el cual quemaba impasible 
sus últimos cartuchos, — viósele con unos pocos ji- 
netes cargar y ''recargar'" como un toro a la caba- 
llería lusitana, y quedarse luego a retaguardia de su 
jefe en retirada siempre agresivo y rugiente, hasta 
que cerró la noche y con ella acabó la persecución 
implacable. 

En esa noche triste fue ascendido a teniente, y en- 
señaba con orgullo en su tostada piel heridas de lanza 
y sable. 

Tal era el origen; y ésta la breve historia de Cuaró. 



[ 198] 



NATI VA 



Luis María, a pesar de su sueño profundo, lo vio 
vagar en su fantasía excitada: pero al despertar, no 
lo sintió ya a su lado. 

El clarín tocaba diana. 



[199] 



XII 



PROLE DEL PAMPERO 

Salía Luis María de su "ranchejo" todo mojado y 
entumecido, con dolores recios en piernas y brazos, 
cuando Esteban presentósele delante tiayendo los ca- 
ballos del diestro. 

Listo estaba ya el suyo, con su carguío correspon- 
diente, y venía a aderezar el de su amo. 

A pocos pasos ardía un buen fogón, en el que se 
calentaba el agua para el ''mate", y se doraba un 
trozo de carne en asador de madera. 

El vivac incitaba de veras a aproximarse con su 
llama viva, bajo la atmósfera helada y nebulosa de 
una mañana cruel. 

— Almuerce, señor, que ya van a lorar marcha, — 
dijo el liberto. 

— Verdad que me he dormido un poco más de lo 
necesario. ¡Ensilla pronto!... 

El negro se sonrió, echando con rapidez las pren- 
das del recado sobre el lomo del caballo* a medida 
que las iba extrayendo de la covacha o madriguera; 
por manera que, antes que el joven hubiese llevado 
el primer bocado a sus labios, ya su operación estaba 
al terminar. 

— ¿Durmió bien el señor? — preguntó a mitad de 
su diligencia. El suelo está como laguna, y el aire 
corta . . . 

— Bien... ¿Y a tí, te ha ido lo mismo? 
— Sí, señor. Dormí y vigilé. 



[ 200 J 



N AT I VA 



— Dormirías con un ojo. 

— Con haber cerrarlo sólo uno, hallé al levantarme 
que me faltaba un "hr.izaV con "manea<iur 1 \ 

— No verían por la niebla. — repuso Luis María, 
tentado de la risa — . ¡Ya me figuro como será tu 
sueno con un ojo en blanco, negro!... Tráeine las 
espuelas que he dejado ahí. en ese pantano. ¡Todo el 
cuerpo me humea! 

Trajo Esteban las espuelas, y se la& puso. 

En tanto lo hacía, dijo: 

— -Esa gente del Aiju r uá. señor, es más despierta que 
lince. . . 

También me han soliviado una libra de azúcar, 
por lo que su merced tiene que tomar el "mate" ci- 
marrón. 

— No te preocupes de eso, y deja que disfruten 
esos buenos patriólas. Podemos pasarlo sin azúcar 
uno o dos días. 

¿De mi rancho, falla alguna cosa? 

--Nada, señor: ¡ni la cantimplora! 

Sonrióse el jo\en. pensando en sus adentros: 

— Cuaró parece honesto. 

Siguió almorzando en silenrio. sin poner atención 
a las murmuraciones del negro que se desfogaba a 
solas contra los "zorros nocturnos que robaban guas- 
cas y azúcar'": y. cuando se incorporaba con la in- 
tención de lavarse rostro y manos en algún charquito 
de agua clara, el clarín tocó a caballo. 

Luis María montó en el acto, marchando a incor- 
porarse a jefe. 

Cuaró le salió al encuentro. Reuniéndose con él. a 
la cabeza de la columna ya en formación, díjole: 

— No aclara, teniente. 



L 201 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Miró el indígena hacia arriba, y contestó con in- 
diferencia: 

— Iguá \ Ahora vamos a los <v yathays", amigo, a 
buscar pólvora ; allá, cerca no más . . . 

Y tendió el brazo hacia una gran loma que pe per- 
cibía, formando línea con el horizonte del frente. 

- — Se acabó el "butyhá" — prosiguió muy bajo, y 
sonriendo- — ; pero hay lanzas y balas. ¿No sabes, 
hermano ? . . . 

— No sabía. 

— Sí, que están en los i< yathays 1 \ . . Después veni- 
mos donde los intrusos, y déle... 

Cuaró hizo una mueca, produciendo con los labios 
como un zumbido lúgubre. 

Luego se rio. mirando al joven con cierta expre- 
sión de cariño. 

Alvarez de Olivera jinete en un lobuno de abada, 
solo, algunas varas delante, cun el rostro oculto por 
el cuello del poncho, movióse en ese momento; y la 
columna rompió la marcha al trote, en la dirección 
indicada por Cuaró. 

Esta marcha que debía ser firme y sostenida, ini- 
cióse entre ruidosas manifestaciones de alegría, pro- 
pias del miliciano, cuando la lluvia ha cesado de 
formar cascadas en las haldas de su poncho, y aun- 
que la atmósfera se presente siempre de un tinta 
amenazador; pero, dado lo duro del trote, a las dos 
horas de jornada, las voces y las risas habían dismi- 
nuido dominando ya casi en absoluto ese ruido mo- 



1 Vocablo guaraní. Significa "cielo", pero, su traducción 
literal es la de "color de agua". 

Varios eran los idiomas o dialectos que hablaban los in- 
dios de la zona oriental. — el charrúa, — el bohane, — el 
chaná, el minuano, pero, primaban en las últimas épocas 
Jas voces del guaraní 



[ 202 ] 



NATI VA 



nótono que produce en el terreno húmedo el golpear 
incesante y piafar de la caballería rendida a su vez 
en parte por la fatiga y la carga. 

Algunas leguas se habían recorrido, dejándose unas 
veces a un flanco sierras escabrosas, a otro valles y 
bañados, y pasándose a nado fuertes arroyos. 

La loma que había señalado Cuaró a su compa- 
ñero, seguía extendiéndose al frente sin mostrar su 
límite; por lo que díjole éste: 

— ¿No era que los "yathays 1 * estaban cerca, Cuaró? 

- — Así es. En el bajo están, amigo. 

No insistió más Luis María; acomodóse del mejor 
modo en su "recado", retemplóse con un sorbo del 
"chiflo" que le alcanzó Esteban — que iba muy de 
camarada con el alférez del primer escalón — , invitó 
a Cuaró con otro, y se propuso imponerse al cansan- 
cio hasta divisar el llano apetecido. 

Poco después del mediodía, un viento recio y 
frío empezó a soplar silbando en las quebradas leja- 
nas; la lluvia se renovó formando hilos oblicuos de 
finas mallas en el espacio; y un rumor sordo, cada 
vez más creciente que paiecía surgir de hondas ca- 
vernas, venía con las ráfagas envuelto, percibiéndose 
al repechar las lomas, como un bramido formi- 
dable. 

Berón vio pasar algunas aves blancas sobre su ca- 
beza, que hendían aire v agua en enormes colum- 
pios, firmes las alas y apéndices para resistir mejor 
la tempestad de las alturas; lo mismo que pequeñas 
naves corriendo de bolina un vendaval. 

De pronto. Cuaró levantó su brazo al coronar una 
"cuchilla", y señaló al frente, en silencio. 



[ 203 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Encima estaban ya del litoral riel Cabo, y batía la 
columna un sudeste de gran violencia acompañado 
de lluvia continua. 

El espectáculo que se ofrecía por delante era de un 
aspecto soberbio. A lo largo de la costa escarpada y 
sinuosa extendíanse algunos montes de "yathays* 1 ele- 
vados, como legiones de gigantes, cuyas copas sacu- 
día el viento en recio balanceo arrancando los gajos 
débiles en medio de roncos mugidos. Detrás de esa 
vegetación arbórea exuberante percibíase la inmensa 
masa de aguas del océano; las que, removidas con 
furia por la tormenta se avanzaban sobre peñas y 
cantiles en revueltas olas color de tierra, rebasaban 
los islotes y escollos en deformes montañas y unas 
tras otras en sucesión imponente venían por fin a es- 
trellarse 1 en la enriscada orilla con espantoso estruen- 
do, elevándose a grande altura en el choque densas 
columnas de espuma bullidora. Sobre ese olaje en- 
conado desfilaban en nutridos regimientos, uniendo 
al ruido^ de las aguas sus graznidos, cormoranes, ga- 
viotas y : enormes patos salvajes que se abatían auda- 
ces y rozaban sus alas en las temibles crestas, para 
buscar sus presas en lo revuelto del abismo. 

La columna contramarchando de flanco, después 
de un momento de vacilación, dirigióse al monte. 

Veíase a la orilla de éste, a la parte del mar. un 
"rancho" casi en ruinas, habitado por un hombre 
solo de edad avanzada. 

En la. costa, no muy apartada de esa vivienda mi- 
serable, extendíanse algunas dunas que el batir vio- 
lento del olaje había deprimido hasta reducir a dis- 
persos montones los montecillos de arena, ceñidos en 
su base^por una orla de broza y de espuma gruesa, 
cuyas ampollas turbias resistían el choque por largos 



[ 204 ] 



NATI VA 



segundos sin deshacerse, cual si fuesen barbas de me- 
dusas. 

La arena arrastrada por el viento y el agua cubría 
el campo intermedio colindante con el monte, v al- 
gunos objetos, que aparecían acumulados cerca de 
los "vatios". 

Eran estos dhcrsos perti cebos de gucna allí desem- 
barcados bacía días, remitidos jior el General Alvaro 
da Costa a Leonardo de Olivera, v de cuyo arribo le 
instruían las comunicaciones de que Berón liabía sido 
portador. 

El hombre viejo del "i ancho", al habla con el cau- 
dillo, di j ole que esos buhos contenían según sus da- 
tos, sables, moharras d¿ lanzas, póh ora y balas, a 
más de otros artículos bélicos, y que estaban listos 
los rejones necesarios a las chuzas. 

Inmediatamente, con una actividad febril. los ca- 
jones fueron deshechos, distribuidos los cartuchos a 
los que iban armados de tercerolas o carabinas, los 
sables a los que sólo llevaban trabuco: y encajadas 
las mohán as de hierro fundido en su- astiles impro- 
visados. ]>ú>ose a todos ln? hombres en condiciones 
dp lucha. 

Los sables eran muv curvos, casi alfanjes; y los 
astiles verdaderos ranzones de caballería indígena, 

Gran contento reinaba en las filas. El caudillo pa- 
recía alegre. 

Trajéronse reses y se comió al reparo de los "ya- 
thays", junto a vivaes de grandes troncos, que ardie- 
ron vorazmente ayudados con la grasa y el sebo fres- 
cos, a pesar del viento y de la lluvia. 

En tanto mugía el sudeste y bramaba el mar, aque- 
llos jinetes duros saboreaban su carne asada puesta 
en sazón con ceniza; consolaban sus estómagos con 



[ 205 ] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



"mate" amargo, y deleitábanse luego con el humo del 
cigarro — compañero inseparable de los que hacen de 
su \ida milicia y andan en pos de la aventura y el 
peligro. 

Algunas horas de descanso iban ya transcurridas; 
y, como no cediera el viento en su intensidad ni la 
menuda lluvia, que las ráfagas convertían en rápidos 
torbellinos sólo comparables a los que formaba la 
espuma de las ondas bravias a lo largo de la costa 
del levante, aprestábanse los hombres a construir sus 
ranchos de ramas, escogiendo sitios de abrigo, cuan- 
do el clarín dio el toque de atención, y trasmitióse 
en el acto de puesto en puesto la orden de enfrenar. 

Púsose toda la línea en movimiento, y en pocos se- 
gundos cada cual arregló el bocado a su caballo y 
compuso sus prendas, 

Cuaró se acercó a Luis María, trayendo del cabes- 
tro un hermoso overo de remos nerviosos, y un "ca- 
pullo blanco en el copete", según su descripción pin- 
toresca; y en tanto fumaba callado, volteó el "reca- 
do"' de los lomos del caballo de Berón, y lo trasladó 
pieza por pieza a los del overo apretándole él mismo 
la cincha con sus fuertes dedos hasta hacerlo gemir. 

Animal nuevo, parecía algo inquieto. El lo acarició, 
palmeándole en el cuello y en las ancas. 

Ya listo, lo que se realizó con increíble rapidez, 
dijo al joven que le oprimía la mano con agrade- 
cimiento : 

— Es manso, y le ha de bajar el calor de la sangre 
a poco andar. . . Es el overito que te dije. Lo vas a 
precisar porque vamos lejos, con agua y sin luna. 

—¡Amenaza ser espantosa la noche, compañero! . . . 
¿Pensará andar mucho el comandante? 



[ 206 ] 



NATIVA 



— -¡No dice!... Nunca habla. Verás que se pega 
al caballo y endereza sin muchas ganas de dormir . . . 
al rumbo . . . hasta la mañanita. £1 caballo duerme, 
y él va fumando. 

— Eso es ser de fierro, Cuaró. 

Miróle impasible el teniente; y volviéndose a Es- 
teban, que estaba detrás achuchado, díjole muy suave: 

— Dame licor. 

El liberto hizo asomar por la abertura del poncho 
el cuello de la cantimplora y de ella se apoderó en 
el acto Cuaró para tomar un poco. Sacudióse luego 
al devolverla, de modo que su poncho esparció en 
derredor un verdadero rocío, tan cubierto estaba de 
gotas de lluvia, y sus músculos faciales se contraje- 
ron con una expresión de entera complacencia. 

Luis María montó; y, al imitarlo su compañero, 
notó recién que éste tenía las piernas desnudas hasta 
el muslo. 

Igual detalle pudo observar en casi todos los hom- 
bres de la hueste, quienes llevaban como Cuaró las 
botas colgando debajo de los cojinillos, aun aque- 
llos que las usaban de piel de potro. 

Manaban agua las suyas y sentía grandes calam- 
bres y dolores. 

Prefirió con todo conservarlas puestas, hasta que 
concluyese la nueva jornada; pues el frío era tan agu- 
do, que llegó a imponerle de veras. 

— Hay que nadar, señor, — díjole Esteban, que a 
su vez se había despojado de sus botas de vaqueta. 
Los arroyos tienen mucha agua a esta hora . . . 

— Bueno es sacar, hermano, — agregó Cuaró con 
gravedad — ; aunque piqué el "saguaypé". . . Boyás 
sin botas, mejor. 

[207 ] 

17 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Luis María sentía ya a plomo la fatiga, y empezaba 
a resentirse de tales agitaciones; a pesar de ello, aco- 
gió sin alarma, estas advertencias. 

Tampoco podía disponer de tiempo para imitar a 
sus compañeros; pues, cuando menos lo esperaba, el 
baqueano rompió la marcha, y el jefe — echando 
una mirada atrás, sin pronunciar palabra — picó es- 
puelas, arrancando al trote. 

— Vamos, — dijo Cuaró, sencillamente. 

Moviéronse, y la columna en pos sin voz de mando, 
ni toque de corneta. 

Soplaba detrás el sudeste irascible; con sus alas po- 
derosas cargadas de agua batía las espaldas de los 
jinetes, al mismo tiempo que impelía al conjunto, lo 
mismo que a una nave de velas negras fija en su de- 
rrotero a pesar de la tempestad y del escollo. 

La columna desfilaba en un terreno quebrado, cu- 
lebreando, bajo un cielo oscuro, cuya espesa capa de 
vapores entreabría a cada instante el relámpago, re- 
corría el trueno o rasgaba a veces el rayo en instan- 
táneo zigzag sobre algún morro que hacía estremecer 
en sus bases con fragoroso estrépito y caída de pe- 
ñascos, o en mitad del llano, en cuyo suelo abría un 
hoyo profundo acumulando en sus bordes enormes 
masas de barro y yerbas. 

Acercábase el crepúsculo. 

A uno de los flancos, un poco atrás de Aívarez de 
Olivera, un asistente de largas greñas llevaba la lanza 
del caudillo, de moharra de acero bruñido en forma 
de hoja de palma con una media luna afilada al cos- 
tado y dos virolas de plata en su juntura con el astil. 

El caudillo iba en un caballo pangaré de anchos 
cuartos y cola atada a los garrones, cerca de los 



[ 208 ] 



NATI VA 



cuales caían en ruedo las haldas de su poncho de 
paño azul marino. 

Al otro flanco, muy erguido en un zaino de sobre- 
paso, marchaba el clarín, con el sombrero en la nuca 
y su instrumento de bronce a la espalda, lleno de ver- 
dín y de abollones. 

Los ayudantes detrás del jefe, a pocas varas. 

Luego los escalones, con sus oficiales al frente y a 
los costados, enseñando apenas doscientos rostros pá- 
lidos, entre un grande haz de chuzas llevadas al des- 
cuido. 

Las tropillas de caballos chapoteaban los charcos 
a retaguardia, arreadas por algunos hombres y muje- 
res bravias; produciendo el tropel un ruido semejante 
al de la tronada lejana, en el descenso de los barran- 
cos o en las subidas de las lomas. 

En la columna se hablaba y reía. Fumábase tam- 
bién con fruicción, por la cartera o abertura del pon- 
cho, cuyo peso aumentaba extraordinariamente el 
agua de la lluvia. 

Cuando caía ya la noche, algunos se pusieron a 
cantar. 

El amor y la patria resaltaban como sentimientos 
dominantes en el fondo de esas trovas, moduladas con 
acento alegre o melancólico según el estado de ánimo 
de cada uno, entre la niebla de la atmósfera, el humo 
del tabaco y el vapor de los alientos. Reemplazaba a 
las guitarras la música marcial de las espuelas, el 
chis-chás de los sables en sus vainas y el sonar dis- 
cordante de ese conjunto de hierros que consigo lleva 
como un lastre necesario la milicia de caballería. 

Era una noche lírica, como nunca se la había so- 
ñado Berón. 



[ 209 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Esa gente criolla que parecía vivir a gusto en el 
seno de la tormenta y solazarse en medio de las ti- 
nieblas, pues que reía y cantaba cuando debiera apa- 
recer triste en su marcha a oscuras y al influjo de las 
crudezas del tiempo, le hizo pensar en aquellos caba- 
lleros o jinetes fantasmas que jamás se desprendían 
la espada ni abandonaban la rodela y de sol a sol en 
ruda lid no sentían dolor en los huesos ni escozor en 
las carnes, ni más ni menos que si fuesen de granito. 
No bastaba a sus compañeros con el redoble del true- 
no, el zumbar de la racha y el rugir de las olas cuyos 
tumbos tremendos en las costas percibíanse todavía 
sordos e imponentes, sino que era preciso añadir al 
descomunal concierto la voz de falsete de los trova- 
dores de pago disputando su derecho al "ñacurutú" y 
la coruja. 

Y así que la noche sobrevino tenebrosa, ya sin llu- 
via y con menos viento, pero helada, esas canturrias 
daban mayor singularidad a lo extraño del conjunto 
— que seguía moviéndose hacia adelante como una 
masa negra, deforme y siniestra dejando detrás arro- 
yos, sierras y valles, y como un rumor sordo de mons- 
truo resoplante. 

Bien luego fueron extinguiéndose todas las voces y 
las risas , a medida que la fatiga iba trabajando los 
cuerpos y adormeciendo los espíritus. El sueño apo- 
derábase poco a poco de hombres y cuadrúpedos sin 
admitir demora ni excepción: los primeros se bam- 
boleaban en sus monturas sin perder los estribos; los 
segundo bajaban las cabezas y tropezaban a interva- 
los, resoplando azorados. 

Cerca de media noche, el grupo se detuvo para to- 
mar resuello. 



[210] 



NATIVA 



Acabábase de pasar a nado un arroyo y de sal- 
varse una barranca empinada. Contábanse las filas 
en la oscuridad y arreglábanse las ropas, que habían 
sido suspendidas en alto durante el pasaje. 

El agua de curso rápido, tibia y agradable, no po- 
nía miedo a los jinetes doquiera la encontrasen hon- 
da, y cruzaban sobre los lomos o cogidos a las crines 
cortando la corriente; pero, una vez fuera del caliente 
raudo, la impresión del aire frío era intensa y dolo- 
rosa. Aumentábanla las ropas mojadas por fuera y 
dentro, y el mismo recado hecho charco. 

Luis María, en condiciones idénticas a las de sus 
compañeros, no podía menos de pensar en su inte- 
rior que esos sufrimientos eran un medio como cual- 
quier otro <k de elaborar la patria 1 ' y de adobar la 
fibra de la nacionalidad naciente. Tinieblas, hielo, in- 
clemencia, detalles conmovedores de miseria y sacri- 
ficio, aislamiento pavoroso, lucha desigual, esperanza 
remota de triunfo, fatigas increíbles, tales eran las 
perspectivas y los contornos visibles del cuadro, así 
como los efectos morales de aquella iniciativa impa- 
ciente y heroica. 

¿Ese grupo de harapientos altivos perseguía como 
él, un ideal luminoso? 

Creía que sí . . . 

Halagando iba su espíritu con esos ensueños, en 
tanto seguía la columna su marcha a través de pan- 
tanos y malezas; y, ensueños decimos, porque a cierta 
hora su cerebro debilitado carecía ya de poder sufi- 
ciente para profundizar y combinar ideas. 

Empezaban a sucederse los fenómenos nerviosos 
peculiares a un estado de excitación extraordinaria, 
de esa que sobreviene comúnmente después de un ejer- 



[211] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



cicio violento y constante sobre el caballo, robándose 
horas al sueño y satisfacciones al apetito. 

Aterido, en medio de sacudimientos maquinales, 
buscando por instinto adaptar al trote monótono y 
abrumador los movimientos de su cuerpo a fin de ha- 
cerlos menos bruscos y recio?, llegó a notar que su 
cabeza enfriada sufría a intervalos una especie de 
vértigo y que sus ojos semiabiertos veían cosas raras 
en lo hondo de las tinieblas, como si las penetrase una 
sutil claridad misteriosa, sin que sus esfuerzos de 
voluntad consiguieran sobreponerse a esas visiones ex- 
travagantes. 

Unas veces, creía hallarse despierto; en otras, fi- 
gurábase que dormía y soñaba despropósitos. Escapá- 
bansele las ideas; a una muy sensata, seguíase otra 
propia del delirio; y llegó momento en que no se le 
ocurrió ninguna discreta, asombrándose de que los 
flancos de la columna se hubiesen convertido en lar- 
gas hileras de edificios alumbrados por una fosfo- 
recencia singular; en que los caballos que algunos 
soldados llevaban "enr abados", se hubieran transfi- 
gurado en elefantes o camellos; y en que el cuerpo 
mismo del caudillo bien a plomo en los lomos de su 
bridón, que se agitaba al frente, permaneciese siem- 
pre en el mismo sitio, sin cambiar de actitud, como 
enclavado por decirlo así en el vacío. De este asom- 
bro, difícilmente le era posible salir; pues, a medida 
que avanzaban las horas, más turbias aparecían las 
perspectivas. 

Los compañeros que se movían un poco a retaguar- 
dia parecíanle altos fantasmas silenciosos y sombríos, 
cuando no centauros en grupos, de torsos ciclópeos, 
que iban cubiertos con cascos y túnicas de hierro, sin 
rozarse unos con otros, y de cuyas bocas brotaba un 



[212] 



NATI VA 



vapor tan caliente que diluía el hielo en el aire for- 
mando una atmósfera tibia en derredor. 

Antoj abásele también en ciertos instante, que los 
pies de las bestias llevaban envolturas de corchos o 
saquillos de arena; y, en otros, que sus tornátiles 
corpulencias se transformaban en anchos vientres de 
bisulcos que no podían estrechar las piernas. El me- 
nor resoplido hacíale el efecto de una trompa rumo- 
rosa; la voz aislada de algún jinete, un eco entre sue- 
ños; el ruido de los hierros, el de cadenas arrastra- 
das sobre lecho de hierbas por un gran monstruo que 
se suelta y huye olfateando en las sombras, rumbo a 
las soledades. 

Perdido un estribo, imaginábase estar suspendido 
al borde de un antro. Instintivamente cogíase enton- 
ces de las crines; despertaba a medias: sorprendíase 
el overo a su vez levantando con la cabeza los brazos, 
como si le hubiesen hincado las espuelas en el pecho; 
y había que recuperar el equilibrio tras una sacudida 
violenta. Abiertos los ojos, todo trémulo bajo una at- 
mósfera helada, percibía cerca de sí un bulto negro 
echado sobre el cuello de su cabalgadura, que mante- 
nía el trote inalterable, sin columpios, tieso y firme, 
sin que se le ocurriese pensar que ese bulto era el de 
Cuaró. Creíase entre una legión de duendes; volvía a 
dormitar y a entrever endriagos y dragones, sintiendo 
de vez en cuando dolores agudos en las extremidades 
y corrientes gélidas a lo largo de la médula, a contar 
de las vértebras del cuello, que le sobrecogían y lle- 
naban de estremecimiento. 

Pero, el sueño primaba como enemigo implacable, 
y se hacía eterna la noche. A ocasiones, el joven le- 
vantaba heroicamente los párpados y se encontraba 
solo en el campo, sin atinar con la causa de hallarse 



[ 213 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



en tales lugares, lejos de la columna fantástica. Luego 
veía que el bulto negro que había ido siempre junto 
a él, y que ahora se le aparecía gigantesco, se le acer- 
caba y cogía el overo del "fiador", y le arrastraba 
dócil hasta reunirlo al grupo de centauros; y allá en 
sus adentros, ebrio de sueño, se decía: ¡Cuaró!... 

Sentía como un hormigueo en los omoplatos y fuer- 
tes punzadas en las entrañas nobles, sin que ellas bas- 
tasen a despejar su cerebro. 

La lluvia había cesado y también el viento de tem- 
pestad, reemplazando a éste, otro viento fresco y seco 
que hacía flotar como banderas ponchos y jergas. La 
lobreguez disipábase por instantes, y apuntaba bajo 
una cúpula azul por el oriente una curva de escarlata 
que servía de diadema al horizonte. 

Recién entonces la columna se detuvo. 

¡Alto! ... dijo una voz somnolienta. 

¡Alto! . . . ¡alto! . . . fueron repitiendo otras, harta 
el último escalón. 

El overo de Luis María, a la par de los otros ca- 
ballos semi-dormidos y habituados a esas faenas, 
sentó de golpe sus remos delanteros sin permiso del 
jinete; y, éste, agradecido quizás a esa maña gene- 
rosa que le evitaba un esfuerzo, \déndole dar vueltas 
como invitando a su amo a aliviarle el peso de los lo- 
mos, dejóse llevar por él a un sitio de allí un poco re- 
tirado y arrojóse al suelo con su poncho, cayendo de 
costado lo mismo que un cuerpo muerto. 

En tanto Esteban, bamboleante en su caballería, 
se apoderaba del overo, él se quedó inmóvil, en la 
posición de la caída, durmiendo con la pesadez del 
plomo. 



[214] 



NATIVA 



No pudo saber cuánto tiempo permaneció en ese 
estado. 

Cuando despertó, más repuesto, aunque dolorido 
en todos sus miembros, pues sin apercibirse de ello 
se había acostado y dormido sobre una gran piedra 
plana, brillaba un sol espléndido en un cielo puro, y 
el "pampero" potente y mugidor pasaba por llanos y 
sierras oreando la tierra con un soplo vivificante. 

Allí cerca, veíase un monte, y en su orilla muchos 
vivacs aún no hechos cenizas. 

La tropa con sus caballos enjaezados, parecía pron- 
ta para la marcha. 

También vio, junto a sí, listo a su overo; y al li- 
berto arrimado a un fogón, en fraternal compañía 
con Cuaró y el alférez. 

Levantóse presto e incorporóse a ellos. 

El "mate" caliente, y el asado chorreando gotas color 
de oro, con unas galletas frescas todavía, que Esteban 
extrajo del fondo de su bolsa, constituyeron el al- 
muerzo y le volvieron a la plenitud de sus fuerzas y 
entusiasmo. 

Grato le fue conversar con el teniente que había 
sido, y lo recordaba ahora bien, su espíritu tutelar 
en la dura marcha nocturna. Reconocía que, en medio 
del sufrimiento y del peligro, solían nacer amistades 
en un día, más duraderas que las de la infancia; y 
explicábase así como Cuaró, desde la primera entre- 
vista, lo había tratado con una familiaridad sólo pro- 
pia de los caracteres acostumbrados a propiciarse sim- 
patías en la lucha, aun cuando en ésta predomine 
siempre un sentimiento egoísta especialmente en las 
milicias no sujetas a rígida regla disciplinaria. 



[ 215 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



De ahí que él considerase a este compañero como 
una excepción, y sintiese que su afecto crecía por 
grados, llegando hasta atribuirle calidades superiores. 

Enorgullecíase de que contase con ejemplares se- 
mejantes la raza de aborígenes; y como le agradeciese 
sus pruebas de leal compañerismo, Cuaró, que en esa 
mañana aparecía más callado que otras veces, limi- 
tóse a estrechar la mano que le tendía el joven, ha- 
ciendo un visaje y encogiendo ligeramente los hombros. 

Mientras ellos hablaban, y el alférez se despedía 
para reunirse a su gente, muy satisfecho de ser co- 
partícipe de aquel fogón, el liberto acomodaba sus 
utensilios sin olvidar ni una pieza, revisaba su terce- 
rola y apretaba las cinchas a los caballos. 

De pronto, Cuaró mirando hacia el vivac del jefe, 
dijo suave: 

—Va a llamar. Vamos, cerquita no más. . . 

Montaron; y apenas habíanse aproximado, el cla- 
rín tocó u a caballo". 

Esteban, en vez de incorporarse a su amo, púsose 
a recorrer el campamento como si buscase alguna cosa 
de importancia. 

La columna se movió al paso: pero ahora, bajo 
un sol esplendoroso y entre ráfagas que levantaban 
de la tierra cendales de vapores lo mismo que alien- 
tos de fuego, para desvanecerlos a corta altura en 
medio de rápidos torbellinos. 

A dos leguas escasas de jornada, traspuesto el Mal- 
donado, la fuerza se detuvo. 

Un "chasque" se había acercado a media rienda, 
por la parte de las lomas del sur, y hablaba con Al- 
varez de Olivera. 

Pensóse al principio que el coronel Felisberto sa- 
lía al encuentro, abandonando su actitud inactiva en 



[216] 



NATIVA 



la vieja ciudad de San Fernando; mas pronto disi- 
póse esta creencia. 

Cuaró trasmitió algunas órdenes del jefe, 

Luis María, que estaba próximo, vio que la hueste 
se agitó al paso de Cuaró, y que todos los que tenían 
ponchos se lo quitaron para atarlos a los ''tientos" en 
íorma de rollos. 

Mudáronse los caballos de marcha por los de re- 
serva, con una prisa vertiginosa. Algunos voltearon 
los "recados" asegurando sus prendas con el ''cin- 
chón", y subieron en pelos; otros se ataron una "vin- 
cha" en la frente para sujetarse la cabellera; loa más 
quedáronse con la sola ropa interior, buscando ali- 
vianarse, alegres, lanza en mano; y los menos, se ci- 
ñeron en forma de faja sus ponchos a la cintura, de 
modo que dejasen libre el juego de los brazos y a 
la vez cubrieran en parte vientre y pecho. El clarín 
que se contaba en este número, con la diferencia de 
que él se puso el suyo a modo de banda, sacó la bo- 
quilla o embudo de su instrumento, lo sopló dos o 
tres veces, separólo del cuello en que lo había llevado 
colgante y echólo al brazo izquierdo. Después, advirtió 
si su sable salía o no bien de la vaina. 

Cuaró regresó pronto montado en un caballo tordi- 
llo en pelos. No traía botas, y sólo una espuela de hie- 
rro en el rancajo desnudo. 

Acercándose al liberto, que estaba inmóvil apoyado 
en la tercerola junto a Berón, díjole con su acento 
bajo: 

— Empréstame el chifle. 
Dióselo el negro. 

Cogiólo el teniente y vertió en la palma de la diestra, 
encogida hasta formar un hoyo y en donde había re- 



[217] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ducido a polvo algunos granos de pólvora gruesa, un 
poco de líquido alcohólico. 

Revolviólo con el dedo, y luego lo sorbió hasta la 
última gota sin hacer una mueca. 

Paladeólo un instante, y dirigiéndose al joven, agre- 
gó sin mirarle: 

■ — ¡Mira amigo de no cortarte ahora! . . . 

Dicho esto, se fue hacia su jefe. 

Olivera se había despojado de su abrigo, remangán- 
dose el brazo derecho hasta más arriba del codo y 
tomando su lanza de manos del asistente. 

Luis María sintió un poco de espanto. Con todo, exa- 
minó su pistola y desnudó su espada, colocándose cerca 
del caudillo. 

La fuerza formó en escalones simétricamente alinea- 
dos, en alto las lanzas. 

Un grupo de tiradores se desprendió al galope, ten- 
dido en guerrilla, para reforzar el destacamento de 
vanguardia, perdiéndose detrás de la "cuchilla' 1 del 
frente, de donde venía el ruido de detonaciones aisladas. 

El caudillo picó espuelas y recorrió la línea, pronun- 
nunciando una arenga concisa, apenas oida por los ví- 
tores y clamoreos; y en pos de él, como movidos por 
el mismo resorte, galoparon Luis María y Cuaró. 

Apenas volvió riendas, el clarín tocó "paso de trote" 
y la milicia maniobrando correctamente cambió su fren- 
te, corriéndose los escalones a la derecha, en marcha 
hacia la loma. 

Observó recién Luis María que la fuerza sólo pre- 
sentaba un tercio de su efectivo; e indagando, supo que 
el resto había sido destacado en la noche con rumbo 
al río Negro. Contó él apenas setenta hombres, inclui- 
das dos o tres mujerachas diestrísimas en el caballo, 
armadas con lanzas de clavo. 



[218] 



NATI VA 



No había concluido de hacer esta cuenta, cuando las 
guerrillas asomaron en la cuesta, replegándose en or- 
den, y algunas balas de carabina pasaron silbando so- 
bre las cabezas de los que escalaban aquélla, bien for- 
mados y sobre la brida. 

En pocos segundos, coronóse la loma; y a la vista 
del enemigo tendido en ala en el valle, Olivera blandió 
la lanza, dando un gran grito. 

El clarín tocó ''carga"". 

Al principio, todo fue una nube para Luis María. 

Sintió como una avalancha detrás que rodaba al lla- 
no con sin igual estrépito entre relinchos, golpear atro- 
nador de cascos, ludimientos de hierros, y terribles ala- 
rido»; una gran descarga al frente; luego un tropel 
furioso de jinetes que traspasaban a escape la huma- 
reda y veníanse impávidos al choque, bajas las lanzas 
con banderolas y en alto los sables corvos. 

Sin mirar para atrás, al grito de los que habían caído 
bajo las balas, vio al caudillo con el gesto ceñudo y 
los labios apretados cruzarle veloz por el flanco y en- 
derezar al núcleo enemigo firme la rienda en su mano 
izquierda y en la derecha tieso el rejón con ademán 
iracundo; después, como al ir a estrellarse pechos con 
pechos, las filas se abrieron y se diseminaron los hom- 
bres, buscando los claros para hacerse camino, el sa- 
ble en cuarta o el trabuco en alto, tan hábiles para el 
manejo de los caballos de pelea cuanto lo eran para 
vencer con el arranque impetuoso ; por último vio pro- 
ducirse el entrevero, y pasar junto a él en lucha con 
su overo alborotado, al clarín rápido como una flecha 
que arrancaba a medias de su instrumento sones ron- 
cos y lúgubres, y a Cuaró echado sobre el cuello de 
su potro, transfigurado y terrible, que iba gritando: 
"Corumbé! . . . Catalán! . . . mata! . . . mata! . . 



[219] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



La confusión era tan espantosa, que el joven se re- 
volvía por doquiera con la espada de punta, recibiendo 
de aquí y allá golpes con los cuentos de las lanzas, es- 
trujones formidables y amagos de muerte, y también 
gotas de sangre caliente que le salpicaban rostro y ma- 
nos, hasta ese momento puras como las de una virgen. 
En vano pugnaba por arrancarse al círculo de hierros. 
Apenas se desvanecía un grupo de combatientes, for- 
mábase otro con increíble rapidez, y cerrábale la sa- 
lida, sin que bastase la espuela a domeñar la rebeldía 
de su caballo que se agitaba a saltos despavorido en 
la refriega. 

Cuando él menos lo esperaba desprendióse un oficial 
del núcleo, quien empujado a su vez por los que re- 
trocedían, púsose a su alcance. 

Este oficial de valor tranquilo, a juzgar por la im- 
pasibilidad de su rostro, agitaba en la mano una pis- 
tola de arzón, y, viéndose de mano a boca con aquel 
barbilampiño de guedejas doradas, no lo consideró sin 
embargo enemigo pequeño, por lo que volcando el ca- 
ñón de su arma le hizo el disparo a quema-ropa. Mer- 
ced a los saltos violentos del overo, fue éste el que reci- 
bió la bala de refilón en el cuello, donde quedó un surco 
rojo: el noble animal dio una especie de grito rabioso 
y mordiendo el freno saltó de nuevo azorado, hasta po- 
nerse encima casualmente de su heridor. 

Luis María, que empezaba a sentir le bullía la san- 
gre, y en cuyos oídos resonaban tremendas las voces 
de Cuaró que seguía gritando en el combate en fatídico 
dúo con el toque a degüello: "¡Arapey! . . . ¡Agua- 
pey, viejo Artigas! .. . ¡mata!... ¡mata! . —vien- 
do tan próximo a su adversario, tendió el brazo, y 
atravesóle el cuerpo de una estocada. 



[ 220 ] 



NATI VA 



Quizás la vista y el olor de la sangre encendieron 
en la suya una fiebre de pelea ; porque, tras de la caída 
del oficia], lanzó un grito de cólera y castigando con 
la misma hoja que tal bautismo recibiera los i jares de 
su cabalgadura, clavó espuelas y se arrojó intrépido 
al entrevero, 

Cuaró, que se revolvía por todos lados frenético, 
acertó a pasar por el sitio. 

Allí sujetó, dando un alarido; y deslizándose veloz 
de los lomos daga en mano, cogió de la barba al ofi- 
cial que se agitaba retorciéndose en el suelo, alzando 
primero por encima de su cabeza el siniestro acero, 
con cierto lujo de ferocidad. 

— ¡No mates I — le gritó de súbito una voz vibrante 
y enérgica, por él muy conocida. 

El teniente volvióse en el acto; y a la vista de su 
compañero boqui-rubio que se le apareció magnífico 
en su overo ensangrentado, ya sin enemigos en redor, 
experimentó una sensación de enfriamiento, limitóse 
a sacudir con un gesto raro la cabeza del herido, y 
puso la daga en su vaina. 

Después rascóse en el hombro y miró callado al 
joven, con un aire huraño y fiero. 

— Ya acabó la pelea. — dijo Berón con acento 
suave y amistoso. 

Y echó pie a tierra, colocándose entre su compa- 
ñero y el herido, que era un teniente de la caballería 
lusitana al servicio del general Lecor. 

La refriega había concluido, en realidad. 

El clarín acababa de tocar a "reunión", y la mili- 
cia había formado como una tabla en el llano, con 
excepción de algunos hombres que se agitaban a pie 
por diversos sitios y que fueron desmontados en el 
choque. De los enemigos, los que no habían sido muer- 



[221 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tos o heridos se encontraban prisioneros. Un gran 
grupo de éstos, y entre ellos dos oficiales, inmóviles 
junto a un montón de cadáveres, tenían al flanco la 
tropa de custodia; algo a vanguardia, solo, erguido 
en su caballo, con la lanza cuya grímpola aparecía 
tinta en sangre, clavada en el suelo, Alvarez de Oli- 
vera pasábase un pañuelo por el rostro para secarse 
el sudor de la jornada; en diversos puntos del área 
dominada por la refriega, algunos heridos se incor- 
poraban vacilantes ayudados por las mujeres de la 
hueste, y no pocos caballos mutilados por el trabuco 
o el hierro de media-luna, dábanse vueltas en las hier- 
bas sacudiendo los cascos en el aire. 

En la ladera veíanse tendidos boca abajo, como ha- 
bían caído de sus cabalgaduras, cinco o seis lanceros 
de los que sufrieron la descarga precursora del entre- 
vero. 

Cerca de estos cuerpos bañados en sangre, se ha- 
bía apeado Esteban, y apoderádose de un tordillo 
negro herido en el pecho de una lanzada. 

Cuando Cuaró, saltando en el suyo, se fue silen- 
cioso, Luis María se puso en un galope en la ladera, 
y gritó al liberto, colérico: 

— ¿Qué estás haciendo, negro? 

— Nada de malo, señor, — respondió Esteban, cua- 
drándose respetuoso — ; sino que, teniendo este "lu- 
nanco" puesto el "bozal" y el "maneador" que me 
robaron la noche de la tormenta, y habiendo muerto 
su dueño, que es ese cambujo que está ahí con la ca- 
beza rota, me parecía justo echarle mano, antes que 
otro les haga "repeluz" a las prendas, .. 

—Si es así, nada tengo que reprenderte. 

¡Concluye pronto! . . . 



[ 222 ] 



NATI VA 



Y algo tentado de la risa, a pesar de la solemnidad 
de la escena, Luis María batió de repelón su overo, 
y fue a presentarse a su jefe. 

Gran parte de la gente se había desmontado, y ro- 
deaba a éste, en medio de vivas demostraciones y co- 
mentarios. 

El clarín echaba diana. 

Esos hombres, que, momentos antes aparecían con 
los rostros en extremo pálidos, los ojos casi fuera de 
las órbitas y los labios cárdenos con un poco de espu- 
ma, como si por ellos hubiera pasado el aura epiléptica, 
mostrábanse ahora alegres y decidores, listos para res- 
tañarse por sí solos las heridas, prestar auxilios a los 
que no podían moverse, y lanzarse a nuevas aventu- 
ras peligrosas. 

No dejó Berón de asombrarse al observar que mien- 
tras los más honraban en su jefe un triunfo de la 
patria, el resto se entretenía en despojar hombres caí- 
dos y caballos sueltos, y aun se permitía "despenar" 
a los moribundos como obra piadosa. 

Con este motivo, dirigió una mirada alarmado, ha- 
cia el lugar en que se encontraba el teniente portu- 
gués; pero, hubo de tranquilizarse, pues vio que Es- 
teban apoyado en su tercerola, de pie cerca de él, 
departía con gran mímica en sabrosa plática sin duda, 
sirviendo de custodia al herido. 

Había sucedido que, cuando el liberto húbose apo- 
derado de las prendas que reconociera por suyas a 
poco de tanto hurgar por ellas, el lusitano, en cono- 
cimiento de que era asistente de su generoso adver- 
sario, después del cambio de palabras entre los dos, 
en el deseo de salvarse de los merodeadores impla- 
cables, gritóle con todas sus fuerzas en buen caste- 
llano: 

[ 223 ] 

IB 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¡Cabo Pedriño! . . . 

El liberto volvió el rostro, y tirando su caballo del 
cabestro en tanto que con la otra mano arrastraba 
del extremo del cañón la tercerola, llegóse en el acto, 
diciendo todo acalorado todavía, como si viese fogo- 
nazos y estuviera oliendo pólvora: 

— [Qué fregar de latas, portugo rancio!... Por 
fin se acabó el refriego y la marimba de golpes y 
chuzazos por arriba y por abajo y por atrás, y la 
lluvia de rebenques, que parecían cohetes entre ye- 
guada alzada. . . ¡Yo no me llamo Pepriño, seor fun- 
furriña, sino Esteban Berón de buena casa! 

— Ya sé, sargento Esteban . . . Lo llamaba para re- 
galarle estas espuelas que me incomodan. ¡Coitado 
de mí! ¡Face el favor de tirarlas, sin medo. sargento! 

— No acostumbro, — dijo el negro — . ¡Mañas quie- 
re el vivir! 

— Pedro de Souza me llamo, y soy teniente. Pro- 
cura no me degolhem teus camaradas, y te ficaré 
agradicido . . . 

— ¡Rece el credo, no más! — exclamó el liberto 
con una explosión de risa que se asemejó a un re- 
lincho, al punto que su caballo rezongó tascando el 
freno — . Ahí viene una china "carchad ora" más bra- 
va que una chinche. . . con un cuchillo mangorrero. . . 

No pudo el herido menos de estremecerse. 

La broma era sangrienta. 

En realidad una mujer color de cobre, desgre- 
ñada, obesa, con chiripá en vez de vestido y un som- 
brero de pajilla sucio y agujereado con barboquejo 
echado a la nuca, se aproximaba sigilosa, husmeando 
la presa desde lejos, con el instinto peculiar de la 
raza felina. 



[224] 



N AT IVA 



Al observar de más cerca el traje del herido, sin 
preocuparse de la presencia de Esteban, abalanzóse a 
saltos con los ojos de coatí febriles y lucientes. 

El negro, que muy pronto reconoció en ella a una 
de las que arreaban las tropillas, al mismo tiempo 
que una de las que lo habían agraviado de palabra 
al incorporarse a la gente, echóse la tercerola a la 
cara, si bien no tenía carga alguna, y gritó simulando 
una furiosa ronquera: 

— ¡Alto ahí! ¿Quién vive?... ¡Si es carpincho- 
hembra hago fuego, y si es comadreja con barriga, 
también la afusilo! 

La china se volvió por un flanco con una mueca 
feroz, y huyó, llamando a otras compañeras que por 
los contornos vagaban. 

Por fortuna, algunos vecinos del pago provistos de 
herramientas toscas y de un carro, y que habían sido 
requeridos por Olivera para enterrar los muertos, 
aparecieron en el sitio; y empezaron por recoger los 
heridos, atendiéndolos en la medida de sus recursos. 

Souza bajo la vigilancia siempre del honrado liber- 
to, fue uno de los primeros en merecer e&os cuidados. 

Ante esa misión de caridad, los odios se calmaron, 
y ya nadie pensó en seguir la obra de exterminio. 

Los hombres mismos de la hueste trajeron el con- 
tingente de sus brazos, hasta que el toque de clarín 
llamólos a formar. 

Cuando se movió la pequeña columna engrosada 
con los prisioneros, caía la noche, que amenazaba ser 
muy oscura. 

Soplaba un viento que parecía venir de una región 
de hielo. 

¿Adonde se dirigían? 
Se ignoraba. 



[ 225 ] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



Tampoco se interesaba en ello la hueste. Indagar 
respecto a sus marchas una cosa semejante, ya se tra- 
tase de la actividad empleada en el día, va de aque- 
lla que se desarrollaba en la noche, era lo mismo 
que preguntar a dónde iría o cuál sería el rumbo 
cierto de una ráfaga de "pampero": de esas que pa- 
san silbando con los silbos de cien reptiles o bra- 
mando con los bramidos de cien toros, sacudiendo 
ramas y cimientos, a la vez que orea las tierras fe- 
races, arrastra lo inútil y estéril en torbellinos y lleva 
semillas y gérmenes fecundantes en sus alas podero- 
sas, sin que nadie pueda decir en qué sitio se alige- 
rará de la carga, ni en qué límite ha de dar por con- 
cluida su formidable carrera. 



[ 226 J 



XITI 



DE LA CUCHILLA AL MONTE 

Momentos antes de emprender marcha la milicia 
revolucionaria, Cuaró preguntó a Luis María con 
acento suave y tranquilo: 

— ¿Por qué gritaste "no matar 1 '? 

Referíase al episodio de Souza, 

— Ahí verá, teniente: porque fui yo quien lo hirió, 
y tenía gusto de que nadie tocase a mi vencido , . . 

Antes de marchar quisiera averiguar qué ha sido 
de él, y no veo aquí a Esteban, 

Sonrióse Cuaró, y dijo: 

— Vamos, que yo te llevo donde está el portugués. 
¡Pronto venimos! 

— Cuando usted quiera. 
Picaron los dos espuelas. 

Al llegar al bajo, vieron que el herido no se encon- 
traba ya en el sitio de la pelea. 

Traspusieron entonces la loma, y pusiéronse a re- 
correr la ladera opuesta, en busca del grupo de ve- 
cinos, suponiendo que algunos de éstos los hubiesen 
recogido y trasladado al carro. 

Largo trecho anduvieron sin descubrir el convoy, 
hasta que tropezaron con el liberto que venía al ga- 
lope por la orilla de un bañado. 

Una sombra densa cubría todos los objetos. 

Cuaró sin embargo conoció al liberto, y lanzó un 
silbido fino y melancólico como el del ñandú. 

Esteban se vino al rumbo, experto y veloz. 



[ 227 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¿Qué fue del herido? — preguntóle Berón. 
— ¿Cuál, señor? ¿El teniente Souza que su merced 
volteó en el bajo de una estocada? 
—Ese mismo. 

— En el carro va, señor, y muy agradecido. Lo se- 
guí hasta cerca del bañadito que está ahí encima... 
A causa de eso, venía yo perdido. 

— Me alegro por todo ello de haberme acercado. . . 

Ahora podemos volver, teniente. 

—¡Es bueno! - — dijo Cuaró. La noche viene fiera, 
y la gente se va . . . 

Volvieron riendas al galope; repasaron la zona re- 
corrida, la cuesta, el declive, el llano de la refriega y 
allí sujetaron, para guiarse con alguna certeza en las 
tinieblas. 

No se percibía un solo rumor. 

La hueste había seguido marcha, 

¿Cómo encontrar la huella? 

Cuaró anduvo al paso, de aquí para allá, detenién- 
dose a veces, para renovar sus pesquisas. 
Creyó al fin hallar el rastro, porque dijo: 
— Vamos. 

Tomó el trote; y tras él, Luis María y Esteban. 
Así marcharon durante media hora, siempre en me- 
dio de una densa oscuridad. 
De pronto. Cuaró se detuvo. 

Retrocedió; avanzó de nuevo y volvió a pararse, 
como indeciso. 

Había perdido el rastro. 

Estaban delante de los estribaderos de una sierra, 
y entre dos valles estrechos, cuyas entradas se pro- 
baron con éxito. 

Uno de esos vallecicos conducía a la carretera de 
Minas, y el otro bifurcaba hacia las asperezas del nor- 



[ 228 ] 



NATIVA 



deste. El indígena, que cruzaba una zona cien vecea 
recorrida por su tribu, optó por el segundo, sin decir 
palabra. 

Prosiguieron la marcha, desviándose y caracoleando 
a cada paso, cual si fuesen en lucha con las tinieblas. 

Pero, no habían andado mucho, cuando Cuaró se 
detuvo otra \ez, diciendo a Esteban: 

— Mirá el lomo de ese mancarrón, que está comien- 
do ahí . . . 

El liberto vio delante, a pocos pasos, un bulto ne- 
gro casi inmóvil; caballo, sin duda, y transido, que 
triscaba con desesperación las hierbas. 

Dirigióse en el acto a él, y por más que se le puso 
encima, el bulto no se movió, continuando famélico 
su tarea. 

— Lo que es éste, ha de tener cuasi las costillas al 
aire, — se dijo el negro. 

Y echóle como una zarpa su mano en el lomo, opri- 
miéndoselo en el centro, cerca del crucero, de modo 
que el cuero hiciese un pliegue sobre el espinazo. 

Recién entonces, al sentir la presión de aquellos 
dedos hábiles, el matalote se encogió y se hizo un 
arco con un resoplido de dolor, v avanzóse tres o cua- 
tro pasos con esfuerzo supremo. 

Esteban volvió riendas, exclamando: 

■ — ¡Tiene "rosa" esta harpa!, . . 

Cuaró, al oir esto, dijo en voz baja y pausada a 
Luis María: 

— -La rastrillada va aquí, hermano. 

Y arrancó de nuevo al trote. 

Iban encontrando al frente y a los lados, dispersos, 
quietos, sin alientos para bajar la cabeza al nivel de 
los pastos, otros animales cansados y heridos, que se 
paraban a reconocer, para tomar el dato importante 



[ 229 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



de si se les había o no bajado recientemente la mon- 
tura; y, aun por sus pintas o pelajes, deducir a qué 
escalón de la hueste pertenecían. 

Acertando Cuaró las más de las veces, respecto a 
la verdadera procedencia de estos caballos reducidos 
a esqueletos, y que él afirmaba no podían ser otros 
que los que iba dejando sin quilo la guardia a reta- 
guardia, el pequeño grupo continuaba su marcha en- 
tre asperezas, sometido en absoluto a las órdenes del 
indígena. 

¿Era posible hacer otra cosa? El era el guía inte- 
ligente, el compañero bravo, el baqueano que veía en 
las sombras como el gato montes, señalando el "tem- 
bladeral" temible, las piedras encajadas en el valle o 
los antros abiertos al paso por la fuerza de las ver- 
tientes. 

Así anduvieron errantes, hasta cerca de media 
noche. 

A esa hora, empezó a difundirse una niebla es- 
pesa, aumentando la oscuridad remante y de por sí 
profunda. 

Encima estaban de un monte. 

Ni una luz lejana y triste se divisaba en los contor- 
nos, que pudiese servirles de auxiliar en su derrotero. 
Cuaró se declaró perdido. 

Hizo esa manifestación con ánimo sosegado, pi- 
diendo lumbre de su avío al liberto, para encender un 
cigarro. En su estilo pintoresco, dijo, bostezando: 

—El ñandú va a las gambetas más largas que un 
tiro de bolas, amigo... 

Mirá: mejor es dormir. 

— Donde quiera, teniente, — contestó Luis María, 
cuyos ojos se cerraban a pesar suyo. 



[ 230 ] 



NATIVA 



Recostáronse entonces bien a la orilla del monte; 
y, luego de caminar al tanteo y dar con la entrada 
a un potril estrecho, refugiáronse en uno de sus es- 
condrijos, sin mucha voluntad de deliberar acerca de 
la elección del sitio. 

Apuntaba apenas el alba del siguiente día, llena aún 
de brumas la atmósfera, cuando el blanco, el cobrizo 
y el negro en noble fraternidad abandonaron el po- 
tril, siguiendo el rumbo de la noche anterior. 

Ya habían avanzado buen trecho. El sol muy arri- 
ba del horizonte, disipando los celajes de las alturas, 
empezaba a levantar lentamente del valle los vapores 
en grandes espirales; los que. eogidns bien luego por 
una brisa fresca que se permitía anunciarse al correr 
por las abras de la sierra con una música de flautas, 
ascendían en veloces torbellinos para desvanecerse 
con idéntica rapidez a pocos metros del suelo. 

Lucía radiante la mañana, cuando BeTÓn se aper- 
cibió que su overo, herido en el cuello, flaqueaba de 
veras, amenazando dejarlo a pie. La inflamación de 
la herida, en contacto con un aire helado; las pro- 
longadas marchas nocturnas y la alimentación defi- 
ciente, eran causas más que sobradas para rendir al 
generoso bruto. 

En la zona que recorrían sólo se hallaban caballos 
maltrechos, desensillados el día anterior al parecer, 
y los que azuzados por el rebenque apenas salían del 
paso. 

Algunos de ellos presentaban los i jares hechos cri- 
bas, y una serie de ligeras mataduras en los lomos 
producidas por la carona y los ''bastos 1 '. Diversos tor- 
dos y paj arillos voraces, saltaban piando del crucero 
al nacimiento de la cola y se limpiaban los picos a 



r 23i ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



intervalos, muy tranquilos, en el mismo pelaje de sus 
víctimas. 

Hubo que apresurar la marcha, en busca de sitios 
más poblados, y de un relevo cualquiera. 

Los tropiezos del overo iban en aumento. Dábale 
treguas de resuello su jinete, desmontándose y dismi- 
nuyendo en algo el peso del "recado", cuyas prendas 
iba pasando sucesivamente a Esteban. Luego, conti- 
nuaban su camino. 

Al pasar por un terreno muy quebrado, hacia el 
fondo del cual por la parte del oeste veíanse dos gran- 
des prominencias o cerrillos de piedra, Cuaró que 
iba al frente, echó de súbito mano a las "boleadoras", 
en el momento mismo en que diez o quince yeguas y 
redomones arrancaban a escape rumbo al valle sacu- 
diendo cabezas y crines, y con sus apéndices Tabones 
muy parados en forma de abanicos. 

Al calcular sin duda la distancia, y observar la 
naturaleza pedregosa y enriscada del terreno, el te- 
niente bajó la mano, sujetó su caballo casi encima 
de la cuesta, y quedóse allí mirando en dirección a 
los cerrillos, puesta la diestra en arco sobre las cejas. 

Al cabo de un rato, hizo una seña a sus compañe- 
ros, dirigiéndose al punto que había sido objeto de 
su atento examen. 

Los cerrillos estaban próximos. 

Un poco de verdigay en las faldas abruptas, conos 
truncados, rocas esparcidas desde la base a la cima, 
como verrugones deformes en parte ennegrecidos o 
cubiertos de musgo, y breñas espesas revueltas con 
zarzas y espinas de la cruz: tal era el aspecto de aque- 
llas eminencias, a cuyo pie corría en angosta cuenca 
un hilo de agua cristalina. 



[232 ] 



N AT I VA 



En un trecho reducido de altramuz y cebadilla, 
junto al cerrillo más empinado, revolcábase fresco y 
alegre un caballo ''lobuno" de regular alzada; el cual, 
así que se apercibió de la aproximación de los jinetes 
púsose en el acto de pie, esparciendo alrededor al sa- 
cudirse tierra y briznas, alzó el hocico con las ore- 
jas tiesas, dio un pequeño relincho y movió despacio 
la cola. 

Vióse entonces que estaba atado a una estaca, con 
una guasca peluda ceñida a su cuello por un nudo 
"potreador". 

Al lado opuesto, aparecía una lanza de astil duro 
y moharra de hierro sin media-luna, ni virolas, cla- 
vada en el suelo. 

Dos o tres plumas cortas de ñandú, dispuestas hacia 
abajo, constituían el adorno de aquella arma tosca 
de una madera oscura, llena de nudos y lustrosa, como 
si hubiese resbalado muchas veces en la encallecida 
mano de su dueño. 

En el centro, la tierra removida y un gran montón 
de piedras sobre la que podía llamarse fosa, indica- 
ban que allí había sido sepultado un cadáver no ha- 
cía muchas horas. 

Cuaró se echó con indolencia sobre el cuello de su 
caballo, y dijo: 

— Indio muerto.. . [Pasaron los caciques por acá! 

Luis María púsose a observar con sumo interés, pie 
a tierra, aquel cuadro lúgubre... 

Indudablemente los charrúas habían cruzado el día 
antes por aquellas asperezas, y dado sepultura, según 
la costumbre tradicional, a un miembro de la tribu. 

Escogían siempre las faldas de los cerros, si no 
era muy larga la distancia que los separaba del cam- 
pamento, para estas ceremonias. La excavación era re- 



[ 233] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



ducida. Cubrían el cuerpo con piedras, y no habién- 
dolas, con tierra y ramas; lo bastante para evitar que 
las alimañas hicieran festín de los restos. Celebrados 
los funerales con pompa salvaje, los varones parientes 
del difunto atravesábanse los brazos unos, y los mus- 
los otros, con una vara de guayabo, y a falta de esta 
madera, con otra no menos sólida, larga de una ter- 
cia, rasgándose la piel con fuerza y clavando aquélla 
lo más cerca del húmero o del fémur, según el miem- 
bro escogido. Hundíanse una, muy aguzada. Las mu- 
jeres se clavaban cuatro, hasta seis, — quedándose 
en una postración profunda. Fuera de eso, la viuda 
se cortaba la falange de un dedo; y, de aquí que le 
faltasen tantas como dedos, a algunas que habían 
perdido cinco maridos. Era el duelo. Buscaban el luto 
en carne viva, formándolo al fin visible con sangre 
negra, sin queja y resignadas. 

El caballo de guerra del muerto, atado junto a la 
fosa, debía servirle para el ''gran viaje". La lanza, 
para la defensa en el camino eterno. 

Luis María, delante de la sepultura indígena de que 
hablamos, notó también que encima de las piedras 
habían sido puestas unas "boleadoras' 1 forradas con 
piel de iguana, y que sin duda fueron las de uso del 
finado. 

Como observase su sorpresa, Cuaró dijo, muy 
grave : 

— Para bolear "baguales' 1 , si se cansa el lobuno, . . 

Tras estas palabras se bajó, e hizo un gesto, mi- 
rando a Esteban. 

Comprendió el signo el liberto, y echó al suelo de 
dos tirones el recado del overo. 

— No vas a largar, — murmuró el teniente — . Traí- 
melo. 



t 234 ] 



N AT I VA 



Puso Esteban el caballo herido a su alcance. Echóle 
entonces Ja guasca peluda al pescuezo, al propio tiem- 
po que enfrenaba el lobuno, pasándoselo en seguida 
al liberto para que lo ensillase. 

Luego cambió la estaca de sitio, clavándola con una 
piedra cerca del ribazo del arroyuelo, donde abun- 
daba la gramilla. 

Allí ató el overo, no lejos de la sepultura. 

Después volvióse paso a paso murmurando con la 
vista fija en ella: 

—Ese no tiene apuro. . . 

El liberto aprovechóse de aquel alto, una vez ade- 
rezado el "lobuno", para hacer un recuento de sus 
provisiones. 

Halló las maletas casi exhaustas; la \erba-mate es- 
taba al concluirse. En vano sacudió la cantimplora, 
pues ni una gota quedaba de anís. Precisamente fal- 
taban las dos cosas que retemplan al soldado de mi- 
licia revolucionaria en los días fríos; el brebaje de 
yerba y el de alcohol. No podía Esteban conformarse 
con esto, menos cuando su señor, y él mismo, tenían 
dinero de sobra en sus bolsillos. 

Traía en cambio, varias costillas fiambres y media 
docena de galletas, que fue él colocando una a una 
sobre una roca algo elevada y plana. 

Las costillas eran enormes y de carne gorda. 

Como si los hubiese incitado de veras, aquella es- 
cena muda del negro y las maletas, Luis María y 
Cuaró se acercaron, reconociendo recién que tenían 
necesidad de merendar. 

Emprendieron en el acto pues, la tarea de satisfa- 
cerse, nunca más grata para ellos que en medio de 
los peligros. 

Almorzaron con gran apetito. 



[ 235 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Mientras Lo hacían, lamentábase Esteban en voz 
alta de que ya carecían de lo más necesario, sin que 
por la comarca que atravesaban se columbrase una 
sola casa de negocio. 

—No tengás miedo, — observó Cuaró, haciendo 
servir de mondadientes la punta de su cuchillo — . 
Pulpería ha de haber, del lado de la sierra. . . 

— ¿Muy lejos? 

— Un galopito no más. . . 

Envainó el cuchillo, arqueando un poco el dorso 
escapular y tanteando en los ríñones, en busca de la 
abertura de cuero. 

—Después, paramos en Casupá y prendemos fuego 
para calentar agua ... y dele mate. 

Dio el teniente un chasquido con la lengua, y ende- 
rezó a su caballo. 

Montaron los tres. 

El "lobuno" resultó manso y diligente, y un tanto 
piafador. 

Colocado en el medio, arrancáronse todos al galope 
corto, no sin arrojar como una mirada furtiva a la 
tumba solitaria del charrúa. 

Buena distancia llevaban recorrida, cuando llega- 
ron a divisar dos ranchos en la pendiente de una em- 
pinada loma; ante cuya aparición repentina al volver 
un recodo del camino, Cuaró extendió el brazo, seña- 
lando a sus compañeros el rumbo que debían seguir, 
y él se apartó callado a toda rienda hacia las po- 
blaciones. 

Luis María y Esteban moderaron el paso de sus 
cabalgaduras, a fin de ir dando tiempo al regreso 
del teniente, en quien supusieron al alejarse una in- 
tención útil y provechosa. 



[236 ] 



NATI VA 



Al llegar a los ranchos, en medio de un círculo de 
perros que enseñaban el colmillo y tiraban mordis- 
cos a las cerdas de la cola o al pecho del caballo, 
Cuaró no encontró más que una mujer ya entrada en 
años, ancha, ventruda, de color de café, en chanclos, 
con un pañuelo de algodón descolorido atado en la 
cabeza y un cigarro en la boca. 

Estaba sentada en un cráneo de buey; y al propio 
tiempo que sorbía en una "bombilla" el líquido 
verde de la yerga en una calabaza de pico retorcido, 
arrojaba por las ventanas de su nariz chata dos co- 
lumnas de humo de tabaco negro. 

El teniente se apeó, apartando los mastines con la 
vaina del sable. 

Echóse hacia atrás el ala del sombrero, y saludó 
entre dientes, risueño. 

— ¡Güeñas se las dea Dios y la Virgen santísima! 
— gritó la criolla vieja, como si lo hubiese oído — . 
¿Cómo le va yendo? Dentre a descansar... y a to- 
mar un mate si es de su gusto. . , 

Cuaró se detuvo a pocos pasos, y después de ex- 
cusarse, preguntó: 

— ¿No pasó por el bajo la gente del Aiguá, ayer 
de tardecita, mama? 

— Nenguna vide. A la cuenta, si cruzó, jué de noche. 

Movió el teniente la cabeza con aire de duda, y 
miró a todos lados caviloso. 

Luego, dijo bajito, rascándose una oreja: 

— Mama, si tenes yerba dame un puñado. . . ¿que- 
rés ? 

— ¡Bien haiga el hombre de Dios!... jSinforia- 
na! Traile dos "cebaduras" a este bendito. . . 

Presta y lista anduvo una moza de mucha pulpa, 
que en el interior se agitaba; y la que, entrándose 



[237 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



en la cocina trajo una guampa de vaca que llenó de 
yerba-mate "misionera" hasta la boca, cubriendo ésta 
con un pedazo de trapo bien atado. 

Luego se la alcanzó al teniente, diciendo con su 
sequedad criolla: 

— ¡Qué le aproveche! 

No pudo menos Cuaró de sonreírse otra vez; acor- 
dándose sin duda que, cuando muchacho, tomaba 
"mate' 1 en la tribu en comunidad, sirviendo de depó- 
sito una guampa de regulares proporciones que íbase 
pasando de mano en mano, hasta que habíase absor- 
bido la última gota del brebaje. 

Miróla pues, con cierto aire cariñoso; y a la moza 
con gratitud. 

Fuese en seguida al barril del agua, hundió un 
botijo de barro en el fondo y bebió sin un gorgorito. 

Limpióse los labios con el reverso de la manga, y 
dando las gracias saltó en su caballo sin tocar el es- 
tribo de palo, y marchóse. 

Poco hubo de galopar para reunirse a sus compa- 
ñeros. 

Estos, después de un ligero trote habían echado pie 
a tierra, y esperábanlo fumando junto a unas piedras, 
al resguardo del viento. 

Inmediatamente continuaron la travesía, entrándose 
en un monte, poco después, en busca del reposo ne- 
cesario. 

Empezaba para Luis María una verdadera odisea 
— la vida de aventuras y peligros cuya crudeza no 
se había imaginado: de las "cuchillas" al bosque, de 
los bosques a la "cuchilla", marchas forzadas, ejerci- 
cio permanente de centauro, acechos y vigilancia con< 



[ 238 ] 



NATIVA 



tinua, en el estero, en el bañado, en la loma, en los 
árboles más altos del monte, en la "picada" siniestra, 
en el vado secreto, en el potril ignorado—, siempre 
en movimiento, robándose horas al sueño y satisfac- 
ciones al apetito en una lucha constante con los hom- 
bres y las fuerzas ciegas de la naturaleza. 

¡A todo esto obligaban los tiempos a los patriotas, 
y preciso era resignarse. 



19 



[ 239 ] 



XlV 



VIDA CIMARRONA 

En esos años ingratos, los conquistadores se com- 
placían en justificar ese título pesando sobre el país 
de una manera despiadada, a pesar de las declara- 
ciones honestas y liberales en la forma del Barón de 
la Laguna. Decirse puede con rigurosa verdad, que 
muy pocas invasiones llevaron tan adelante las con- 
secuencias de la lógica de la fuerza, como esta inva- 
sión brutal, nefasta y corruptora que se desbordó 
desde las fronteras hasta Montevideo arrasándolo todo 
con una masa de cerca de diez mil hombres aguerri- 
dos, para suplantar luego las matanzas de la guerra 
con el despojo, la confiscación inicua, la violación, la 
persecución a muerte y las prácticas del vasallaje; 
confiados ya también los que así procedían de que, 
eliminado el caudillo prepotente, habían desaparecido 
con los males de actualidad todos los temores de fu- 
turo. 

Ante esa conciencia del estado mísero de la socia- 
bilidad uruguaya — sin alientos para sacudir el enor- 
me peso de extranjeros tan rapaces por instintos como 
crueles por hábitos licenciosos — , los nuevos tercios 
dominadores implantaron el sistema de apoderarse de 
las haciendas de los departamentos limítrofes, arreán- 
dolas en grandes cantidades al territorio de Río Gran- 
de; de imponer tributos de todo género al pueblo 
sumiso, y aun de atentar frecuentemente a la paz de 
los hogares sellando su paso con actos de triste des- 
honor. 



[ 240 ] 



N AT I VA 



Los copartícipes de este género de vida "sobre el 
país", que habían recibido títulos y honores, pare- 
cían hallar mejor que el de Artigas un gobierno así; 
los débiles recogidos en la oscuridad y el silencio 
echaban por el contrario de menos al vencido de Ca- 
talán, terrible aún en la derrota, defensor indomable 
de su tierra; y los valientes buscaban en los bosques 
o en la ribera opuesta un refugio para agitarse fe- 
briles, a la espera de la hora en que se reiniciara la 
pelea. 

Más que los idos, eran sin embargo los que habi- 
taban en los montes desahogando en aventuras y en- 
cuentros parciales sus grandes odios patrióticos. Ofi- 
ciales, soldados, a veces pequeñas partidas de conti- 
nentales, solían desaparecer en las encrucijadas de 
las sierras o al vadear de un arroyo, ya a manos de 
los "matreros", ya tras de un ataque imprevisto de 
la hueste charrúa; la que como el yaguareté astuto y 
furtivo enseñaba silenciosa el colmillo entre las ma- 
tas y masiegas gigantescas a la orilla de los ríos, re- 
cordando ser siempre la dueña de las selvas así como 
eran sus caciques los más astutos baqueanos del te- 
rreno. 

Estos hechos aislados no inquietaban a los domi- 
nadores; muy ajenos de pensar que a la lanza ya 
rota de Artigas debía suceder lógica y fatalmente el 
sable de Sarandí. 

Imperaban así sin desconfianzas ni recelos, aumen- 
tando de día en día sus violencias y exacciones; des- 
de la imposición monetaria del "vintén", del "reis" 
y de la "pataca", hasta la del "diezmo" en las "cua- 
tropeas"; sustituyendo una esclavitud por otras peo- 
res en la clase baja, cuya vía crucis comenzaba en 
los lúgubres patios del "caserío de los negros" para 



[241] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



concluir en el fondo de los cuarteles o en los sala- 
deros de Río Grande; e implantando en las campañas 
por medios inicuos un sistema de tiranía, propio a 
devastar zona por zona, como si hubiese sido el in- 
tento evitar que en esa tierra desolada volviese a 
crecer más la hierba. 

Alejábanse con este motivo de su ciudad natal los 
hombres de conciencia, quienes desde el sexto año 
del siglo venían sintiendo cada vez más creciente el 
ruido de los sables y el tronar de los cañones, aun 
en los cortos días de paz, como en toda plaza fuerte; 
y visto también tremolar y alternarse en sus almenasi, 
entre el humo de la pólvora, en medio de música* 
marciales y de himnos cantados en idiomas diferen- 
tes, banderas españolas, británicas, argentinas, orien- 
tales, portuguesas y brasileñas como si el viejo real 
de San Felipe escondiera detrás de su coraza de gra- 
nito la llave de un eldorado prodigioso, tesoro de 
los indomables nativos y codicia de los ejércitos aven- 
tureros. 

Los que buscaban refugio en los montes no que- 
daban exentos de peligro. 

En cambio de dominadores implacables, de espías 
y de infidentes, a trueque de persecuciones tenaces, 
de impuestos excesivos, de vasallaje servil y de con- 
tingente de sangre en las milicias auxiliares, otro gé- 
nero de azares y de violentas vicisitudes aguardaban 
a los hombres de acción en el seno de los bosques. 

Las simples perspectivas de la vida errante con su 
cortejo de miserias, privaciones y tristezas infinitas 
lejos de todo centro y de todo goce, constituían ya 
de por sí un grande horizonte negro, tan solo com- 
parable con el cortinaje de la selva a media noche.. 



[242 ] 



NATIVA 



Lo incierto de su destino tenía algo de armónico con 
los dramas ignorados y el misterio del bosque. En- 
traban en sus recónditos y escondrijos, a través de 
profundas malezas; sabiendo que al perturbar su so- 
ledad salvaje había de bramar celoso el tigre, roncar 
el puma, gruñir el "carpincho" y acumularse en círcu- 
lo siniestro los perros montaraces, como olfateando 
buena presa. Sabían también que con esas alimañas 
hacía vida común otra bestia temible acosada por la 
insania de los hombres y puesta al nivel de la fiera, 
como efecto lógico del rigor de la pena y del trabajo 
esclavo; menos libre que el mono y el coatí, con la 
piel sajada por el hierro de la afrenta, descalzo y 
desnudo, sin un rayo de luz bajo su cráneo hendido 
ni un afecto dulce en su pecho lacerado, el ojo ar- 
diendo al calor de los instintos brutales, las narices 
como hornadas trémulas y olfateantes lo mismo que 
las del venado perseguido por los tiros de "laques 1 ', 
y el ánimo avieso, capaz sin embaTgo del hecho digno 
y heroico por la existencia libre. 

Y después del negro cimarrón y de las luchas con 
la alimaña, el aislamiento dentro, la acechanza fuera, 
el rastreo a toda hora, la escaramuza permanente; 
plena actividad malgastada en la plenitud fisiológica 
y en el vigor de la juventud, consecuentes consigo mis- 
mos, leales al instinto, firmes en la acción, bravos en 
la pelea, duros en la venganza, estoicos en la muerte. 

Cuando ese refugio de que hablamos era buscado 
tras una persecución tenaz de ocho o diez contra uno, 
y llegaba a cansársele el caballo al perseguido, antes 
que él hubiese concluido el trayecto a recorrer y 
puéstose encima del bosque que debía servirle de asilo, 
el gaucho altivo moría en desigual pelea, o continua- 
ba su marcha a pie hasta donde alcanzaban sus fuer- 



í 243 ] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



zas. El ojo, el brazo y la astucia desempeñaban una 
función importante. El gaucho que veía languidecer 
por grado y caérseles las orejas a su cabalgadura, que 
no salía ya del trote a pesar dol rebenque y de la 
"nazarena", sentía el frío del desaliento si en los 
contornos que su vista dominaba no distinguía si- 
quiera algún follaje espeso — generoso protector del 
ave, de la fiera y del hombre desvalido. Habituado 
desde niño a los lomos equinos, al punto de formar 
como una parte integrante del corcel que con él voló 
siempre de una a otra zona en alas del ''pampero", 
érale humillante y penoso encontrarse de improviso 
a pie. Y, entonces, mucho más que ahora; porque no 
existían la cerca de alambre, ni el centro agrícola, ni 
la cabaña de cruzas, ni los transportes perfeccionados, 
sino el campo libre sin trabas ni obstáculos, el pasto- 
reo primitivo a la inclemencia, con las procreaciones 
al acaso, y la "carreta" como único vehículo de trans- 
porte. 

En medio de tales circunstancias, el "pajonal", la 
sierra o el monte constituían el refugio, la lucernita 
del cuento perdida en la noche, para el que se que- 
daba sin caballo en las soledades. 

Aunque rehacio para peón, por sus mismos excep- 
cionales hábitos, el gaucho, que había fortalecido sus 
miembros domando potros, y que al apearse ponía 
sus piernas en arco para no hincarse con las espue- 
las, reconocía en su conflicto que ellas no servían so- 
lamente para oprimir vigorosas los flancos de un "re- 
domón", sino que eran también bastante robustas para 
conducirlo al escondrijo seguro aunque estuviese le- 
jano, lleno de abrojos y de pinchos, y nutrido de 
alimañas. Caminaba al principio como entumecido, a 
pesar de haberse quitado las rodajas, colocando aquí 



[ 244] 



N AT I VA 



y acullá la planta lo mismo que sienta un bisulco en- 
fermo la pezuña; y creíase "boleado'' según su ex- 
presión pintoresca, al trepar los barrancos y hundirse 
en las malezas basta el cuello. Pero, al fin aquellas 
piernas adquirían flexibilidad y ponían en juego el 
vigor extraordinario que les había dado la costumbre 
del caballo; al extremo de que. el gaucho en estas 
condiciones, derribaba a pie firme a un toro de las 
astas, o aguardaba sereno "vichará" al brazo y pu- 
ñal en mano el salto terrible del yaguareté. 

Ya en el monte, examinaba día a día atentamente 
las entradas y salidas, las "picadas" si existían algu- 
nas, o los ''potreros' 1 en caso de haberlos, las sendas 
diminutas en su anchura, cuanto serpentales y pro- 
longadas en su largo que bifurcaban y trifurcaban en 
todas direcciones; sendas no menos trabajadas que 
las de la hormiga por el capivara, el "aguará", la 
nutria, el coatí, el "tucutucu" o por diversas aves del 
monte. 

De este estudio sagaz y minucioso, no excluía los 
senderos abiertos por el ganado bravio, que figura- 
ban en el mapa intrincado del bosque como grandes 
arterias de comunicación, entre la orilla de éste y la 
ribera o escarpa del río. 

Tampoco los boscajes infinitos, cubiertos de enor- 
mes gusaneras, ni las cuevas hondas de la barranca 
ocultas por los árboles que pudiesen servir de mora- 
das al tigre o al perro cimarrón. Receloso y previsor, 
levantaba obstáculos en esos caminos secretos, ha- 
ciendo uso de los troncos y de las ramas, de manera 
que llegara a formarse una barrera insuperable por 
el vicio de la vegetación arbórea ayudada de las plan- 
tas parásitas, enredaderas de campánulas azules y cla- 
veles del aire. Si na preciso, abría nuevas vías a 



[ 245 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



fuerza de daga o de "facón" o de sable, para desviar 
o torcer las antiguas según sus planes; ya para pro- 
porcionarse él mismo las ventajas que el terreno ofre- 
cía, y acostumbrar su caballo a un rumbo fijo. 

Herbolario por instinto, observaba pastos y "yu- 
yos", medicinales y alimenticios. Escribía signos es- 
peciales en los troncos de árboles determinados, para 
guiarse; sin hacha ni sierra, derribaba algunog para 
cruzarlos de antemural donde lo creía útil, y con la 
misma arma que desempeñaba el oficio de aquellas 
herramientas y el del pico y la azada, cavaba el suelo 
para encender su fogón. 

El "matrero" ingeniábase siempre, en todas las cir- 
cunstancias difíciles de su existencia azarosa, los me- 
dios de proveer a sus necesidades y de resolver sus 
crisis y conflictos entregado a sus solas fuerzas. 

Si sufría males internos, suplían bien a ciertos me- 
dicamentos la 1 'márcela", la zarzaparrilla, la salvia, 
la malva, el tártago, el cardo-santo; — si padecía 
de la vista, curábase con hienda de lagarto. 

Hací ase el corte del cabello, cuando lo creía con- 
veniente, a filo de cuchillo; en la forma misma em- 
pleada para retacear colas y crines de "fletes" esti- 
mados. 

Aplicaba a las úlceras la "yerba de la piedra". Los 
baños en aguas cristalinas, y de cierta virtud medi- 
cinal, mantenían su cuerpo en condiciones higiénicas; 
siendo de admirar frecuentemente en el organismo de 
estos hombres la fortaleza primero; y, luego, la blan- 
cura admirable, casi transparente de su piel. En mu- 
chos de ellos, como prueba inconcusa de origen puro, 
señalábanseles en el tronco las venillas azuladas como 
vetas de delicado pincel en un jarrón de porcelana. 
En suh pies pequeños y perfectamente modelados, a 



[ 246 ] 



N ATI VA 



pesar del uso de la bota de potro y de las grandes 
"lloronas", las dolencias pasajeras eran poco comu- 
nes. A su modo, el "matrero" cuidaba bien de su 
persona, así como de su noble compañero, el caballo. 
Atendíalo con cariño, ya se tratase de la cojera, de 
la manquera, del haba, del casco, de las lesiones he- 
chas por el lomillo, de las heridas o de sus males 
peculiares. 

Era flebotomiano. cirujano, pedicuro, rapador, sa- 
camuelas. veterinario, todo por instinto, por necesi- 
dad o por experiencia; buscando con mano segura en 
la naturaleza agreste los recursos reclamados en cada 
caso, sin equivocarse fácilmente en la elección. Aun 
para las enfermedades que revisten formas y carac- 
teres de cronicidad, procurábase medios eficaces de 
atenuación empleando el buche de "ñandú", la zarza, 
la cepa, el "guaycurú" y el "cambará". 

En sus ignorados escondrijos, la astucia presidía 
la vida, imitando en sus menores inventos a veces, 
la misma aparente ceguedad del topo o del "tucu- 
tucu", cuando no la viveza del zorru, la previsión de 
la nutria o la sagacidad del teru para ocultar el lugar 
de su nido. 

Algunos boscajes, dentro de la gran vegetación nu- 
trida y al parecer sin otros senderos que los del "car- 
pincho 1 ', el "aguará" y el coatí, servían comúnmente 
de misteriosas cortinas a la madriguera. Allí cons- 
truía su pequeño rancho o su tienda compuesta de 
varas en triángulo revestidas de pieles, próximo al 
ribazo, de modo que él pudiera escurrirse hasta las 
aguas y azotarse a nado en caso de peligro con idén- 
tica facilidad a la del "carpincho"; o treparse a los 
árboles altos y quedarse inmóvil cerra de su copa en 



[ 247 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



la silenciosa posición del "ñacurutú" — todo ojos 
fosfóricos, y todo orejas. 

Conocía así las maderas por su clasificación indí- 
gena, y desde luego todos los árboles que le presta- 
ban sombra y amparo; las cortezas, las raíces, las 
hierbas útiles o nocivas, los pastos convenientes a sus 
caballos, las ''aguadas" buenas, los "tembladerales" 
de los terrenos bajos adyacentes al río y los frutos 
silvestres que podrían entretener sus hambres en las 
horas de angustia. 

Encuadrado en la naturaleza virgen del suelo, sin 
rey ni ley, sin dominar con la mirada más que pers- 
pectivas agrestes, este tipo especial de nuestra socia- 
bilidad embrionaria endurecía su fibra bajo el sol del 
desierto, que tal era entonces el despoblado, adqui- 
riendo ante las fuerzas ciegas del médium en que se 
agitaba esa conciencia de independencia individual y 
poder propio que desenvolvía en la lucha, tenaz y 
bravo, sin abdicar jamás en absoluto de lo que él 
creía su derecho. 

El clima que nutría el germen del guayabo, del 
"yathay" y del ombú para alzarlos muy arriba de 
modo que sus copas recibiesen y soportasen el empuje 
del "pampero", era natural que diera vida también y 
la misma indómita energía al hombre que debía ocu- 
par la escena y reemplazar gradualmente con sus so- 
berbias heroicas las proezas salvajes de la tribu. 

En esa evolución, el chiripá marcaba un punto de 
progreso sobre el "quiapí". La lanza sustituía la bola 
charrúa. Los profundos amores del pago más egoístas 
y conscientes, y una concepción de la patria menos 
oscura que la pasión sensual por la tierra, fanatismo 
ciego del bárbaro, establecían una línea divisoria en- 



[ 248 ] 



N AT I VA 



tre las tendencias del aduar o la toldería, y los im- 
pulsos definidos de los criollos. 

Por eso, mientras la tribu salvaje continuaba en el 
mismo ser a pesar de los siglos transcurridos, limi- 
tándose a mudar de campo cuando le convenía, sin 
preocuparse de la sociabilidad nueva que iba desen- 
volviéndose a su alrededor, siempre indómita y ce- 
rril, los criollos, los zambos, los cambujos y aun los 
negros obluctaban dentro de la misma esfera de ac- 
tividad hacia el cambio, contaminados por la fiebre 
revolucionaria y obedeciendo espontáneamente a las 
corrientes de la nueva vida. 

Un ejército aventurero seguía a otro en la posesión 
del territorio; v. en tanto el cacique charrúa conti- 
nuaba moviéndose de aquí para allá renació a toda 
obediencia pasiva, irritándose únicamente cuando lo 
amenazaban de cerca, lo mismo que se irrita el toro 
a quien se pretende castigar fuera del rodeo. — los 
mestizos o "tupamaros 1 " con una conciencia formada 
de su poder v de su derecho, refugiábanse en los mon- 
tes buscando la cohesión por afinidades reales, a la 
espera de la lucha. 

Sin embargo de todo esto, la tribu salvaje y la 
hueste semi-bárbara concurrían por medios diversos 
a arraigar en el conjunto el mismo sentimiento de 
independencia individual y local. El del cacique era 
hijo de la soberanía del desierto: el del caudillo, del 
prestigio del pago en consorcio con la soberbia. Y 
fue del seno de los bosques en los tiempos aciagos, 
que surgieron los caudillos más intrépidos, de la pro- 
pia hechura del "matrero", como exceso de savia de 
una naturaleza pródiga que daba el valor a los hom- 
bres en la misma medida que la audacia, por motivo 
igual que daba dureza y gigantesca talla al ombú, al 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



guayabo y al "yathay". ¡Eran todos frutos del clima, 
y prole del "pampero"! 

Decíamos que el tipo errante se identificaba en 
cierto modo con la naturaleza virgen y que era el 
suyo, propiamente, el aliento de las soledades. Debe- 
mos agregar ahora, que, estaba lejos de ser en la 
mayoría de los casos un "cuatrero", un contraban- 
dista o un delincuente común sujeto a serias respon- 
sabilidades penales: hombres honestos y laboriosos 
veíanse obligados a sobrellevar esa vida, ya porque 
los odios de pago no les permitían mantenerse en sus 
hogares, ya porque la persecución oficial colocábalos 
en el mismo extremo de abandonar por tiempo in- 
definido familias e intereses, no quedando al fin, de 
sus bienes en la ausencia, casi siempre, sino "taperas" 
y campos desolados. 

Estos hombres constituían centros o núcleos en sus 
asilos agrestes, recibían auxilios y recursos de los ve- 
cindarios y proporcionábanse aquellos cortos goces 
que el principio de asociación podía ofrecerles en su 
aislamiento. Organizaban hábilmente, como conoce- 
dores del terreno, sus empresas y expediciones; todos 
para uno, agrupábalos valientes el peligro, combatían 
con espíritu de cuerpo y vencían muchas veces, expo- 
niéndose en luchas desventajosas cuyo éxito dependía 
de la intrepidez y de la audacia. 

Las partidas exploradoras sabían no obstante a qué 
atenerse, aun cuando consiguieran el triunfo en este 
género de combates oscuros. 

De ahí que se pasaran largos días tranquilos, en 
una como existencia contemplativa, endulzándose las 
horas con el juego, la guitarra, el canto y el baile 
cuando la oportunidad se ofrecía y no había de apa- 



[ 250 ] 



NATI VA 



gar los candiles, en alguna población solitaria, el 
asalto imprevisto de la tropa. 

A la música ora alegre o melancólica de aquel ins- 
trumento hecho nacional, servía de letra en décimas 
o quintillas la inspiración nativa. El numen poético 
se excitaba fácilmente ante los cuadros y espectácu- 
los de cada día; la materia prima, la fuente origina- 
ria de la trova sentimental o de los asonantes de gra- 
cia» estaba en la imaginación ardorosa y vivaz de los 
que asimilaban, asociaban, comparaban y diluían pen- 
samientos, y aun sentencias verdaderas, en presencia 
de las fuerzas ciegas y de las pasiones palpitantes del 
desierto. Por eso, en las cántigas criollas entonadas 
entre flores de ceibo y de chirimoyo, agrestes y viri- 
les, o nacidas a la sombra del coronilla o del "que- 
bracho rojo" — tales cuales nacen y se elevan las 
guías del clavel del aire — , nótase algo del concierto 
de la selva, ecos de cardenal y de calandria confun- 
didos con rumor de hojas. Las cuerdas de la guitarra 
al gemir, bien simulaban el estridular de élitros. El 
sentimiento estético del "matrero" bajo esa faz, es- 
taba en relación con las impresiones del medio am- 
biente; y el vuelo de sus ideales no iba más allá de 
las parásitas que, después de acariciar las copas de 
los grandes vegetales, asomaban tímidamente uno que 
otro extremo de sus guías por encima de aquéllas — 
como una muestra de la feracidad del suelo y de la 
bondad del clima. Estas estrofas de trovador de pago 
o de bardo errante, repetidas de monte en monte y 
de sierra en serrezuela, debían sin embargo dar el 
tono y el aire original a la poesía patriótica. Cantá- 
base al amor y a la patria por arranque espontáneo, 
como si esos dos sentimientos elevados se resumiesen 
en un solo ideal y constituyeran a falta de ideas ma- 



[251] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



duraa, la base de la iniciativa y la causa ocasional 
del esfuerzo en todo sacrificio. 

Verdad era que los hombres de que hablamos vi- 
vían de instintos y de pasiones, llevadas casi siempre 
al fanatismo; pero, en los tiempos de lucha, son las 
pasiones y los instintos generosos los que abren el 
camino a las ideas. Eran también esas propensiones 
originarias y esos impulsos irreductibles hacia el cam- 
bio, los que debían acentuar la índole y el espíritu 
de una sociabilidad nueva. Poeta y cantor a su ma- 
nera, el "matrero'' con el oído a todos los sones dul- 
ces de la floresta, atento al ritmo de las ramas y de 
las aguas, en constante diálogo con la naturaleza que 
lo rodeaba por doquiera con sus halagos silvestres, al 
alzar sus cántigas de regocijo o de tristeza levantaba 
la nota de sus ensueños, — la expresión de sus anhe- 
los íntimos — , en contraste aparente con sus actos de 
violencia, su vida de aventuras y la crueldad de su 
valor vencedor en medio de románticos denuedos. 

Esos desahogos poéticos con la flor en los labios y 
la mirada errabunda, denunciaban con la pasión por 
la tierra lo incierto de su destino. 

Amaban una existencia libre que tuviese alguna se- 
mejanza con aquella de los bosques; de ahí sus fiere- 
zas, más que desobediencias calculadas. 

Reunidos cinco o seis donde la suerte los acercaba, 
el vínculo de la fraternidad en la desgracia hacía el 
resto. Establecían un centro común. Daban al alber- 
gue el ensanche necesario, subdividiéndolo a veces; 
dividían con equidad el trabajo, asignándose cada uno 
por sí mismo las funciones propias a su peculiar des- 
treza; su mesa redonda era un solo vivac, a cuya lla- 
ma retemplaban sus cuerpos en los días fríos — si 



[ 252 ] 



NATIVA 



vivac pudiera llamarse un hogar encendido debajo de 
tierra, con espacio suficiente el agujero para conte- 
ner un buen número de troncos en fragmentos, de 
modo que sirviese de cocina o de estufa. Esa aber- 
tura se cubría con ramas gruesas, que a su vez ha- 
cían el oficio de trébedes y sustentaban la olla o la 
caldera, precaviéndose así que el resplandor denun- 
ciase desde lejos el lugar del asilo. 

Estas tertulias se amenizaban con relatos de amo- 
ríos y de guerras, alternado? con conciertos de gui- 
tarra y canto. 

Allí entre los ceibos de acorchada madera y encen- 
didas flores, espinosos "talas", sombríos "mataojos" 
y "blanquillos", en cuyas ramas se mantenían inmó- 
viles el lechuzón y la coruja, como atraídos por los 
acordes y las voces, reproducíanse en toda su origi- 
nalidad muy diversas escenas de la vida criolla. 

El mate-cimarrón cerca del fuego, a cualquier hora, 
en círculo, hasta que la yerba perdía el gusto y el 
color — pasándose de mano en mano la calabaza 
como un objeto precioso que encerrase el secreto de 
la alegría; el asado con cuero, el matambre o el sa- 
broso costillar desnudo ensartado en una baqueta de 
tercerola o en un tronco aguzado, a un lado del fuego, 
de modo que goteando se dorase al calor lento sin 
perder la esencia de su pringue y de su jugo; el "pe- 
ricón" improvisado, simulándose con los pañuelos la 
asistencia de las compañeras, a pocos pasos del fo- 
gón, adunándose al tañer de las guitarras el chis-chás 
de las espuelas; el juego de la "taba" en un animado 
y ruidoso grupo, interesándose con fragmentos de ta- 
baco en rollo o cigarros la partida; el recitado, los 
cantos de los "payadores", en disputa sobre la mayor 
o menor habilidad de cada uno para improvisar, fue- 



[ 253 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



se por "cifra 1 ' o de otra manera; la matanza de la 
res brava dentro del potril o en la orilla del monte, 
en su caso, cogida a "lazo" por la cornamenta o a 
"pial", o con un tiro de "boleadoras"; la domadura 
de potros en la zona despejada, cuando era amplia, 
y el adiestramiento de los mismos ya domesticados, 
para la vida del monte — - en cuyos ejercicios sufrían 
duras lecciones la cabeza, las narices y los lomos de 
los nobles animales: éstos y otros cuadros originales 
y pintorescos desenvolvíanse y pasaban como en un 
diorama a través del follaje en el misterio de la selva. 

No obstante, no todos los matreros se asociaban en 
comunidad y construían sus toscas habitaciones, po- 
niendo en juego los recursos de su ingenio. 

Los había también solitarios, chucaros y sin hábi- 
tos de trabajo, aun para proporcionarse algunas co- 
modidades pasajeras. 

En esto mismo, el "matrero" de tales aptitudes co- 
piaba a la naturaleza, buscando buenos modelos. 

En las selvas de otras regiones más cercanas al 
trópico, vive un pájaro de un plumaje azul sombrío, 
de un canto hermoso de diversos tonos, llamado "Mo- 
rajú"; el cual nunca fabrica nido, ni se preocupa de 
dar de comer a sus hijuelos. La hembra aova gene- 
ralmente en los nidos de las "cachilas", si los hay 
próximos, y sino, en otros de los que se denominan 
"rastreros". Las piadosas "cachilas" alimentan a los 
pichones grandes y voraces, aun cuando no han sa- 
lido de sus huevos, adoptándolos así amantes, como 
miembros de sus pequeñas familias. 

Bajo nuestro clima, críase otra ave de color negro 
tornasolado, cuyo canto dulce cautiva, y que como el 
"Morajú" no construye vivienda. Su compañera busca 
siempre aovar en el nido de las "horneras", sin duda 



£ 254 ] 



N AT I VA 



más abrigado y sólido que el de otras avecillas, aun- 
que no tenga su puerta o entrada haría donde nace 
el sol. Ese pájaro es el tordo, — el "Morajú" de los 
bosques paraguayos y correntinos. Cuando le es for- 
zoso violar el domicilio y sustentarse en él no en- 
contrando en las ''horneras" la amistosa tolerancia 
que la vizcacha, el zorro y el hurón dispensan a las 
lechuzas en sus cuevas, hace uso de sus garras y agudo 
pico hasta usurpar al propietario la pacífica pose- 
sión de su domicilio. 

Algo parecido hacía el "matrero" de la clase a que 
nos referimos. 

No construía. Buscaba en cambio su albergue en 
sitios a cubierto, preparados por las bestias a fuerza 
de instinto, de garra y de tesón. Acechaba y perse- 
guía al puma y al tigre, cuyas cuevas o cavernas le 
interesaban por la situación topográfica y el secreto 
del escondite, En lucha con una u otra alimaña, y 
merced al "lazo" o al trabuco, concluía por vencer- 
las; ocupaba entonces la guarida, mejorándola en 
parte; y en ella veía transcurrir sus horas solitarias. 

Este sub-género o variedad del tipo arisco, indó- 
mito, con propensiones naturales al delito por heren- 
cia y cuya crueldad de instintos no se diferenciaba 
mucho de la índole feroz de otros habitantes inferio- 
res del monte, era como el fantasma negro de los ve- 
cindarios pacíficos por su perversidad y osadía. 

Reacio al avenimiento con los "matreros" de buen 
origen, buscaba sus iguales, o vivía sólo en madri- 
gueras desconocidas, en lucha constante con los ele- 
mentos y los hombres. 

Verdad que estos montaraces replegábanse como las 
fieras a lugares muy apartados, convencidos de que 
los que "por necesidad 1 ' llevaban su existencia, eran 

[ 255 ] 

20 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



también sus enemigos y no les toleraban cerca, aco- 
sándoles con el mismo rigor que aquéllos. 

Los "matreros" de esa índole, eran los menos: cri- 
minales comunes y desertores de la tropa de línea 
extranjera, sobre los cuales pesaba una condenación 
a muerte. Empedernidos e inabordables. la bestiali- 
dad de sus actos los hacía odiosos, al punto de que 
todos se armaban contra ellos, colocándolos al nivel 
de los perros cimarrones. 

Dábanles albergue los montes al norte del Negro, 
inexplorados y siniestros. El "sombra de toro' 1 y el 
"guabiyú" servían de techo a sus guaridas; hacían 
sus salidas sigilosas para avanzar las poblaciones por 
la noche; mataban a veces "por lujo", como una 
proeza indispensable a su renombre sin fijarse en 
edad, ni sexo; volteaban las reses al solo objeto, en 
ocasiones, de arrancarles las lenguas o de cortar la 
parte del costillar de arriba, según estilo del salvaje, 
dejando el resto de la9 carnes para festín de los pu- 
mas; derribaban las palmeras más enhiestas por el 
solo placer de comerse los cogollos tiernos, y cruza- 
ban luego los troncos por delante de los senderos del 
interior del monte, a fin de que en ellos se aglome- 
rasen las parásitas en enormes trenzas de guías y cu- 
briesen los claros importunos. 

No pocos de estos hombres enseñaban en sus cuer- 
pos multitud de cicatrices, huellas indelebles de bala, 
de lanza, de "facón" y aun de garras de yaguareté 
— ■ signos inequívocos de su valor y tabla irrecusable 
de sus anales sombríos. Ya uno, dejado como muerto 
con seis u ocho heridas, después de un combate de- 
sesperado, habíase arrastrado hasta el monte envuelto 
en un sudario de sangre; ora aquel, había burlado a 
su enemigo merced al nudo del pañuelo que llevaba 



[ 256 ] 



NATIVA 



ceñido al pescuezo, cuando en la noche oscura y den- 
tro de un pajonal silbando todavía las balas, pasóle 
rápido el cuchillo por la garganta; ya el otro, que 
había sido fusilado sin proceso ni sentencia en una 
tarde de invierno por un destacamento que sólo a eso 
se detuvo en su marcha precipitada, a la orilla de 
un barranco, recibiendo en pos de la descarga un 
culatazo que dio con su cuerpo en el fondo, tuvo en 
noche cruda por ángel y amparo una mujer que con 
ayuda de otras lo arrastró hasta su rancho, casi mo- 
ribundo . . . 

¡Lúgubres historias las de estos seres deformes, que 
más tarde solían sucumbir cnmo héroes en lucha santa 
confundidos en la hueste batalladora, sin haber per- 
dido uno solo de sus instintos indomables! 

Inicióse para Luis María, ya que no para Cuaró, 
en un monte escondido por las asperezas del terreno, 
flanqueado a intervalos por valles húmedos con su 
manto de cortaderas y "caraguataes" y sus legiones 
de patos salvajes, un nuevo género de aventuras, y 
una existencia, de cuyo fondo y detalles hemos dado 
una síntesis, poniendo de relieve sus formas más in- 
teresantes. 

Una serie de cerrillos coronaba el lado opuesto 
sirviendo de antemural al monte, de cuyas cumbres 
en medio de sepulcral silencio bajaban rodando a 
ciertas horas con estrépito enormes pedruscos hasta 
reunirse con las que en el bajo formaban como una 
barrera. 

Las aguas de las vertientes desviándose en parte, 
corrían a lo largo de aquella cadena de rocas y por 
hondas sajaduras bordeadas de arbustos espinosos, 



[ 257 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



iban a engrosar el cauce del fuerte arroyo oculto por 
grandes festones de vegetación indígena. 

Hacia el centro, al comienzo de un valle, el monte 
espeso y nutrido se dilataba en el terreno firme, ale- 
jándose un centenar de metros de la cuenca. 

Dos "picadas" estrechas, obras exclusivas del ga- 
nado vacuno, conducían a la orilla, en culebreo entre 
los "talas", "blanquillos" y "niataojos". Un sitio des- 
cubierto encima casi del ribazo, del que apenas lo 
separaba una línea de árboles juntos y enredados por 
sus ramas en gruesas redes, constituía como un potril 
de pastos de engorde, por lo que sin duda los novillos 
habían abierto un sendero corto, ligándolo con la pri- 
mera "picada''. 

Allí fue donde creyó Cuaró debían instalarse por 
algunos días, hasta adquirir noticias. 

Al efecto, improvisaron con grandes gajos y pieles 
su alojamiento, poniendo en ello Esteban toda su 
práctica e ingenio. 

Los lugares escogidos no podían ser más apropia- 
dos para evitar toda sorpresa; y siéndoles muy agra- 
dable darse alguna semana de reposo, tomaron pose- 
sión del sitio o escondrijo con la mayor tranquilidad 
de espíritu. 

En la noche de ese día se durmieron tan profunda- 
mente, que sus cuerpos presentaban la inmovilidad de 
los troncos. 

Cuando Luis María abrió los ojos, el sol bañaba el 
"potrero" con intenso resplandor. 

Ese y otros días fueron de faena y de excursiones, 
dándose recién entonces Berón exacta cuenta de lo que 
era en todo su colorido la agitada vida del "matrero". 

Poco sin embargo, habría sido pasar semanas y 
aun meses, — - como llegaron a transcurrir — , sin otra 



[ 258] 



NATI VA 



morada que el bosque, si el peligro no hubiese venido 
a comprometer seriamente más de una vez la situa- 
ción de sus huéspedes. 

La vigilancia, desde el principio, llegó a ser para 
ellos una segunda actividad fatigosa. Durante el día 
recorrían determinada zona, en los contornos, reco- 
giendo datos en los ranchos, casi siempre vagos y os- 
curos. 

De cuando en cuando los vecinos pacíficos, común- 
mente hombres y mujeres viejos, decíanles que habían 
visto cruzar partidas armadas; y que se precaviesen. . . 

Por la noche, alternábanse en el acecho hasta cierta 
hora, ya en lo alto de un ''molle 11 , ya en la intersec- 
ción de los senderos; y cuidaban de apagar temprano 
el fogón encendido bajo el nivel del suelo, a media 
vara de profundidad por lo menos, de modo que su 
claridad no fuese percibida a la distancia. 

A algunas cuadras del monte, y en sitios donde el 
terreno presentaba menos escabrosidades, y sólo una 
sucesión de "cuchillas'* poco rugosas, existía el rancho 
de Ladislao. — un ''matrero 1 ' que lo habitaba por 
horas, y por días a veces, retirándose luego al bosque 
con su mujer Mercedes. 

En oportunidades de encontrarse los dos en aque- 
lla choza mísera, — sin otros accesorios que una huer- 
ta raquítica, un árbol descuidado y una enramada pe- 
queña en esqueleto — , Luis María y Cuaró se habían 
acercado y conversado con ellos. 

Ladislao era un mocelón del pago, y por lo inismo 
baqueano y experto. De sus reducidos bienes, quedá- 
banle únicamente algunas yeguas ariscas, poras doce- 
nas de ovejas y una piara de cerdos, sueltos y casi 
cimarrones, por falta de cuidado. Lo demás, había 



[ 259 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sido consumido o arrebatado por portugueses y bra- 
sileños en menos de un año. 

Contóles Ladislao sus trabajos, y las causas que te- 
nía para buscar con tanta frecuencia refugio en el 
monte. Había sido de los últimos en dejar a Artigas, 
y de los primeros en no plegarse a Frutos, cuando 
éste se adhirió a la causa de los vencedores. Purgaba 
esta falta hacía tiempo, viviendo a salto de mata; 
pues, aunque durante meses habían como olvidado 
aquel pago las partidas, recomenzaban ahora a cruzar 
sin miedo, echando mano de lo que veían a su antojo. 

Según decían, traían también orden de * 'arrear'* con 
todos los "vagos y matreros" hasta el campamento de 
Frutos; y, con particularidad, a aquellos que no lo 
habían seguido. 

Como estas entrevistas con Ladislao solían renovar- 
se con bastante frecuencia, supo por él otra tarde 
Luis María, que don Leonardo de Olivera había di- 
suelto su gente en el río Negro, y sometídose a la au- 
toridad de Lecor; y que esta noticia la tenía por con- 
ducto de un portugués Pontee o rvo, quien en busca 
de cueros y cerdas, llegábase muchas veces a su ran- 
cho, en camino para la villa de San Pedro. 

Afirmaba el sujeto ése, que en marchas forzadas 
Alvarez de Olivera, rumbos al Negro en busca del re- 
volucionario don Manuel Durán que por esos pagos 
merodeaba con un grupo de hombres mal armados, 
había realizado al fin la junción con éste en el Du- 
razno; y, que después de mantenerse firmes largos 
días, sin permitir que se apartasen mucho de su 
campo los destacamentos de Lecor, habían concluido 
por "largar la gente", dando así lugar a que las par- 
tidas pudieran atravesar con seguridad por todos los 
distritos. 



[ 260 ] 



NATIVA 



Aunque de origen sospechoso, no dejó de impre- 
sionar al joven patriota la noticia. 

¿Era posible que hubiera cesado ya toda resisten- 
cia, cuando empezaba recién él a pelear y a ungirse 
en el sacrificio, a probar su amor por la redención 
de su tierra, y a sufrir los rigores que todo ideal im- 
pone a quien le rinde ferviente culto y anhela con- 
vertirle en una realidad luminosa? ]No debía aquello 
ser cierto ! . . . Salvo que algunos, que no alcanzaban 
a la talla de los que con él se habían batido, hubie- 
sen entregado la patria al extranjero en cambio de 
un título de conde o de marqués, ya que no de una 
orden cualquiera pensionada. 

En sus puros ensueños de juventud, figurábase todo 
esto como una monstruosidad. Mientras que él había 
abandonado con el cariño de los suyos las comodida- 
des del hogar y las esperanzas de un porvenir risueño, 
para exponer la vida en los combates o arrastrarla 
luego en tristes peregrinaciones. — - sin el pobre con- 
suelo de ser comprendido y estimado — , otros que 
sólo se agitaban para la adulación cortesana y la in- 
triga, vendían al "vil precio de la necesidad' 1 o de 
sus febriles ambiciones, con su honra y su prestigio, 
la gloriosa herencia de una generación valiente. Eso 
hería sus elevados sentimientos, y no tenía cabida en 
su criterio lúcido. No sabía cómo pensarían sus com- 
pañeros; pero, probablemente sería lo mismo. Por un 
fenómeno natural en los temperamentos fuertes, na- 
cidos para la lucha, sintióse con más ánimo — aun 
en medio de la duda — para perseverar en la empre- 
sa; solo, sin ayuda de poderosos, con esa fe profunda 
que no desmaya aun cuando cien hostilidades reuni- 
das se opongan al intento. 



[261] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



¿Qué importaban los triunfos efímeros de las ma- 
las causas ante esa fibra que resiste a todos los hala- 
gos y seducciones, como una protesta viril contra la 
cobardía y la traición? Al vibrar en su propio ser, 
bien sabía él que su dureza era natural en los que 
habían visto la luz bajo el mismo clima. Entonces su 
ideal era robusto como un ombú, porque era el en- 
sueño del pago y la aspiración común de su tierra: 
■ — ■ la libertad, en hombros de la soberbia nativa. 
¡El porvenir pertenecía a los fuertes! 

Así pensando, sentado en un tronco caído, la tarde 
misma en que tales noticias recibiera y mientras Cua- 
ró ensartaba en el asador un trozo de vaquillona, y 
el liberto reanimaba el fuego arrimándole ramas grue- 
sas, sorprendióle a Berón la aparición do Ladislao 
en la encrucijada, en donde se apeó. 

Después de asegurar su turdillu negro por el ca- 
bestro de un árbol, vínose a prisa, llevóse para salu- 
dar, la mano al sombrero por la nuca, dando las 
"buenas tardes de Dios"; y. deteniéndose a algunas 
varas, púsose en cuclillas mirando a otro lado como 
distraído, y dijo con calma: 

— Andan a tiro dp bolas los portugos. y muy en- 
tonaos... ¡no se descuide! 

— ¿Tan cerca? 

— Parece asina. . . 

Cuaró aproximándose, preguntólo muy grave: 
■ — ¿Qué bombeó, aparcero? 

— Rabudos, — dijo Ladislao, escupiendo con los la- 
bios fruncidos — . Quieren venirse al humo. Cuenta 
Cresencio, el mozo de la estacia del Arrayán, que es 
baquianazo en el pago, que a cosa de la siesta es- 
tando él arrocinando un redomón, vido cruzar rumbo 
a las puntas una partida de lanza... De aquí a las 



[ 262 ] 



NATIVA 



puntas haberá dos leguas cortita^. Creyendo los bi- 
cheó Je goloso: y como acampasen, se volvió de un 
tirón a avisarme que cuidase de la osamenta. . . 

Por eso he venido de un galopito. 

— Gracia^. Ladislao. ¡Trataremos de recibirlos bien! 

— Mire, amigo, — añadió el matrero, interrumpien- 
do a Luis María- — . dejé .sida a la mujer en el ran- 
cho; ) como quiera que las piedras rodando se jun- 
tan, me voy ya a buscarla, y de aquí a un ra tito es- 
toy de güella con el carguero. 

— Venite, y los peleamos lindo. ■ — repuso Cuaró. 

— -Ya mesmo. Soy baqueano en toda la costa del 
arroyo, dende las puntas al río... ¡Cuando endere- 
zemos, ni el rastro! Si se ofrece, con poner caía fiera 
está todo listo. 

Esto diciendo. Ladislao se fue. 

Ladislao era un criollo de tez morena, pálido, casi 
lívido y ojos verdes, bien adornados de cejas y pes- 
tañas muy negras. Alto, membrudo, desenvuelto y 
ágil, tan gran jinete como 'matrero 1 ', completaba su 
plenitud fisiológica una astucia de zorro y una osadía 
que sólo da la costumbre del peligro. 

Mercedes, su compañera, constituía todo su con- 
suelo; era ella quien retemplaba su fibra en la lucha 
cruda y hacíale amar la existencia. En las horas amar- 
gas ¿qué luz más hermosa que su cariño? 

Lo dmo de su destino resen abale sin embargo, esa 
misma tarde una prueba dolorosa... 

Cuando salió de la picada, avanzaba ya el sol a 
su ocaso. 

El valle, las lomas, el monte en todas las lejanas pers- 
pectivas que la vista dominaba, aparecían desiertos. 

Arrimó entonces espuelas, v galopó a lo largo de 
la costa hacia su rancho solitario. 



[ 263 ] 



XV 



LA MUJER DEL MATRERO 

Ese día, más que otras veces, se encontró mayor 
tiempo sola en el rancho Mercedes. 

Por aquellos lugares solitarios raro era el tran- 
seúnte que al galope de su caballo interrumpía la mo- 
notonía salvaje hiriendo los aires con el ruido de los 
cascos o con los ecos de una canción criolla. 

Caía el sol tras una empinada loma, al mismo tiem- 
po que la sombra en el bajo de las manzanillas en 
flor; y comenzaba a elevarse de los pantanos un frío 
vaho de tierra que trasuda con olor de ciénaga re- 
vuelta que parecía estimular a las ranas en su con- 
cierto de voces tan semejantes a las de un teclado so- 
noro bajo dedos de vigorosa pulsación. Un "caran- 
cho" trazaba sus anchos círculos sobre la huerta mi- 
serable lanzando secos graznidos; algunos gavilanes 
permanecían inmóviles en los picachos de Iodo seco 
de una "tapera", como haciendo la guardia a un cor- 
dero moribundo que había concluido por caer sobre 
sus brazuelos junto a un cardizal marchito; y un poco 
más lejos, hozando vivaces el suelo blando del declive 
dos o tres cerdos silvestres de cuerpo enjuto, largas 
crines, rabo desnudos y olor de fiera, disputábanse con 
ronco gruñir los desechos de un "carpincho" y las 
raíces jugosas de unas matas. 

Del bosque cercano — casi escondido al pie de la 
cuchilla — surgía confuso rumor de insectos entre sil- 
bos de chingólo y comadrera charla de gallaretas, sin 



[ 264 ] 



N AT I VA 



que nada se moviese en el misterio del follaje, ni de 
sus millones de átomos se descubriera un solo enjam- 
bre a lo largo de la orilla. 

A esa hora, estando aun sola Mercedes, acertó a 
pasar por el rancho, o en derechura a él quizás vino, 
el portugués rubio de otros tiempos, de tránsito para 
la villa en donde tenía %u comercio. 

Había realizado bastantes compras de cueros ovi- 
nos con señal o sin ella, con peí juicio de la propie- 
dad privada y del fisco, en aquella zona de la cam- 
paña; y se volvía satisfecho a la población al paso de 
su cabalgadura, que se asemejaba entre las medias 
tintas de la tarde, con su gran carga a ambos costados 
en lento balanceo, a un fornido dromedario. 

Viendo caída la piel de toro que cubría la entrada 
al rancho, y a Mercedes al parecer sin compañía, ex- 
perimentó una sensación fuerte; y dando con su cuer- 
po en tierra, condujo cerca de la enramada su caballo 
manco y reyuno, entrándose luego con la mayor con- 
fianza en la vivienda de la criolla. 

No se sorprendió Mercedes al verle; por el contra- 
rio, contestó con buenas maneras su saludo. 

Ya lista para irse al monte, habíase ceñido un pa- 
ñuelo de algodón en la cabeza, y unido sus extremos 
por debajo de la barba. 

Su tez ligeramente encendida en las mejillas; su 
boca de labios oscuros pero pequeña, con dientes muy 
blancos; sus ojos negrillos y lucientes, un tanto pro- 
vocativos, ornados por pestañas nutridas y cejas arre- 
molinadas de un color renegrido; sus formas redon- 
das y pie desnudo, delgado y estrecho dentro de una 
especie de zueco de suela fina, eran detalles que, re- 
unidos a las circunstancias favorables del momento, 
debían incitar los instintos torpes de Pontecorvo. 



[ 265 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¿No hay "mate" amargo para el forastero? — 
preguntó en buen castellano el portugués. 

—la es tarde, — dijo la criolla — -, y el tiempo me 
falta. Ladislao está aguardando. De esta vez tiene que 
disculpar, mozo; que no hay desaire. . . 

—Disculpada siempre está. . . 

Pero, allegúese un poco, Mercedes. 

— ¿Y por qué he de allegarme?... ¡No faltaba 
otra cosa! 

La criolla, esto diciendo, púsose a reunir algunas 
piezas de ropa blanca y otros objetos en un poncho 
de 'Vichará", cuyos extremos ató cuidadosamente. 

El mercachifle un tanto pálido e inquieto, abandonó 
de pronto su asiento de cabeza de buey; y después de 
arrojar una mirada al campo, dijo con acento meloso: 

— No tengas miedo que él nada sabrá. . . 

Mercedes volvióse rápida sin contestar, y se dirigió 
a la puerta; pero, Pontecorvo la cogió con fuerza de 
las manos, añadiendo: 

— ¡No te vas! 

La criolla se desprendió enérgicamente, para bus- 
car otra salida. 

El mercachifle levantó entonces en alto el reben- 
que con aire de amenaza, y la hizo permanecer inmó- 
vil, como rendida. 

— ¡Por favor! — murmuró Mercedes. 

El pareció ablandarse, y dijo: 

-—Nao seyas mala. ¡Tudo ficará entre nos! . . . 

— 'Procúrese eso en el pueblito. Si mi hombre lo 
encuentra aquí, ya habrá fandango . . . 

—Contigo quiero bailarlo. 

Mira este prendedor ¿no te gusta? 

\ sacándola del bolsillo, le enseñó una caja abierta. 



[ 266 ] 



NATIVA 



— Guárdesela, no la preciso, — repuso la criolla 
con desprecio. 

— Has de avenirte . . . 
—¡Que no! 

Pontecorvo, perdida la paciencia, se avanzó de sú- 
bito alargando el brazo, y apretó los dedos como pin- 
zas en el cuerpo de la mujer del "'matrero", que es- 
taba toda temblorosa. 

Al sentirse asida, Mercedes se sacudió con fuerza y 
dio con las dos manos abiertas en el rostro de su 
agresor, lanzando una voz parecida a un ronquido 
de leona lastimada; y al retroceder, tropezó con una 
banqueta de madera, cayendo de espaldas en el suelo. 

El golpe la dejó aturdida, casi inerte. Cesó de 
Juchar. . . 

Minutos después, Pontecorvo salió del rancho, mi- 
rando con temor a todas partes. 

No había cerrado aún la noche, y percibíanse cla- 
ros los objetos a la distancia. 

Tranquilo de su inspección, montó a caballo, y se 
marchó, guiñando el ojo hacia la puerta, con ese aire 
satisfecho del que habla consigo a solas después de 
realizar un deseo largo tiempo comprimido. 

Pasados algunos moinentos, Mercedes salió fuera 
del rancho a pasos tardos, arreglándose el pañuelo en 
la cabeza un poco desgreñada, con la cara muy en- 
cendida, el pecho agitado v el mirar avieso. 

Paróse a algunas varas del rancho, cruzándose con 
violencia los brazos; y púsose a mirar al bosque. 

Había en su gesto una expresión profunda de hu- 
millación y pena. 

Salían paso a paso varías bestias de su abrevadero, 
húmedos y resollantes los hocicos, para detenerse 
pronto en la falda los unos a triscar las hierbas, le. 



[ 267 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



vantar las cabezas con aire somnoliento de vez en 
cuando o echarse las más de lomos con fruición para 
atenuar las picaduras de tábanos y otros escozores de 
la jornada. 

Un perro — cruza de mastín hembra y de puma — 
tendido junto al cerco de "cina-cina", la observaba 
atento moviendo a uno y otro lado la cola. 

Ladislao impaciente, entre tanto, venía apresurando 
su llegada al rancho. 

La soledad de Mercedes lo tenía inquieto. 

La distancia a recorrer no era larga, y le fue fácil 
trasponerla en un galope. 

Cuando sujetaba su caballo vivo y fogoso, Merce- 
des que habíase entrado nuevamente en el rancho, sa- 
lía con su atado de ropas, diciendo en voz muy alta: 

— ¡No te apees, Ladislao! 

— ¿Qué se ofrece, china? — preguntó éste con 
acento cariñoso, apoyando sus manos en la encabe- 
zada. 

— Algo de afligido. — contestó Mercedes llorando. 
Pontecorvo pasó por aquí. . . 

— ¿\ qué hay con eso? — preguntó el "matrero" 
sobresaltado. 

—¿Qué hay? Que me hizo caer para atrás sin yo 
quererlo y me lastimó la cabeza. ¿No ves la sangre, 
aquí en la mano ? Pero eso no sería nada ... ¡ Como 
yo estaba como muerta! . . . 

Mercedes calló, sofocando un sollozo. 

Ladislao se puso muy pálido, y escupió con fuerza. 

Después preguntó con acento ronco y breve: 

— ¿A qué lado rumbeó? 

— Derecho a aquellos saúcos. 

Mercedes extendió el brazo en la dirección indica- 
da, agregando: 



[268 ] 



NATIVA 



— Reciencito se fue en un pampa reyuno. Se me 
hace que está todavía encima . . . 

El "matrero" sin replicar palabra, volviendo rien- 
das, arrancó a gran galope rumbo a la loma. 

Desde la altura con sus ojos de ave de rapiña, vio 
al portugués que subía la falda de otra ^cuchilla'' le- 
jana, al trote más largo de su jamelgo. 

Procuró entonces no ser visto a su vez, enderezando 
el caballo por los sitios más cubiertos o escabrosos. 

Así marchó algún tiempo. 

Su perseguido ocultábale a intervalos en la sombra 
de los bajos y demoraba su reaparición en las crestas 
de las "cuchillas 1 ', destacándose entonces sobre el fon- 
do rojizo del horizonte como un bulto de enorme 
vientre balanceándose al paso del buey. 

Una que otra población se avistaba en las lomas 
apartadas. El terreno por delante aparecía sin pas- 
tores ni haciendas. 

El ''matrero" seguía los pasos de Pontecorvo lenta 
y pacientemente, ocultándose en lo posible, así como 
el felino que rastrea la presa hasta aplastarse sobre 
el vientre, el aliento comprimido, las narices dilata- 
das, el ojo fijo y siniestro. 

Persecución en despoblado callada y lúgubre, entre 
las sombras del crepúsculo, con sus pausas breves y 
sus rodeos sigilosos, debía terminar muy pronto; y 
así sucedió. 

En cierto instante en que Pontecorvo acababa de 
apearse en lo hondo de un declive, para apretar la 
cincha de su jamelgo, Ladislao arrancó a toda rienda 
hasta coronar la loma que descendió rápido un largo 
trecho, antes que el portugués ya a caballo comenzase 
a subir la empinada falda vecina, desde cuya cumbre 
divisábase muy lejos el campanario de la villa. 



[ 269 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Pontecorvo volvió al ruido la cabeza, con recelo, 
mirando por encima del hombro. 

El "matrero" moderando el paso de su caballo, lo 
puso al trote corto; y mordiendo el barboquejo gritó 
al fugitivo con el acento más natural del mundo: 

— ; Refrene amigo, el "pampa" sucio!... ¿Adonde 
agarró esos cuerambres? 

Pontecorvo que había reconocido en el acto a La- 
dislao, 110 pudo menos de estremecerse. Cuu todo, de- 
teniéndose en el bajo, se apresuró a contestar en tono 
alegre y camarín 1 ulero : 

— En la costa del Yí. y con minha prata, compadre. 

— -¿Compadre? - - arguyo Ladislao apretando más 
fuerte el barboquejo. ¡Ya verás!... 

Y se acercó hasta ponerse encima de él, con gesto 
fiero. 

Pontecorvo apercibióse recién del peligro inmediato 
echando en el instante mano al mango de un machete 
que llevaba debajo del cojinillo. 

— ¿Qué vas a hacer ladrón? — rugió el "matrero" 
iracundo. 

Y sin darle tiempo para nada, de un golpe con la 
argolla del rebenque en la cabeza lo derribó al suelo 
atontado, haciéndolo rodar en el bajo como una mole. 

Inmediatamente Ladislao se desmontó de un salto, 
y- echándose sobre él, sujetóle las dos manos bajo sus 
rodillas, sentado a horcajadas sobre el pecho; y dio 
principio cuchillo en mano, con pulso firme, sereni- 
dad suma y acción veloz a una operación cruenta. La 
de cortarle las dos... orejas. 

Si bien aturdido por el golpe, en cierto momento 
el mercachifle lanzó un quejido y se encogió tem- 
bloroso. 



[ 270 ] 



NATI VA 



En medio de aquellos sitios, sólo los graznidos del 
carancho o los gritos de los "chajaes' 1 de los esteros 
cercanos, podían responder a su lamento. 

Ladislao no se inquietó por la protesta, y apretando 
más con las rodillas, continuó su faena. 

Terminada ésta, reincorporóse envainando el cu- 
chillo, después de limpiailo en la Musa de la víctima; 
oprimió bien la mano izquierda como si en ella algo 
encerrase, deslizándose por entre sus dedos al pasto 
uno o dos hilos de sangre venosa; la sacudió para 
hacer saltar las últimas gotas, con un gesto de repug- 
nancia, y dirigiéndose a su caballo saltó tranquila- 
mente en los lomos sin poner el pie en el estribo. 

Cuando volvía ya bridas hacia el rancho. Ponte- 
corvo se levantaba tambaleante, desencajado, con parte 
de sus ropas sueltas y enrojecidas, sin conciencia tal 
vez de lo que le había ocurrido; y corría derecho al 
"pampa" como un hombre que ha recibido una pe- 
drada en mitad del cráneo, v vacila como un trompo 
sobre sus pies, presa del vértigo. 

Ladislao siguió impasible su camino. 

Con las primeras sombras, a galope firme, sentando 
los remos su caballo con gran ruido en el bazo, se- 
mejante a un hipo violento, llegó al cerco de "cina- 
cina" que resguardaba el frente del rancho. 

Mercedes estaba sentada en el umbral, con las dos 
manos en el rostro, y el atado delante. 

A poca distancia de ella, el mastín cruza de puma 
concolor tendido a lo largo parecía entregado al sue- 
ño, con el hocico en tierra. 

El "matrero" al desmontarse, arrojó algo al perro, 
sin pronunciar palabra. 

[271] 

21 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Mercedes alzó el semblante y miró con fijeza lo 
que había rodado por iíl suelo, y que el mastín sa- 
liendo de su sopor, púsise al fin a olfatear. 

Pareció presa de una gran emoción. 

Ladislao la observaba, mudo y sombrío, levantada 
el ala del sombrero y el brazo colgante del cuello de 
su tordillo. 

El perro, que había apartado las narices, las acercó 
nuevamente; estuvo un instante oliendo, sacó la len- 
gua dos o tres veces sin tocar aquellos objetos, y 
dando por último un fuerte resoplido, retrocedió, arras- 
trándose sobre sus cuartos, para volver a su interrum- 
pido sueño. 

— ¡No le gustan! — exclamó Mercedes con una 
risa casi feroz. 

— De adonde, si el perro es delicao, — dijo el "ma- 
trero", mirándola de soslayo. 

Transcurrido un corto silencio, hizo una seña a la 
criolla. 

Esta cargó con el atado, y aguardó a que Ladislao 
montase. 

Cerraba la noche sin luna todavía, pero con miría- 
das de estrellas. 

El "matrero" estúvose un instante con los ojos fi- 
jos en el horizonte; luego saltó muy ágil en el re- 
cado y fuese de un pequeño brinco hasta el crucero, 
haciendo a su compañera un lugar a grupas, al mis- 
mo tiempo que le alzaba el fardo. 

El tordillo dio una vuelta sobre sí mismo: Merce- 
des puso el pie en el estribo y con toda destreza se 
sentó detrás. 

El jinete acomodóse, muy junto con ella; pasóle el 
atado, y echó a andar. 



[ 272 ] 



NATIVA 



En tanto caminaban a campo y ciclo abiertos sin 
más compañía que los luceros brillantes arriba, y 
abajo las alimañas y el ganado arisco, mudos, casi 
desolados. Mercedes pasó los brazos al cuello de La- 
dislao, atraju dulcemente hacia si su rostro. ^ le dio 
un beso. 

El pareció estremecerse y detu\o el caballo. 

Su cabeza había conservado la posición que le die- 
ra con su abrazo la criolla, a quien miraba de lado, 
velados sus ojos grandes de pupila verdosa y fosfo- 
rescente, por una expresión hondamente triste. Luego 
la inclinó sobre el pecho, y picó espuelas, hasta arran- 
car al tordillo un resuello de dolor. 

Cuando ya entraban por una "picada" estrecha al 
monte lleno de rumores, volvióse preguntando: 

— ¿Trujiste el caldero? 

—Aquí viene, — contestó Mercedes con un suspiro. 
Volvieron a besarse, siempre de lado, y callados se 
perdieron en las tinieblas. 



[ 273 ] 



XVI 



DE MONTE EN MONTE 

Al final de aquella "picada", que no era otra que 
la del "potrero" en que acampaban Luis María y 
sus camaradas de fogón, Cuaró vigilante, recibió a 
Ladislao y Mercedes. 

Apeáronse éstos para encaminarse por el sendero 
oblicuo, llevando el caballo del cabestro, después de 
cambiar pocas palabras con el teniente. 

Esteban, sentado en un gran raigón viejo junto a 
las brasas, aprestábase a cebar el "mate' 1 con una 
bolsita abierta y llena de yerba a la vista. Concien- 
zudamente, sacaba palito por palito de ese saquillo, 
que iba echando en el fondo de la calabaza como 
para formar "estiva o carnada'' que a su vez sirviera 
de reparo a la "bombilla" previniendo se tupiese de 
polvo fino al tomarse la infusión. 

Como sirviente de buena casa, con mucho agasajo 
acogió a los nuevos huéspedes. 

Berón se encontraba en el ribazo entre dos árbo- 
les de corta talla, echado sobre las matas silvestres y 
entretenido al parecer en ver chapuzar y zambullirse 
entre anchos círculos salpicados de gotas que solían 
despedir luces brillantes al suave cabrilleo de las aguas, 
a una media docena de "mbiguaes'' hambrientos que 
hacía poco se habían abatido en el remanso, sin graz- 
nidos ni aleteos. 

Apenas el ruido ligero del chapuz, al que se unía 
el no menos leve del salto de uno que otro pescadillo 



[ 274 ] 



NATIVA 



perseguido, denunciaba la presencia de aquellas aves 
en el arroyo. 

Algunos bultos pequeños cruzaban a ratos la su- 
perficie; de estos bultos, que al nadar rápidos iban 
dejando como un surco en la canal, sólo asomaban 
las cabezas peludas. Parecían haber hecho pacto de 
fraternidad con los "zaramagullones", pues no se hos- 
tilizaban entre sí. Eran ''ratas de agua", buenas co- 
madres de barrio que andaban de una a otra escarpa 
poniendo a prueba sus pies membranosos y sus ap- 
titudes natatorias, en concurrencia con los palmípedos. 

De vez en cuando aparecía en medio del cauce, na- 
dando "al largo" y gruñendo sordo algún "carpin- 
cho"; y entonces, "mhiguaes" y ratas se zambullían, 
hasta dar tiempo al pasaje del cuadrúpedo anfibio, 
si es que éste no se sumergía también de pronto hasta 
el fondo mismo de las aguas. 

En tal caso, aquellos sempiternos nadadores se re- 
plegaban silenciosos a la escarpa, debajo de los ár- 
boles, abandonando el teatro de acción al cerdo acuá- 
tico de afilados dientes y bravas uñas, de modo que, 
así que reaparecía su estúpida cabeza al rato, dando 
un ronquido, las aves se escurrían en sentido opuesto, 
como gallardos esquifes, sin preocuparse más de aquel 
ente de hocico porcino, pelaje de león y uñas de topo. 

A la nocturna escena no faltaba tampoco su acom- 
pañamiento musical, como para hacer más sabroso el 
festín. A intervalos cantaba alguna calandria desde el 
fondo de un "tala"; y a sus ecos melodiosos, el "chin- 
gólo" melancólico lanzaba sus silbos cual si ya vi- 
niese el alba. Estremecíase entonces la coruja en su 
rama, respondiendo con un chillido lúgubre, propio 
a advertir que la noche recién daba comienzo. 



[275 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Aunque con los ojos fijos en el remanso, lejos es- 
taba Luis María de poner mucha atención en esos 
detalles. Parecía caviloso. Tal vez el recuerdo de sus 
padres y de su hogar habíase como enclavado en su 
memoria, después de varios meses de ausencia, de 
continuas fatigas y sinsabores; quizás trabajaba su 
espíritu un principio de desaliento por las nuevas re- 
cibidas, y pensara que era necesario arrancarse a 
aquella situación excepcional para él, moverse, bus- 
car la reunión con el mayor número, obtener datos 
positivos y resolver por último en vista de los suce- 
sos lo que fuere digno y patriótico. 

Mientras las vicisitudes y emociones de una vida 
agitada, propias del peligro y de la lucha colectiva 
dominaron su organismo, adunadas al quebranto fí- 
sico, a los insomnios y a las privaciones de cada día, 
su cerebro no se encontró en estado de meditar; y, 
propiamente, él iba cediendo a una idea tenaz, noble, 
grande que debía eclipsar en cierto modo ante las de- 
ficiencias y exigüidades del medio, al instinto impe- 
rioso de la propia conservación. 

Pero, ahora no eran las mismas las circunstancias: 
tantos días de reposo habían devuelto sus fuerzas al 
cuerpo, sintiéndose él más robusto y apto para las 
vertiginosas marchas militares; los dolores y los fe- 
nómenos nerviosos habían desaparecido con los rigo- 
res del invierno; una sangre nueva y ardiente hin- 
chaba sus venas pasando como una ola bajo su crá- 
neo; y al observar la naturaleza toda que lo rodeaba 
vestirse de hojas y de flores y llenarse de perfumes y 
armonías, bien pudo el creer que su briosa juventud 
valía tanto como aquella primavera. ¡Sin embargo, 
permanecía inactivo! Verdad que el peligro amena- 
zaba por todas partes, y que era forzoso exponer diez 



[ 276 ] 



N AT I VA 



veces la vida, para trasponer distancias y comarcas 
en alas de una esperanza por entonces ilusoria. 

¿No se hallaba acampado el enemigo en la costa, 
a poco trecho, y en víspera* acaso de venir a sor- 
prenderlos y exterminarlos en su escondrijo mismo, 
sin cuartel, con lujo de rigor, tomándulos en cuenta 
de animales cimarrones? Si eso ocurría. - — que bien 
podía suceder — , el bosque guardaría por largo tiem- 
po o por siempre el secreto, como guardaría ya tan- 
to» después de dos lustros de guerras; y si algo se 
supiese, sería que allí habían sido muertos tras ra- 
biosa pelea cuatro "matreros" 1 temibles, espanto de 
vecindarios y baldón de su raza. 

Pero, ni esto había de decirse. Los hombres caían 
a cada instante y se abrían sepulturas sin tosca cruz 
que las denunciase, menos favorecidas que las del 
charrúa, cuyos despojos se arrojaban en sitios que 
un montón de piedras señalaban al viajeru. en prue- 
ba de tristes funerales. 

El monte, amparo y refugio del perseguido, era 
también como una losa sepulcral: de sus dramas ig- 
norados, pocos hubieran levantado entunces una punta 
del velo impenetrable. 

Más de una vez desde el potril oscuro, Luis María 
había visto pelear furiosos, chocándose contra los 
troncos, hundidos hasta los vientres en las breñas, a 
dos toros del ganado disperso en los claros del bos- 
que. Apenas bramaban. íesonando las astas en el en- 
cuentro lo mismo que gruesas cañas que estallan en 
un incendio. Y después de este tremendo combate a 
solas, apartarse el uno con el cuerno destilando san- 
gre; e ir el otro a tropezones al riba/o, echarse allí 
en el lecho de arena que enrojecía poco a poco, y 
morir sin un resuello entre temblores. 



[ 277 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



¿No revestía acaso una forma análoga la suerte 
del "matrero 1 '? El grito de su denuedo heroico no 
pasaba de la bóveda flotante; vencedor, su triunfo 
por glorioso que fuera sería siempre para los demás 
un crimen; vencido, su cuerpo mutilado y desnudo, 
pasto de las fieras y de las aves voraces. ¡La soledad 
del desierto y el completo olvido: tumba verdadera, 
entre esos dos grandes silencios! 

Luis María oprimió nervioso la culata de la pis- 
tola que llevaba al costado, y se puso de pie. 

En seguida, se dirigió a su fogón. 

No dejó de ser para él un consuelo la presencia 
de los nuevos huéspedes. 

Aumentada la sociedad, hacíase más llevadera aque- 
lla vida y menos fatigosa la faena diaria de vigilan- 
cia y de adquisición de víveres. 

Dada la baquía de Ladislao, su actividad y forta- 
leza de ánimo, presentábase también la ocasión de 
probar fortuna volviendo a las "cuchillas". 

Muy cerca de una hora se la pasó con él en amena 
plática sobre diversos temas campestres. 

El a matrero s ' en toda su conversación, no dio a 
conocer ni en el gesto lo que sentía en el interior de 
su alma. 

Al oírsele, nadie se imaginaría que aquel hombre 
hubiese pasado pocas horas antes por un trance tan 
amargo y rudo, como el del episodio dramático de 
Pontecorvo. 

Mercedes, con un aire natural pasivo y resignado, 
ayudaba eficazmente al liberto en sus tareas de fogón. 

A veces pasábase la punta del pañuelo que cubría 
su cabeza por los labios, y miraba al soslayo hacia 
donde se hallaba Ladislao con una expresión triste. 



[ 278 ] 



NATI VA 



Luego vino Cuaró a reunírseles. 
El "mate" siguió todavía circulando por algunos 
momentos. 

Ya era tarde, y como viese Ladislao que el fuego 
estaba demasiado vivo, advirtió que "sería bueno 
apagar'*. 

Por única respuesta, Cuaró echó en aquella especie 
de hornalla, así que separó los tizones gruesos que 
despedían fuertes gases, varios puñados de tierra are- 
nosa, traída expresamente del libazo y acumulada 
allí. 

El resplandor cesó de súbito. 

Tampoco lo necesitaban, pues empezaba a esparcir 
sus rayos la luna plateando de lado las copas más 
altas; y era ya hora del descanso. 

Buscó cada uno su lugar, a la espera del sueño, que 
para todos era un consuelo a la par que una nece- 
sidad imperiosa. 

Cuaró fuese a dormir debajo de los "molles 1 ' que 
festonaban la picada, cauteloso y previsor. 

Teníanle algo inquieto ciertos "signos" sospechosos, 
que le había hecho notar Ladislao, romo si alguna 
novedad ocurriese en el campo. 

Esos fenómenos nada frecuentes, continuaban de 
rato en rato. 

Primeramente, fijóse que los patos se azotaban de 
un modo precipitado y violento en el arroyo con mu- 
cho ruido de alas y notas roncas, como si hubiesen 
sido ahuyentados de alguna charca o laguna de los 
contornos. 

Luego, confirmóse en que los perros montaraces 
solían ladrar a lo lejos, con ese ladrido peculiar que 
denuncia la presencia de gente en el despoblado, en- 
tre amenazante y alborotador, figurándoselos avan- 



[279] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



zando con I03 colmillos a la vista y retrocediendo en 
seguida para irse a esconder en los matorrales. 

Después, ya en calma perros y gatos salvajes, ajeno 
al concertante de la serrezuela y del monte, el "cha- 
já" gritaba desde la laguna como un despavorido, al 
punto de hacer oir a gran distancia sus ecos estri- 
dentes. 

A pesar de todo lo que eso podía augurar, el indio 
ladino empezó por el cabeceo; tendióse boca arriba, 
luchó algo con el sueño, y al fin se quedó dormido. 

¿Por que no hacerlo? Así como el ojo, tenía él 
muy sutil el oído. 

Durmióse sin temor, ni importársele que. e¡n la 
copa de uno de aquellos árboles, un "ñacurutú" es- 
tuviese llamando impaciente a la compañera de sus 
amores. 

No disfrutó sin embargo, mucho tiempo de este re- 
poso; porque, a una hora que él no pudo apreciar, 
una especie de tropel que estremeció el suelo le hizo 
abiir los ojos. 

Parecían jinetes. 

Por la avalancha sorda, debían venir arreando un 
gran número de caballos. 

Percibíanse también chnques de armas en vainas 
de metal. 

Aquel piafar y resoplar, propio de caballos que se 
regocijan al aliviárseles los lomos del peso, y aquel 
ruido de voces y de sables inusitado, hizo levantar la 
cabeza a Cuaró; quien, a poco de estarse atento, fuese 
a desper!.ar a Luis María y a Esteban con gran sigilo. 

Ladislao estaba ya de pie, escuchando, recostado a 
un "molle" en la encrucijada. 

Cuaró dijo a Berón, con su aire tranquilo: 



[280 ] 



N AT I VA 



—Préndete las armas, amigo, y estáte quieto., . En 
la orilla hay gente. Míralo a Ladislao bombeando. .. 

Luis María y el negro apresuráronse, sin pronunciar 
palabra, a ceñirse los sables, preparando bien las ar- 
mas de fuego; en tanto el teniente sin turbación al- 
guna ni tropiezo, con ojo seguro y mano firme, ade- 
rezaba uno por uno los caballos que un instante hacía 
pacían en el rincón del " , potrerillo , \ 

A cada momento los mecía de las orejas y pasábales 
la diestra por las narices. 

Después proseguía su tarea, sin ajustar mucho las 
cinchas; metíales los dedos por un lado de la boca, 
acariciábales las crines, y ruando alguno de ellos ba- 
rruntaba un resuello fuerte o estornudo intempestivo, 
ceñíale las fosas nasales con presión de tenazas, que 
tal oficio hacían el pulgar y el índice, con ayuda del 
cordial en caso de refuerzo; tirando al mismo tiempo 
con la izquierda del copete. 

En esas diligencias vino Esteban a avudaríe, sin ol- 
vidar sus maletas: en las cuales puso y ajustó cuanto 
él pudo y crevó conveniente, de modo que no produ- 
jesen al andar del caballo mayor ruido. 

Ladislao había desaparecido a la vista de sus com- 
pañeros. 

Luis María fue el primero que lo echó de menos, y 
no dejó de inquietarse. 

■ — Déjalo no más — murmuró Cuaró — j Verás que 
ahora viene! 

Efectivamente, apenas transcurridos algunos mi- 
nutos, sintióse a espaldas del liberto ruido de ramas 
secas y hojarascas, como estrujadas por las enguan- 
tadas zarpas de un tigre: viéndose luego brillar fos- 
fóricos dos ojos verdosos y entreabrirse los gajos grue- 



[281] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sos, hasta dar paso a un bulto que andaba lento, hecho 
un arco. 

Era Ladislao. 

Habíase ido agazapándose por la "picada 1 ' hasta la 
oí illa del monte; una vez allí, tendido a lo largo entre 
la cebadilla que crecía al pie de los troncos, estúvose 
observando muy atento; después, se había venido 
arrastrando en cuatro manos y aun sobre el vientre, 
paralelamente a la "picada", sin perder el rumbo hasta 
enfrentarse con el "potrero". 

Disueltas algunas nubes y brillando clara la luna 
en mitad del cielo, parecióle así prudente bifurcar su 
marcha de reptil a fin de no ser descubierto. 

A. su llegada, interrogóle Berón en el acto, — agru- 
pándose los cuatro hasta juntar cabeza con cabeza. 
Mercedes púsose a oir también, con sus mano» puestas 
en los hombros del "matrero". 

— Hasta diez conté, ■ — decía bajito Ladislao — . Vie- 
nen de chuza y sólo dos con tercerolas. . , Han cam- 
pado arrimadito al monte y juntan leña. No hay sino 
que piensan dormir aquí . . . 

— -¿Son criollos? 

— ¡De dónde! conversan en portugués... No va a 
faltar mucho que bajen algunos al arroyo por la "pi- 
cada" grande en busca de agua. 

— Entonces los acometemos sobre la costa misma, 
— dijo Luis María. 

■ — Dejá. . . tú no sabés, hermano, — observó juicio- 
samente Cuaró. No hay que correr "guazubirá". 

—-Asina que el sueño los aplome, — repuso La- 
dislao. — los agarramos ciegos, lo mesmo que pájaros 
de laguna. Los hombres llegan aplastados y con ganas 
de quedarse con la barriga abajo. . . ¡Vean cómo me- 
ten algazara! 



[282] 



N ATI VA 



Quedáronse todos silencioso». 

Venían, apagadas por la distancia y la interposición 
del bosque, voces y risas, a la vez que crujidos secos 
de chapodar de ramas o varas, y golpeteos de macetas 
en las estacas de atar caballos. 

También percibíase el rumor de gente a pie. del 
lado de la picada. 

— Quieren "matear" los hombres, y van por agua. 

— ¿No nos verán? 

— -Hay mucho monte por delante, señor, — dijo Es- 
teban — . Sólo que se entrasen otros por la ''picada 1 ' 
de este lado y se topasen con la que viene al "po- 
trero". . . 

— No han de ser lerdos los maturrangos, — inte- 
rrumpióle Ladislao, — y antes de asomarse por esa 
puerta que da a lo escuro se dejan cortar las orejas. , . 

Mercedes se estremeció ante esa ocurrencia, que en- 
volvía el recuerdo del reciente drama sangriento. 

—Podemos aguardar sin recelo a que se duerman, 
— prosiguió el "matrero", — y entonces los sorpren- 
demos lindo, a paso de zorro. . . Porque, miren: el 
arroyo aquí sólo se puede cruzar a nado, y de la otra 
orilla es guadaloso. Allí se nos empantanaban los man- 
carrones conforme quisieran arrancar por derecho, el 
monte es ralito, y aunque fuese tirando por la costa 
cáibamos en los tembladerales hasta el pescuezo y 
nos rociaban de puro gusto los mesmos zorrinos... 

— Cerrá esa boca, — dij o Cuaró sin perder su tono 
impasible. 

Sentíanse pasos en el sendero próximo. 
Volvieron todos a callar. 

Pero, como lo había asegurado Ladislao, aquellos 
pasos cesaron bien pronto a mitad de camino, volvién- 
dose al parecer los que venían. 



[283] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Esa "picada 1 * era muy oscura, y más estrecha que 
la otra. Las ramas se reunían por encima casi a la 
altura de la cabeza, y extendíanse algunas a I03 cos- 
tados erizadas de espinas de manera que azotaban 
como látigos al transeúnte poco baqueano para aven- 
turarse de noche en semejantes callejuelas. 

Extinguido el rumor confuso de voces y el ruido 
de pasos, Ladislao continuó diciendo: 

— No hay que hacer, sino aguaitarlos a que se duer- 
man, y dende que el sueño los agarre de firme, los 
acabamos juntos. . . 

— Mejor sería pelearlos de frente, — observó Luis 
María. 

— Son diez, señor. - — apresuróse a decir el liberto, 
sin que, como antes, nadie le facultara para abrir opi- 
nión — : casi tres para uno. 

—¿Y a tí qué te importa? ¡Mejor es que calles! 
— contestóle el joven severamente. 

—Importa, dijo Ladislao con aire de gravedad. Al 
"matrero 1 ' no le conviene pelear al rayo del sol sino 
a lo cscurito. sin apartarse mucho de los árboles, 
cuando los contrarios son má3 y están bien montados. 
El murciélago enseña que se chupa mejor la sangre 
al dormido que al que no le atormenta la gana. , . y 
por ahí andan algunos, chillando, que no me dejarán 
mentir. 

— Soy del mesmo parecer, — añadió Cuaró. 

Luis María se encogió de hombros, murmurando; 

— ¡No hay que decir más!... Estoy pronto. 

Después de este breve diálogo, designóse de común 
acuerdo a Ladislao para la dirección de la empresa, 
teniéndose en cuenta sus perfectos conocimientos del 



[284] 



N AT I VA 



terreno. Cu aró fue a colocarse en su "bichad ero" de 
la encrucijada, y E&teban trepóse en lo alto de un 
"'mataojo" para observar los movimientos del campo. 

A solas Luis María con Ladislau, llegó a ron ven- 
cerse de que. si bien el instinto de propia conserva- 
ción aconsejaba no provocar una lucha desigual, en 
cambio nadie podría darles seguridades de que el pe- 
ligro inminente desaparecería en breves horas, con 
el alejamiento de los que estaban acampados en la 
orilla del monte. Era preciso combatir, v desde luego 
despejar el campo. 

Agí fue que, cuando Esteban descendió del «árbol, 
diciendo que todo estaba en silencio, y momentos des- 
pués vino Cuaró a confirmar este dato, decidióse aco- 
meter, tomándose las precauciones del caso. 

Los cuatro debían marchar en fila hasta la orilla 
del monte en medio de árboles y breña?, cuidando de 
no producir ruido y de no alejarse mucho unos de 
otros. Mercedes quedaría en el "potrero" con los ra- 
ballos del cabestro. Una vez sobre los enemigos se 
haría uso de las armas de fuego, y luego de las blan- 
cas si fuere preciso. Al efecto. Ladislao había puesto 
una buena carga a su trabuco de cañón de bronce y 
el liberto a su tercerola. Las pistolas de Luis María v 
de Cuaró estaban listas. Este último y el ''matrero" 
llevaban las dagas cruzadas por delante, en los cintos: 
Berón y Esteban, los sables desnudos en la mano iz- 
quierda. 

Pasada media noche. los cuatro se entraron sigilo- 
sos en la espesura, guardando una distancia de cinco 
o seis varas uno de otro. Mercedes se quedó en el cam- 
pamento. 

Favorecía el avance la naturaleza del terreno. 



[ 285 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El ruido mismo ocasionado por los rozamientos con 
las ramas, podía bien confundirse con el que produ- 
cen los animales montaraces a toda hora, y aun las 
aves somnolientas al aletear entre el follaje. 

Por otra parte, los "chajaes' 1 seguían gritando en 
las lagunas, y los patos y gallaretas graznaban en el 
arroyo en gran pendencia y alboroto. Los "matreros" 
adelantaron pues, camino, sin dificultad seria, hasta 
ponerse en la orilla del monte, siempre obedeciendo 
a las instrucciones de Ladislao. 

Los hombres del destacamento de caballería repo- 
saban confiados en sus lechos de caronas y "cojini- 
llos", a pocos metros del bosque, sobre un suelo pas- 
toso y blando. 

Varios fogones aún no apagados esparcían apenas 
en rededor una claridad rojiza llena de humo: los 
troncos abrasados y cubiertos en un extremo de ceni- 
zas, despedían por los anchos poros del otro un hilo 
gaseoso, que ascendía lento por la serenidad del aire, 
formando volutas al nivel de los pastos, así como las 
que producen los tacos ardiendo. 

Cerca de sus dueños atados a la estaca, pacían a 
trechos los caballos de marcha con sonoro ruido de 
molares; y algo más lejos, en una explanada húmeda 
y verde, veíanse otros muchos sueltos de los que ve- 
nían arreando para relevos. 

Ningún hombre se veía en pie; todos parecían en- 
tregados al sueño, a juzgar por los ronquidos que se 
oían a lo largo del pequeño campamento. Algunos, sin 
duda soñadores y sonámbulos, solían hablar en voz 
alta cosas incoherentes, revolviéndose debajo de los 
ponchos, para quedarse nuevamente en una inmovili- 
dad completa. 

La luz de la luna inundaba el valle. 



[286 ] 



NATI VA 



Los soldados se encontraban en la sombra que pro- 
yectaba el monte, percibiéndose bien con todo sus 
bultos negros tendidos en fila, con las cabeceras ha- 
cia la espesura. Junto a éstas estaban clavadas varias 
lanzas de moharras en forma de hoja de naranjo, con 
banderolas triangulares, quietas y en ondas sobre los 
astiles. El aura era tan mansa, que no agitaba uno 
solo de sus pliegues. 

Las respiraciones roncas y el triscar de las hier- 
bas, en original concierto, eran los únicos ruidos que 
resonaban en el trecho de sombra, alternados a veces 
por algún resoplido o estornudo difícil de clasificar 
dada la proximidad y compañía de hombres y bestias. 

Los huéspedes del monte, pudieron desde luego lle- 
gar sin ser sentidos al lugar designado por Ladislao 
para realizar la sorpresa, en despliegue de guerrilla, 
guardando las distancias convenientes y con las armas 
preparadas. 

Aun cuando cuatro o cinco animales vacunos aris- 
cos, encontrados al paso entre los árboles cercanos a 
la orilla, se mostraron inquietos sacudiendo las astas 
y dando brincos en la maleza, el rumor no trascendió 
al llano. Todo se resumía en los ecos misteriosos del 
bosque y no podían estos ecos inspirar recelos a los 
que lo habían escogido para acampar. En esa con- 
fianza, Cuaró, no tuvo inconveniente en el tránsito 
de dar con la culata de su pistola un golpe en el lomo 
a un "tamanduá" que se le interpuso, al arrastrarse 
por los pastos, y Esteban un sablazo de plano a un 
carpincho que le gruñó en las narices al arrastrarse 
hacia el arroyo. 

Una vez en el linde del monte, nuestros hombres 
que ee habían quitado desde el primer momento las 

[287 ] 

22 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



espuelas, se adelantaron paso a paso en el mayor si- 
lencio hasta ponerse encima de otros tantos enemigos. 

¡i\ T o había ya que titubear! 

El trance era duro y decisivo. 

Sonaron varías descargas... 

Después, algunas voces semejantes a alaridos. 

Aquellos bultos se sacudieron e incorporaron como 
movidos por un solo resorte, arrojando lejos su? pon- 
chos y corriendo hacia sus caballos alborotado?. 

Pero, no fueron todos. 

Tres habían quedado inmóviles bajo el plomo de 
los asaltantes; y otros echaron mano a sus armas, a 
pesar de estar dominados por el sueño. El instinto 
de la propia conservación, aunque tropezando, casi 
ciegos, los impelía a la defensa contra un peligro 
para ellos invisible cuanto era de inesperado. 

Al ruido de las detonaciones, la "caballada" dis- 
persa en el valle arrancó a escape pisoteando entre 
bufidos de pavor súbito, a un soldado que encargado 
de cuidarla allí cerca dormía; y a este retemblar del 
suelo uniéronse los gritos de Cuaró. que acometía 
daga en mano a los que saltaban en pelos, castigando 
a golpes de puño sus caballos en el cuello hasta ha- 
cer zafar las estacas o reventar los "manea do res' 1 . 

Eti medio del tumulto, sin recostarse a los árboles. 
Luis María que había tenido tiempo de herir o de 
matar por segunda vez, manteníase quieto con su sa- 
ble en alto, no poco asombrado de aquel género de 
tragedia nuevo para él. 

Como todo lo violento, poco duró. 

La mitad del destacamento logró escapar dejando 
sus lanzas en el campo; cinco hombres quedaron ten- 
didos, y bien muertos, pues de que así sucediera se 



[ 288 ] 



NATI VA 



encargó el teniente, que no gustaba ver "penar" a 
sus enemigo?. 

Cubierto todo de sangre, y ya tranquilo después de 
su exaltación terrible, con dos heridas ligeras en el 
tronco a causa de dos botes de lanza blandida a cie- 
gas por uno de los aterrados adversarios, llamó a 
Esteban para que le ayudase a recoger el botín. 

El negro que no había dado muerte a ninguno, a 
pesar de haber descargado su tercerola a quemarropa, 
apresuróse a ayudarlo en el "carcheo'' aun cuando 
nada de valioso había quedado en el lugar de la sor- 
presa, a no ser las monturas viejas, ponchos descolo- 
ridos, armas de poro precio, ropas casi inservibles, 
utensilios de vivac, un poco de yerba-mate, algunas 
libras de '''fariña 1 ' para hacer "pirón", tabaco ne- 
gro y tres jo cuatro "patacas" en los bolsillos de los 
muertos. 

Ladislao conversaba en tanto con Luis María, con 
la mayor suma de tranquilidad. Parecía el "matrero 11 
acostumbrado a esos lances y dábase aire con el cham- 
bergo, con el mismo gesto natural de un hombre que 
acaba de correr en tarde calurosa detrás de una ma- 
nada de redomones. 

Convinieron con Berón en que no era prudente la 
permanencia en aquellos lugares, tanto más cuanto el 
monte no ofrecía seguridades mayores que las de la 
"isleta" en que se hallaban. 

El enemigo podía volver reforzado y hacer la ba- 
tida hasta con perro cimarrones, dolido de la sorpresa 
y de las pérdidas sufridas, pues ni el alférez había 
escapado de la matanza. 

Para refugio, quedaban los montes del río Negro, 
o los del Santa Lucía en las primeras sinuosidades 
del cauce. 



[ 239 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



En esos sitios las madrigueras eran tan seguras 
como las del tigre, no sólo por lo intrincado de la 
arboleda, sino también por los boscajes de juncos, 
"cortaderas'' y ''totoras", "chilcas" y pajonales que 
nutrían esteros y bañados a lo largo de las riberas. 

Entre unos y otros, según Ladislao, los del Santa 
Lucía eran preferibles, porque la zona era más po- 
blada. 

Los del río Negro tenían la vecindad de los toldos 
de la parte del norte, en que se extendía el país de 
Pirú. así llamado por ser el nombre del cacique de 
la hueste: campiñas feraces llenas de ganado vacuno, 
de potros hermosos, de "guazubiraes" y ñandúes sal- 
vajes, en cuya caza ejercitaban siempre los charrúas 
el tiro de bolas. 

Luis María se decidió por los montes del Santa Lu- 
cía, por encontrarse más cerca de Montevideo ; — pero, 
antes quiso oir la opinión de Cuaró. 

Requerido, el teniente se sonrió encogiéndose de 
hombros. 

El sitio, siendo en la campaña, le era indiferente. 
— Mandá, hermano, — dijo. — j Verás que voy le- 
jos! 

Entráronse todos al monte, y sacaron los caballos. 

La luna alumbraba el lugar de la sorpresa y los 
cuerpos tendidos, dominando ya de lo alto las copas 
de los árboles, el valle todo y la orilla exterior del 
monte. 

Oíanse furiosos, como si aún repercutiesen las de- 
tonaciones y el tropel de los caballos fugitivos, la- 
dridos de perros a la distancia, aullidos confusos, y 
gritos de "chajaes" cada vez más frecuentes. 

Los gatos monteses andaban a saltos por las ramas. 
Algunas cabezas siniestras se asomaban y escondían 



[290] 



NATI VA 



de vez en cuando entre las malezas del linde, olfateando 
en la sombra los despojos. Estas cabezas eran las de 
perros "tigreros" alzados contra la autoridad de sus 
amos, y que en la espesura llegaban a adquirir en 
grado máximo la propia ferocidad del "yaguareté". 

Listos ya para partir, y en posesión Mercedes de un 
bayo regularmente enjaezado, la cabalgata rompió la 
marcha costeando el arroyo de a dos en fondo, y for- 
mando Esteban la retaguardia con su tercerola en la 
diestra. 



T291 ] 



XVII 



AZUCENAS SILVESTRES 

Los montes de Santa Lucía, cerca de las cabeceras 
del río, formaban en aquellos tiempos una intrincada 
selva no sólo por la espesa vegetación arbórea que 
cubría totalmente sus bordes, sino también por la de 
los arroyos que iban a desaguar en su cuenca. 

Hacia su ensanche y libre curso los dos festones 
verdee adquirían mayor desenvolvimiento, invadiendo 
los mismos terrenos de costra arable con sinnúmero 
de "i«íetas ,, pintorescas y frondosas. 

En treinta leguas próximamente de corriente, - — 
desde los manantiales que brotan junto a los verru- 
gones de uno de los ramales de la Cuchilla Grande, — 
el río no presentaba bosques más espléndidos, ni más 
frondosos que los que exhibía dominantes en mitad 
de su cauce. Allí estaban su lujo y sus encantos. Si 
bien poco elevados los árboles, como todos los que 
crecen en el país, — en relación a los troncos gigan- 
tescos de los trópicos, — eran tan numerosos en una 
y otra ribera que en realidad debían ser éstos consi- 
derados como florestas indígenas, cuyos ramajes ni si- 
quiera había chapodado el hacha del leñador. 

Grandes praderas de ambos lados, sin asperezas 
sensibles a sus flancos, hacían resaltar en esa zona la 
bella perspectiva de boscajes y espesuras ruyas líneas 
iban a perderse uniformes en el litoral del Plata. 

En ciertos lugares, junto a aquellos bosques casi 
vírgenes donde una que otra vez habían acampado 



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ejércitos y aun las huestes charrúas, sin desflorarlos, 
el bañado o el estero formaban romo manchas en los 
terrenos bajos. Los juncales y las pajas bravas bor- 
daban sus perímetros, y brotaban AÍciosos en sus mis- 
mos centros, subdividiéndolos en cenagosos pantanos 
cubiertos por montes de verdura que engañaban al 
ojo inexperto; pero entre todas las plantas \ arbustos 
acuáticos, las "cortaderas" primaban bajo el sol esti- 
val con sus largos, flexibles y elegantes penachos blan- 
cos de forma cónica, como otros tantos extremos de 
colas de zorros en posición vertical, sustentadas por 
varillas rectas. 

El aire ardiente al deslizarse perezoso doblegaba 
suave las cúspides en ondulaciones tan leves como plá- 
cidos rizos de laguna, sin descubrir un vacío; a tal 
punto la fecunda tierra daba vida e i ner emento aun 
a lo inservible. 

La manzanilla con sus florecillas culor de oro, el 
"macachín" el trébol, la ortiga brava ^ el cardo de 
penacho azul matizaban parte del suelo en los con- 
tornos, en abigarrado conjunto de breñas y pastos 
fuertes. 

Sobre esos colores y aromas silvestres vagaban zum- 
bones mil insectos, saltaba por todos lados la lan- 
gosta y corría la lagartija, el "tiyú" del "tape' 1 . 

Zona poco frecuentada a no ser por el peonaje a 
escape en las recogidas, o en la caza de venados y 
avestruces, era la más a propósito para dar entrada 
secreta al monte. 

La torada había abierto dos o tres boquetes en aque- 
lla parte, los que conducían a pequeños "potreros' 1 
y al río mismo, tras una tortuosa travesía; y de estas 
obras del animal "matrero" se servían muchos de lo? 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



que tenían cuentas pendientes con la justicia o eran 
víctimas de las persecuciones y los odios locales. 

Ladislao conocía bien esos parajes, y a ellos guió a 
sus compañeros. 

En un día de sol rajante, penetraron en el campo 
de Robledo, dirigiéndose sin detenerse al monte. 

Ganado disperso aquí y acullá en busca de frescura; 
algunas reses cobijadas bajo el ramaje de las "som- 
bras de toro" con las "picanas" al sol y moviendo in- 
quietos los borlones de las colas para espantar los tá- 
banos y mosquitos que mortificaban su piel; varios 
ñandúes errantes por el bajo a paso lento y erguido 
el cuello; y uno que otro ciervo, muy en alto la cor- 
namenta, quieto y prevenido en las próximas alturas, 
— - era todo lo que daba animación y relieve al pai- 
saje. 

Los jinetes entráronse por la "picada" del centro. 

Aunque rendidos por la jornada a medias, en día 
tan ardiente, desmontáronse sin desaliento repetidas 
veces para chapodar ramas y abrir caminos con da- 
gas y sables haciendo oficio de ingenieros y zapado- 
res, al mismo tiempo que iban estudiando cada uno a 
su manera la naturaleza del terreno, la calidad del 
bosque y las medidas necesarias para obstruir después 
la vía con arreglo al procedimiento práctico observado 
por los maestros en el arte del escondrijo. 

En su instalación conveniente emplearon varios días; 
consiguiendo al fin, con ayuda de otros huéspedes 
que ocupaban hacía tiempo otros compartimientos de 
aquel inmenso falansterio selvático, levantar sus vi- 
viendas en lugares escogidos, oscuros, casi impenetra- 
bles, y por lo mismo a salvo de toda sorpresa. 



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NATIVA 



Los hombres muy baqueanos del pago, únicamente, 
podían llegar hasta allí sin tropiezo, antes de ser ocu- 
pado el sitio. 

Después, les habría sido imposible. 

Se hubiesen encontrado con vías cambiadas, obs- 
táculos imprevistos; tupidas barreras de todo género 
de plantas agrestes, donde ellos dejaron fácil pasaje; 
troncos acumulados hasta una aUura considerable, que 
ocultaban detrás el peligro; descuajes y desmontes ex- 
traordinarios que, al modificar el aspecto y topogra- 
fía del paraje, borraban toda noción anterior, descon- 
certando por completo el ánimo del más osado cam- 
pero. 

En tales sitios se establecieron Berón y sus amigos, 
los que informados por sus nuevos compañeros acerca 
de las cualidades que distinguían, con sello nativo, al 
propietario del campo, determinaron evitarle todo 
daño; y contribuir por el contrario desde lejos a ha- 
cerle el bien posible. 

Este propósito se puso en práctica muy pronto, con 
motivo de las invasiones de rcses "alzadas" a las pra- 
deras del monte. 

Las vacas y novillos cimarrones dirigíanse como de 
costumbre a los potreros escondidos, donde hacían 
vida común con las yeguas ariscas. 

Allí hallaban hierbas blandas, sombra apacible, enor- 
mes canceles oscuros en la época del celo, y hasta re- 
tiros ignorados para rascarse recíprocamente en las 
paletas y cruceros sin que viniese a atormentarlos el 
silbido agudo y la arremetida a media rienda del 
pastor. 

Pero, en posesión ya de esos lugares, cuya feraci- 
dad sólo debían aprovechar sus caballos, los habitan- 
tes del monte no podían tolerar semejantes irrupcio- 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



nes sin grave peligro de sí mismos; y. como se quie- 
ra que. al arrojar del monte al ganado ''orejano 1 ' 
en beneficio propio, — aun cuando de él echasen 
mano para su alimento — . se lo hacían también al 
señor Robledo, procedieron en las primeras semanas 
a la expulsión de una parte; dejando al cuidado del 
peonaje de la estancia la operación de ''entablarlo" 
tratándose de caballos, o de pastorearlo y aqueren- 
ciarlo si se trataba de vacas y de toros. 

En una de esas faenas fatigosas a la par que en- 
tretenidas, Esteban descubrió a través de lo más en- 
marañado del bosque una extensa vía o túnel a tre- 
chos contorneado, - — obra también de la torada — , 
por el cual se podía avanzar a pie, inclinado el cuer- 
po, o de bruces, a veces, hasta un boquete transversal 
que conducía a la ribera. 

Esta exploración, debida al acaso, diu buenos re- 
sultados. 

Los antiguos, "matreros" conocían en parte esta vía: 
pero de ella no se habían preocupado, ni la habían re- 
corrido desde que tomaron posesión del terreno de la 
costa, en el cual no fueron nunca perturbados. 

Cierto es que estaba interrumpida por nue\as vege- 
taciones, y que para dejarla en algo expedita, el li- 
berto se había visto en el caso de desgajar árboles y 
destruir gran número de enredaderas. Tal vez a estos 
detalles, y a la circunstancia de haber sido abando- 
nada por el ganado. — ojeador pnr instinto inteligente 
de la línea más corla — , aquéllos no la tuvieron nunca 
en cuenta. 

Así que Ladislao y Cuaró examinaron el boquete, 
convinieron en que era útil para correrse a lo largo 
del monte sin necesidad de mostrarse en el campo. 



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Podía suceder que de improviso fueran atacados 
por ahí. y entonces la salida era casi imposible; y 
podía ocurrir que se viesen obligados, sin ser acome- 
tidos por ese lado, a deslizarse rápidos como culebras 
por la ''picada" en busca de mejor terreno. 

De acuerdo pues, procedieron a obstruirla parcial- 
mente pur medios ingeniosos; de modo que para ellos 
fuese siempre una salida de esrape, y para los extra- 
ños, un verdadero laberinto que inutilizara su acción 
por completo. Al efecto, dieron bifurcación al sendero 
ligándolo con olios más estrecbos — obras del "agua- 
rá 1 ' y del ''tamanduá* 1 ; erizáronlo de distancia en dis- 
tancia de postes comunes, medios postes livianos, es- 
tacones reforzados y aun estaquillas puntiagudas — te- 
mibles defensas en talps sitios contra el avance a ca- 
ballo — ; y despejaron sin temor el resto, sobre el 
"abra 1 * misma o hueco del monte a que nos refería- 
mos, y que se distinguía de la "pirada"' por su an- 
chura y la desnudez del suelo. 

Asegurado? así contra riesgos posibles, construidas 
sus cabanas de follaje en un "potrero' 1 espacioso, y 
con todo género de elementos al alcance, agua, leña, 
ganado, aves, peces — alternándose en sus fogones la 
carne de vaca y la de perdiz-martineta, con la del 
"mangrullo", el "surubí" y la "tararira" — . dejaron 
transcurrir varias semanas en la inacción. 

De vez en cuando solamente, Cu aró o algunos de 
los "tapes" fugitivos de Soriano que con ellos se re- 
unierun desde los primeros días, hacían excursiones 
para proveerse en la "pulpería" del otro lado del paso, 
o recoger noticias sobre la marcha de los sucesos. 

De sus informes vagos, resultaba que ninguna fuer- 
za patriota se había visto por las cercanías; y sí des- 
tacamentos portugueses o brasileros, que pasaban de 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



largo, arreando por lo común la flor del ganado en 
su trayecto. 

En uno de esos días, Berón acumpañado de Ladis- 
lao y un "tape" recorrió el monte hasta la parte en 
que éste, haciendo una gran curva, enfrentaba con 
las "casas". 

Cuaró y Esteban ?e habían detenido algo más atrás, 
acechando cerca del linde una familia de ''peludos'' 
cuyos miembros grandes y pequeños entrábanse o se 
salían de su cueva bajo las "'talas" en permanente 
inquietud. 

Luis María entreteníase en cortar una rama de "ña- 
pindá" con mucho cuidado, pues defendíase bien ésta 
con sus bravas ''uñas de gato' 1 — que tal forma re- 
visten sus pinchos — , cuando llamó su atención y la 
de sus compañeros cierto rumor inusitado, en la ori- 
lla próxima del monte figurándose al principio algo 
así como el aleteo de una paloma que arrulla fatigada. 

Grande fue sin embargo, su sorpresa, al observar 
que era una mujer joven — la traviesa de Dorila la 
que. aturdida y casi ahogada por la risa, lo había 
distraído en la tarea, sentándose en un tronco del que 
ella hizo hamaca. 

La llegada inmediata de Natalia, después del pasaje 
de don Anacleto, aumentó la novedad del episodio. 

A la vista de las jóvenes, todos se quedaron en 
suspenso mirando con gran curiosidad por los claros 
del follaje. La emoción experimentada por cada uno 
de ellos fue quizás la misma en el fondo: pero, las 
manifestaciones se distinguieron, según cada clase y 
temperamento. 

Luis María se sorprendió agradablemente. 

A su alrededor dentro del monte, veíanse claveles y 
habas del aire, aromas y bayas de laurel; de aque- 



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NATIVA 



lias que delante estaban no había otros ejemplares 
parecidos que las "azucenas del bosque 1 '. ¡Quizás por- 
que hacía ya muchos meses que no veía tan cerca de 
sí reunidas, juventud y hermosura, bajo f urinas de 
mujer! 

Quedóse mudo y atento... 
No así sus compañeros. 

— -Doman con la vista. — dijo Ladislao, asomando 
su rostro pálido por encima del hombro de Berón. 

- -"Enderezá-poná" 3 — añadió el "tape", sonrién- 
dose. 

Al ruido de ramas \ de voces, fue que Nata y Hora 
huyeron. 

Se recordará que. escapando al aguijón de las abe- 
jas salvajes de la "lechiguana", habíanse reuniólo en 
aquel sitio y sentad ose en el viejo tronco. 

Seguíales en su fuga con la mirada todavía Berón, 
cuando aproximándosele Esteban, que acababa de lle- 
gar, informóle cómo, casualmente, había presenciado 
de cerca el episodio de la "lechiguana'\ o del "camoa- 
tí", según él decía haciendo confusión de vocablos. 

Después de oirlo en todos sus minuciosos detalles: 
de cómo acumularon leña las niñas y dióle fuego una 
de ellas, para escaparse en seguida al sentirse el "bor- 
bollón de las avispas 1 *; de la llegada de don Anacleto 
al sitio v de su corrida también, acosado por las "lan- 
cetas de los bichos". — Luis María dijo al liberto: 

— Si no tienes miedo al aguijón, saca esta noche la 
"leehiguana" y la pones en aquella huerta. Pero, no 
has de dejar dentro del panal ni una sola abeja. 

Dióse maña el negro. 

1 En guaraní: ímdos ojo*. 



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Acompañado de Cuaró. hizo uso del ponrho de 
paño: sistema de atrapar panales que consistía en 
eubrir bien por uno de los lados el globo, dejando 
libre la puerta de salida, de manera que los insectos 
desalojaran el nido y fuesen ocupando el espacio des- 
cubierto en espesa nube. Tapado a su vez el liberto, 
debían sus manos jugar debajo del poncho como so- 
bre un tambor, sacudiendo el esferoide de hojaldres 
hasta producir la fuga de los porta-aguijones: cosa 
que él practicó entre grandes risas, haciendo con los 
dedos lo que sus congéneres africanos en la marím- 
bula, un verdadero candombe. 

Resguardada la cabeza tanto como lo estaba el 
cuerpo todo, tendido el poncho a lo largo, los insec- 
tos al salir embotaban sus lancetas en el paño, y ale- 
jándose algunas varas, manteníanse en el espacio en 
espantoso hervidero o torbellino negro. 

Realizada la operación en esta forma, lo que no 
era fácil para el que careciese de la habilidad nece- 
saria, arrancábase a su asidero el nido, adherido co- 
múnmente a un débil gajo o insignificante ramita, y 
se le hacía rodar por las hierbas hasta despoblarlo 
cu absoluto. 

Tal fue la diligencia de Esteban. 

Concluida, cogió el ''rebozo" de Dora que había 
quedado allí cerca, y que don Anacleto no pudo le- 
vantar; envolvió primero el nido en unas hojas an- 
chas de "camalote" que Cuaró le trajo, y luego en la 
manta, con el mayor cuidado; y a hora de madru- 
gada, aproximóse con el teniente a la huerta de Ro- 
bledo. 

Mientras Cuaró se entendía con los mastines, lla- 
mándolos con su acento suave y frotándose los dedos, 
al punto de amansarlos y transformar sus ladridos de 



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amenaza en simples gruñidos &ordus. el liberto colocó 
el bulto en el cerco, en el lugar donde Dorila lo halló 
poco después. 

Pasados algunos días, ya en sus alojamientos, un 
' tape" que volvía de la orilla opuesta, comunicó a los 
huéspedes del monte que una partida de caballería 
se acercaba al '"tranco " hacia la citada ribera, y que 
parecía gente de Frutos. 

Venía el jinete con el caballo bañado en sudor, v 
por su aspecto algo demudado, inferíase a piimer 
golpe de vista que algunas balas habían silbado en 
sus oídos. 

Convínose entonces cambiar por el instante de si- 
tio, como los tl terus'\ a fin de que la fue iva perdiese 
el rumbo, y en. caso de refriega. -,e efectuase ésta le- 
jos del campamento. 

Listas las armas de fuego, marcharon todos a pie 
hasta el grupo de sauces que señalaba el linde o línea 
divisoria entre el río y una frondosa l 'isleta'\ preci- 
samente aquella que Ñata > Dora escogían siempre 
para sus paseos por la tarde, pocas cuadras distante 
de las "casas". 

El lugar era excelente, una abra o claro espacioso 
entie dos espesuras que permitía descubrir los meno- 
res movimientos en la orilla vecina, tanto más cuanto 
en el centro casi del cauce un islote cuajado de ma- 
lezas y arbustos favorecía el espionaje. 

Entre ese islote y la escarpa del río, las aguas for- 
maban un gran remanso sobre el que los sauces ten- 
dían sus largos gajos provistos de verdes e innu- 
merables guedejas. 

Por ese claro cruzaron Luís María y Cuaró, que 
dándose los otros en la espesura opuesta. 



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Ya emboscados, las voces y risa? de Dorila y Na- 
talia, que llegaban a los sauces y se sentaban tran- 
quilas en los troncos, junto al remanso, no dejó de 
contrariarlos. 

Pudo Berón observarlas bien sin ser visto, oculto 
como lo estaba entre "mataojos" y "blanquillos" pa- 
reciéndole que las dos hijas de don Luciano Robledo, 
en todo su brillo juvenil, eran frutas demasiado ten- 
tadoras para no merecer algunos minutos de contem- 
plación. 

Felizmente — pensaba él — su padre es querido, y 
estos "matreros" no pertenecen al número de los peo- 
res. . . 

Pronto el destacamento de caballería, cuya proximi- 
dad denunciara el "tape", se puso a la vista, avan- 
zando al paso y en grupo, y deteniéndose en los jun- 
cales que bordaban la costa del frente. 

Todos esos hombres venían con la vista atenta, exa- 
minando los claros del "abra'', los senderos del ga- 
nado, los árboles altos, las hierbas en busca de hue- 
llas, el suelo blando, el islote: y, al fin, acabaron por 
fijarse en las jóvenes. 

Luis María y sus compañeros permanecieron en si- 
lencio, tal vez evitando un conflicto que no habían 
previsto. 

Así que ellas se alejaron veloces, hasta entrar al 
campo libre, muy próximo en esa parte, resolviéronse 
a espantar "los pájaros de paso", según la frase de 
Ladislao; e hiciéronles dos o tres disparos de terce- 
rola, que dieron con uno de los jinetes en tierra. 

Se apresuraron a levantarlo los demás con gran vo- 
cerío, contestando algunos con otras tantas descargas 
a los invisibles enemigos; y, persuadidos sin duda, de 
que era más fácil "bolear" un ñandú o un "guazu- 



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birá'* que dar caza a un "matrero 1 *, emprendieron en 
tumulto la retirada atrepellándose en el "abra" con 
no poco azoramiento. 

Era este suceso el que había provocado la confu- 
sión en las "casas", a la llegada de las dos hermanas, 
y las medidas precaución ales del bueno de Robledo. 

Conoce ya los demás el lector: el incidente de Luis 
María pocos días después al lanzar el ganado "ore- 
jano - " al campo en aquellos mismos sitios; la presen- 
tación de Esteban una noche en las "casas" en hora 
en que don Anacleto narraba sus cuentos campesinos, 
y la traslación del herido a la tapera del bajo, trans- 
formada en local habitable por la industria del liberto. 

Instruido pues, a este respecto, sobre el origen de 
Berón y las causas que motivaban su presencia en el 
pago, pasamos a reanudar aquí el relato interrumpido, 
desde la tarde aquella en que Luis María se aproximó 
por vez primera a la estancia de los "Tres Ombúes". 



23 



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XVI II 



EL NIDO ÜE TORCAZ 

En la noche que siguió a ese día, Berón no dur- 
mió muy tranquilo, sin que ese desasosiego fuese oca- 
sionado por los efectos de una herida ya cicatrizada, 
ni por la zozobra e incertidumbre en que mantenían 
su espíritu patriótico los sucesos del país, cuyo ver- 
dadero sesgo ignoraba, a pesar de todas sus investi- 
gaciones y de los datos desfavorables que le había 
trasmitido don Luciano en sus visitas; ni por el re- 
cuerdo de sus padres por más que le mortificara con 
frecuencia, y a quienes había ya escrito por conducto 
de un capataz de £ *tropa", dándoles nuevas de su "ex- 
celente salud 1 ' y de las esperanzas que abrigaba de 
volverlos a ver pronto. 

Lo que lo tuvo inquieto, fue tal \ez la impresión 
agradable recibida en su visita a las "casas", tan di- 
ferente a las que durante meses venía experimentando 
en su existencia errabunda, sometida a rudas pruebas 
y vicisitudes. 

Cierto es que él no se quejaba de estos sacrificios; 
que sentía cierto goce en haber conocido de cerca, 
casi en la intimidad la crudeza de la masa y cose- 
chado algo de lo mucho que la vida enseña; y que 
aguardaba varonil mayores exigencias y amarguras, 
con la fe inquebrantable del que ama su tierra y pro- 
fesa principios invencibles. 

Pero, este nuevo fenómeno psicológico que desviaba 
un tanto, apenas de producido, las preocupaciones 



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NATI VA 



constantes de su alma entusiasta y ardorosa, abriendo 
por decirlo así otro cauce a sus emociones juveniles, 
había sacudido todo su temperamento, rompiendo con 
la monotonía casi salvaje del médium, y ligádose 
en cierto modo con aquel amor entrañable al suelo. 

Explicábaselo como una recrudescencia violenta ha- 
cia los hábitos sociales, en medio de la naturaleza 
agreste y de la reversión de lo¿ instintos; y. prome- 
tióse seguir sus impulsos, en compensación de tantas 
acritudes de ánimo y soledades de corazón. 

Así fue que, al día siguiente por la tarde, con un 
pretexto cualquiera, presentóse en la estancia vestido 
con sus mejores prendas. 

En el acto observó que su presencia no disgustaba, 
y que se le brindaban halagos que debían al fin em- 
peñar aún más su gratitud. 

Nata y Dora mostráronse muy atentas con él. son- 
riéndose al ofrecerle el "mate 1 ' o flores de sus embro- 
llados criaderos de claveles, albahaca y cedrón. 

Por otra parte, la compostura de cada una, sin 
diferir mucho en el gusto, denunciaba un cuidado es- 
pecial de la persona y ciertos rasgos visibles por de- 
más de coquetería de ciudad aun en la sencillez del 
adorno. 

Luis María no pudo menos de tomar nota de este 
detalle. 

Sin creerse él gallardo mozo, aunque en realidad lo 
era, lamentábase en esos momentos que el sol y el 
aire de las "cuchillas" le hubiesen quemado de sobra 
la piel, especialmente en la nariz; y que la "vinchu- 
ca", el abejorro y el "gegén", más que el uso con- 
tinuo de los útiles del campero, le hubieran desflo- 
rado no poco la de las manos blancas y pequeñas con 
sus trompas. 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Quebrada estaba por el aliento de los campos la 
tersura de su rostro, que habría envidiado una mu- 
jer; pero, de ello no se tomaba tanta pena como por 
lo viejo ya de sus prendas de vestir, siquiera fuesen 
las de más lujo de sus maletas. 

Algunos zurcidos tenían, y botones de distintas cla- 
ses pegados de tal manera por el liberto, que antes 
que ellos caería a pedazos el género. Junto a unos 
grandes de acero, otros más pequeños, rota la tela, 
dejaban ver la hormilla que sobresalía en extremo del 
canto, a fuerza de afianzar la cadenilla de los "avíos" 
que guardaba en el bolsillo del pecho. 

Dora ponía el ojo escudriñador y vivaz hasta en 
estas minuciosidades, de las que se permitía hacer 
luego comentarios; pero, con cierta condolencia mez- 
clada a un sincero interés. 

Don Luciano, que había cobrado grande afecto al 
joven, llegó a suplicarle reiterase sus visitas con la 
mayor frecuencia posible y viniese a compartir con 
ellos el puchero y el asado; pues de ese modo plati- 
carían diariamente sobre las cosas de la tierra, y lo 
podría él informar de algunas novedades de que lle- 
gasen a ser portadores los "troperos" y chasques de 
su relación que solían llegar de paso a las "casas", 
procedentes de Montevideo. 

Mostróse Luis María muy reconocido a éstas y otras 
deferencias, e hizo promesa de satisfacer aquellos de- 
seos, aun cuando su estadía no fuera larga en el 
pago; pues, asistíale la convicción de que muy pron- 
to volvería a encenderse la guerra en el país, en cuyo 
caso todos los buenos patriotas estarían obligados a 
estrechar filas. 

Oyéndole expresarse así con una ingenuidad impe- 
tuosa, el señor Robledo que era paisano viejo y de 



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NATIVA 



"callo duro" como él decía, no podía menos de ex- 
clamar: 

"¡Vean no más lo que es la fuerza de la sangre, 
por Dios bendito! ¡Eche hasta que se derrame gua- 
po mozo, que de esa laya ya no van a crecer en esta 
tierra más que "quebrachos" colorados!'' 

Después añadía: "¡Si las cosas pintan bien, ya han 
de asombrarse cuando miren ponerse de punta hasta 
los huesos viejos!" 

Este arranque de don Luciano era sincero; porque 
en realidad, desde la partida del general Alvaro da 
Costa para Portugal con sus Voluntarios Reales, la 
situación del país se había agravado en exceso, y hasta 
los espíritus más tolerantes se sentían dominados por 
una sorda irritación. 

La del buen hacendado, con ser personalísima, era 
la nota dominante en la campaña, como se verá des- 
pués. 

De ahí que, en el fondo, él se identificase por com- 
pleto con las ideas exaltadas del joven patriota, tan 
dueño sin embargo de sí mismo, como penetrado de 
los grandes destinos de la generación de su tiempo. 

Estas visitas y conversaciones con padre e hijas, 
periódicas al principio, llegaron a hacerse muy fre- 
cuentes. 

Aunque reinstalado en su antiguo alojamiento, Luis 
María venía todas las tardes a la estancia. 

Como había adquirido cierto dominio sobre los 
hombres del monte, e inculcándoles línea de conducta, 
éstos concurrían a su vez a las "casas" y ayudaban 
siempre a la faena a toda hora, complacidos de co- 
rresponder así a una hospitalidad generosa. 

El mismo don Luciano, a pesar de las graves res- 
ponsabilidades que con ello contraía, demostraba un 



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EDUARDO A CE VED O DIAZ 



interés vivo y creciente en atraerlos y contentarlos, 
disculpándoles sus faltas o demasías. 

"Estos cimarrones precisan que los acaricien, ■ — de- 
cía él — ; al revés de las bestias que son hijas del 
rigor. ¡Sobran la carne, el agua y la leña, y todos 
somos hijos de Dios, canejo! ¿Por qué negarles lo 
que se comen y beben los perros bravos y los tigres, 
sin permiso? Somos una misma familia." 1 

Berón por su parte, y sin sentirlo, iba encariñán- 
dose de las "casas" a medida que pasaban los días, 
al calor de amistosos afectos que en mucho disipaban 
sus repentinos desalientos y tristezas. 

Estas horas de sociedad singular, hiciéronse impe- 
riosas para él. 

Paseos familiares; frases más o menos ardientes; 
episodios pueriles pero que revestían rierto encanto; 
reminiscencias lejanas de haberse visto en Montevideo 
más de una vez; confidencias naturales de sobreme- 
sa; comentarios a los incidentes ocurridos en el mon- 
te antes de entrar en relación, la "lechiguana", los 
tiros, la presentación de Esteban una noche: todos 
estos hechos, memorias y nimiedades que servían de 
tema a los jóvenes, crearon cierto vínculo de estima- 
ción que poco a poco fue consolidando el trato con- 
tinuo y revistiendo de formas poéticas la naturaleza 
de la escena. 

Unas veces en compañía de Guadalupe, perseguían 
juntos los pichones de patos entre los cardos de la 
orilla del bañado, cortaban penachos azules para 
"cuajada", acosaban con jarros de agua a los pica- 
flores, despojaban a los pitacos de sus ramilletes ama- 
rillos; y otras, reuníanse a la sombra de los ''ombúes" 
a tomar "mate ,, } e íbanse luego a pie ha&ta la orilla 
del monte en busca de flores de ceibo y de espinillo. 

[308] 



NATIVA 



Estas proximidades afianzaron el afecto y la con- 
fianza. 

Si se hubiesen suprimido de golpe, habrían ocasio- 
nado extrañeza y hasta dolor. 

Una tarde, ya casi al ponerse el sol. Nata y Dora 
se aprestaban a montar a caballo para una excur- 
sión a la "isleta". como ellos denominaban con arre- 
glo al lenguaje de pago una determinada zona de te- 
rreno cubierto de árboles, algo apartada del río. 

Poco hacía que había llegado Berón, y apeándose 
allí próximo a la espera de don Luciano, que debía 
regresar pronto de uno de los "puestos", y con quien 
a esa hura se reunía siempre. 

Las hermanas se decían, conversando bajo. 

— Tarde ha llegado hoy . . . 

— ¿Has visto? y parece triste. 

Dorila, subiéndose en un banco de madera que 
estaba junto a la pared, montóse ágil en su manso 
rosillo. 

Antes de hacer Nata lu mismo, tiró un poco de la 
rienda al suyo, mirando hacia Berón de soslayo. 

Su hermana siguió rápida aquella mirada con otra 
en que iba envuelta la sorpresa, e hizo andar algunos 
pasos su caballo, estimulándolo con su voz ronquilla. 

Luis María se acercó, estúvose vacilante un mo- 
mento, y luego avanzando dos pasos rápido, cogió el 
pie derecho de Nata, y la alzó de un envión, ofre- 
ciéndole en seguida el estribo. 

Púsose ella muy encendida, estrujando con la mano 
el vestido y abandonando su lindo pie al joven que 
lo colocó en su apo\o. 

Dijo, después, con la voz algo alterada: 



[309] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Yo creo que vamos a volver de noche, Dora... 
La isleta del talar está lejos. 

¡Gracias! — añadió, sin oir la respuesta de la her- 
mana y mirando con dulzura a Luis María que aca- 
baba de apartarse algunos pasos. 

Tembláronle a Dora las mejillas, atenta a la escena. 

— No creas, Natalia; es cosa de un galope, — dijo 
con cierta acritud. Me gusta la isleta por la cantidad 
que hay de nidos de cotorra, y de torcaz también con 
pichones emplumados. ¡Ya verás cuántos vamos a 
traer! 

—Bueno, repuso Nata cavilosa. 

En ese instante se Ies incorporaba don Anacleto, 
quien echó a andar adelante como guía. 

Mantúvose Berón en el sitio un largo rato, mirán- 
dolas alejarse, hasta que la cabalgata se ocultó detrás 
de la loma. 

Habíase puesto pensativo, y sentía en su mano el 
calor del pie de Nata como si aún lo oprimiese en el 
estribo. 

Luego, cual si hubiese adoptado una resolución, en- 
caminóse con lentitud al cerco de la huerta en donde 
había dejado su alazán. 

Una vez allí, lo acarició en el cuello, aderezólo bien 
ajustándole la cincha, echóle el brazo por encima del 
crucero y quedóse inmóvil con el rostro apoyado en 
la montura. 

¡Ni una ni otra se habían atrevido esta vez, a in- 
vitarlo! 

En esa posición se estuvo un buen espacio de tiempo. 

Cuando ya el sol se hundía rojo y enorme cruzan- 
do con sus últimos rayos débiles las copas de los ár- 
boles más altos, montó a caballo y se dirigió paso a 
paso hacia la loma, echado sobre el estribo izquierdo 



[310] 



NATIVA 



y modulando en voz muy baja una canción melancó- 
lica. 

No sabía bien dónde iba, pero lo arrastraba un 
deseo vago al principio, luego insistente y ardoroso 
de acercarse como custodia de las hermanas. 

Una emoción extraña le había puesto nervioso. 

En la loma se detuvo; parecía hesitar. 

Desde allí descubrían sus ojos la "isleta' 1 en el ho- 
rizonte, en una curva del monte, mu} verde y tupida, 
bajo una atmósfera serena: solitaria, selvática, con 
sus frondas sombrías y pabellones silenciosos. 

Como aflojase las riendas indolente, el alazán brio- 
so tomó el trote largo y después el galope hacia aquel 
rumbo. 

Dejóse llevar. . . 

Nata y Dora, entretanto, se habían desmontado en 
un pequeño ''potrero", reuniendo don Anacleto en un 
solo grupo los caballos debajo de un árbol. 

Por complacer a Dora, el capataz se había trepado 
a otro y cortaba a golpes de "facón" una rama grue- 
sa a que estaba adherido un gran nido de cotorras 
de cinco o seis entradas, por los que asomaban co- 
léricas las aves sus cabezas con amenazador ruido de 
picos, mientras otras entrando y saliendo de su gua- 
rida erizada de espinas en loco desorden, agitaban el 
aire con agudos gritos y vertiginosos revoloteos. 

Dorila con un gajo en la mano, había tomado po- 
sesión de una horcadura, y allí sentada, aguardaba 
con creciente ansiedad a que se deslizara hasta ella la 
rama del nidal. 

Natalia por su lado, discurriendo sola muy retirada 
de allí, daba vueltas a un Ironco de robusto sauce en 
cuyo promedio había descubierto un nido de palomas. 



[311] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Lejos de alcanzar con la mano, necesitaba ella por 
el contrario escalar el tronco hasta su bifurcación, y 
esta dificultad la tenía perpleja. 

De pronto cobró bríos, y pugnó a subir con ese 
empeño singular que provoca todo obstáculo. 

Por dos o tres veces resbalóse suavemente, sin lo- 
grar poner la rodilla en la horcadura, lo que la hizo 
exclamar con pena: 

— ¡Imposible! . . . 

Tentó por última vez, ayudándose con todas sus 
fuerzas. 

Fue más feliz, y ganada la primera etapa, poco a 
poco avanzó en su ascensión, hasta encontrarse a al- 
gunos pies del suelo con gran asombro de ella misma, 
que llegó a temer de veras por el descenso. 

El nido, con dos pichones que al instante abrieron 
sus picos chillando y sacudiendo las alas sembradas 
de canutos amarillos, hasta mostrar el fondo del esó- 
fago, estaba a una línea de su rostro. 

Después de tanto anhelo por cogerlos, no se atre- 
vió a extender el brazo y apartó el semblante con un 
movimiento de lástima mezclado de disgusto. 

Miró dos veces al suelo, y se cogió temblando de 
las ramas próximas, sobrecogida al parecer por una 
impresión súbita de espanto. 

Se había puesto pálida. No veía asidero ni apoyo 
para la bajada, sin el peligro de una caída recia en 
las hierbas. 

Una paloma de monte, sin duda la madre, sacudió 
un momento sus alas entre las hojas, cerca del nido; 
pero la presencia de la joven la impuso, y dando un 
arrullo o queja lastimera fue a posarse en el árbol 
más cercano. 



[3121 



NATIVA 



La soledad y el silencio de aquel sitio aumentaron 
la zozobra que se había apoderado de Nata, quien 
llegó a hacer dúo a la paloma con un lamento aho- 
gado, al mismo tiempo que a cada intento retiraba 
sus pies del vacío. 

Largos minutos iban transcurridos en esa posición 
difícil para ella, cuando el piafar de un caballo con 
coscojas le anunció la aproximación de un jinete. 

Este jinete, que no era otro que Berón. no tardó 
en aparecer en el abra en donde se detuvo, echando 
pie a tierra. 

Nata perdió el miedo; pero se quedó quieta y muda. 

Luis María la \io desde el primer momento. 

Callado a su vez se fue acercando al tronco, ya sin 
fijar sus ojos en ella, frío y respetuoso, parándose al 
fin a la sombra del sauce en actitud de quien espera 
órdenes. 

Puesto de lado con los brazos sobre el pecho y el 
aire humilde, la joven se sintió tentada de hablarle. 

Haciendo un esfuerzo, dijo trémula: 

- — Vea usted, no sé cómo he subido. . . pues no ha- 
llo cómo bajar. Es éste un tronco tan liso que parece 
una tabla . . . 

Luis María se volvió con viveza, contestando: 

— Yo ayudaré a usted, Natalia. — Es fácil: pone 
usted el pie en mi espalda, yo me inclino luego des- 
pacio y pronto está en tierra. 

Al decir esto, el mancebo, a quien de pronto se le 
había iluminado el semblante, presentaba sus hom- 
bros a la joven encogiéndose de espaldas para recibir 
su peso. 

Nata alargó un pie, \ al ir a sentarlo hizo un gesto 
de angustia y lo recogió, murmurando afligida: 
— /Vsí no quiero . . . 



[313] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Dio entonces el frente Luis María y tratando de 
esconder su rostro poniéndolo de lado contra el tron- 
co, tendió sus dos manos hacia arriba juntas y tem- 
blantes. 

Pensaría él quizás que no se acogerían a ellas; 
pero pronto sintió un pie tímido, luego otro, en se- 
guida el roce de un vestido en su cabeza y cuello, y 
fuese inclinando hasta depositar su carga en el suelo, 
puesto él de rodillas, sudoroso, casi febril, creyendo 
con sinceridad que no pesaba más que un penacho 
de gramilla aquella linda mujer. 

Ya en lo firme, suspiró Nata, y de pálida que es- 
taba un minuto antes, tenía ahora el rostro radiante 
lleno de rosas, los ojos húmedos y los labios como 
una granada abierta. 

Luis María se estremeció oprimiéndola dulcemente; 
pero, como fuese en incremento el deliquio, ella lo 
miró severa, y moviendo la cabecita rubia, dijo: 

— ¡Otra vez no! . . . 

El joven la dejó libre, púsose de pie lentamente y 
se alejó algunos pasos. 

Nata hizo lo mismo, hacia el sitio en que se en- 
contraba Dora, sin agitación ni apresuramiento; y 
al llegar a un recodo del monte, tras del cual debía 
desaparecer, volvió la cabeza y miró a Luis María 
con los ojos muy abiertos y una expresión extraña e 
indefinible. 

En seguida se alejó. 

Berón montó en su alazán. 

Sentíase un poco aturdido al acordarse de una me- 
dia azul que cubría una pierna encantadora, y que él 
había visto, cuando las ropas se esponjaron indiscre- 



[314] 



NATI VA 



tas en el gallardo cuerpo de la joven al descender del 
árbol. 

No se daba entera cuenta de lo que le pasaba lle- 
gando a imaginarse que todo lo ocurrido, no había 
sido más que un atrevimiento de su parte de que ten- 
dría que arrepentirse; pues ella lo había mirado con 
ceño de enojo, quizás por primera vez. reprochándole 
su arrebato de mozo irreflexivo y ligero. Y esa dureza 
de semblante era natural. ¿Tenía él acaso derecho 
alguno para permitirse semejantes lihertades? ¡Qué 
pensaría el bueno de don Luciano, su amigo, si su- 
piese esas cosas! 

Verdad que él no había podido reprimirse; pues 
aunque las dos hermanas reunían encantos, más que 
simples atractivos. Nata parecíale más seductora, de 
un poder de sentimiento superior al de Dorila, que 
incitaba a cometer torpezas como aquella en que ha- 
bía incurrido . . . 

Así preocupado, se fue lejos, sin rumbo, hasta que 
cayó la noche. 

Quizás sin quererlo miró por dos o tres veces a la 
altura, echando todo el peso de su cuerpo sobre el 
estribo derecho y deteniendo al alazán que olfateaba 
la querencia. 

Era una noche sin luna pero de un esplendor ma- 
ravilloso; una de esas noches cuya majestad se im- 
pone en los campos desiertos por las miríadas de 
luces que titilan en cantidad inmensa como menudo 
polvo de zafiros y rubíes, y en que la vía láctea blan- 
ca y resplandeciente como nunca desenvuelve de con- 
fín a confín su cendal vaporoso para hacer más vi- 
vos e intensos esos reflejos. Ninguna nube empañaba 
la atmósfera de admirable diafanidad. Sobre las co- 
pas de los árboles en todo el largo de la ribera, que 



[315] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



no presentaba más que una línea difusa, aquellos res- 
plandores se diluían en blanquecina fosforescencia, a 
su vez matizada de millares de luciérnagas y de "tu- 
cos", fantástica semblanza en pequeño de la gasa mis- 
teriosa de las alturas. 

Alguno grandes bultos negros se movían en la som- 
bra proyectada por el monte, que eran grupos de ga- 
nado; oyéndose el chacarrear de los rumiantes, inmó- 
viles en la ladera, y uno que otro relincho ahogado 
más lejos que denunciaba los encelamientos del po- 
tro, mordiendo tal vez con las orejas en repliegue y 
la cola recogida, a las potrancas indóciles que se 
apartaban del núcleo. 

Venían a intervalos de los esteros roncas notas de 
palmípedos, que se agitaban sin volar arrastrando por 
el suelo las puntas de las alas; voces que eran con- 
testadas por el cauno. — imaginaria de los panta- 
nos — ■, imponiendo orden de sosiego a los empluma- 
dos de menor cuantía. 

Muy atento parecía Berón a todas estas cosas, aun- 
que en realidad no eran ellas las que absorbían su 
espíritu, cuando un tropel de caballos a la distancia 
le hizo suponer y con razón, que don Anacleto volvía 
con las jóvenes a la estancia; hecho que confirmó 
bien pronto al percibir el eco de una risa fuerte de 
Dora, ruidosa y clara en la calma de la noche. 

Bien podía él irlos acompañando. ¡Sin embargo, 
no sucedía así! Se sentía con rubor a la idea de ha- 
ber descubierto sus deseos por arranques tan bruscos 
e impropios, y en sitio semejante, tratándose de una 
joven educada y honesta que sólo le había dado prue- 
bas de dulce y cariñosa amistad, y cuyo padre mere- 
cía hasta el respeto de los gauchos malos por sus no- 
bles prendas de hombre afable y hospitalario. ¿En 



[316] 



NATI VA 



qué pensó él cuando eso hizo? Sin duda fue un vér- 
tigo, un arrebato ciego, efecto del tibio roce con aquel 
clavel de carne fresco y lozano en toda su fuerza de 
juventud; porque él era bien nacido, con derecho a 
calzar espuelas y a considerarse por su origen y su 
rango por encima de los que hacían vida de instin- 
tos y de apetitos sin otras influencias sobre ellos que 
las del clima y del desierto. De ahí que estimase en 
su verdadero valor el acto de que se ruborizaba, y 
que en sus efectos, venía a descubrirle a él mismo 
que aquella mujer no le era indiferente, que había 
estado escondido para ella en el fondo de su corazón 
un sentimiento entrañable de simpatía, y que a eso 
más que a otra causa, debía su pena las proporciones 
tal vez exageradas que le daba su conciencia. 

Con lodo, bajo estos escrúpulos e impresiones vol- 
vió por dos o tres veces las riendas para incorporarse 
a la cabalgata; pero otra tantas desistió, agraviado 
consigo mismo, y por último encaminóse a su alo- 
jamiento. 

No estaba lejos el boquete que bien conocía, y por 
él se entró echado sobre el cuello del alazán paso ante 
paso, a su selva oscura. 



[317 i 



XIX 



UNA CARGA EN DISPERSION 

Dos días después de este episodio y al rayar del 
tercero, sentados se encontraban junio a un fogón 
Cuaró, Esteban y uno de los dos "tapes" que vivían 
como agregados al vivac; y alrededor de otro, algo 
más lejos, Ladislao, Mercedes y la mujer del guara- 
ní, que estaba ausente a esa hora. 

Luis María no se había levantado aún. 

Bajo el follaje y los trinos y gorjeos de mil paja- 
rillos que saludaban la luz, desde el canto de la ca- 
landria, del sabia, del cardenal, del tordo, del jilgue- 
ro, del dorado, los arrullos de la paloma, los silbos 
de la perdiz de monte, los gritos estridentes de los 
horneros y gargantillas, hasta los ronquillos baturri- 
llos filarmónicos de la ratonera, la urraca, la tijereta 
y el churrinche, al punto de no quedar un solo miem- 
bro de la fauna ornitológica sin tomar parte en la em- 
brollada y encantadora sinfonía, — bajo esa atmós- 
fera, decimos cargada de oxígeno y de músicas atur- 
didoras, nuestros hombres poniendo oídos sordos a ta- 
les conciertos la habían emprendido con el "mate" 
que circulaba sin cesar sin perjuicio de atender en- 
tre sorbo y sorbo a dos regulares churrascos de carne 
de novillo que se aderezaban al rescoldo. 

La estimulante infusión preparábales el estómago 
y llevábales contento al espíritu. 

Todo ello no les impedía el fumar sus gruesos ci- 
garrillos de tabaco negro picado por ellos mismos so* 



[318] 



NATI VA 



bre la suela de la carona, un trozo cualquiera de ma- 
dera o en la palma de la mano, con sus grandes cu- 
chillos siempre afilados y de temple, cuyo uso era 
tan complejo, que de él se servían para esa y diez o 
doce operaciones distintas. 

Con él daban muerte a la res. la desollaban, divi- 
dían, cuarteaban; cortaban las pieles para "lazos", 
"maneas", "maneadores" y simples guascas; fabrica- 
ban pacientemente los "tientos"; labraban o borda- 
ban las caronas; trozaban gajos duros para estacas 
y macetas; defendíanse en las luchas con las fieras o 
pendencias con los? hombres: degollaban con destreza 
increíble; comían pasando su filo al trozo de carne 
encíma de los mismos labios, sin herirse: cercenaban 
arbustos y yerbas, pajas bravas y cabezas de enemi- 
gos como penachos de cortaderas; y limpia siempre 
su hoja en la piedra, lustrosa, al pelo, aunque fuese 
simple cuchilla mangorrera o daga de tres canales o 
* 'facón" de dos filos, servíales también, hasta de mon- 
dadientes. 

Arma indispensable del paisano, del pastor, del ca- 
rrero, del matarife, era en manos del "matrero" un 
instrumento de utilidad universal. 

Una plática amena y fraternal se entabló así que 
echaron mano de los churrascos y pusieron en acti- 
vidad sus huesos maseteros, con gran ruido de mue- 
las y colmillos. 

— El "chirubichá" 1 duerme. — decía el "tape". 

— Déjalo al pobre. Bueno es guardarle de lo más 
lindo. — observaba Cu aró. dirigiéndose al liberto. 

— Aquí está este pedazo gordo, que es carne flor, 
— respondía Esteban, señalando un trozo expresa- 



1 Jefe. 



24 



[3191 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



mente separado- A mi señor le gusta el grano de pe- 
cho en corte delgadito, y a éste le chorrea el jugo. 

— "Herú míñangué" 1 Cuaró, — voceaba el "tape" 
en su idioma nativo, alargando el brazo regocijado. 

Y llevándose luego los dedos al cuello, añadía como 
si paladeara ya el líquido, en buen castellano: 

— Está seco el gañote. 

Alcanzábale el teniente su "chifle", en momentos 
que entraba al "potrero" el otro "tape". 

Era un indio de estatura baja, ventrudo y "cam- 
bado", de ojillos negros y nariz de hueso hundido, 
pero joven y fuerte. 

Traía un chiripá de tela gruesa y sobre éste un "cw- 
yapí" cuya lonja ancha de cuero de "carpincho" cfaía- 
le por detrás hasta cubrirle el "amboteví" o sean las 
dos nalgas macizas. 

Al verlo, su compañero dijo, antes de empinarse el 
"chifle", dirigiéndole la palabra en su lengua: 

— ¿"Yacarú", Ñapindá? 2 

— "Yacarucema — cué" — contestó el otro. 8 

—Conversen como cristianos, — observó el liber- 
to — , si no quieren que yo haga cosas de negro. ¿Que- 
rés "mate", hermano Ñapindá? 

— "Yajá al caigüé, cambá". * 

— Cambá soy y he de morir, sin andar nunca des- 
calzo y con una "nazarena" en el talón; que no pa- 
rece sino que el pellejo de tus píes es más duro que 
la bota de potro, hermanito... Allégate al fuego y 
merendá, que has de venir con las tripas chiflando. 

— Vamos al "mate". 

1 ¡Trae cañal (alcohol). 

2 Almuerza. 

3 Ya almorcé, gracias. 

4 Vamos al "mate", negro. 



[320] 



N AT I VA 



Pasóselo cebado su compañero. 

Apenas lo probó, hizo un gesto particular de hom- 
bre inteligente en la materia, y con una guiñada pi- 
caresca, dijo: 

—"Llaigüé". 1 

— ] Hum ! — exclamó Esteban — . Delicaos anda- 
mos. Tómalo no más lavao, que uno solo no vale la 
pena de una cebadura nueva. 

— ¿Qué bombeaste? — dijo Cuaró al recién ve- 
nido. Mira amigo que estamos ganosos. .. 

El "tape" se puso en cuclillas, rascándose el em- 
peine del pie de la espuela con las cinco uñas de la 
mano izquierda, en tanto que con la derecha se echaba 
a la nuca un chambeigo color ratón agujereado en 
la copa, al punto de salirse como flechillas hacia arri- 
ba por la abertura una o dos de sus mechas cerdudas. 

Después respondió muy despacio, en voz baja, in- 
tercalando una palabra entre sorbo y sorbo de "mate": 

— Los "cambá" vienen arreando vacas, y están cer- 
quita no más ... al otro lao, en el monte, con ganas 
de pasar... Decile al "chirubichá" que no es güeno 
dormir. Andan matando y robando, con los de Fru- 
tos. En la pulpería tomaron "miñangué" en porrón, 
y lancearon dos matreros juntito al estero chico. . . 
"¡Chaqué", hermano, "chaqué"! 2 

Luis María que, bien despierto hacía rato, había 
estado oyendo desde la entrada de su alojamiento, 
por donde asomaba la cabeza ansioso de aura mati- 
nal, pidió "mate 1 ' a Esteban, diciendo luego sencilla- 
mente : 

— Que vengan, Ñapindá, Estamos prontos. 



1 Está aguachento. 
Z i Cuidado l | atención 1 



[321] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Cuajó se írolú las dos manos con una risita de re- 
gocijo, púsose de pie, limpióse los labios con el re- 
verlo de la manga. y entonando una cantiga baja y 
bronca, semejante al eco subterráneo del k, tucu-tucu", 
comenzó a ensillar su caballo con una rapidez asom- 
brosa. 

En seguida, listo ya, desapareció con él del cabes- 
tro por las tortuosidades de la "picada'', haciendo 
teña a Ñapindá de que lo siguiese. 

El "tape"' se fue tras de él. 

Ladislao, a quien ninguno de estos movimientos co- 
gía de sorpresa, dejó a las mujeres entregadas a sus 
tareas de arreglos de fogón: e impuesto por Luis 
María de las nuevas, salió a dar aviso a otros com- 
pañeros que habitaban el monte y cuyas guaridas co- 
nocía. 

Una hora después, regresó con tres mocetones de 
melenas, armados de trabuco y sable. 

Estos hombres, bajo su dirección, enastaron cuchi- 
llos en varas gruesas; improvisando en esa forma ins- 
trumentos temibles que sin ser lanzas, ni picas, ni 
chuzas, ni simples garrochas de clavo, participaban 
de todas ellas. 

De las primeras, había dos, escogidas una y otra 
por Berón y Ladislao entre las que quedaron sobre 
el campo de la sorpresa en Nico Pérez, de moharras 
anchas y media-luna' de doble filo. 

Luis María dirigió la palabra a los recién llegados, 
procurando encelarles el valor, aunque de esto no 
necesitaban ellos, habituados a la pelea incesante; y 
mandó que Esteban lo& obsequiase con lo mejor de 
sus provisiones. 

Muy alanzado el día, volvió Cuaró solo. 



[322] 



NATIVA 



El u tape" se había quedado de bombero entre loa 
altos paj ízales que existían a un flanco del vado. 

— Hacen un montón, — dijo el teniente — y pare- 
cen garzas moras por el vestido- Vienen juntando los 
animales y echándolos encima del paso. . . 

— Entonces van a cruzar para llevarse también re- 
vuelta la hacienda de don Luciano. 

— ¡Lo mesmito! 

— ¡Bueno! Así que pasen los fardamos en disper- 
sión por retaguardia, teniente... 

— Y los entreveramos a punta de chuza con la to- 
rada. — interrumpióle Ladislao. — a que mueran a 
fuerza de guampa los que no salgan pur las orejas del 
mancarrón, caneja! 

— Para todos ha de haber hierro y fuego, compa- 
ñeros, — repuso Luis María con enérgicu ademán — . 

¡Ahora a alistarse! 

Cuaró tomó un trago del ''chifle": pestañearon sus 
ojillos relucientes, y desenvainando la daga, tentóla 
en el pulgar hasta levantar la piel callosa. 

Después llevóse la mano al cuello, trazando con el 
dedo una línea curva de oreja a oreja, y dio una es- 
pecie de bramido feroz. 

Los mocetones contestaron con otro pujante y bravio. 

Esa tarde, debía ser también de emociones en las 
casas . 

Pero, antes de referirlas, interesa que narremos lo 
acaecido desde el momento en que Luis María dejó 
a Nata y Dora en la "isleta" después de la escena del 
nido de torcaz. 

Así que las dos hermanas regresaron a las "casas", 
sentáronse a la mesa romo fatigadas del paseo, menú?, 
alegres que de costumbre. 



[323] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Las ocurrencias joviales de don Luciano, y una 
que otra broma picante acerca de las visitas cotidianas 
de su "joven amigo'', — que esa tarde le había jugado 
con su falta una mala partida, — hicieron renacer en 
ellas las emociones diversas de la excursión, especial- 
mente en Nata, en quien aquellos conceptos llegaron 
bien al fondo coincidiendo con el episodio del sauce. 

Sintió que la sangre le subía a las mejillas, y púsose 
a reir para ocultar en parte su rubor. 

Dora estaba pálida y parecía prevenida. 

Su hermana no le había comunicado nada de lo 
ocurrido, ni ella había visto a Berón; pero, la actitud 
pensativa de Nata al regreso, y la ausencia de aquél 
de las "casas" que ella notó al momento, envolvieron 
su ánimo en dudas y sospechas más o menos vagas y 
singulares. 

Esa noche se recogieron casi silenciosas. 

Dora arrojó una flor que tenía en el pecho sobre 
la mesa al acostarse, ahogando un suspiro. 

A altas horas sintió en los labios de Natalia como 
el murmullo de un rezo, entrecortado; o de un sueño 
agitado tal vez. . . 

A medida que pensaba, su insomnio adquiría más 
pertinacia, haciéndola revolver en el lecho de un modo 
incesante: bien podía él ser todo de pétalos, pero ¡ay, 
cuántas espinas mezcladas! pues pinchos agudos se le 
antojaban que eran sus nervios. 

Y después de mucho divagar, forjándose las ma- 
yores inverosimilitudes, concluyó por plantearse este 
problema, que hasta el instante mismo había rehuido 
con miedo: "¿a cuál de las dos querrá?". 

Sobre esto caviló muy largo rato, hasta que el sueño 
que ya había rendido a Nata, vino piadoso a cerrar 
sus párpados. . , 



[324] 



NATIVA 



Al día siguiente parecieron más tranquilas, como si 
una y otra reconocieran que se habían hecho alguna 
violencia al asumir la actitud de prevención o de re- 
serva, recíprocamente, que las excitara por algunas 
horas. 

Nata quiso entregarse según costumbre a sus que- 
haceres domésticos predilectos, para los que disponía 
de una buena cantidad de útiles; mas Dora no se lo 
permitió, pidiéndola la acompañase en sus diversiones 
pueriles de las cuales gozaba en realidad teniéndola 
a su lado. 

Accedió ella gustosa. 

Esa tarde corrieron mucho a caballo; visitaron si- 
tios casi nuevos, a donde las condujo don Anacleto, 
dos de los "puestos" apartados y algunos ranchos de 
familias pobres que su padre protegía hacía tiempo. 

Volvieron satisfechas, casi al oscurecer. 

Dos o tres de los compañeros de Berón departían 
y tocaban la guitarra con Calderón y Nereo debajo 
de la enramada. 

Don Luciano fumaba sentado a la sombra de los 
cmbúes. 

Pero, ''él" no estaba allí. 

No dejó de impresionarlas este vacío. 

Acostáronse más preocupadas que pocas horas an- 
tes; y al otro día se pusieron de pie casi simultánea- 
mente muy temprano, quizás por la misma causa, 
acaso ansiosas las dos de arrancarse a la soledad de 
sus respectivas tristezas. 

El sol resplandeciente y el verdigay de los campos, 
hicieron renacer en ellas la alegría. 

Entretuviéronse largos instantes en la huerta; lle- 
gáronse a la "tapera" que había hospedado a Berón; 
a la orilla del bañado, cubierta de cortaderas; al arro- 



[325] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



yijelo donde lavaba Guadalupe: al manantial de sus 
baños, resguardado por un cancel de plantas exóticas 
como las pitas de la huerta; y, por último, se detuvie- 
ron en la enramada en graciosa charla con Calderón, 
ocupado en esa hora en fabricar botones de "manea". 

Al declinar el día, se hallaron juntas fuera del cerco 
de la huerta, sin idea fija ni plan formado para el 
pageo. 

Nata mostrábase reconcentrada, y Dora parecía bajo 
el peso de sus periódicas y extrañas melancolías; de 
esos desfallecimientos que solían marchitarla repen- 
tinamente y que unas veces pasaban como nubes o 
vértigos, y en oportunidades le duraban horas, ca- 
racterizando bien los pródromos de una enfermedad 
nerviosa. 

Caminaron sin rumbo algunos momentos, en direc- 
ciones opuestas, para reunirse luego al azar y que- 
darse paradas, con la vista atenta en el paisaje. 

A dos cuadras apenas se encontraba el boquete o 
'"¿bra" del monte, con sus sauces en el fondo del cua- 
dro, encima de la ribera del Santa Lucía, mojando 
sus hojas en el remanso. 

Siempre fue ese el sitio escogido; y, contemplándolo. 
Dorila dijo: 

— ¿ Vamos a los sauces, Natalia? 

— Sí, ■ — respondió ésta, como absorta;-- vamos 
a allí. 

Fuéronse a paso lento, atravesaron el terreno des- 
pejado y pronto se vieron en la orilla. 

El aire puro que venía del río y de sus bosques re- 
himnó a Dora, que lo aspiraba con ansia. 

Volvióle la alegría y púsose a rcir de todo. Recordó 
lo pasado allí, con cierta gracia burlona; y eslabo- 
nando memorias en espiritual asociación de ideas, trajo 



[326] 



NATIVA 



a colación el episodio de la "Iecll^guana ,, y de don 
Anacleto. cuyas ocurrencias lauto la divertían. 

Nata la acompañaba a reii. con algún esfuerzo; en 
tanto introducía, muellemente recostada en el sauce, 
una larga ) flexihle rain a en las aguas del remanso a 
modo de sonda, para medii ?u profundidad. 

El improvisadu escandallo parecía no llegar nunca 
al fondo, pues la joven sumergía hasta la mano en la 
superficie, y al retirar la rama no traía en la punta 
lodo, como ella suponía. 

— Es que la vara es muy endeble, — observóle Dora; 
— y cuando erees que la punta ha llegado al fondo, 
se ha ido de lado. 

Voy a traer una vara más giucsa. y verás que 
llega . . . 

— ¡Para qué! . . . Estate quieta. Hay muchos lagartos 
por abí, y te van a dar con la cola si los molestas. 
— -¡Ah, entonces, no! 

Sin darse de ello cuenta, las dos hermanas se habían 
hermoseado mucho esa tarde. 

Allí a la ribera del río bajo los sauces, inquieta la 
una. la otra con sus nubes de tristeza serena, se habían 
revestido en verdad de ese interés tan cercano al en- 
canto que halaga y seduce. 

Nata adornada con cierta coquetciía. lucía dos grue- 
sas trenzas que parecían made jones de seda, y pasán- 
doselos adelante por encima de los hombros; de ma- 
nera que su rostro blancn así circuido bien podía com- 
pararse al de una imagen de las pinturas místicas. En 
los exlreino=. de las trenzas habíase puesto unas moñas 
pequeñas de color rojo vivo, con una de las cuale 1 
jugaba al descuido, acariciándose Ja mejilla. Parecían 
absortos en el río sus ojos garzos, tan plácido como 
el remanso sereno. En sus labios entreabiertos rodaba 



[327] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



una florecilla morada recogida en el campo al pasar, 
y agitábase en su seno en parte descubierto, una ra- 
mita de cedrón. 

Dora en exceso nerviosa, seguía hablando o riendo 
para quedarse en ciertos momentos distraída. Brillá- 
banle a veces los ojos pardos bajo sus trémulas pesta- 
ñas crespas, al escudriñar por doquiera aquellos sitios, 
y eran tan lúcidos sus reflejos, que algún trovador po- 
día compararlos con los del agua inmóvil bajo estre- 
llada noche. Las trenzas de su peinado aparecían más 
cortas que las de Nata, porque eran más rizadas, y se 
mecían en su dorso sueltas formando dos grandes bor- 
lones en sus puntas. Enorgullecida estaba de su adorno, 
porque cuando se ponía de pie y se iba de aquí acullá 
sin intención ni objeto gustábale sacudirse el vestido 
y volverse de uno a otro lado para observarse el pelo, 
mirándose en la sombra, a fin de juzgar del efecto de 
sus trenzas así vistas a traición o con el rabillo del ojo. 

Pero, la soledad haciendo sentir su influencia pode- 
rosa en una y otra, concluía por vencer. Extinguía a 
cada instante las sonrisas y expansiones, e inclinaba 
el espíritu de las jóvenes a la contemplación muda del 
espectáculo agreste, en apariencia; y en el fondo, a 
divagar sobre cosas cuyo secreto no asomaba a sus 
labios. 

£n esa actitud las sorprendió Calderón, quien pre- 
sentóse en el abra jinete en una caballería carcamala 
y trotona. 

Sujetando a pocas varas el matalón, di joles que ha- 
bía "alboroto en el campo", y que era del caso vol- 
verse pronto a las "casas" por lo que pudiese suceder; 
que don Luciano había ido a enterarse de lo que pa- 
saba en el fondo de aquél, que era el "playo" en que 
se juntaban los animales vacunos, acompañado del ca- 



{328] 



NATI VA 



pataz; y que él se había quedado con otros dos peones 
al frente del establecimiento. 

— ¡Ay! ¿qué ocurrirá? ■ — exclamó Nata sobresal- 
tada. 

— Algo de serio ha de ser desde que papá ha ido al 
fondo del campo, — dijo Dora, no menos sorprendida. 

— Se me hace que sí. — repuso Calderón rascándose 
una oreja y dando una tos cavernosa. El alboroto 
es grande; y hasta aquí, encima de la enramada, se 
han venido zumbando las yeguas con las narices co- 
loradas, lo mesmo que les hubiesen metido adentro un 
manojo de paja bravucona. 

Acababa recién de decir esto el viejo paisano, 
cuando acertó a cruzar por delante del abra, ya can- 
sado y casi rendido, cubierto de sudor y de abrojos 
las crines, un hermoso potro negro con una faja blanca 
o talabarte que le rodeaba el vientre haciendo resal- 
tar sus tornátiles formas. 

Traía ceñidas en parte en sus remos posteriores, a 
la altura de los jarretes, unas "boleadoras' 1 de tres 
piedras, cuyos golpes y ludimientos le habían desga- 
rrado la piel ensangrentándole hasta los cascos. 

Corriendo a saltos, en medio de caídas y arranques 
violentos, hipeando y bravio, parecía haber escapado 
a la persecución y dejado lejos al del tiro certero. 

— ;Vean! — prorrumpió Calderón — . Ahí cruza un 
"tubiano" boleado. . . A la cuenta rodó fiero el gau- 
cho que lo corría. 

— Vamos pronto, Dora, — dijo Nata — . [Ay, Dios, 
qué será! 

— Sí, vámonos. . . Me parece que siento temblor en 
el suelo, como si corriesen juntas todas las haciendas. 

Ellas con la mayor agilidad, y Calderón hincando 
sin cesar su grande espuela de hierro en el cuero de 



[ 329 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



su cebruno lerdo, traspusieron en un instante el tre- 
cho que los separaba de las "casas''. 

Ya en éstas, percibieron claras repetidas detonacio- 
nes, disparos de tercerolas u otras armas, y un rumor 
siniestro, lejano, conjunto de gritos y clamores, co- 
rridas y tumultos, cual si la torada enfurecida relu- 
chara bramando en el llano, y sobre la piara formi- 
dable hiciera fuego un escuadrón tendido en guerrilla. 

Dora, acometida de súbito por un espasmo, sintió 
que algo como una bola le subía del corazón a la gar- 
ganta; quiso gritar, y no pudo: abrió los brazos y cayó 
a plomo en el suelo. 

Cuando las jóvenes se ausentaron de las casas, el 
señor Robledo que se había mostrado inquieto desde 
temprano, siempre con el catalejo en la diestra escu- 
driñando los horizontes, recibió aviso de que se venía 
asaltando las propiedades por la misma fuerza pú- 
blica, y que se acababa de invadir su campo por la 
parte del vado. 

Encargó entonces a Calderón que comunicara a sus 
hijas lo que sucedía; y él montó a caballo ordenando 
al capataz viniese a su lado. 

Don Anacleto obedeció en el acto, con la cabeza 
erguida, las narices muy abiertas, olfateando, y la 
mirada recelosa, asombrado en extremo de que su pa- 
trón llevase el rebenque como única arma tratándose 
de una aventura temerosa. 

— [Dale al overo! — gritó el hacendado tomando el 
gran galope — . Vamos a ver qué es lo que hay de 
verdad en este anuncio... ¡Me cuesta creer que ro- 
ben de tal manera a la luz del sol! 



[330] 



N AT I VA 



— Los perros están a los ladridos, patrón; y a la 
fija se ha metido una manga de indios en la media 
suerte del estero. . . [Güeno sería recostarse al monte! 

— ¡Vamos derecho! — dijo Robledo con acento 
firme. 

— Para mí es lo mesmo, señor; y no le saco el bulto 
a la chuza, ]de adonde! . . . Pero, mire patrón que es 
más fácil romper un tronco con la calavera que aman- 
sar con rilaciones un indio. . . Son el mesmo mandinga 
para enderezar al cristiano con la picana, y sacarlo 
por la cola del mancarrón enlerito . . . ¡ Siff ! . . . j y pa- 
tas para arriba con medio costillar rompido! Yo los 
conozco bien a esos condenaos, que sólo por comerle 
"la sin hueso 1 " a una vaca la dan contra el suelo. . . 

— No han de ser indios, — interrumpióle don Lu- 
ciano, — porque creo oir toque de corneta. 

— ¡Para peor si es tropa, por la desciplina! A son 
del estrumento, la muerte es con música; y esos no 
hablan... A mi parecer, patrón, lo mejor sería bi- 
charlos del pajonal que está arrimadito al paso, y 
en cuanto cruzaran, meternos en el monte a esperar 
refuerzo . . . 

El hacendado en vez de contestar, apuró el galope. 

Gran número de silbidos agudos atravesaban el es- 
pacio en todas direcciones, mezclados al mugir y al 
balar de las reses y a los relinchos de los baguales 
azorados, cuyos pies en frenéticas carreras hacían es- 
tremecer la tierra. Una nube de polvo ancha y espesa, 
ascendía en columnas de las proximidades del rodeo, 
oscureciendo hasta grande altura la atmósfera; y a 
causa de esta como negra cerrazón que surgía bajo el 
tropel, no era posible distinguir la calidad ni el nú- 
mero de los invasores. A intervalos solían cruzar junto 
a los dos jinetes ya un grupo de potros que iban lan- 



[331] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



zando corcovos al aire o levantando los brazuelos en 
Increíbles corvetas para afirmar más su carrera ver- 
tiginosa; ya un toro con el ojo encendido y el borlón 
de la cola tieso como un dardo; ya una "punta" de 
novillos mugientes, embistiéndose entre ellos para ga- 
nar mayor terreno en su fuga despavorida ; y entre los 
cuadrúpedos irritados, bandas de ñandúes en rápidas 
gambetas, esponjados los alones como enormes copos 
de algodón en disputa con la resistencia del aire, y 
cuya velocidad asombrosa contrastaba con el pesado 
galope de los bisulcos a los que dejaban muy atrás 
para perderse en breves segundos en el horizonte. 

De pronto, despejóse un poco aquel confuso pa- 
norama. 

Púdose ver entonces el fondo. 

Diversos soldados de un destacamento de caballería 
regular, corrían de uno a otro lado arreando en masa 
el ganado, al que azuzaban con los cuentos de las 
lanzas, entre gritos y silbidos, trotes, galopes, jura- 
mentos, ruido de espuelas y rebenques, al que se unían 
de vez en cuando los ecos sonoros de un clarín. 

Don Luciano detuvo su caballo; y al observar aque- 
llo dio una gran voz, levantando colérico su crispado 
puño. 

— ¡Ladrones! gritó, con soberbia entonación. 

Como si hubiera sido oído, tres o cuatro de los sol- 
dados brasileños, pues pertenecían al ejército de Le- 
cor, viniéronse sobre él a media rienda, castigando con 
el extremo de las lanzas. 

Don Anacleto se recostó a su patrón, bastante pálido 
y conmovido; y más llegó a estremecerse, cuando le 
vio sacudir con brío el mango de su látigo y esperar 
inmóvil la acometida del grupo. 



[332] 



NATIVA 



Pero, en mitad de su carrera, los soldados sujetaron 
jindas y quisieron retroceder, sorprendidos de im- 
proviso. 

Había resonado al flanco un alarido de guerra, 
acompañado de un tumulto estrepitoso. 

Diez jinetes armados de lanza, sable y tercerola, 
caían a escape sobre el destacamento. 

Eran Luis María y los suyos, que cargaban en dis- 
persión. 

Retumbaron incontinenti varias descargas, cuyos 
proyectiles dieron en tierra con dos hombres, dejando 
un tercero desmontado. 

El clarín tocó a reunión. 

Pero, ya era tarde. 

Luis María, seguido de Cuaró, a quien había cedido 
su lanza, penetró espada en mano entre el grupo en 
desorden distribuyendo algunas estocadas certeras; 
unos de los "tapes" y uno de los mocetones habían 
caído heridos, otro muerto; en cambio, Ladislao a 
la cabeza de los otros, lanceaba por la espalda sin 
piedad al grueso del enemigo. 

Esteban mató al clarín de un pistoletazo. 

Acosado de cerca Luís María por dos enemigos a 
sus flancos, lanzóse sobre el que llevaba las insignias 
de oficial superior hundiéndole su acero en el vientre, 
al mismo tiempo que él recibía dos sablazos en el 
cráneo, casi simultáneos, que le hicieron caer sobre 
las hierbas sin sentido. 

Oyóse entonces un grito salvaje, y Cuaró vino al 
socorro arrancando de un solo bote de su montura al 
oficial que aún mal herido se mantenía en ella. 



[333] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Blandió en seguida la lanza ensangrentada, ende- 
rezándola al otro, que era un alférez ; y éste, que amar- 
tillaba una pistola, arrancó a gran galope para ganar 
distancia y fijar la puntería. 

Era un mancebo de veinte a \eintiún años, apuesto 
y altivo. 

Cuando quiso volverse para disparar su bala, vio 
que su terrible enemigo tenía la moharra de la lanza 
a una línea de sus ríñones; y clavando espuela» echó 
a correr, sin atinar va a la defensa. 

\ r o le dejó sin embargo- el teniente, cjue iba detrás 
rugiendo ciego de furor. 

El perseguido volteó el brazo, e hizo fuego. 

El proyectil pasó. 

¡Siquiera le hubiese partido el cráneo! — pensó 
el alférez con pavor. 

Y como no fuese así, sintiendo él siempre en pos 
la carrera de su implacable enemigo, arrojóle la pis- 
tola por arriba de su cabeza, dando un grito de es- 
panto. 

Cuaró se le puso a los alcances, y escurriendo el 
astil en su diestra le hirió de muerte, sacándole de la 
silla, al punto de que el rejón &e hizo un arco que- 
brándose por mitad y dejando el hierro entero en el 
trunco de la víctima, 

Cuaró arrojó el fragmento de astil sobre el cuerpo 
inerte y volvió bridas. 

Al llegar al sitio de la refriega, todo había con- 
cluido. 

Los vencedores auxiliaban a sus compañeros caídos; 
v rumbo a las "casas" marchaba un grupo compuesto 



[334] 



NATIVA 



de don Luciano, el capataz, Esteban y Ladislao que 
conducían en cruz sobre dos caballos a Luis María 
Berón. 

Diez o doce muertos veíanse esparcidos acá y allá 
en el terreno; y por los campos, grandes trozos de 
ganado todavía inquieto y receloso, que al menor mo- 
vimiento emprendía precipitada íuga. 



[335] 



XX 



HERIDA DE SABLE Y FLECHA 

Todo aquello fue obra de pocos momentos, al punto 
que don Luciano y el capataz apartados algunos me- 
tros apenas del teatro de la refriega, no tuvieron tiem- 
po de asumir una actitud resuelta cualquiera viéndose 
en el caso duro de permanecer inmóviles hasta tanto 
pasara la avalancha que los sorprendiera a su vez, 
cuando ni pensado habían en la posibilidad de un 
choque sangriento. 

Disipada esa ráfaga de huracán, apresuráronse a 
socorrer a Luis María que yacía con el rostro en tie- 
rra bañado en su propia sangre, en una inmovilidad 
parecida a la rigidez de la muerte. 

Restañáronle las dos heridas que tenía en la ca- 
beza, y ciñéronsela con dos pañuelos, cargando luego 
con él. 

En la travesía, abrió dos o tres veces los ojos para 
quedarse de nuevo como aletargado, sin pronunciar 
palabra alguna. 

La pérdida de sangre había sido copiosa, sucedién- 
dose a ella una debilidad extrema. Una de las heri- 
das sólo había interesado el cuero cabelludo; pero la 
otra, más profunda y grave sobre el parietal izquier- 
do, habíale ofendido el hueso en parte. 

Ya en las "casas", laváronle bien las dos, cortá- 
ronle el pelo en lo dañado, y acostáronlo en la cama 
del señor Robledo, una "marquesa" fuerte de pino 
con buenas almohadas y colchones. 



[336] 



NATIVA 



Ante aquel espectáculo, Natalia y Dorila andaban 
como sombras, echando de vez en cuando sus brazos 
al cuello de su padre, para besarle en silencio. 

Dora estaba pálida y parecía sentir algo extraño 
en el pecho, porque a cada instante llevaba allí su 
mano ansiando aspirar el aire con toda la boca abierta. 

— ¡Vaya, muchachas! — díjole don Luciano — ; 
todo esto pasará, Estén tranquila?. ¡Demonios!... Ha 
sido una escaramuza fuerte, un refregón de estos mo- 
zos con unos portugueses desalmados que saqueaban 
mi hacienda. ¡Todo se ha de andar, canejo! y hemos 
de poner las cosas en claro, ¡Qué atrocidad! ¡si pa- 
rece increíble ! . . . Mira Natita ... tu hermana eslá un 
poco enferma, mejor es que se acueste. Tú arregla 
unas hilas y vendajes para el herido. ¡Pobrecito! Le 
debo todo, hasta estos huesos viejos que ya no sirven. 
¡Sí. hay que atenderlo mucho porque lo han golpeado 
como bárbaros aquellos entrusos cobardes, que mil 
diablos confundan! . . . ¡Arregla, hija, eso que te pido. 
Cuando la madre sepa, ¡se va a morir! ... Si algu- 
nos de estos viejosposmas fuese curandero, todavía la 
pena sería poca. . . 

— Deja, papá, — interrumpióle Nata — ; nosotras 
vamos a cuidarlo, y verás cómo sana. ¡Dius no ha de 
querer que se muera ! . . . 

— Le pondremos las hilas nosotras. — - añadió Do- 
ra — ; ¿ves? ¡aquí tengo ya un puñado grande, y 
estas vendas!... Nata le lavará las heridas, y yo le 
arreglaré el vendaje; o yo... 

Ahogósele la voz a la joven en la garganta; y vol- 
vióse confundida, para ocultar su emoción. 

• — ¡Sí, lo merece; merece todo! — repuso Robledo. 

Y pasándose agitado la mano por la frente, prosi- 
guió como si hablase a solas: 



[337] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— No sé qué consecuencias tendrá esta trifulca, 
mientras los cimarrones y "caranchos" se amontonan 
y dan cuenta de esos que han quedado boca arriba, 
junto al estero... Es lo primerito que van a encon- 
trar cuando crucen el paso los <l la<runistas'\ . . ] De- 
montre de cosas ! De todos modos ... ya nos arregla- 
remos. Ahora, a lo más urgente. ¡Tú, Dorita, a la 
cama! 

— ¡No, papá, si estoy bien! Mírame, y verás que 
no te engaño. Ya ni me late fuerte el corazón, que 
hace días estaba lo más malo conmigo ... sin duda 
anunciando estas tristezas que habían de venir. Y 
¿cómo has de querer que deje a Nata sólita en ese 
trabaj o ? 

— déjala, papá, que yo la cuidaré también a ella, 
si se ocurre. 

— ¡Bueno! hagan como les parezca, y déjenme ir 
a atender otras necesidades. Ahí está el negro en el 
cuarto, para ayudarlos; que las acompañe Guadalupe 
también. 

Fuese el señor Robledo por su lado, esto diciendo; 
y las jóvenes, al aposento del herido. 

Continuaba éste en una especie de sopor, muy pá- 
lido y con los ojos cerrados. 

Esteban le contemplaba de pie desde un extremo, 
mudo y atento. 

Las dos hermanas se acercaron al lecho sin trepi- 
dar, y descubrieron la cabeza de Luis María, sin mo- 
lestarlo, con esa delicadeza propia de la mano de la 
mujer que se esmera en aliviar sin ser sentida. 

Lavaron las heridas con agua fresca, que trajo Gua- 
dalupe; y cuando esto acabaron de hacer, cubrieron 
con hila? los labios de aquéllas sujetándolas suave- 
mente con vendas. 



[338] 



NATIVA 



En esta diligencia, hesitaron un instante, hasta que, 
atreviéndose Nata, cogió con sus dos manos la ca- 
beza del herido, y la levantó un poco de la almohada, 
diciendo con un acento que parecía un soplo: 

—¡Ata! 

Dora ató. moviendo sus delgados y nerviosos de- 
dos con extraordinaria destreza. 

I Una hábil enfermera no lo habría hecho meior! 

Después de esto Nata deió descansar la cabeza del 
joven, lo miró toda demudada, y apartóse algunos pa- 
sos, ceñida al brazo de su hermana tan conmovida 
como ella. 

Berón volvió el rostro de lado, y respiró con fuerza. 

Ellas se miraron de súbito, con una expresión de 
íntimo contento. ¡Parecía retornar a la conciencia de 
la vida! 

A poco, entró don Luciano. 

El buen criollo acababa de mandar que se enterrase 
a los muertos en dos o tres hovas o fosas bien exca- 
vadas, y que por encima de la tierra que las cubriese, 
se echaran piedras sueltas en abundancia, o en su 
defecto ramas gruesas y espinosas de "tala" o de "ña- 
pindá 1 ', al uso charrúa, para evitar que los carnívoros 
del monte sin excluir los yaguaretés aue solían cruzar 
a nado hasta los pajonales espesos del norte, se cita- 
sen a un espantoso festín. 

También previno que se pusieran otras tantas cru- 
ces, confeccionadas con troncos de "sombra de toro", 
a fin de que se viera a su tiempo que se habían cum- 
plido con los deberes cristianos, y en algo se atenuase 
el rigor de la represalia. 

Sin duda alguna, era la adopción de esta medida 
lo que había esparcido cierto aire de satisfacción en 



[339] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



el semblante del hacendado: quien se presentó más 
tranquilo y desenvuelto en el cuarto del herido. 

Aprovechándose de su presencia, y estimuladas por 
su celo activo, las jóvenes se esmeraron en atender a 
todo aquello que convenía al mejor cuidado del pa- 
ciente. 

Dora trajo una gasa celeste, que colgó doblada a 
manera de cortinilla o banderola en el ventanillo; y 
INata acumuló en una mesa pequeña hilas y vendas 
muy blancas, un jarrón de barro cocido lleno de agua 
quitada del frío, y un frasco que contenía la sustancia 
o extracto de la corteza del "quebracho", reconocida 
como febrífugo excelente en la campaña, aunque casi 
nunca cedieran las fiebres a su influjo o poder virtual. 

Guadalupe por su parte, tan agitada como sus amas 
y como ellas tan lista para acertar en todo, había es- 
cogido la mejor gallina entre las que reposaban ya 
tranquilas en las ramas de uno de los ombúes; y co- 
cinado un puchero que en su concepto debía saber 
muy bien al enfermo, aun cuando al espumarlo hu- 
biese tenido que sostener más de una brega, de paso, 
con don Anacleto, entonado y crudo como nunca, des- 
pués de la refriega. 

Había acudido también Cuaró, a las "casas". 

Pero, sin penetrar en el aposento ni cambiar pala- 
bra con persona alguna, habíase sentado sobre los ta- 
lones contra la pared; y en esa actitud, fumando, li- 
mitábase a mirar a veces al rostro de los que salían 
cual si en ellos buscase las nuevas que merecían su 
interés, sin incomodar a nadie ni ofrecerse tampoco, 
concentrado y humilde. 

Al oscurecer, viósele todavía quieto en el sitio esco- 
gido, con el sombrero sobre los ojos y la mirada en 
el suelo. 



[340] 



NATIVA 



Esa noche, muy satisfechos de no haber hecho nada 
por la tarde a favor del conflicto, y reinando un calor 
excesivo, habíanse agrupado en la enramada el capa- 
taz. Calderón y Nereo paia conversar de las ocurren- 
cias y consumir sendas "cebaduras" de mate cimarrón, 
alternando éste con otro brebaje más fuerte y estimu- 
lante. 

Los dos últimos, atentos estaban y no poco, a la 
relación de don Anacleto. quien sentado en una ca- 
beza de vaca con el sombrero caído en las espaldas y 
el barboquejo a modo de "vincha" en la frente, for- 
mándole la borlilla como un cuernecito de ternero en- 
tre los dos ojos, describía las peripecias y episodios 
de la jornada en un estilo capaz de preocupar aun a 
los ánimos viriles. 

Decía don Anacleto: 

— Asina que repechamos la lomadita, se vido que 
la polvadera la levantaba un ganao como mosca... 
porque fuera de la hacienda del campo traiban los 
hombres y habían entrevprao el vacuno y yeguarizo 
de otras marcas, arriando tropillas con yeguas madri- 
nas, lo mesmo que los güeves de carreta que repun- 
taron por delante. 

La polvadera hacía como una nube de tormenta 
tapando todo el cielo, y al revolver de las vacas y la- 
mentarse de las crías y chiflar de los soldaos que co- 
rrían y boleaban, víamos a ratitos pasar la bagualada 
cociando al cohete, o al toruno que se comía los vien- 
tos, si ya no era un güey tropero que iba pisoteando 
las puntas de la coyunda rompida y metiendo ruido 
con las pezuñas. . . 

Escupió el capataz de lado, tomó aliento y prosi- 
guió: 



[341] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— El patrón quería enderezar a la gurrumina ; pero 
yo la fui asujetando hasta que aclarase, porque desde 
que los ñandúes al juir iban chiflando a la cuenta 
les habían meneao plomo y la cosa no era de atro- 
pellar al escuro . . . 

Ya encima del ganao que andaba como muía taho- 
nera, cuasi sin ojos ni conescencia, alcanzamos a ver 
el escuadrón de portugos, vestidos de ceniza y armaos 
hasta los dientes. 

En cuanto columbraron que había con quien tra- 
tar, unos quince o veinticinco abajaron las lanzas y 
se vinieron al humo, tocando el trompa a degüello. .« 

— ¡Vea no más si fue fiera la cosa! — exclamó es- 
peluznado Nereo. 

—¿Y después don Cleto? — preguntó ansioso Cal- 
derón. 

—El patrón se enredó en la muñeca la azotera del 
rebenque; y lo que esto vide, sofrené al overo, eché 
mano al "facón'' y me tiré de lao para madrugarlos 
en la embestida . . . 

— -¡Ah, don Cleto listo! 

— Sírvase de ese amargo para remojar. 

—Pero el arrempujón no llegó, — continuó el ca- 
pataz, sorbiendo con gran ruido el mate, — - porque 
en un redepente la nieblina cambió de costao; y lo 
mesmito que una perrada cimarrcjrra, el matreraje 
largó una ronca y cayó en el sitio, a todo lo que da- 
ban los fletes chuceando al destajo, sin dejar a mi pa- 
recer, ni un mélico vivo. 

— ¡Parece cosa de brujería! 

— ¡Peligra la verdá, canejo! 

— Ansína fué. y me caiga redondo si digo mentira. . . 
Después de dicho esto con entereza, don Anacleto 
hizo sonar de un gran sorbo la "bombilla" y suavi- 



[342] 



NATIVA 



zando en lo posible su voz bronca como quien se siente 
adolorido, prosiguió con tristeza: 

Y vean, aparceros; pasaron cuadros lindos para es- 
tilos en este combate fiero. 

Don Berón volteó de un revés con la espada a un 
mozo lampiño de ojos de venao, alardeador y vivara- 
cho; y en viéndolo en el suelo, cuasi tieso, un matrero 
se tiró del pingo con un chafarote en la mano para 
despenarlo, pero al ir a hacerlo, el mozo le dijo con 
mucho sentimiento levantando un brazo: 

"No me degüeyes, porque todos somos hermanos. 
Tengo una madrecita vieja y una novia que va a ser 
mi mujer, que me aguardan las pobres rezando a la 
virgen santísima porque yo salga en la guerra sin li- 
siadura nenguna. 

Con la que me ha dao ese guapo me sobra para 
escarmiento, y no preciso de tu incómodo para dirme 
en sangre. Si querés que la viejita viva y la muchacha 
no se quede en un desmayo como pájaro tísico, en- 
vainé el chafarote y guárdate estas patacas para tabaco 
y yerba, con más las botas y las espuelas." 

El matrero dentro en plática con él y le contestó de 
esta laya: 

"Mirá, hermanito; yo no puedo hacer lo que me 
pedís quejoso, porque a mí también me dio una mujer 
de mamar y otra me espera, y las dos están a los re- 
niegos conmigo porque no las ayudo a causa de los 
tuyos que se han entrao en el pago sin licencia, arrui- 
nando a una gente que no se metía con naide, y que 
a naide tampoco tenía miedo. Asina lo que yo haré 
en tu osequio es dejarte una nadita de tiempo para 
que reces el credo; y en cuantito acabes de rezongar, 
no hay más sino conformarse." 



[343 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Iba ya a retruc arle el herido, muy pesaroso, cuando 
la torada se vino encima asustada con los tiros; y, 
bufó ... El matrero montó a caballo y el gana o em- 
pezó a pasar brincando y muy ceñido por arriba del 
portugués . . . 

¡Nengún quejido largaba el hombre, y el ganao se- 
guía pasando! La polvadera ponía turbio hasta el ojo; 
ni las aspas se vían en la disparada, aturdiendo más 
que mil cencerros el crujir de las chiquizuelas y las 
pezuñas. 

Y seguía pasando el ganao sin avistarse la cola, co- 
mo avispas que salen del nidal y se van juntando de 
a poco, cerquita, en borbollón; o lo mesmo que se al- 
borotan las hormigas cuando un animal yeguarizo 
mete la mano en el cerrillo, y lo achata de golpe y 
zumbido. 

Y el ganao seguía cruzando . . . 

Interrumpió aquí al capataz la voz de Guadalupe, 
que lo llamaba desde el patio; y tras de ese llamado, 
la negrilla se apareció en el punto de la reunión, di- 
ciendo semicolérica : 

— A ver si viene don Cleto, que lo precisan . . . Pa- 
rece que le pesaran los huesos más que a un muerto 
y que no pudiese con las tabas. [Muévase hombre de 
Dios, tan cargoso ! . . . Todos afligidos en las ''casas 1 ', 
y él prendido al mate muy señorón, como buey guam- 
pudo que mamase todavía . . . 

Don Anacleto apoyó la cara en la palma de la mano 
y mirándola de soslayo, contestó irritado: 

— Siempre has de venir a meter tu trompa en la 
leche, mosca negra. ¡A volar que hay chinches! 

Y dio un bufido. 
Guadalupe desapareció. 



[344] 



NATIVA 



Entonces, don Anacleto dijo: 

— Voy a donde el patrón; pero agarren bien el hilo 
del cuento, por el gusto de acabarlo. 

A esa hora las impresiones no eran nada gratas en 
el cuarto del herido para aquellos que lo asistían. 

Habíasele declarado la fiebre en cierta intensidad, 
y sobrevenid ole el delirio. 

Ante semejantes manifestaciones, multiplicaban to- 
dos sus cuidados apelando hasta el último de los re- 
medios o paliativos domésticos, y oían los consejos 
y advertencias de algunas vecinas viejas, que habían 
acudido a recoger informes de don Luciano, con mo- 
tivo del grave suceso de la tarde. 

El mal, sin embargo, seguía un natural proceso, y no 
era la corteza de "quebracho" la que había de modi- 
ficarlo, por el instante, ni en lo sucesivo. 

La reacción y el restablecimiento del equilibrio per- 
turbado, sólo debían esperarse por efecto del vigor de 
juventud del paciente. 

El hacendado y sus hijas vieron transcurrir las horas 
en penosa ansiedad. 

\ a al amanecer, calmóse algo el herido, quedándose 
en relativo sosiego. 

Don Luciano había mandado al capataz a una de 
las estancias viejas del pago en busca de un paisano 
hábil para ciertas "curas 1 *, a falta de médico; cuyo 
paisano conocía el secreto de unas yerbas "infalibles ', 
o por lo menos de una virtud "casi milagrosa" para 
las fiebres. 

Pero don Anacleto regresó al venir el día, sin haber 
conseguido encontrar a aquel bendito, ni aun en los 
ranchos de sus comadres. 



[345] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



En cambio, sin que nadie le dijera palabra, Cuaró 
se apareció con el "tape"' Ñapindá, advirtiendo que el 
hombre se había ocupado mucho tiempo en aliviar y 
sanar enfermos en Santo Domingo, y que era un cu- 
randero muy habilidoso. 

Al mirarle la facha, con sus piernas desnudas y su 
chambergo agujereado en la copa, y un montón de 
hierbas en las manos, Nata dijo: 

— ¡Si no será preciso! . . . Ahora descansa bien. 

El "tape" se cuadró militarmente, y contestó con 
pausa y gravedad: 

— Dejámelo mirar, "guaynita". . . ¡Verás que yo 
lo curo! 

— Ay, ¿qué hombre es éste? — Dijo Dora con es- 
trañeza — . Yo no quiero que toquen ahora que duer- 
me, al herido. ¿Tú consentirás, Nata? ¡Tantos yu- 
yos!... ¿Para qué sirve eso? 

— Mirá, "cuñatay'' — repuso el tape: — cocinando 
esta yerba, se lava al enfermo con el jugo en la ma- 
ñanita y tarde; y después, abrís estas hojas y las po- 
nes en lo lisiado. . . 

Y enseñaba una planta pequeña de hojas de un verde 
claro, angostas, en forma de bayas o de vainillas, co- 
múnmente llamada bálsamo y de aplicación constante 
a las heridas. 

— El agua y las hilas bastan . . . 

— Tampoco él lo consentiría, — añadió Nata. 

— Esperaremos hasta la tarde, señor curandero, — 
siguió diciendo Dora con acento dulce. ¡Por qué in- 
comodarlo, cuando recién reposa!... El va a darle 
las gracias, así que se despierte y que sepa que Ud. 
ha venido con tan buenas intenciones. . . 

[346] 



NATIVA 



El "tape" no insistió; y como, a pesar de todo, 
Nata le pidiera las hierbas, dióselas en el acto, y fuése 
muy contento. 

Creía él de buena fe como todo indígena de reduc- 
ciones, que merced a aquellas plantas, "andoyara" o 
sea el diablo, no se llevaría al k< chirubichá v tan fá- 
cilmente. 

Ya pensativas, ya rientes, se quedaron las hermanas; 
y después de comentar el hecho, opinaron al principio 
por aplicar el bálsamo al herido, y luego resolvieron 
esperar a que éste despertase. 

Las dos se habían dividido bien el trabajo; de tal 
modo, que ninguna podía pretender haber hecho mé- 
ritos de exclusivo agradecimiento; una y otra reunidas 
o relevándose en el cuidado asiduo, por largas horas, 
siempre atentas al menor reclamo o movimiento pro- 
ducido por el delirio en el paciente, en todo instante 
prontas para acudir a las tareas domésticas, parecían 
disputarle las frases cariñosas de don Luciano, — a 
cuyo estímulo debían el haberse consagrado sin reser- 
vas a tal género de afanes y desvelos. 

Verdad es que, en el fondo, presidía a la actitud 
asumida por cada una de ellas una gran fuerza de 
buena voluntad, y hasta una decisión sospechosa; pero 
de revelarla se guardaban, sin descuidar los mismos 
gestos; tal vez persuadidas de que una manifestación 
cualquiera inconveniente de sus sentimientos íntimos 
respecto al huésped podría ocasionar un quebranto mo- 
ral doloroso en una u otra, dado que ambas abrigasen 
hacia él — como era de inferirse — un vivo afecto 
de simpatía. 

A partir de esto, procuraban ellas contentarse con 
discrepar en lo mínimo; juntas se iban a su dormito- 
rio; acostábanse a una hora determinada o con dife- 



[347] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



rencia de momentos; conversaban mucho hasta calmar 
su excitación nerviosa; y caían al fin rendidas, para 
ponerse de pie muy temprano con más ánimo que 
nunca. 

Al levantarse ese día sintieron gran complacencia, 
pues el paciente empezaba a reaccionar; y si bien su 
postración era mucha, la fiebre había disminuido de 
un modo considerable. 

Conocía a los que lo rodeaban y hablaba de vez 
en cuando con aplomo y reposo, mezclando a sus sor- 
presas palabras de agradecimiento. 

Desde ese instante las jóvenes empezaron a su vez 
a hacer menos frecuentes sus visitas, sin dejar de aten- 
der al herido con el mismo celo así que era necesario 
renovarle los vendajes. 

Pero, ni ellas podían menos de verlo dos o tres ve- 
ces al día, ni él se conformaba de sus ausencias, cuando 
éstas se repetían mucho. 

Algo, como un vínculo estrecho de familia, se iba 
estableciendo entre paciente y enfermeras; vínculo 
dulce y cariñoso en cuya formación entraban la esti- 
mación, la confianza, la gratitud y quizás algún otro 
sentimiento oculto, que sólo esperaba una causa oca- 
sional cualquiera para revelarse en todo su fervor. 

Por algunos días, las cosas siguieron en ese estado, 
con gran satisfacción de todos y especialmente del se- 
ñor Robledo, que no había visto producirse en su 
campo nada de sospechoso o alarmante, después del 
grave suceso. 

El herido seguía mejorando, sin complicaciones de 
ningún género. 

Sentíase muy dichoso de encontrarse allí; y una 
tarde manifestó a Dora que éranle suficientes, cui- 



[348] 



NATIVA 



dados de manos semejantes, para amar mucho la 
vida. . . 

— Más que ingrato sería si no la quisiera, — díjole 
Dora. 

— ¡Me parece más hermosa que nunca! — contes- 
tóle él. con acento sinrero y ardoroso. 

La joven se retiró llena de cierto íntimo regocijo. 

Más tarde, se preguntaba a solas: "¿por qué le pa- 
recerá más linda la vida? ¡El. que parece desgra- 
ciado!". 

Poco después. Dora caía en una melancolía extraña 
y sentía ansias de llorar. 

Tan alegre y espiritual, sorprendíase de sí misma, 
quejándose de una opresión mortificante que abatía 
con su cuerpo el ánimo y le nublaba la vista. 

El corazón funcionaba a saltos caprichosos por mo- 
mentos, la cabeza parecíale bajo la influencia de un 
hálito o vaho pesado y letal, que la empujaba a un 
vacío sin término. 

Cuando eso sucedía se quedaba muda, de una pa- 
lidez casi transparente, con la mirada fija y sin luz, 
estremecida, fláccida, insegura. 

Asimismo caminaba un poco, buscando en el am- 
biente un consuelo; hasta que el desasosiego tomaba 
incremento, e inducíala a recogerse a tropezones, co- 
giéndose a las paredes y puertas, como herida en sus 
centros nerviosos por un golpe súbito. 

Reclinábase entonces sin fuerzas, y quedábase inmó- 
vil llena de sudores fríos; una como grande burbuja 
esférica o globular ascendiendo rápida, parecía cerraT 
por completo sus vías respiratorias, hinchábale las ve- 
nas del cuello, la asfixiaba, y desaparecía luego para 
dar lugar a un espasmo más o menos prolongado que 
la dejaba como muerta. 



[349 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



A estos accesos precedía siempre una laxitud de 
ánimo extraña en ella; una tristeza honda y desespe- 
rante que mataba el brillo de sus lindos ojos, la fres- 
cura de su piel y doblaba su cuerpo gentil lo mismo 
que se abate un tallo de flor bajo una ráfaga violenta. 

Cuando estos y otros síntomas se presentaban, ella 
misma arreglaba su lecho y arrojábase en él, buscando 
apoyo con las dos manos trémulas en algún objeto, 
capaz de resistir sus sacudidas precursoras o contrac- 
ciones musculares. Los desmayos no tenían mucha 
duración, ni aparecía en los labios cárdenos esa espu- 
ma que mana lenta y desborda como impelida por una 
ola de amargura. Salíansele un poco los ojos de las 
cuencas y quedábansele fijos; y esa fijeza aparecía 
más dura por la ocultación parcial de los velos par- 
padales y una profunda alteración nerviosa. 

Restablecíase pronto sin azahar ni éter, tan sólo 
aspirando el aire del campo y de la ribera. 

Volvía entonces su frente a serenarse, la luz a sus 
pupilas y el latido regular a su pobre corazón. 

Quedábale débil el cerebro, ya pasada lo que ella 
llamaba "gota coral'"; pero, a las pocas horas se re- 
constituía por los medios y en la forma predichos, 
reíase, se divertía, paseaba y gozaba bien de sus horas 
de reposo. 

Figurábase que todo eso no era más que exageración 
de su sensibilidad "mimosa" y reprochaba ingenua- 
mente a su organismo que se postrase y se hiciera el 
muerto cuando estaba tan vivo. 

Después de una noche así pasada, amaneció Dora 
mejor. Nata, que había dormido muy poco, aprove- 
chóse del buen estado de su hermana para visitar un 
instante al herido, cuyo cuidado había quedado por 
largas horas a cargo de Esteban y Guadalupe. 



[350] 



NATIVA 



Entróse ella con alguna emoción en el aposento. 

Luis María estaba solo; y al verla tendió la mano 
con ansiedad mal reprimida, como llamándola cerca 
de sí. 

Detúvose Nata a mitad de camino, saludándole; y 
luego dijo algo trémula: 

— ¿Lo han atendido a usted bien? . . . ¿Cómo sigue? 

— Bastante mejor, Nata, gracias a la bondad de 
ustedes. Creo que podré levantarme mañana, pues me 
siento con fuerzas . . . 

— [Tanto me alegro! 

— Agradezco mucho. . . sólo que ahora, una de estas 
vendas me molesta un poquito, y sin duda será por- 
que. . . no ha sido usted la que me la ha puesto. 

— ¡Ah, por eso no! . . . Pero será fácil remediarlo. . . 
Aquí hay otras que podrán reemplazarla en un mo- 
mento . . < 

— Í Qué buena es usted! Por su mano vendrá el 
alivio. 

Nata acercóse a la mesa, y empezó a escoger el ven- 
daje llena de agitación, sin contestar nada. 

Con la cabeza fuera de la almohada, mirábala Luis 
María de una manera fija e insistente, como aprove- 
chándose de aquella oportunidad feliz para contem- 
plarla a su gusto, sin testigos, con una especie de ínti- 
mo deleite o fruición desconocida, nueva para él. 

Bien luego halló Nata lo que necesitaba entre el 
montón de hilas y vendas; y, con no poca turbación, 
aproximóse a la cabecera del lecho, dulce el ceño y 
las dos manos por delante. 

Viola acercarse Berón, conmovido. ¡Ocurriósele re- 
cién que era muy bella! 

La joven comenzó a desatarle la venda antigua; di- 
ligencia en la que hubo de detenerse por varias oca- 

[351] 

26 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



siones. pues el herido se movía bastante, empecinado 
en mirarla de frente. 

— ¡ Estése usted quieto! — dijo Nata una vez, con 
aire resignado. 

- — Sí, haga usted; me hace mucho bien. [Quién no 
ha de curar así! . . . ¿Cómo podría corresponder a esta 
piedad. Nata? 

— ¡No es para tanto! — -murmuró ella temblorosa. 

Y cogióle la cabeza, a fin de pasar la venda por 
debajo y ceñirla. 

A aquel contacto Luis María se irguió un poco, y 
alargando las suyas enflaquecidas apoderóse de una 
de las manos de la joven, de un modo tan suave y 
cariñoso, que Nata se la abandonó sin resistencia. 

Los ojos de Berón tenían una expresión de ruego y 
blando humilde, y temblábanle los labios. 

Acaso fui torpe — dijo — - cuando ofrecí a Vd. mi 
ayuda. . . allá bajo del sauce; pero Vd. no me guarda 
rencor ¿verdad? Perdóneme. Fue un arrebato que yo 
mismo me eché luego en cara como un atrevimiento 
indigno de mi educación y de mis sentimientos hon- 
rados... Vd. merecía todo mi respeto. ¡Ahora, toda 
mi gratitud y mi cariño! 

Y besó aquella mano con labios febriles, apasionado 
y vehemente, a la vez que con miedo, cual si temiese 
una repulsa cruel. 

No sucedió así. . . 

Nata la retiró lentamente, ocultando con la otra su 
rostro, sonrojada y silenciosa, sin ánimo para bal- 
bucear una respuesta. 

Luis María alentóse más ante esa actitud; e incorpo- 
rándose del todo, atrájola hacía sí sin violencia hasta 
rozar con el suyo su rostro, añadiendo muy bajo: 



[352 ] 



NATIVA 



— Debo a Vd. tanto, que no sé cómo pagar la deu- 
da... ¿Será queriéndola a Vd., por siempre? 

Limitóse Nata a mirarle con intensa ternura; y él 
entonces la besó en el rostro, antes que pudiese des- 
asirse de sus brazos y arrancarse a su silencioso em- 
beleso. 

Ojos extraños observaban aquella escena. . . 

Dora, después de ataviarse mucho y de mirarse ri- 
sueña en el espejillo, que en forma de lente colgaba 
de la pared, dirigióse presurosa al aposento del he- 
rido, a cuya puerta se aproximó en puntas de pies, 
por si aún dormía. 

No había nadie en el comedor, pues don Luciano 
había salido al rayar el alba. 

La puerta que daba al aposento estaba entornada. 

Supuso que Luis María no estuviese solo; y, miró 
antes por la rendija. . . 

Vio a Nata de pie junto a la cabecera; pudo escu- 
char algunas frases, anhelante, y observó cómo el jo- 
ven cogía la mano de su hermana y la cubría de besos. 

Era esto ya bastante para desgarrarla. 

Con asombro vio, sin embargo, que no satisfecho to- 
davía, llegó a oprimir entre sus manos la cabeza de 
Nata para sellarle con los labios la frente. 

Quedóse yerta. 

Durante ese día Natalia, ignorante de este detalle, 
sobre el que su hermana tuvo buen cuidado de hacer 
la menor referencia en sus conversaciones, mostróse 
muy sonriente y alegre procurando hacer a todos co- 
partícipes de su estado de espíritu. 

A pesar de esfuerzos evidentes, Dora no pudo con 
todo sobreponerse a un dolor punzante que la morti- 



[353 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ficaba sin consuelo y que había venido a favorecer el 
mal que trabajaba de tiempo atrás su organismo. 

Sentóse a la mesa sin apetito, pálida y como aterida, 
contestando con monosílabos o palabras entrecorta- 
das a todo lo que se le decía. 

Después, se fue a reclinar en el lecho. 

Zumbábanle los oídos, sentía pesadez en la cabeza 
y en el corazón, laxitud en los miembros y una an- 
gustia en el ánimo fríamente implacable, hondamente 
penosa. 

Nata, que había ido a sentarse a su lado, la besó con 
cariño. 

No se reflejaba ya en su rostro la alegría; por el 
contrario aparecía grave y mustia bajo la presión de 
un sentimiento real de disgusto; y sucedíale esto, siem- 
pre que a su hermana le acometían aquellos desfalle- 
cimientos o quebrantos que la hacían juguete del vér- 
tigo. 

Dora contestó el beso ciñendo con sus dos manos 
suavemente el cuello de Natalia, mirándola en silen- 
cio, húmedos y casi apagados sus hermosos ojos par- 
dos, y contraídos los labios por un gesto de amar- 
gura. 

Luego, preguntó: 

— ¿Sigue bien el herido? 

— Mejor cada vez.. . ¿No lo has visto hoy? 

Quedóse callada Dorila, acariciando entre sus de- 
dos el cabello de su hermana; suspiró con fuerza, y 
al cabo de un rato, dijo muy bajo: 

—No. . . Este mal no me deja; de un día para otro 
aumenta y me quita todo el ánimo... Discúlpame 
con él. . . que me alegro de su mejoría. 

— Ahora te pasará, e iremos juntas. 

— ¡Recién me empieza! Verás que me destronca... 



[354] 



NATIVA 



Pero, no te ocupes de mí, pues ya sabes que no dura 
mucho aunque suele repetirse. 

— Por lo mismo quiero estar aquí. 
— ¡Bueno! . . . Dame agua. 

Nata le alcanzó un vaso de la mesita, que ella misma 
le puso en los labios. 

Al beber, los dientes de Dora rechinaron en el vidrio. 

De spués de eso quedó más tranquila. 

— El aire me hace bien, — dijo. 

— Vamos entonces a caminar un poco. 

—Ahora, no. El sol quema... cuando baje. 

Tengo deseos de ir al sauzal, porque allí se me pasa 
pronto este devaneo. 

— De tardecita, si quieres. . . 

— Sí, — repuso Dora, animándose un poco de pron- 
to — Esperaremos. Pero, yo no quisiera que por mí 
dejases de ver cómo va el señor Berón. . . Mira: ahora 
me viene el sueño, y en durmiendo, ¡adiós nervios! 
ya se me va el vahído, y cuando despierto, ni rastros 
de ahogos. Así es que puedes ir, Natita, yo te lo pido, 
te vas a distraer más; y en tanto yo descanso lo mis- 
mo que un bendito sin moverme en cuatro horas, ¡para 
envidiarme las piedras ! . . . ¡ Oh, qué dulce es dormir 
mucho, mucho! . . . 

Y esto diciendo la joven, a quien se le iban colo- 
reando las mejillas con un tinte vivo, acomodábase 
bien en la almohada y plegaba los párpados en dis- 
posición de entregarse a un sueño prolongado. 

Nata la oía pensativa. 

Dora se incorporó de nuevo, expansiva y vivaz, aña- 
diendo: 

— ¡Mira que es cierto que voy a dormir! Es tiempo, 
así voy a quedar bien, . . de lo que me alegro; por- 
que hace días que todo el trabajo es para ti y Gua- 



[355 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



dalupe. y eso no me parece justo. Seguro ha de ser 
que me llaman regalona . . . 
—¡No tal! 

Dora volvió a acostarse sin replicar nada, y cerró 
los ojos. 

Al poco rato su respiración era tan tranquila y su 
aspecto tan reposado, que Nata la juzgó dormida. 

Estúvose ella no obstante atenta algunos minutos 
más; y luego se fue, sin hacer ruido. 

Sola ya. Dora, que estaba despierta, lanzó un so- 
llozo llevándose las dos manos al semblante, y gruesas 
lágrimas saltaron por entre sus dedos., . 

Gracias a ese lloro, cedió en parte el rigor de su 
afección. 



[356] 



XXI 



EL REMANSO 

Cuando Nata regresó horas después, encontróla llena 
de buen humor, lúcida, espiritual, dispuesta a uno de 
aquellos paseos a caballo que tanto la deleitaban y 
en los que al galope violento o a la carrera desenfre- 
nada, su naturaleza excepcional parecía transformarse 
y adquirir una energía asombrosa, extraña a su sexo. 

— ¡Te aguardaba. Natita! — dijo contenta, al verla 
llegar. 

Pasearemos a caballo, ¿quieres? 

— ¡Con mucho gusto! 

— Pues no hay más que hablar . . . 

Fijando luego sus ojos en los de su hermana, siguió 
diciendo con la mayor naturalidad: 

— Nada me has dicho del estado de nuestro amigo. 
¿Cómo sigue? ¡No seas egoísta, Natilla! 

Sonrojóse ésta un poco, y contestó: 

— Bien, siempre. ¿Por qué me dices eso? 

— ¡Oh, me conoces y no tienes por qué extrañar 
estas ocurrencias [ . . . El pobre merece, como dice 
papá, todas nuestras atenciones. Me alegro mucho. 
Nata; ¡con toda el alma! Así vamos a pasear más 
tranquilas como otras veces, a lo que den los rosillos, 
campo afuera, donde hay mucho aire y mucho verde 
y gamas y avestruces que escapan espantados al sentir 
el tropel . . . 

— También me divierten a mí esas cosas; y voy a 
decirle a don Anacleto que ensille los caballos. 



[ 357 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



—Bueno, porque yo no he avisado nada... 

Que se apronte Guadalupe también. ¡La pobre negra 
anda sin sombra hace días con todo lo que ocurre! 

Así que Nata salió, sonrióse Dora con tristeza. 

Lejos de arreglarse el cabello con el esmero de cos- 
tumbre, recogióselo indolentemente en el coronal, don- 
de lo aseguró, dejando colgar las puntas en desorden 
en la nuca. 

Ciñóse después por encima un pañuelo de seda co- 
lor lila, a manera de cofia; púsose unas flores en el 
seno, al descuido, tréboles y alhucemas que Guadalupe 
le colocaba de continuo cerca de la cabecera; espe- 
cialmente las últimas, cuya esencia alcanforada le ha- 
cía bien. 

\a pronta, fuése al patio; recorriólo ágil de extremo 
a extremo examinándolo todo como cosa nueva para 
ella; arrancó florecillas silvestres de plantas adheridas 
a los higuerones, que luego iba arrojando aturdida en 
todas partes ; escogió otras que a poco, sufrían la mié 
ma suerte; corrió en pos de los picaflores que se de 
tenían delante de las campánulas de las enredaderas, 
o de los "mangangaes" que venían gruñones a entrarse 
en sus cuevas del alero; y, por último, púsose a per- 
seguir al gallo criollo, que a paso arrogante y con aire 
prevenido alejábase de su implacable enemiga para 
cantar a su gusto en algún sitio solitario. 

Detrás iba ella cautelosa con un racimo de saúco 
en la mano, atisbando el momento en que se pusiera 
en posición el cantor para lanzárselo a la cabeza, y 
convertir en chillido su nota estridente. 

Pero, en esa actitud agresiva la sorprendió de im- 
proviso Nata, que la buscaba para advertirle que es- 
taban listos los caballos; y como no hubiese ya medio 
de realizar su travesura infantil, arrojó el racimo 



[358] 



NATIVA 



riendo sin descanso, protestando abandonar tan sólo 
el propósito "hasta mejor oportunidad". 

La tarde no podía ser más apacible y hermosa. 

Convidaba de veras a excursiones lejanas, y prome- 
tía una noche llena de majestad y pureza, con un lu- 
cero de admirable brillo en un espacio límpido y 
celeste. 

El sol acababa de esconderse, y de las hierbas bro- 
taba un vaho de suave frescura con inhalaciones aro- 
máticas que hinchaban los pulmones. 

Las jóvenes en compañía del capataz, emprendie- 
ron desde el principio el galope sin detenerse en sitio 
alguno, trasponiendo ^'cuchillas" y bañados, y dándose 
a penas tiempo para cambiarse algunas frases arran- 
cadas a la emoción producida por el ejercicio y la su- 
cesión de los paisajes. 

Parecían gozar realmente en aquellas carreras sin 
rumbo, por lugares que no ofrecían obstáculos, com- 
placiéndose en hacer chapotear a sus caballos por los 
bajos húmedos y en levantar bandadas de patos y de 
chorlos que llegaban a reunirse remolineando en densa 
nube, y a los que Dora ponía mayor pánico agitando 
bien alto un junco que llevaba a modo de látigo en 
la diestra. 

Detuviéronse al fin para tomar aliento, algunos mi- 
nutos; otros tantos emplearon en marchar al trote 
aflojando las riendas a sus rosillos sudorosos; y, siem- 
pre agitadas por el afán del movimiento, renovaron 
el gran galope haciendo una extensa gira para el re- 
greso. 

Pasaron por delante de la isleta de los nidos de 
loros y torcaces, y del boquete de los sauces. 

Allí se pararon breves momentos, para mirar al río. 



[359 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



—¡Mi sitio predilecto! — exclamó Dora — . Hace 
días que no lo visito. ¡Qué lindo es! 

— ¡Precioso! — dijo Nata. Pero ya es tarde para 
apearnos. 

— Sigamos, — murmuró su hermana, suspirante. 
¡Ya vendremos! 

En las "casas*' las esperaban con la mesa puesta. 

Con tal que se divirtiese Dora, Guadalupe habíase 
resistido al paseo, y multiplicado su actividad en la 
faena doméstica, a fin de que todo estuviese en orden 
así que llegasen sus amas. 

Dirigiéronle éstas algunas palabras cariñosas al des- 
montarse fatigadas; y Dorila llegó a hablarla con mi- 
nios, pasándole dulcemente la mano por el rostro. 

Cuando la joven entró al comedor, notó que Nata 
se había ido al aposento de Berón. 

Encontrábase allí también su padre. 

Oíanse claros los diálogos y las risas, y mezclado 
a aquéllos una que otra vez su nombre, pronunciado 
con afecto por Luis María. 

La voz del convaleciente parecía haber recobrado 
ya su timbre claro y su vigor. 

Dora se había sentado cerca de la puerta de comu- 
nicación apoyada la cabeza en la pared, con ese aban- 
dono propio de un cuerpo que se siente cansado, o 
al que ha invadido una repentina languidez. 

En apariencia indiferente a lo que cerca de ella 
ocurría, trabajaba sin embargo su espíritu el pesar 
profundo. Quizás el esfuerzo hecho para ocultarlo 
hasta en el paseo, la rendía ahora abatiendo todas sus 
fibras. 

Consideróse sin ánimo para presentarse ante el he- 
rido, y aun para seguir escuchando lo que se hablaba 
en su estancia. 



[380] 



NATIVA 



¿No sabía ya lo bastante? Nada debía esperar, des- 
pués de aquella escena que ella había presenciado ca- 
sualmente y cuyo secreto guardaba en el fondo de su 
pecho. 

Luis María amaba a su hermana y era correspon- 
dido. . . ¡Qué dichosos! 

Mientras que así pensaba, vino Nata presurosa al 
comedor toda sonrosada y risueña, en busca de agua 
para el enfermo. 

Tan feliz parecía, que no paró atención en la pre- 
sencia de Dora, poniéndose a dar brillo muy afanosa 
al vaso en que debía verter el líquido. 

— ¡Cómo lo cuidas! — - murmuró aquélla con acento 
duro, y un gestillo irónico. 

Nata se estremeció, alzando recién la vista y no- 
tando que no estaba sola. 

Aquel eco inesperado le llegó a lo hondo, como 
una queja herida. 

No contestó, limitándose a mirar a su hermana con 
un aire triste. 

El entusiasmo de un minuto antes la abandonó de 
súbito, para ser reemplazado por una expresión de 
pena y de humildad; y en tanto llenaba el vaso, tem- 
blorosa, nubláronsele las pupilas con un velo de lá- 
grimas. 

Alzó el vaso y volvióse siempre callada al aposento. 
Dora se levantó y fuése tambaleante a su lecho, en 
el que se arrojó ocultando el rostro entre sus manos. 
Recorría todo su cuerpo un temblor convulsivo. 

A pesar de los halagos e insinuaciones de don Lu- 
ciano, que fue a verla, Dorila no se presentó en el 
comedor, ni probó bocado; pero, pasó esa noche en 
una tranquilidad relativa. 



[361] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El sueño tuvo compasión de ella, y la acompañó al- 
gunas horas. 

Durmió sin excitaciones ni sobresaltos: y cuando 
despertó, observó que ya su hermana había abando- 
nado el lecho. 

Al contrario de ella, Nata no había podido dormir. 

Dos preocupaciones la dominaron en la sombra y 
el silencio: el estado de salud de Dora, y su reproche 
amargo . . . 

Al ruido de los pájaros — que ansiaba con el 
alba — púsose de pie, menos inquieta respecto a lo 
primero; si bien lo segundo, persistía dilacerante en 
su corazón velando sus ensueños venturosos. 

Fue este íntimo dolor el que la indujo a buscar 
alguna distracción cuando todo se mueve y alegra, 
hasta el gusano, bajo la luz de la mañana. 

Anduvo; vagó mucho. . . 

Más de una vez se enjugó lágrimas, que venían del 
fondo y saltaban de sus ojos sin ella quererlo; pero 
este llanto suave, silencioso como el de las hojas y 
las flores venía envuelto en el aroma de un sentimiento 
apasionado y ardiente que en parte atenuaba el esco- 
zor de la pena doméstica. 

¿Tenía ella acaso, la culpa de haber sido preferida? 

Juntas conoció él a las dos; tratáronle al mismo 
tiempo y lo cuidaron ellas juntas en su desgracia, po- 
niendo cada una por su parte todo el empeño posible 
para ser querida . . . 

El escogió. 

¿Cómo convencerse la una o la otra de que no exis- 
tía pecado que pudiese imputarse a cualquiera de las 
dos? El egoísmo en la pasión era natural; y ella, 
amaba. 



[362 ] 



NATIVA 



Explicábase recién lo irresistible del lenguaje de 
las afinidades sexuales y sentíase dominada en abso- 
luto por la atracción del amor; mezclando a los en- 
cantos de su espíritu impresionado hasta el recuerdo 
pueril de las aves canoras, a quienes ella había visto 
desplegar todo el lujo de su belleza y toda la melodía 
de sus gorjeos para hacerse querer de sus humildes 
compañeras. 

jAlgo parecido había hecho él con un arte encan- 
tador! 

Ahora que la aíligía esta pena, hallaba un consuelo 
en su deliquio íntimo; y por eso, cada vez que pasaba 
por delante del aposento de Luis María experimen- 
taba como un ansia de verle. 

En cierto momento no pudo al fin resistir. 

Su padre, que dormía en el comedor en cama im- 
provisada, era hombre a quien no sorprendía la al- 
borada y tiempo hacía que se había ido a sus tareas 
en su caballo roano de sobre-paso, en compañía de 
don Anacleto y Calderón. 

Esteban buscaba algo en la huerta para el almuer- 
zo, en ayuda de Guadalupe. 

Nata llegóse a la puerta del aposento, y llamó 
quedo. 

Abrióse ésta de pronto, con gran sorpresa de ella; 
pues quien la había abierto era el mismo Berón. 

El joven sintiéndose con algunas fuerzas, encon- 
trábase de pie' desde muy temprano, con el ventanillo 
sin gasa, como para que entrase a raudales el aire 
puro. 

Al verle así arreglado y gallardo, aunque marchito y 
pálido; Nata no pudo contener una exclamación. 
— ¡Qué guapo! 



[363 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Ya ve Vd., — dijo Luis María, entrándose al 
comedor. 

Los cuidados tiernos hacen revivir cuando vienen 
de ángeles como Vd. . . . j Pobre de mí, sin su piedad! 

— ¡Oh, no! Algo hice, que no vale el esmero de 
todos . . . 

— Para mí, sí, — repuso el joven cogiéndola de la 
mano con afecto cariñoso. En estos días lo que no 
podía hacer mi juventud ansiosa de vida, lo hizo la 
imagen de una mujer constante siempre ante mis 
ojos. . . ¿Gracias a Vd.! 

Nata se sintió turbada, pero en el fondo dichosa. 

Sentáronse los dos en un banco, juntos y apoyados 
en la pared, de modo que podían leerse en las pupi- 
las, sin acordarse de nada, embebidos en un solo y 
común deliquio. 

— ¡Me apena la idea de verme sano! — dijo el 
joven con emoción. 

— ¿Por qué? 

—Porque, cuando yo lo esté, tendremos que sepa- 
rarnos. . . 

— ¡Ay, no! 

—Será preciso; pero, nos veremos en Montevideo 
para no apartarnos más... Acabo de escribir a mi 
madre, que ha de sufrir por mi silencio... Le digo 
lo que he encontrado en medio de mis aventuras, le 
hablo de usted y le ruego que la ame como yo. 

— ¡Ah! ¿sí? 

— ¡Verdad! ¿qué más podría decirle? 
Y estrechando la muy corta distancia que los se- 
paraba, añadió en voz baja y dulce: 
—Me quieres, ¿no es cierto? 
—¡Sí! 

— ¿Así como yo, con toda el alma? 



[364] 



NATIVA 



Ahogósele la frase en la garganta a Nata, que apoyó 
su rostro en el hombro de Luis María, mirando con 
terror hacia la puerta de su dormitorio. 

El sin preocuparse de nada, la atrajo hacia sí vehe- 
mente, y la besó en los labios. 

Al sentir el calor de su boca, sacudió Mata la ca- 
beza, desprendiéndose de sus brazos, y empujándole 
con las dos manos, tremulante, murmuró con angustia: 

— Todo me quema. . . [Qué no nos vean, Dios mío! 

— Los ojos que viesen lo hallarán todo s a n tu. 

— ¡Quién sabe!... Sea más juicioso. 

Y reprimiéndole de nuevo en sus arranques apa- 
sionados, levantóse Nata encendida, con una de sus 
trenzas suelta y húmedos los ojos, alejándose hacia 
el patio a paso lento. 

Poco después. Dorila se encontraba con su hermana 
junto a los higuerones, y decíale que había experi- 
mentado verdadero placer en saludar a Berón a la 
salida de su aposento; que lu había hallado muy re- 
puesto y bizarro, aun cuando ella creía que necesi- 
taba todavía algunos días de calma. 

Mientras así hablaba, no separaba la vista de unas 
tintas o manchas róseas que Nata exhibía en unas de 
sus mejillas, y que eran otras tantas huellas de aquel 
fuego que ella había sentido tan de cerca. 

Nata comprendió la intención de aquella mirada 
fija y tenaz, y dolióse de su dureza. 

No era natural en Dora, y algo de grave debía pa- 
sar por ella. Tal vez había observado alguna de sus 
escenas de amor. . . 

Viendo cómo se encendía todo su semblante, Dora 
cesó de mirarla; fuése rápida a uno de los higuerones 
de la enramada bajo cuyos torcidos brazos vivían fres- 
cos varios claveles del aire, y arrancando uno blanco 



£365] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



mojado aún por gotas de relente, vino a colocárselo 
en el seno a su hermana, hablándola afable y riente, 
aun cuando era la suya una risa mezclada de llanto. 

— Con esta flor que no es del suelo, quedarás bien 
con él, — díjole — . ¡Debe gustarle, Natita!... Ve- 
rás que te lo agradece, por el buen gusto siquiera. 

¡Ya quisieran ser así mis pobres alhucemas! — 
agregaba, oprimiendo las que tenía en el pecho y as- 
pirando con ansia su acre aroma. 

Luego, sin esperar la contestación de Nata, echó a 
correr como una aturdida detrás de un paj arillo que 
recién emplumado surgía del alero, procurando en- 
sayar sus alas. 

Guadalupe, que miraba desde la puerta de la co- 
cina, sintióse tentada a retozar y remangóse de súbito 
la ''pollera 1 ', partiendo con la velocidad de una cabra 
montes en pos de Dorila. 

Esta siguió corriendo alguna distancia en el campo, 
hasLa que sintiéndose cansada, dejóse caer sobre las 
hierbas. 

La negra incorporósele resollante, con un pie sin 
chanclo perdido en la carrera y desprendido el pa- 
ñuelo de algodón que llevaba en la cabeza. 

Tendióse a su vez boca abajo, entreteniéndose en 
arrancar a puñados los pastos y en arrojárselos a su 
cráneo, de manera que bien pronto se vio cubierta 
de verde hasta los hombros. 

— Si estuviese aquí don Anacleto, — decía la negri- 
lla — , diría al ver este pasto lindo, niña, "¡quién juera 
güey pa pastiar!" 

Y al expresarse así, intentaba remedar al capataz 
arqueando las cejas y removiendo los labios pulposos. 

Dora reía a sofocarse. 



[366] 



NATI VA 



Y como la negra se levantase e intentara volverse, 
exclamaba : 

— ¡No te vayas Lupa, todavía! 

— Sí, niña, se me va a cortar el puchero. Voy a 
espumarlo . . . 

Volviéndose a recoger el vestido, hasta enseñar las 
dos piernas con las medias caídas, emprendió de 
nuevo a saltos la carrera, ni más ni menos que una 
ternera que brinca retozando. 

Otro ímpetu de risa dejó a Dora sin fuerzas, al 
verle por detrás la figura. 

Enjugóse aquellas lágrimas de alegría, suspirando; 
y se quedó en muda contemplación con la vista per- 
dida en las campiñas . . . 

Al expirar ese día, Dora salió a pie de las "casas", 
dejando a su padre y a Nata en el cuarto de Berón. 

Cerca de la puerta, Esteban le alcanzó un poco de 
agua, que ella tomó estremeciéndose. 

En las pasadas horas había experimentado vértigos, 
a veces simples desvanecimientos. 

Dolíale un poco el corazón. 

Caminaba casi sin firmeza, como llevada por un 
vahído continuado, o en alas de un viento fuerte. Pa- 
recíale a ella misma, que había disminuido de peso y 
que le faltaba el aplomo natural. 

Con todo, nada de alarmante se manifestaba en su 
organismo; pues, aunque débil y destroncada, ese es- 
tado era en ella muy frecuente y de angustia pasajera. 

Recorrió el trayecto sin tropiezo, hasta llegar a los 
sauces que mojaban en el remanso los extremos de 
sus gajos; pero, lo anduvo de un modo maquinal 
como sonámbula, ligera, callada, lo mismo que una 
sombra. 



27 



[367 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Cuaró y Ñapindá, que por aquella parte del monte 
se agitaban, la vieron con extrañeza pasar sola por el 
abra, e ir a sentarse en el tronco del sauce que deri- 
vaba hacia el remanso ansioso de humedad, retorcido 
y tenaz, hasta hundir parte de su corteza en el río. 

Y se quedaron atentos, con alguna sorpresa. 

La hora era avanzada. 

Venía la noche sin celajes negros, silenciosa y apa- 
cible; pero, noche al fin. 

¿Qué iba a hacer allí, aquella joven? 

En aquel sitio, la arenilla blanda y lisa del ribazo 
formaba un manto ceniciento cuajado de chispas lu- 
minosas; un poco más allá de ese acceso suave per- 
díase el pie, y caíase en lo hondo — especie de hoya 
circuida por plantas de largas raíces, cuyas anchas 
hojas asomaban verdes y lozanas en la superficie. 

Un leve escarceo producido en las aguas por un 
vientecillo suave acumulaba algunas ampollas espumo- 
sas, que se deshacían sin ruido en la ribera; rielaba 
en el plano terso una luz tranquila sin cabrilleos, ni 
escamas fosforescentes; y sobre este plateado manto 
que cubría el dorso del abismo, deslizábanse lentos 
dejando en pos fugaz estela, cisnes y patos viajeros. 

En el cuadro de luna formado entre acacias y lau- 
reles negros, a la derecha, una lechuza errabunda y 
solitaria agitaba chistando sus alas color de greda, 
de un modo fijo y persistente, como enclavada en 
un punto del espacio. 

Bajo otra situación de ánimo, quizás habría im- 
puesto a Dora la soledad de este paisaje; pero, en el 
momento a que nos referimos no parecía ella prestar 
mucha atención a lo que la rodeaba. 

Abstraída, con los ojos fijos hacia adelante cual si 
siguiese una visión o fantasma misteriosa que sin ale- 



[368 ] 



NATIVA 



jarse mucho de ella guardara siempre una distancia 
regular, erguía su busto gentil todo lo que era posi- 
ble sobre el tronco que la servía de asiento, atenta al 
centro del río, como si encima de la canal cerrentosa 
flotara en forma de niebla su ensueño. 

Tenía los pies colgando en el vacío, y solía cruzar- 
los y columpiarlos con la regularidad de un péndulo, 
siguiendo tal vez el ritmo del viento y los follajes; 
acaso el compás de alguna música triste que ella per- 
cibía en el extraño mundo de sus sentidos lesionados. 

La verdad es que su afección cerebral no le permi- 
tía pensar con la lucidez de antes, aun después de 
extinguida momentáneamente: recuerdos e imágenes, 
ideas, cariños, todo surgía incompleto, a fragmentos, 
en confusión en su cabeza: y cuando apoderábase 
de alguno de esos elementos de juicio no lo abando- 
naba hasta haberlo desmenuzado en íntimo deleite con 
la fruición con que un hambriento deslíe algo de muy 
delicado y dulce bajo el paladar. 

Y así, a solas en ese paraje, en otros tiempos es- 
cena de sus puerilidades y alegrías, vio vagar en me- 
dio de súbitos desvanecimientos la imagen que vivía 
en su mente desde el primer día, y que ya no le era 
dado contemplar sino en la sombra como una esfu- 
mación tenue, casi incolora, de una ilusión querida. 

A causa de sus accesos continuos, había descuidado 
ya sus trenzas, y mal ceñido su cabello enredado caía- 
le en descompuestas guedejas sobre las sienes y los 
ojos, sin que ella se tomase la pena de apartarlos para 
despejar siquiera el campo de su visual. 

Tenía el cutis marchito, casi lívido, y grandes líneas 
oscuras bajo los párpados inferiores; la respiración 
irregular, el pulso inseguro, el labio tremulante, y en 
toda la figura esparcido un aire de indolencia pro- 

[369] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



funda, de tal abandono de sí mismo, que al obser- 
varla hubiera inspirado pena al más indiferente. 

Suspiraba alguna vez. siempre que de improviso oh 
sacudimiento cualquiera, violento, epilepsiforme, de 
contracción o recogimiento nervioso la conmovía tótfa, 
haciéndola cogerse con las uñas crispadas a la cor- 
teza del sauce. 

Pasada la impresión, quedábase muy quieta, con las 
pupilas clavadas en el remanso sereno. 

Llegó un momento en que sintió ansias de llanto y 
una especie de vapor que empezaba a sofocarla in- 
teriormente. 

Sobrecogióla el terror e hizo esfuerzos por sepa- 
rarse del tronco, volviendo sus pies hacia el suelo 
firme. 

Dieron un giro lento y buscaron apoyo a poeta lí- 
neas de la tierra, rozando las hierbas; pero, el cuerpo 
se dobló hacia atrás como un junco contorneando el 
sauce con los brazos tendidos y la cabellera suelta; 
quiso gritar, mas no pudo; y poco a poco se fue des- 
lizando ya sin sentido, hasta sepultarse suavemente en 
el remanso. 

Cuaró alcanzó a percibir este chapuz de ave mori- 
bunda, y dijo a Ñapindá: 
— Vení al río, amigo. 

Los dos saltaron a manera de tigres, por encima 
de las malezas. 

Apenas distinguíanse algunos círculos concéntricos 
en la superficie del remanso, que se alejaban hacia 
las plantas acuáticas, lo mismo que los que forma 
la caída de una piedra y desvanece pronto el propio 
equilibrio de las aguas profundas. 



[370 ] 



NATIVA 



Los patos y cisnes seguían bogando serenos por el 
cauce, sordos quizás al ruido misterioso de un minuto 
antes junto al ribazo. 

Los dos hombres se miraron. 

Cuaró arrancóse de un tirón el "cuyapí", y el chi- 
ripá quedóse tendido en el suelo como una manta. 

A medio desvestir, el teniente alargó sus dos bra- 
zos nervudos hacia el centro del remanso, arqueó su 
tronco atlético dando un brinco sólo comparable a la 
corveta de un potro herido por la espuela, y se hundió 
de cabeza en el rio. 

Saltó el agua revuelta hasta mojar el rostro de Ña- 
pindá, espumeó y formó luego un gran remolino 
negro. 

Las aves volaron, graznando. 

Los remolinos se sucedieron aqui y allá por algu- 
nos segundos, como si en lo hondo se agitara algo 
monstruoso, rebasando las aguas en ligeras raudas 
las anchas matas y "camalotes" que flotaban en la 
superficie. 

El "tape" que iba de uno a otro lado siguiendo las 
ondulaciones y burbujeos con ojo de "ñacurutú 1 ', obs- 
tinado en no perder la pista, había empezado a in- 
quietarse y tirado su sombrero, cuando un resuello 
semejante a] ronquido del "capivara" que ha rastreado 
mucho los fondos sonó entre las plantas acuáticas y 
la cabeza de Cuaró surgió arrojando dos gruesos cho- 
rros por las narices, toda sembrada de raíces y largas 
guías que había deslrozado con brazos y hombros en 
hercúleas sacudidas. 

A pesar de esos forcejeos formidables debajo del 
agua propios de un "yacaré" herido, no había lar- 
gado su presa, pues traía a Dora apretada contra su 
robusto pecho, envuelta de la cabellera a la cintura 



[371 j 



EDUARDO ACEVBDO DIAZ 



con aquellos gajos verdes que a modo de serpientes 
aparecían como enroscadas en ella. 

Ñapindá entró en el agua por esa parte, hasta el 
pecho, y le ayudó a salir con su carga, que juntos 
depositaron sobre las hierbas en el claro de luna. 

Inclináronse los dos para mirarla bien en el rostro 
y notándola inmóvil y tiesa, con la boca y los ojos 
abiertos, el "tape" púsole sobre el corazón su callosa 
mano, que mantuvo allí algunos instantes. 

Después le frotó fuerte las sienes y la frente con 
un pedazo de bayeta; y volvió a pulsar. . . 

En seguida se puso a arrancarle gajos y guías, y 
dijo: 

— Pobre la "guay^ta' 1 . . . Omanó. 1 

Con todo, colocó el cuerpo boca abajo, agregando: 

— "Yapuy-janié", Cuaró. 3 

Ambos hicieron entonces presión con las manos en 
las espaldas. 

Salió un poco de agua por entre los labios descolo- 
ridos y yertos; pero, ni un suspiro, ni un movimiento 
de vida. 

Las formas tenían ya el aspecto de rigidez. 
Cuaró dio un resoplido ahogado, y se puso a vestir 
silencioso. 

Lo hizo en un instante. 

Luego se encaminó despacio hacia el cuerpo de 
Dora, levantándolo en sus dos brazos dulcemente» 
como si se tratase de un niño dormido; y echó andar 
rumbo a las "casas'*. 

Por dos o tres veces quiso Ñapindá en el tránsito, 
rezongando, dividir con su compañero la carga, ten- 



1 Muerta. 

2 Aprieta pronto. 



[372 ] 



NATIVA 



diendo las manog hacia el bulto de la pobre muerta; 
pero, él se detuvo una ocasión, y dijo con su acento 
bajo e incisivo: 

—Dejala hermano^ a la "guaynita". . . 

Y siguió su camino. 

El "tape" lo hizo también detrás callado, a trope- 
zones en la sombra, 

Cerca de la huerta, oyeron muchos ladridos lejanos 
que parecían venir del otro lado del paso, furiosos y 
constantes. 

Los dos se pararon; y el "tape" se acostó, poniendo 
el oído en el suelo. 

■ — El "yagua" grita en el "cagüipe" 1 — murmuró. 

Encogióse el teniente de hombros, y continuando 
la marcha, entróse en la enramada. 

Viólos Nata penetrar allí con aquel bulto inerme, y 
adivinando tal vez lo que ocurría, lanzó un grito agu- 
do y corrió hacia ellos. 

El viejo Robledo siguió sus pasos desalado. 



i Monte. 



[373] 



XXII 



SOMBRA 

Atónitos quedaron largo rato hermana y padre exa- 
minando y contemplando el cuerpo de Dora, en la es- 
peranza de que aún viviese, sacudiéndola, llamándola 
tiernamente primero, luego a grito herido, arrodilla- 
dos junto a ella. 

Cuaró y el "tape" presenciaban todo silenciosos, 
apoyados en los puntales como dos fantasmas. 

El capataz se quejaba lo mismo que un niño yendo 
de un lado para otro sin tino, y redoblaba sus lamen- 
tos a cada sollozo que su patrón lanzaba mezclado a 
algún juramento viril. 

Algo más lejos, Guadalupe se revolcaba en las hier- 
bas rodeada de mastines que con la cola baja olfatea- 
ban de vez en cuando con aire triste y gruñían sorda- 
mente. 

Los peones viejos formaban grupo, inmóviles, enco- 
gidos, con las barbas en el pecho bajo el peso del 
desastre. 

Casi todos la habían visto crecer desde muy peque- 
ñita, llevándola en sus brazos, enseñándole a jinetear 
y soportándole sin enojo sus bromas y travesuras ino- 
centes. 

La querían como a la luz del pago; pues era rayo 
de sol que se entraba por todas las rendijas y escon- 
drijos siempre alegre y riendo, espanto de la índole 
taciturna del paisano, incansable perseguidora de ave- 
cillas y "mangangaes", terror cotidiano del gallo crio- 



[374] 



NATIVA 



lio de empinada cresta, rapazuela sagaz de nidos, al- 
borotadora ruidosa del bañado y del estero, gombra 
terrible de los lagartos de la "tapera" que acosaba de 
continuo con Guadalupe, deleitándose en verlos huir 
con las colas muy tiesas» y a la negra cogerse a veces 
a ellas para quedarse al fin con un trozo en las ma- 
nos y caer de espaldas con los pies para arriba. 

¡Ahora los bichos podían holgarse! 

Sin cuidado vendrían ya hasta las "casas" I03 cen- 
tinelas perdidos de los venados y los ñandúes, y aova- 
rían los patos bajo los cardos, y los picaflores se cer- 
nirían sobre las enredaderas, y los abejorros se po- 
sarían sin miedo de una agresión en las entradas de 
sus cuevas. 

¡La linda traviesa se había ido para siempre! 

Por encima de todo, desaparecía con ella de las 
"casas" el ruido de la alegría; un ruido que no era 
el del cencerro, — según decía don Anacleto, a quien 
el lloro había enrojecido la punta de su curva nariz, — 
ni el de las abejas y avispas, ni el de las ranas maja- 
deras, ni el grillo y la "chicharra", sino el de todos 
los pájaros juntitos, cuando en la mañanita se iba 
para arriba un olor de tierra, y bajaba el arrebol a 
mesturarse con lo escuro. 

Y era así verdad. Con Dora se extinguía la música 
matinal y el alegre rumor vespertino en las poblacio- 
nes, la sonrisa perenne, el aura loca de juventud co- 
municativa, entusiasta que hacía sonar como arpas 
invisibles en el silencio y la monotonía, todas las notas 
de la dicha y del regocijo del hogar doméstico. 

De ahí el hondo duelo. 

En mitad de su quebranto, el viejo Robledo levantó 
una y otra vez al cielo el puño crispado, y otras tantas 



[375 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



colgóse Nata de su brazo, tapándole con la mano la 
boca . . . 

Ya en calma, cargóse con el cuerpo de Dorila, y se 
le llevó al comedor. 

Quitáronle las ropas mojadas, que reemplazaron con 
el mejor de sus trajes, y le cerraron los ojos. 

Las pestañas muy negras, antes vibrátiles y llenas 
de brillo, realzaban el rostro lívido como dos listas de 
terciopelo en fondo de marfil, y contrastaban con la 
blancura de los dientes iguales y pequeños, cuyos ar» 
eos ponían de manifiesto los labios entreabiertos y 
recogidos por una última contracción de dolor. 

En tanto Guadalupe cubríala de florecillas olorosa» 
y la besaba en las manos sin consuelo, Nata peinábala 
extrayendo de la cabellera hojas y raíces de plantas 
acuáticas, e interrumpíase a cada movimiento para po- 
sar sus labios febriles en los del cadáver largos segun- 
dos, como si quisiese trasmitirle el calor de su vida. 

El capataz ayudado por los peones unía algunas 
tablas en forma de ataúd en la pieza vecina a la en: 
ramada; y el sordo golpeteo sobre los clavos con un 
mazo, era el único ruido que perturbaba la calma de 
los contornos. 

Producíanse sin embargo a lo lejos confusos ru- 
mores. 

Movíase el ganado en el campo, los perros de la 
estancia se habían apartado de sus sitios de reposo, 
y el esquilón de la "tropilla" solía sonar detrás de la 
loma en inquieto vaivén. 

Podían compararse esos ruidos nocturnos, al de un 
viento fuerte que atravesara las campiñas y se que- 
brase en la barrera de los montes con estrépito de 
ramas. 

Cuaró y el "tape*' habían desaparecido. 



[376] 



NATIVA 



Era que el "yagua" seguía ladrando con redoblada 
furia en el "caguipe" como decía Ñapindá, y algo de 
siniestro se acercaba por la parte del vado. 

En la hora en que el tape y el charrúa se retiraban 
de las casas, un fuerte destacamento de caballería de 
línea venía recorriendo la costa opuesta del río en 
busca del paso. 

Frecuentes paradas hacía en su marcha, tan irregu- 
lar como las curvas interminables del monte. 

Avanzaba terreno examinando todos los parajes sos- 
pechosos prolijamente, con gran ruido de armas y 
voces de mando, al punto de alborotar de veras la 
perrada cimarrona que rompió a ladrar enfurecida sin 
salirse fuera de las breñas. 

Los soldados echaban pie a tierra a cada momento, 
delante de cada encrucijada, matorral o boquete; es- 
cudriñaban, internándose hasta cierta distancia: vol- 
vían, se consultaban y proseguían la marcha con una 
fila, de flanqueadores del lado del monte y una partida 
a vanguardia con las tercerolas listas. 

A veces se hacían altos prolongados; destacábanse 
grupos en distintas direcciones, los que se reincorpora- 
ban al núcleo poco a poco, con partes sin novedad; 
establecíase el servicio de exploradores aislados y bom- 
beros, distribuyéndolos según la topografía y la im- 
portancia de los lugares, y se mandaba quitar los fre- 
nos para que la caballería transida pellizcase un poco 
de gramilla. 

En todo esto se entretuvo largo rato el destacamento. 

Ya, a altas horas, decidióse a pasar el río; y tras- 
puso al fin el vado, ocupada previamente por su gran 
guardia, la orilla del espeso pajonal que se extendía 
a la derecha. 



[377 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



La tropa se corrió a lo largo del monte. 

A medida que los baqueanos señalaban una "pica- 
da" o boquete, colocábase allí un pelotón con instruc- 
ciones severas: y en esa forma se adelantó camino, 
hasta que se dio orden de acampar. 

Desde el momento en que se invadió el campo, el 
ganado empezó a agitarse a todos los rumbos, y a in- 
troducir desde luego hasta en los llanos apartados la 
inquietud, que al fin convirtió en pavor el ladrido cons- 
tante de los perros. 

Fueron éstos los inusitados rumores que habían lla- 
mado la atención de Cuaró y Ñapindá cuando condu- 
cían a las "casas" el cuerpo de Dora: y que siguieron 
produciéndose hasta muy tarde de la noche, sin ser 
percibidos por los viejos peones de la estancia. 

Venía al frente de la tropa invasora el teniente Pe- 
dro de Souza, el mismo que Luis María Berón había 
herido en la refriega de Maldonado, y salvado luego 
de las iras de Cuaró, y a quien Esteban custodiara 
hasta fuera del campo ocasionando con este motivo el 
extravío del grupo. 

Souza, oficial de los Voluntarios Reales, separado 
como otros muchos del general Costa para acompañar 
a Lecor cuando éste estableció su cuartel en Canelones, 
plegándose al Brasil, era uno de los que merecían su 
confianza. 

Efectuada la salida de Costa de Montevideo en fe- 
brero de 1824 y la entrada de Lecor en la capital, en 
marzo siguiente, Souza repuesto de sus heridas, había 
sido destacado con su escuadrón a Canelones, bajo 
las órdenes del "brigadeiro" don Fructuoso Rivera, 
comandante general de la campaña, aunque ésta su 
autoridad sobre las tropas regulares extranjeras, fuera 
sólo nominal. 

[378] 



NATIVA 



Meses después de habérsele asignado como punto 
de guarnición la villa de Guadalupe; y, pasados algu- 
nos días sobre el sangriento suceso en la estancia de 
"Tres Ombúes' 1 . el teniente Souza recibió orden de 
trasladarse al sitio con un grueso destacamento, pur- 
gar los montes de "matreros" en esa parte, ocupar el 
campo, y remitir a Montevideo bajo severa custodia 
al propietario del mismo y a sus peones. 

El teniente Souza conocía a la familia de Robledo, 
y tenía por ella especial estimación. Tal vez fuese 
egoísta, la causa verdadera de este afecto. 

Sabía él que la familia se encontraba en la estan- 
cia, y no queriendo confiar a un subalterno implacable 
su delicada misión, resolvióse ir en persona a fin de 
hacerla menos dura e imponer el respeto necesario a 
sus soldados exaltados por la muerte de sus compa- 
ñeros. 

Tampoco ignoraba que en el monte se guarecían los 
matreros en gran número, y matreros terribles, a juz- 
gar por el resultado de la refriega: gente aguerrida y 
de audacia que era necesario sorprender y exterminar 
en sus propíos escondrijos con labor paciente, ya fuese 
atacándola en esos parajes oscuros, ya obligándola a 
rendirse por medio de un sitio riguroso y de una vi- 
gilancia extrema. 

De ahí las medidas adoptadas durante la marcha, 
y la ocupación de la entrada de los boquetes por la 
tropa. 

Pudo hacerse todo eso, y acamparse sin recelo; pues 
nadie se opuso a ello, ni se presentó tampoco hombre 
alguno a protestar contra los que así procedían. 

Los habitantes del monte se encerraron en sepul- 
cral silencio. 



[379] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Esa quietud profunda, perturbada solamente por el 
ladrido de los perros, tenía sin embargo en zozobra 
al destacamento, que pisaba un terreno desconocido, 
hacía pocos días teñido con la sangre de camaradas 
cuyo exterminio venía a vengar. Temía y resguardá- 
base de una sorpresa posible. 

La noche no obstante, pasó tranquila. 

Salvo el alboroto del ganado y los aullidos de los 
cimarrones nada ocurrió de notable, ni percibirse pudo 
ruido alguno que denunciase la presencia de gentes en 
el interior del bosque. 

El teniente Souza llegó a tranquilizarse a este res- 
pecto, y hasta hubo de convencerse que los matreros 
debían haber cambiado de guarida por espíritu de 
conservación propia. 

Al siguiente día, después de inspeccionar por sí mis- 
mo todos los puestos y de redoblar las guardias en 
"picadas*' e isletas, púsose en marcha a las poblaciones 
de "Tres Ombúes'* con un piquete de diez hombres. 

Recorrió al paso la distancia larga que separaba 
aquéllas del vado; y era ya muy entrada la mañana, 
casi el mediodía, cuando a una o dos cuadras de la 
huerta un acompañamiento extraño, — fúnebre al pa- 
recer, — llamóle la atención. 

Dio la voz de alto a su gente; y poniendo espuelas 
a su caballo reyuno bien enjaezado, con pistolas de 
arzón, aproximóse al grupo al gran galope seguido de 
dos soldados. 

El grupo se detuvo al verle venir. 

Cuatro hombres que llevaban sobre sus hombros un 
cajón, depositáronlo cuidadosamente en el suelo. 

El acompañamiento se reducía a ocho personas, en- 
tre las cuales se contaban don Luciano, Luis María 
y Esteban. 



[380 ] 



NATI VA 



Los demás eran peones del establecimiento con don 
Anacleto a su cabeza. 

Estos llevaban un pico y una azada; y Guadalupe 
que hacía parte del grupo, un gran montón de flores 
agrestes apretadas contra el pecho. 

El cajón contenía los restos de Dora. 

Souza reprimió el galope de su caballo, y al reco- 
nocer a Robledo y Berón saludó cortésmente, echando 
pie a tierra. 

Algo turbado sintióse al avanzar, si bien la dureza 
militar se revelase en todos sus gestos y movimientos. 
Impúsole la naturaleza del espectáculo, tanto como el 
continente grave y adolorido del hacendado. 

Al acercarse preguntó que a quién se iba a sepultar, 
fijando al mismo tiempo una mirada escudriñadora 
en el grupo. 

Enterado, pareció experimentar una viva sorpresa; 
adelantóse unos pasos hacia el féretro, volviendo a fi- 
jar sus ojos en todos los semblantes; pero, no exigió 
que se descubriera el cajón, ni pidió mayores expli- 
caciones. 

El rostro de Robledo confirmaba bien a las claras 
la veracidad del dicho, con su expresión adusta y 
sombría. 

También en los de los demás se reflejaba elocuente 
la congoja del duelo, a la vez que una extrañeza mez- 
clada a inquietud ante la visita inesperada. 

Después de oir la respuesta de don Luciano, el ofi- 
cial se quitó el morrión y acercándose a él, le oprimió 
en silencio la mano. 

Al divisar a Luis María, una sonrisa afectuosa sua- 
vizó su ceño, y tendióle también la diestra sin repug- 
nancia con el brazo muy estirado, cuadrándose biza- 
riamente. 



[381] 



EDUARDO ACBVEDO DIAZ 



Berón correspondió al saludo. 

— ¡Pueden ustedes seguir! — dijo el teniente Soma 
en buen castellano. 

Y sin cubrirse, colocóse a un flanco del corteja 
marchando junto al ataúd. 

Ninguno contestó una palabra; todos continuaron 
el camino emprendido hacia el declive de la loma, a 
espaldas de la huerta, sin impaciencias ni sobresaltos 
visibles. 

El único que iba débil, extenuado, vacilante, era 
Luis María. 

Devorábale una intensa fiebre ocasionada por la 
reapertura de una de sus heridas mal cicatrizada*, <dn« 
rante una noche de vela. 

Don Luciano, que en esa noche había ido a buscar 
junto a su lecho un desahogo a su dolor, inmediata- 
mente después de trasladar a la pieza del centro el 
cadáver de Dora, no pudo conseguir que el joven 
permaneciera en reposo. A pesar de sentirse casi «m 
fuerza para la velada habíase puesto en el acto de pata, 
desoyendo las amistosas advertencias de Robledo, y 
pasado a la estancia mortuoria. Recién al rayar el 
día, vencido por la fiebre que en parte había aumen- 
tado una cavilación penosa delante del cuerpo inani- 
mado de Dora, echóse en su lecho, al que llegara tam- 
baleando lleno de zumbidos y desfallecimientos. Varias 
horas se había conservado inmóvil sacudido de vez en 
cuando por las agitaciones de un sueño cercano al de- 
lirio, hasta que haciéndose superior a su flaqueza, se 
resolvió a reunirse al acompañamiento. 

Una vez en el sitio escogido detrás de la huerto, 
abrióse una fosa colocándose en ella el féretro, que im 
cubierto cuidadosamente con una gran capa de tiasprtü 



[382] 



NATIVA 



Guadalupe esparció sus flores por encima, y clavó 
una cruz hecha de ramas de laurel negro en un ex- 
tremo de la sepultura. 

Después, cuando todos se retiraron, la pobre esclava 
se sentó en el suelo y quedóse inmóvil como una idiota 
con las manos juntas y los ojos fijos en la tierra re- 
cientemente removida. 

Cerca de las casas y ya de vuelta, Berón sufrió un 
vértigo y hubo de apoyarse en el brazo de don Lu- 
ciano, quien con ayuda de Esteban lo condujo a su 
lecho en un estado de completa postración. 

Souza, que iba examinándolo todo en sus menores 
detalles, apercibióse de las heridas que Luis tenía en 
la cabeza, envuelta en vendajes; y dedujo que ellas 
no podían provenir sino de la refriega reciente. 

Nada indagó sin embargo, para confirmar su sos- 
pecha. Un sentimiento de gratitud sellaba sus labios. 

Robledo, comprendiendo que la venida del oficial 
con su tropa no debía tener otro objeto que el de apo- 
derarse de su persona y de sus peones, dado el sistema 
de persecuciones implantado en la campaña, encaróse 
con aquél en el patio resueltamente, diciéndole: 

— ¿Viene Vd. a prenderme? Prevéngole que estoy 
listo. 

— Esa misión traigo, señor Robledo. 

— ¡Quedo a sus órdenes! Pero, voy a hacer a usted 
una súplica; y es la de que sea usted menos riguroso 
por ahora con ese joven que está imposibilitado de 
marchar a causa de una fiebre que lo consume. . . 

— Ese joven y su asistente, — interrumpióle Sou- 
za, — quedarán aquí bajo custodia, y aseguro a usted 
que serán respetados . . . Siento sí, haber llegado a su 
estancia en horas de duelo para usted; mas, un suceso 
muy grave ocurrido no hace mucho en este campo ha 

[383 ] 

28 



EDUARDO A CE VEDO DIAZ 



determinado la medida que no quería yo ejecutase 
otro, en el deseo de hacerla menos dura. . . 

—Gracias. Advierto a usted con todo, que tengo la 
conciencia tranquila y que era yo el que podría recla- 
mar con derecho. Pero, me resigno. Casualmente tenía 
resuelto bajar de un día para otro a Montevideo a fin 
de presentar mis protestas y esto viene a precipitar en 
buena hora esa determinación, pues la desgracia que 
tanto lamento me haría insoportable en estos días la 
permanencia en la estancia... Algunas cosillas que- 
daban aún por hacer: pero ya ni gusto tendría para 
ello, ni valen tampoco la pena, desde que la propiedad 
es del primero que se le antoja echarle la mano. ¡Qué 
diablos! Es preciso conformarse con los sucesos y to- 
marlos como vienen, que ni ellos son nunca como de- 
bieran ser, ni uno es onza de peso justo para que todos 
lo quieran . . . 

Por lo demás, amigo Souza, usted está en su casa y 
mande lo que guste, que yo voy a disponer se arregle 
mi volanta vieja para el viaje con lo que queda de mi 
familia. 

Nada contestó el oficial. 

En su rostro se reflejaba viva una expresión de con- 
dolencia que no se esforzaba él tampoco de disimular; 
y viendo alejarse a don Luciano, encaminóse a su vez 
callado hacia la enramada. 

La tropa había formado a espaldas de ésta. 

Don Anacleto, Nereo y Calderón se encontraban 
entre sus filas en calidad de presos. 

Esteban también figuraba como tal, en primera 
línea. 

Souza estúvose observando breves instantes a aque- 
llos hombres, y considerándolos sin duda muy viejos 
y casi inofensivos, tal vez inocentes — como en reali- 



[384 ] 



NATIVA 



dad lo eran — del delito que se les imputaba, pareció 
hesitar, y luego ordenó al sargento del piquete que les 
diese soltura. 

Así lo hizo el sargento. 

Los tres peones sorprendidos saludaron al teniente 
y juntos dirigiéronse hacia el monte sin tino y al trote 
menudo, volviendo las cabezas sin cesar para ver si 
algún pelotón de tiradores les estaba apuntando a las 
espaldas. No notaron en medio de su pasmo, que la 
soldadesca se reía. 

Entráronse al monte aturdidos y atropellándose en 
el abra para ganar el escondite, ni más ni tnenos que 
tres lagartos viejos acosados por las avispas que qui- 
sieran entrarse al mismo tiempo en un agujero. 

Pedro de Souza llamó después a Esteban, y di jóle: 

— Así como tu amo, te portaste bien conmigo en 
aquella refriega... ^a ves que me acuerdo. Tu amo 
está enfermo y necesita que lo asista un buen servidor; 
tú te quedarás a cuidarlo, y yo daré orden a la tropa 
que queda también para que sean auxiliados en todo . . . 
Mi deber era fusilarte, pero soy agradecido. ¡Procura 
no caer en otra! 

El negro se cuadró y saludó militarmente. 

Nata que presenciaba todo aquello desde el venta- 
nillo, apresuróse a salir de su aposento, hechos ya los 
últimos preparativos de viaje. 

A la palidez profunda de su rostro uníase una ex- 
presión de encono y de dureza, reflejo fiel de contra- 
riedades violentas mezcladas a un gran dolor íntimo. 

¡Cuántos sucesos y amarguras en tan pocos días! . . . 

Zumbábanle las sienes y sentía una punzada cruel 
en el pecho. 

Salió como alelada. 



[385 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Al pasar vio entreabierta la puerta del aposento de 
Luis María, y entróse sin detenerse impulsada por un» 
fuerza superior a sus escrúpulos. 

Verdad que ella andaba como una sombra. 

—Nos llevan, — dijo con voz trémula. 

Pero ... a ti te dejan. 

El joven devorado por la fiebre, incorporóse en su 
lecho y tendióle los brazos. 
Nata fuese a él, preguntando: 
— Debo ir ¿verdad?... Esos hombres esperan. 
— Sí, acompaña a tu padre. 

— Voy con él. ¡Cómo había de dejarle!... ¿Irá» 
pronto a Montevideo? : ' 

Estrechóla Luis en sus brazos, y contestó balbu- 
ciente : 

— Prometo estar allí en cuanto cure. 
I Esto pasará] 

— Quiera Dios que sea así, — repuso ella uniendo 
al del joven su rostro. 

Llevo pesar al irme. . . Está tu cara ardiendo. 

Sin apartarse cogió el vaso lleno de brebaje de cor- 
teza de quebracho y se lo puso en los labios. 

El tomó y dijo: 

— Mañana acabará la fiebre... ¡Cuando estés allá, 
no te olvides de mí! 

Estrechóle Nata en un arranque poco común en ella, 
y le besó en silencio dos y tres veces, con los ojos lle- 
nos de lágrimas. 

Fuéle duro el desprenderse . . . 

Así que salió, no sin volver a cada paso la cabeza 
más hermosa y atrayente que nunca en medio de las 
tribulaciones de su espíritu, Luis María ya sin fuerza* 
se desplomó en su almohada. 



[ 386 ] 



NATIVA 



Pocos minutos después, cuando en realidad su fiebre 
había llegado a un grado alarmante, sintió la voz 
clara y enérgica de don Luciano que se despedía de 
él, y le oprimía con gran fuerza la mano. 

No entendió bien lo que le dijo, pues el delirio em- 
pezaba a apoderarse de su cerebro; pero, bien luego 
sintió el rodar de un carruaje y pisadas fuertes de ca- 
ballos, cada \ez menos perceptibles a medida que se 
alejaban . . . 

Era la comitiva que partía rumbo a Montevideo. 



L 387 ] 



XXIII 



UNA DIANA 

Durante muchos días el paciente no ofreció mejoría 
sensible, sufriendo frecuentes ataques de fiebre. 

Esteban, en compañía de don Anacleto y los otros 
peones, que habían regresado a las poblaciones al día 
siguiente de la partida de don Luciano, de Nata y de 
Guadalupe, tranquilos ya respecto a la actitud asumida 
por la tropa que vivaqueaba en el campo, pusieron el 
mayor celo en el cuidado del herido. 

A ese empeño debióse en mucha parte que la reac- 
ción se operase al fin, y empezara en la tercera semana 
la convalecencia. 

El tacto exquisito de la mujer faltó al enfermo, y 
más que esa solicitud seguramente el encanto que en 
su rededor esparcía la bella enfermera haciéndole más 
grata la estancia y más deliciosa la atmósfera que res- 
piraba; con todo, sea dicho en honor de Esteban, que 
a su cariño extremoso debióse en primera línea el res- 
tablecimiento completo. 

Luis María llegó a ponerse de pie y a sentirse fuerte. 

A pesar de ello, para su ánimo abatido y sus triste- 
zas prolongadas no había realmente compensaciones: 
el recuerdo dulce de Nata y los ensueños de la patria 
bastaban a penas a neutralizar los efectos de la amar- 
gura, entreabriendo su espíritu a la esperanza. 

Aislóse por completo... 

Encerrado en aquella morada silenciosa en que un 
día brilló la dicha para él quizás perturbada en mala 



[388] 



NATI VA 



hora, movíase de una a otra habitación como un so- 
námbulo, sintiendo ansias a veces de escapar y de co- 
rrer sin rumbo a través de los campos respirando mu- 
cho aire puro bajo un sol ardiente, en la creencia de 
encontrar a su paso escuadrones armados que le cedie- 
sen siquiera el último lugar en sus filas. 

En otros momentos su imaginación herida por el 
recuerdo borraba las sombras de la soledad, y exhi- 
bíale mirajes de ventura y de adorable paz junto a 
aquella mujer que había endulzado sus penas cuando 
él no abrigaba ni quería abrigar en su pecho otro culto 
que el del patriotismo con todos sus ideales seductores, 
sus ilusiones blancas, sus vírgenes laureles; pero, bien 
pronto se sucedían a estos vuelos de candorosa fe las 
caídas melancólicas del desaliento, tan semejantes a 
los fríos que brotaban del pequeño valle desolado así 
que el sol se escondía. 

Creía sin embargo que la lucha sobrevendría pronto, 
y que su solo rumor mataría sus impaciencias. 

La lucha debía sobrevenir. 

¿Cómo dudar de ello? 

¿Cómo dudar de la tendencia ingénita de los criollos 
que habían empezado por aprender la libertad natural 
muy cerca de las tribus, a admirarla en el salvaje, en 
la bestia indómita, en el ave corredora; a formarse 
una idea sobre la personalidad propia y sobre el dere- 
cho de dominio a la tierra, tan absoluto e invencible, 
que entrañaba como derivado lógico la incubación de 
un espíritu exclusivo, de un carácter típico y de una 
sociabilidad nueva? 

Lo cierto es que las guerras sostenidas por Artigas 
en vez de debilitar estas tendencias, habíanles dado 
auge por el contrario, vinculándolas así a sacrificios 
de sangre que debían recordarse poco después como 



[389 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tradiciones incorporadas a la tierra y orígenes glorio- 
sos de una joven historia. 

Cada vez que ahondaba así el problema, crecía un 
grado su fe. 

La índole de los hechos producidos durante esas 
guerras, fueren cuales hubieren sido sus causas de- 
terminantes, interesaba poco, tratándose del fenómeno 
sociológico de transformación étnica que venía ope- 
rándose por evolución rápida en todos los grandes 
núcleos de la que fue enorme colonia. 

Buenos o malos aparentemente o en realidad, por 
su forma y naturaleza, esos hechos precipitaban los fe- 
nómenos del cambio, mas no lo producían propia- 
mente ; la transformación étnica — fenómeno natu- 
ral — creaba nacionalidades independientemente de 
las fórmulas políticas, en armonía con las condiciones 
de cada región y clima, con las diversas influencias de 
razas y con las costumbres locales. 

Así iban surgiendo en vastísimas comarcas, sobre 
las cuales sólo un despotismo recio pudo ejercer por 
algún tiempo, una acción unitaria, argentinos, orienta- 
les, paraguayos y bolivianos. 

Las influencias de razas y de costumbres habían 
contribuido en primera línea, y también las condicio- 
nes de zona: el pampa, el araucano, el charrúa, el gua- 
raní y el colla no pertenecían al mismo centro. Espar- 
cidos a todos los rumbos del cuadrante, miraron desde 
el principio bajo prismas muy distintos los horizontes. 
En sus rozamientos con los criollos se originaron di- 
ferencias y se establecieron distancias que hacían im- 
posible la acción de toda metrópoli. 

Dada pues, la naturaleza del terreno respectivamente, 
y la calidad de la semilla, el desarrollo y crecimiento 
de ésta dependía de circunstancias. 



[ 390 ] 



NATIVA 



Podía malograrse la obra, como hubo de suceder 
desde sus comienzos; pero la garantía del éxito estaba 
en la energía de la raza. 

A esta energía propia obedecería a no dudarlo el 
movimiento futuro. . . 

En medio a su sombría meditación, el joven se albo- 
rozaba a la sola idea que saldría al fin del círculo de 
los combates oscuros para entrar de lleno en la ilu- 
minada escena de las batallas en que las nacionalida- 
des incipientes para afianzarse, llevan con denuedo he- 
roicas cargas a fondo sobre enemigos cuyo número no 
cuentan, y cuyos ideales y banderas no se parecen a 
la bandera y al ideal de sus soberbias nativas. 

Vencido por un deseo violento de romper con las 
monotonías del encierro y sus tristezas inherentes, dijo 
una noche a Esteban que aderezase su caballo para el 
día próximo al rayar el alba, pues era a esa hora que 
quería realizar su paseo. 

Cuando el alba apuntaba, agitándose él semidormido 
en el lecho, parecióle como cosa de entre sueños que 
un clarín sonaba tocando diana, una de esas dianas 
entusiastas y viriles que se oyen después de una victo- 
ria y cuyos ecos no se borran nunca en el oído del 
soldado que ha cumplido con su deber. 

En vano frotóse los ojos e incorporóse en el lecho 
para persuadirse de que estaba en error, o que aque- 
llo era una ilusión blanca, último fenómeno psicoló- 
gico de sus pasados delirios. 

El hecho era cierto, sin embargo. 

El clarín sonaba vibrante llenando el espacio todo 
con las notas de la diana soberbia, y a esas notas se 
unían vigorosos los gritos de muchos hombres, que 
parecían surgir iracundos de la tierra estremecida. 



[391] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Luis se arrojó de un salto de la cama, y corrió al 
ventanillo. 

Por allí nada se veía. 

Llegaban más perceptibles sin embargo los sones del 
clarín y las voces formidables del lado opuesto, alzán- 
dose la de Cuaró sobre las otras, como se eleva sobre 
el estruendo sordo de las olas el silbido agudo del hu- 
racán. 

Si hasta ese momento se había resistido a creer, ya 
no le quedaba duda. 

Aquel alarido del charrúa noble dominando el es- 
trépito, anunciábale un acontecimiento extraordinario. 

¿Cuál podría ser? 

Algunos días antes había oído decir que la tropa 
brasileña había perseguido sin éxito al capitán patriota 
José Casas que andaba reuniendo caballos "con un fin 
sospechoso"; y bien luego supo que la campaña toda 
estaba tranquila sin que hecho alguno autorizase a 
creer que se madurasen empresas de trascendencia. 

Aquellos ruidos inesperados pues, de armas y cla- 
rines, al propio tiempo que lo llenaban de sorpresa, 
introducían en su ánimo indecible júbilo. 

En alas de sus anhelos patrióticos y del ideal que de 
su tierra se había formado, presentía un gran suceso, 
uno de esos que se incuban en el seno de las increíbles 
osadías y temeridades y que preparan como en las reac- 
ciones químicas el principio activo y enérgico, que en 
toda sociabilidad robusta mantiene el impulso pode- 
roso, da dirección casi inflexible a las tendencias y en 
su hora histórica arrastra los hombres y las muche- 
dumbres al cumplimiento de sus destinos. 

De dónde venía ese esfuerzo, no podía adivinarlo; 
pero, por el instante sentía bien claros en la atmósfera, 
sus hálitos de fuego y sus bramidos. 



[392 ] 



NATIVA 



Oía diana, y toques de llamada. ¿Qué más? No ha- 
bía que trepidar. 

A pocos pasos de allí parecía que se estaban ba- 
tiendo, aun cuando los gritos eran de triunfo, sin 
complemento de detonaciones y choque de hierros. 

Desde luego él había hecho bien en no rendirse al 
desaliento. 

Empezaba a cosechar los frutos de su perseverancia, 
rara virtud madre de todas las iniciativas y origen de 
todos los cambios, que él poseía en alto grado con el 
espíritu de empresa cuando aún recién entraba a las 
agitaciones de una lucha, decirse puede, sin término 
ni medida. 

Aprestábase agitado y febril para lanzarse fuera, 
cuando Ladislao, trayendo en la diestra un sable des- 
nudo, entróse en su aposento precipitadamente, gri- 
tando con acento enronquecido: 

—¡Todos los pagos revueltos, desde el Arenal Gran- 
de aquí! . , . 

¡Volvemos a la pelea de otras ocasiones! La gente 
toda anda como ganado arisco de pago en pago, y en 
esta hora mesma acaba de meterse en el campo una 
partida que ha tomado prisionera la fuerza portuguesa 
que nos bombeaba desde hace días, sin dejar escapar 
ni a uno solo . . . 

— Me explico así que usted haya podido salir del 
monte . . . 

¡Viva la patria! — gritó Luis María, transformado 
de súbito, como si una fuerza extraña hubiese conmo- 
vido todo su organismo trasmitiéndole un vigor asom- 
broso. 

— ¡Y viva Lavalleja! —contestó el "matrero" con 
otra voz igual a un rugido. 



[393] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Aquellos dog hombrea se arrojaron el uno hacia el 
otro y se abrazaron, en un fuerte y estrecho abrazo , . . 

El uno culto, delicado, lleno de ensueños hermosos, 
representante casi ignorado de la clase civil honesta, 
heraldo de luchas de aliento, apóstol desconocido de 
ideas levantadas, intérprete de pasiones generosas; el 
otro, tipo agreste y rudo, músculo brutal poderoso, 
instinto fiero de licencia, órgano caracterizado de las 
armonías y conflictos del desierto; los dos, miembros 
de una misma familia personificando respectivamente, 
ya las costumbres de la ciudad con sus reglas y prác- 
ticas disciplinarias, las propensiones al orden, el res- 
peto a los principios y deberes morales, los sentimien- 
tos del hogar y de la patria iluminados por la inteli- 
gencia y la instrucción; ya las crudezas del bosque 
y la llanura, las tendencias a la anarquía, el desprecio 
al poder y al peligro, la pasión por el pago y la exis- 
tencia errabunda, y la soberbia de origen en toda su 
plenitud imponente. 

Así, Berón y Ladislao al estrecharse de un modo 
fraternal, sin preocuparse de escrúpulos o de resabios, 
sellaban el pacto de la cultura y de la semibarbarie en 
holocausto a la grandeza de la causa de que ambos 
eran fieles defensores. 

Como proyecciones al futuro, quizás los ideales del 
uno y los instintos del otro diseñasen los lincamientos 
de una honda división en la familia que debía ope- 
rarse con el tiempo, ¡partiendo en dos el mismo tronco 
y esterilizando en gran porción su savia próvida y 
fecunda! 

Después de aquel abrazo en que se habían confun- 
dido todas las aspiraciones patrióticas y los ímpetus 
del valor, los dos hombres se precipitaron fuera. 



[394 ] 



N AT I VA 



La escena presentaba un aspecto lleno de vigor local. 

Veíase a lo largo del declive una doble fila de ji- 
netes con sus lanzas en alto, prontos para la marcha. 

Lucían banderolas tricolores, blancas, azules y rojas. 

A retaguardia, teniendo detrás una custodia de 
hombres de tercerola, encontrábanse desarmados y en 
grupos los soldados del destacamento brasileño, con 
excepción de algunos que habían perecido en la sor- 
presa y cuyos cuerpos yacían tendidos en diversos 
sitios. 

Berón pudo distinguir a la cabeza a Cuaró, a Este- 
ban y a sus compañeros del bosque inclusos los tapes 
fieles de Soriano; a don Anacleto empuñando una 
lanza de clavo y a Nereo y Calderón con algunas mu- 
jeres, entre ellas Mercedes, cuidando de las tropillas 
de caballos reunidos a un flanco. 

A juzgar por las aclamaciones reiteradas, las voces 
roncas, las risas estruendosas y los gritos aislados pero 
atronadores que se unían a los ecos del clarín en bélico 
consorcio, todas las vehemencias y arrebatos imagi- 
nables se habían conglobado allí para una expansión 
capaz de aterrar a los mismos habitantes de la selva. 

Y al observar cómo algunos de aquellos hombres 
corrían frenéticos arma en mano tendidos sobre el 
cuello de sus caballos de guerra, cual si quisieran di- 
vidir en trozos el aire, cruzándose por detrás y por 
delante en siniestro torbellino, los prisioneros acom- 
pañaban con sus estremecimientos de temor el ritmo 
de las hojas y del aura, y la hueste parecía experimen- 
tar en su incorrecta línea la emoción que suscita un 
viento de tempestad. 

En la atmósfera rojizo polvo; el ganado huyendo; 
el sol asomando apenas su disco en el horizonte, detrás 
de la cuchilla enhiesta, envuelto en bruma como en un 



[395 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



velo sangriento; el vocerío cada vez más siniestro; el 
clarín ya sin concierto como una trompa salvaje que 
agitara el espacio con aullidos de fieras; el golpear 
incesante de la caballería; los perros ladrando con 
furor; los vítores a la libertad y la independencia re- 
petidos por los ecos lejanos, con los demás rumores 
del tumulto; todo en su conjunto y menores detalles, 
daba al cuadro que se desarrollaba al frente un colo- 
rido vivísimo de emoción intensa y violenta, pues que 
eran las pasiones desencadenadas del elemento de fuer- 
za las que se exhibían desnudas y temibles, como la 
lanza que el jefe blandía airada dirigiendo su hierro 
hacia la luz del levante. 

Este jefe era el capitán de blandengues Ismael Ve- 
larde, 

Ante aquel desorden Luis María se cruzó de brazos 
y pareció conmovido, fijos sus ojos en el espectáculo. 

Después montó a caballo murmurando bajo estas 
palabras que parecían la expresión final de un solilo- 
quio profundo: 

— Instintos indomables y músculos de acero: vues- 
tra es la obra. 

[Ya empieza a amanecer! 

FIN 



[ 396 ] 



ACLARACION 



DE ALGUNAS VOCES LOCALES USADAS EN ESTA OBRA. 
PARA MEJOR INTELIGENCIA DE LOS LECTORES EX- 
TRAAOS AL PAIS. 

Achura. — Las entrarías del animal vacuno u ovi- 
no, como los ríñones, el corazón, el intestino, el hí- 
gado. El penúltimo si es delgado, denomínase "chin- 
chulín"; y suele constituir el primer bocado del cam- 
pero antes del almuerzo, asado a fuego vivo, con pre- 
mura — como para satisfacer cuanto antes urí apetito 
desordenado. 

Aguaciles. — Entomogr. — Libélulas. Estos insec- 
tos pululan y desfilan en largas columnas en los zan- 
jones en días nublados, y anuncian viento o lluvia. De 
ahí su nombre vulgar. Véseles también en gran nú- 
mero dispersos por los campos bajos y cardas. e¡a 
cuyas flores se posan para chupar el jugo. 

Aguará. ■ — Fauna indíg. — Zorro grande que si- 
gue siempre el rastro del tigre o del puma, y que se 
mantiene de sus despojos. Especie indígena, como su 
nombre, va ya en camino de la extinción completa, 
siendo muy raros sus ejemplares al norte del Negro. 
— Su nombre proviene del guaraní: aguaracHay (ca- 
nis Azara). Del género de los zorros- — chacales, tiene 
la cara blanca, las orejas y la garganta amarillas, y 
negros el bigote y el extremo del hocico, lo que, uni- 
do a la calidad del pelaje en parte lanoso y en parte 
cerdudo, lo singulariza entre los de su especie. 



[ 397 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Aparea. — Fauna indíg. — Ratón agreste — "ca- 
via australis" — el más común del orden de los roe- 
dores. Carece de apéndice caudal. Hace su nido entre 
las masiegas y al borde de las lagunas, y vive en agru- 
paciones más o menos considerables. Su tamaño es 
superior al del ratón urbano o doméstico. 

Apero. — El conjunto de las piezas o prendas que 
constituyen el "recado" de los hombres de campo, 
desde el bozalejo hasta la rienda, y desde el sobre- 
puesto de cuero hasta la carona y la bajera, sin ex- 
cluir el pretal, maneador y lazo. 

Bagual. — Caballo nuevo que no ha sufrido do?' 
madura, y por único manoseo, el corte de las cerdas; 
Vésele siempre incorporado a las grandes manadas 1 
de yeguas ariscas. 

Blanquillo, — Bot. — Especie de las euforbiáceas, 
árbol de talla mediana cuyo nombre proviene del co- 
lor de su madera, útil para construcciones. J 

Bichoco. — El mancarrón maseta o rodilludo, quéj,, 
ha entrado en la clase de los inservibles como ele- 
mento de movilidad en la guerra, o en las faenas de 
campo: "dos veces chueco", o sea, defecto de la chue- 
ca en las coyunturas de las rodillas o de los pies. 

Biricuyá. — Flora Uidíg. — La pasiflora — o 
Mburucuiá, — del guaraní. — Fruto de un arbustillo 
trepador del tamaño de una bergamota color anaran- 
jado cuando maduro, de poco cuerpo y semillas pur- 
purinas, que abierto destila un zumo azucarado y prin- 
coso, y gustado repugna por su dulzor excesivo y 
agreste. La planta busca siempre apoyo en los tronr 
eos, y si no los hay, en las hojas de los agaves o en 
los pitacos. — Es la conocida en botánica con el nom* 



[ 398 ] 



NATI VA 



bre de pasiflora, granadilla o pasionaria, siendo tam- 
bién este último el de su flor de un tinte azul-violeta. 

— Biricuyá, ponemos al principio, porque así la 
llamaba el gaucho corrompiendo el vocablo verdadero, 
"mburucuyá". 

Bombacha. — De bomba, por su esfericidad. Cal- 
zones amplios de merino u otro género de mucho vue- 
lo, que suplantando al pantalón o al chiripá, dejan 
libre el movimiento de las piernas, con las ventajas 
de uno y otro en el ejercicio continuo del caballo. 

Es de uso muy general en el campo, actualmente, 
y denuncia un grado de progreso sobre las costumbres 
primitivas como reemplazante del chiripá, que a su 
vez lo fue del ckepi. 

Bota d© potro. — - Calzado del gaucho de antaño. 

Como lo indica su nombre, fabricábase con la piel 
de potro bien sobada y distendida, muchas veces hasta 
adquirir la flexibilidad de la cabritilla. 

Estas botas estaban abiertas en sus extremos, para 
dar salida a los dedos; y. aunque blandas, requeríase 
para su uso cierto cuidado y baquía a fin de no deso- 
llarse la epidermis. De ahí la locución local: "no es 
para todos la bota de potro". 

El progreso de las costumbres las ha desterrado 
con las grandes ''nazarenas''; y difícilmente se halla- 
ría hoy un campero que las llevase ni en los valles más 
solitarios de la sierra de los Tambores. 

Bohanes. — Etnog. — Agrupación de indígenas 
que habitaba a la orilla oriental del Uruguay, en la 
zona norte del Negro, y cuyos orígenes son poco co- 
nocidos; pues como otras tribus errantes no han de- 
jado tradiciones ni recuerdos. 

[ 399 ] 

29 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Algunos creen que los bohanes. a la vez que los 
charrúas, chanaes y y aros, tenían un lenguaje pecu- 
liar, habiéndolo distinto cada una de las cuatro par- 
cialidades; otros suponen que todas esas tribus eran 
sencillamente porciones separadas de la gran familia 
guaraní que, como se sabe, ¿.e extendía a vastísimas 
comarcas en esta región de América. Casi autorizaría 
a esa hipótesis, la circunstancia muy especial de per- 
tenecer ai idioma guaraní en la zona uruguaya, desde 
el gran río hasta las cosías del Océano, la mayor par- 
te de los nombres locales. Sea de ello lo que fuere, ni 
una sola de esas tribus dispersas dejó rasLros de su 
idioma, sobreviviendo a su extinción el de los ''tapes", 
cuyas pequeñas poblaciones al sur del Negro conta- 
ban muchos años de existencia antes de la desapari¿ 
ción por el hierro y el fuego de la parcialidad cha- 
rrúa. — ■ Fue ésta la qué. como a los varos, exter- 
minó a los bohanes, quedando dueña del territorio 
en mucha parte, hasta la matanza de la Boca del Tigre, 

Butyhá. — Flora indíg. — Nombre que los cha- 
rrúas daban al fruto del árbol llamado "yathay" sub- 
género de palmera no muy común en nuestro clima, 
pero de la que existen bastantes ejemplares cerca de 
la costa del océano, y en las riberas del Uruguay. Es 
elevado, con el tronco cubierto de pedúnculos, y da 
una savia próvida a la menor sangría. Su fruto, de 
un sabor agradable aunque áspero y silvestre, se pro- 
duce apiñado en grandes racimos. 

— A la sombra del "yathay' 1 perece toda vegeta- 
ción, como si no bastase a sus raíces la fecundidad 
de la tierra toda que lo circunda. 

Los indígenas y los gauchos errantes solían derri- 
bar los más hermosos, cortándolos por el tronco casi 



[ 400 ] 



NAT I VA 

al nivel del suelo, al solo objeto de aprovechar de 
sus ''cachos'' sabrosos; de la misma manera que da- 
ban muerte a una vaca con el solo fin de cortarle la 
lengua o el sobre-costillar que quedaba a la vista, 
abandonando el resto de la res a las alimañas. 

Caballada. — - Gran número, de miles a veces de ca- 
ballos, que se arrean a retaguardia o al flanco de los 
ejércitos en las guerras, como reservas para el relevo; 
o que se trasladan en venta a los territorios limítrofes. 

Cambará. — Floia indíg. — Planta medicinal a 
la que se atribuye singular \irtud sobre las enferme- 
dades del pecho, y que como tal se recomienda bajo 
la clasificación científica de "moquinia polymorpha". 

Cañada. -- Hidrogr. — En la forma en que em- 
pleamos este vocablo no ha de entenderse ninguna de 
sus múltiples acepciones, según el diccionario de la 
lengua. Ni el espacio compiendido entre dos montes 
o alturas poco distantes entre sí. o sea una garganta, 
ni la tierra señaladada para que los ganados merinos 
o trashumantes pasen de sierra a extremos; ni cierta 
medida de vino usada en algunas provincias de Es- 
paña; ni toda la cana o tuétano de un hueso de ani- 
mal vacuno; sino una pequeña corriente de agua que 
tiene comúnmente su origen en los arroyos y esteros, 
y cuya extensión es tan limitada como los vallecícos 
y terrenos hendidos que recurre merced a cuencas re- 
ducidas trabajadas por la? aguas pluviales en el suelo 
blando. — En Cuba el vocablo tiene también esta sig- 
nificación. 

Carancho. — Ave de rapiña muy común en los 
campos. De un tamaño regular, ojos avizores rodea- 
dos en la córnea poT un disco amarilloso, pico gan- 
chudo y recio, miembros fornidos y duras garras, de 



[401] 



•o 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



un plumaje gris oscuro sembrado de estrías blanque- 
cinas especialmente en las extremidades de las alas, 
que tiende con cierta majestad en los aires; esta ave 
hace presa de los polluelos y arranca los ojos a los 
corderos moribundos. — Ornit. — Caracara vulgar. 

Carchar. — Despojar al vencido de sus prendas, 
vestidos, o arreo durante la pelea, en medio de la car» 
ga o después de aquélla. 

Carguero. — Carguío. En la vida militar lo que 
lleva una bestia de tiro, consistente en palo y lienzo 
de carpa o tienda de campaña, maleta? y útiles de 
vivac. 

Carpincho. — Capivara o Cabiay. Fauna indíg. — 
El "capívardo* 1 del Dice. — Mamífero que abunda 
a la orilla de los ríos y arroyos, el más grande del 
orden de log roedores, alcanzando casi en sus propor- 
ciones al tamaño de un cerdo de dos años. Se alimenta 
especialmente de peces, de semillas, raíces y aún de 
frutas. Pesca con las uñas zambulléndose a las mayo- 
res profundidades, en las que suele permanecer lar- 
gos instantes en caso de acecho o peligro. Pocas ve- 
ces se aparta de las riberas a causa de su torpeza para 
la fuga rápida, proviniendo aquélla de la estructura 
original de sus pies largos y chatos que imposibilitan 
sus movimientos. 

La piel de este animal curioso sirve para varios ob- 
jetos de industria; con ella suelen fabricarse buenos 
correajes para fornituras militares y sillas de caballo. 

Sin duda, a causa de sus condiciones de anfibio, en 
el Paraguay la gente de los campos le llama capiiguá 
— de capí - pasto, de i - agua, y de iguá - cielo, signi- 
ficándose así de un modo pintoresco que el carpincho 
es un ser que vive del pasto, del agua y del aire. 



[ 402 ] 



NATIVA 



Carpintero. — Ornit. — Defínelo el Dice, de Do- 
mínguez, en su suplemento al Nacional, diciendo que 
"es el nombre de un paj arillo de la isla de Santo Do- 
mingo, tan grande como una alondra, el cual penetra 
con el pico en el corazón de las palmeras y les saca 
el meollo". — Debemos añadir aquí que ese pajari- 
11o existe en nuestros bosques; y que, si saca el meo- 
llo a ciertos árboles, — el sauce entre ellos — , es ante 
todo para construir su nido taladrando en forma de 
ángulo recto la madera. 

Cebadura. - — La cantidad determinada de yerba- 
mate que regularmente se pone en la calabaza para 
ser tomada en infusión por medio de una cánula de 
metal que termina en flor y a que se llama "bom- 
billa 1 '. La cebadura renueva después de sorbidos 
algunos "mates". 

Ceba t o. - — Llamábase así a la pared que se cons- 
truía con terrones llenos de raíces fuertes, las que una 
vez secas daban consistencia al conjunto, y aún cu- 
brían de un tapiz verde el exterior por la fuerza de 
su savia. 

Ninguna identidad existe pues, entre el cebato a 
que nos referimos y la planta arábiga, cuyo tronco 
tiene según se afirma, el don de asimilarse los obje- 
tos que se le acercan. 

El cebato por otra parte, se diferencia del adobe, 
en que éste es ladrillo sin cocer, secado a la sombra, 
y el primero no es más que tierra extraída a golpe 
de pala y superpuesta a trozos más o menos iguales y 
simétricos. 

Cola de zorro. — Hierba que ya seca e inservible 
para el ganado, remata sus extremidades en un pena- 



[ 403 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



cho blanco de la misma forma cónica del apéndice del 
zorro. 

Corlados. - — Llamábanse así los pedacitos de plo- 
mo de balas de tercerola o de fusil, puntas y cabezas 
de clavos, y aún pequeños fragmentos de hierro con 
que se cargaban los trabucos en defecto de balines u 
otros proyectiles conocidos. 

* 

Coronilla. — Flora indíg. • — Familia de las ram- 
náceas, madera de construcción bastante dura y de 
ramas espinosas. 

Costaneras. — Paredes de los lados en un ran- 
cho. — -En su acepción castiza, según el Dice. — son 
las vigas que cargan sobre las que forma el caballete 
de un edificio. 

Cuatropea. — Derecho de alcabala o diezmo que 
se pagaba en cada venta de cuadrúpedos y de granos, 
bajo la dominación portuguesa v brasileña (1817- 
18281. 

Cuchilla. — Esta palabra tan aplicable al instru- 
mento de hierro acerado de un solo corte o filo que 
sirve a la industria del encuadernador y del zapatero, 
como a la espada o segur de la justicia, y a la vela 
triangular o a la trapezoide en marina, en su signifi- 
cación local y orográfica es una loma o colina más o 
menos elevada, ondulación o accidente natural del te- 
rreno, que viene a constituir como una última verruga 
de un sistema de montañas. 

Cumbreras. — Viga central que reposa sobre dos 
grandes horquetas u horcaduras en los ''ranchos" y 
a su vez sustenta las que constituyen el caballete. 

Cuñatay. — Voc. guaraní. — Señorita. 



[ 404 ] 



NATIVA 



Cuyapí. — - Voc. guaraní. — Culero, en lenguaje 
vulgar; o sea un "tirador" o cinto sujeto con aguje- 
tas o hebillas con un cuero colgando sobre el chiripá, 
por detrás: y cuyo principal objeto era tanto resguar- 
dar las ropa?, como atenuar el ludimiento del lazo o 
hacer más suave el asiento y aun el lomo del caballo. 

Chacra. Porción de terreno o costra arable cul- 
tivada, donde se cosechan el trigo, la cebada, el maíz 
y aun legumbres. ■ — El Dice, de la lengua dice que la 
voz significa habitación rústica, ranchería o sitio en 
donde se guarecen bajo chozas o cobertizos que cons- 
truyen los indios salvajes, refiriéndose sin duda a 
países donde el vocablu tendrá tan extraña latitud. 

Chala. - - "En Méjico, la hoja que cubre la ma- 
zorca del maíz. ,, í Dice. ) — Tiene entre nosotros la 
misma significación, y se utiliza como envoltura de 
cigarros de tabaco negro a más de otras aplicaciones. 

Chafarote. — La daga larga o el '"facón", fabri- 
cado ron hoja de espada, sable o machete, con punta 
y doble filo. Llevábanlo conjuntamente con el cuchi- 
llo a la cintura, casi todos los hombres de campo. 

Chajá. — Ornit. — - El cauna-chavaría. Ave indí- 
gena de la familia de los uncirostros, habitante pa- 
ciente de los lugares húmedos. Es de gran tamaño, 
ojos de córnea purpurina, fuertes alas provistas en su 
medio de dos púas óseas temibles, zanquituertas re- 
cias y encarnadas, el pico curto y el plumaje gris ce- 
niciento. Anuncia con sus gritos poderosos la proxi- 
midad de las aves de rapiña y da el alerta al menor 
ruido sin levantar el vuelo hasta que el peligro arre- 
cia. — Su nombre guaianí no es más que una imita- 
ción fiel de su giito peculiar. 



[ 405 J 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Chanaes. — Etnog. — Tribu que ocupaba las prin- 
cipales islas del Uruguay, hasta que fue vencida por 
los charrúas que dispersaron por siempre sus restos, 
en la otia banda. 

Charabón. — Ornit. — El avestruz o ñandú pe- 
queño que se alimenta y campea solo. Llámasele tam- 
bién Charo por abreviatura, y extiéndese el vocablo 
como denominación genérica a todos los individuos 
de la especie. 

Chifle. — La cantimplora hecha de cuerno de ani- 
mal vacuno aserrado por el medio, cubierto en su 
base y agujereado en la punta, como para gorgor©? 
tear el líquido a dosis o cantidad determinadas. 

Churrasco. — La carne de animal vacuno u ovino 
apenas asada sobre las brasas o la ceniza caliente, de 
modo que quede un tanto cruda y jugosa. Constituye 
un alimento en extremo sano y nutritivo. 

Desbasar. — Extraer a filo de cuchillo las excre- 
cencias de la mano o del pie de los caballos para que , ¡ 
no tropiecen y se estropeen, y aun extirpar del fondo 
las callosidades o cuerpos extraños que les impiden 
a veces sentar los cascos con firmeza. 

Fariña. — ■ Harina de mandioca. Desde que el pro- 
ducto pasó la frontera brasileña se corrompió el voca- 
blo farinha, adaptándose el del mote. — En la pro- 
vincia de Río Grande y en determinadas poblaciones, 
la fariña es preferida al pan envolviéndose en la sus- 
tancia cruda el bolo alimenticio. Entre nosotros se 
cuece en caldo o en agua caliente, formándose lo que 
se llama "pirón", con una salsa especial como con- 
dimento. 

Fiador. — La argolla de hierro o bronce que pende 
del extremo inferior del bozal, a la altura de la bar- 



[ 406 ] 



NATIVA 



bada del caballo; y de la cual se cuelga la manea, la 
caldera u otro utensilio, y a veces un trozo de carne 
cuando se emprenden largas marchas. 

Flete. — Caballo escogido, airoso, rápido, propio 
para paseo o para excursiones determinadas; adorno 
en las fiestas y juegos de sortija o de carreras, y "re- 
serva" que se ensilla en toda urgencia, confiándose el 
éxito a la bondad de sus calidades. 

Garras. — Pezuñas, orejas, vergajos, colas de ani- 
males vacunos. En los saladeros se guardan estos res- 
tos, que luego se utilizan en la industria. Llámase al 
local en que se les coloca, depósito de "garras o far- 
dos de marlos". 

Guabiyú. — Flora indíg. — Mirtácea. Arbol de 
corta talla pero frondoso, que produce una fruta mo- 
rada mayor que la fresa, de un zumo dulce y grato al 
paladar. Su madera algo semejante a la del guayabo, 
es fuerte como lefia y se consume mucho en los bu- 
ques a vapor que hacen la carrera del litoral. — Gua- 
biró, decían los guaraníes. 

Guaynita. — Voz guaraní: "niñita". 

Guaycurú. — Flora indig. — Planta de propieda- 
des medicinales, preconizada en la farmacopea como 
de aplicación a distintas dolencias. 

Guazu-birá. — Fauna indíg. — Del guaraní: cier- 
vo grande, arisco y silvestre que habitaba en los bos- 
ques, y de cuya caza como de la del ñandú se ocupa- 
ban siempre los naturales. Su pelaje en la parte su- 
perior del cuerpo y miembros se asemeja al color que, 
hablándose de caballos, denomínase alazán; en el vien- 
tre es blanquecino. — Esta especie está ya casi ex- 
tinguida. 



[407 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Huevos de gallo. — Flora indíg. — Planta silves- 
tre trepadora que se ve frecuentemente en los barran- 
cos, o en su defecto, en las zanjas y en los cercos, de 
hojas menudas de un color verde esmeralda, y que 
produce un fruto del tamaño de un huevecillo de pi- 
caflor, colur perla cuando maduro, de sahor agrada* 
ble y aromado. 

Lapachillo. — Flora indíg. - — Llamado también 
"Ipee 1 ', de la familia del lapacho. Su madera tiene di- 
versas aplicaciones en la industria, utilizándose para 
vigas y ruedas. El "Ipee" echa sus flores antes que el 
follaje y los retoños. 

Laurel negro. — Flora indíg. — Lauráceas. — 
Vegetal de alguna corpulencia y madera apreciable 
por su peso y solidez, al punto de emplearse en obras 
especiales por el carpintero. 

Lechiguana. — Fauna indíg. — "Nectarina molli- 
fica". — - Panal de abejas salvajes, Es un nido for- 
mado en su exterior por una pasta especial que los 
insectos fabrican con cortezas de maderas blandas des- 
leídas y mezcladas a un humor que despiden. Compó- 
nese de múltiples hojaldres parecidos al papel tosco 
y basto, y de celdas simétricamente agrupadas como 
las de abejas domésticas; siendo de notar que estas 
viviendas globulares no se asientan en el suelo firme 
siempre, sino que aparecen colgantes de las ramas ba- 
jas, adheridas por lo común a un pequeño nudo, 
tronco o excrecencia insignificante, o entre las plan- 
tas rastreras a modo de capullos gigantescos. 

Sábese que los insectos que las elaboran pertenecen 
a la familia de los himenópteros y tribu de los melí- 
feros, y que están comprendidos por consiguiente, en- 
tre los "amantes de las flores' 1 . 



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Büchner en su "Vida de los animales", hace de ellos 
alguna referencia, al hablar de abejas domésticas y 
de avispas. Sin ser ni una ni otra cosa, coparticipan 
sin embargo de las cualidades esenciales de las pri- 
meras, y producen una miel silvestre, menos empala- 
gosa que la de éstas. 

Con frecuencia, se confunde la lechiguana con el 
camoatí. 

Aquélla es obra de abejas, y éste, de avispas. 

Las avispas no fabrican ni almacenan panales; sólo 
elaboran la corta cantidad de miel necesaria para la 
alimentación de la larva. 

De ahí que, aún cuandu se advierta la presencia del 
líquido melífero en las celdillas de un camoatí, nó- 
tase también la de las larvas en el fondo de dichas 
celdas, que se nutren con esa miel hasta alcanzar el 
necesario desarrollo. 

La lechiguana es un \erdadero laboratorio de miel, 
y un depósito de provisiones para el invierno, como 
en los colmenares. 

Como queda dicho, el nido puede pender de las 
ramas bajas y ser igualmente fabricado entre las ma- 
lezas. Leche de iguana, se dice (y de ahí "'lechigua- 
na'''), porque este reptil gusta mucho de sus panales, 
y se los procura por todos los medios. 

Años atrás tuvimos oportunidad de ver en un va- 
lle de la sierra de Minas, aproximarse una iguana a 
un nido, darle un fuerte golpe con la cola de manera 
que penetrase bien al interior, e irse luego chupán- 
dose ésta con el mayor deleite, toda untada de miel. 

Lazo. — De una piel de animal vacuno común- 
mente, por ser la que más resiste, se saca a corte de 
cuchillo una larga tira de ocho o diez brazas, que 



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luego de sobada perfectamente y de subdividida, se 
trenza y se enseba o se engrasa, para que adquiera 
flexibilidad y consistencia. 

En uno de los extremos, se asegura con un botón 
fabricado a punzón y ''tiento'' un grueso aro o ar- 
golla de bronce o hierro, que sirve a éste que se llama 
"lazo 5 ' para escurrirse presto una vez hecho el tiro, 
para lo cual se arrolla en círculos graduales y con* 
céntricos y se revolea por encima de la cabeza. En el 
extremo opuesto, una gruesa presilla une el "lazo" a 
la argolla de la cincha. 

Utensilio de importancia en las faenas de campo, 
el "lazo" fue siempre un arma tan terrible como las 
"boleadoras" en manos del gaucho bravo, del mili- 
ciano y del "matrero". 

Los charrúas lo manejaban con extraordinaria des- 
treza, así como los "laques", de una piedra al prin- 
cipio, y luego de tres. 

Loba. — En la caballería de milicias o en la hueste 
propiamente dicha, designábase con esta palabra cual- 
quier incidente producido en la columna en marcha, 
ya fuese que un soldado rodara con su cabalgadura, 
ya que un "redomón" se apartase de aquélla corco- 
veando con su jinete. 

Lomillo. — Aparejo de cuero algo hueco y en com- 
ba, en proporción al lomo de caballo o muía, que 
constituye la base o asiento del recado. 

Lunanco. — Caballo defectuoso en alguno de los 
miembros posteriores por lesión en el cuadril, y a 
causa de que su espina dorsal presenta una comba o 
curva pronunciada en forma de media luna, de don- 
de proviene el vocablo. Es inútil por lo mismo para 
las marchas rápidas. — Derrengado, descuadrillado. 



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Macá. — Ornit. — Ave que se alimenta de pece- 
cilios, especialmente de bagres pequeños y moj arritas. 
El cañón de sus plumas es tan duro como el del pá- 
jaro-niño, y véndese a buen precio su piel en los puer- 
tos del alto litoral. Su carne suele ser tan excesiva- 
mente gorda, que repugna; pero es sabrosa y se le 
desea entre la gente pobre. El macá vuela poco y se 
arrastra apoyado en la cola, su fuerte timón; aova 
sobre las hierbas a la orilla de los ríos, arroyos y 
lagunas; y nada entre dos aguas con el mismo vigor 
que el mbiguá o zaramagullón. — Su nombre es ori- 
ginario del guaraní. 

Macachín. — Flora indíg. — Planta de muy cor- 
tas dimensiones de tallo como la hiedra, que da flo- 
recillas amarillosas de tres pétalos, y cuya raíz la 
constituye un bulbo blanquecino y carnoso, de un sa- 
bor dulce. Brota con fuerza en los terrenos bajos y 
en las adyacencias de bañados. 

Es una de las especies del "bibí n de los indígenas. 

Manea. — La definición que de este vocablo hace 
el Diccionario de la lengua, no corresponde al de la 
manea tal como entre nosotros se usa por la gente 
del campo. Tampoco la de maniota, propiamente. Ni 
es u una cuerda 1 ', ni las patas del animal se traban 
por medio de ella en la forma que el Diccionario in- 
dica emplearse en otras partes; pues el gaucho o el 
campero, no atan con soga o cabestro, sino por ac- 
cidente los remos delanteros de sus cabalgaduras, y 
no usan cadenillas de metal, candado y llave con tal 
objeto. 

Matrero. — El hombre perseguido por delitos co- 
munes, o el vecino honesto por odios o venganzas, o 
el patriota por la dura ley de la necesidad, que bus- 



Mil ] 



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caban asilo y refugio en los montes, como único re- 
curso de salvación contra la ley implacable, o las ase- 
chanzas de muerte. 

Aplícase también a los animales ariscos no enta- 
blados o aquerenciados, y que por lo mismo ganan 
los montes o las sierras, rehacios a toda domes ticidad-. 

Matungo. — Caballo en completa decadencia, ro- 
cino, lerdo y desmedrado. 

Mbiguá. — Ornit. — El mbiguá o zaramagullón 
es un ave acuática que se mantiene de pescados de 
regular tamaño, y que abunda mucho en todas las. 
grandes corrientes y lagunas hondas. 

Por su magnitud y color se asemeja a la bandu- 
rria; parecen espinas sus venas por la dureza y ten- 
sión; y cocinado, su sabor es casi el mismo de los 
peces que le sirven de alimento. — El vocablo pro- 
viene del guaraní, y significa "cuervo de agua". 

Mojinete. — Frontón de un rancho. 

Morajú. — Ornit. — Pájaro de los bosques del 
alto Uruguay, de un plumaje negro azulado de torna- 
sol, que canta en diferentes tonos de una manera sua- 
ve y melodiosa. Jamás hace nido ni se ocupa de dar 
de comer a sus hijuelos. La hembra aova, general- 
mente, en los nidos de las "cachilas'', donde los hay, 
y en caso contrario, en cualquier otro nido de los 
que se llaman rastreros. 

Las pequeñas 'cachilas", poéticos ejemplares de ma- 
dres amorosas, se encargan de la crianza de los pi- 
chones que no han salido de sus huevos, y que no 
sólo las aventajan en volumen, sino que también las 
sobrepujan en apetito voraz. - — El "morajú" no es 
otra cosa que el tordo de nuestros climas, el cual aova 
comúnmente sin fabricar nunca vivienda, en los nidos 



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de barru de los "horneros", avecillas indígenas cuyo 
nombre proviene de la misma configuración arquitec- 
tónica de sus viviendas. 

Naco. — Palabra con que el campero denomina 
un fragmento pequeño de tabaco negro, enrollado, que 
él mismo pica con el cuchillo en la palma de la mano, 
o sobre un pedazo de madera o sobre la carona, para 
armar su cigarrillo. El "naco", como el dinero, en- 
tra en el juego de la "taba" entre los paisanos, y 
aun en el de los naipes, coi riendo parejas los dos 
vicios. 

Nazarena. — - La corona de grandes punzas de 
hierro de la espuela, propia para jinetear, a veces de 
seis pulgadas de circunferencia, que usaban los gau- 
chos de otro tiempo. 

Llevábanla con la gemela ceñida al rancajo sobre 
la "bota de potro", y con ser tan enormes, no les rao- 
Jestaban al andar. 

La costumbre de usarlas deformaba comúnmente 
sus piernas, al punto de que. aun fornidas y vigoro- 
sas, aparecían siempie en comba con las puntas de 
los pies casi en contacto, eti tanto era corta la dis- 
tancia para separar bien ios talones por más que los 
apartasen uno de otro. 

El ruido de estas rodajas se oía de lejos, como el 
que produce un arrastre de cadenillas pesadas. 

Tales espuelas servían para la domadura; por ru- 
tina las llevaba el jinete sobre el caballo manso; y 
eran a ocasiones defensas terribles en el suelo, en las 
luchas brazo a brazo o a zancadilla, garras de cen- 
tauro, no inferior en esto a la alimaña indomable. 

Asemejábanse por su forma al nimbus y a la co- 
rona de Jesús: de ahí su nombre. 



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Ñandú. — Ornit. — Voc. guaraní. — Avestruz 
indígena menos corpulento que el de Africa, y del que 
difiere además en tener tres dedos en cada pie, mien- 
tras que aquél sólo tiene dos. — Orden de las corre- 
doras: rhea americana. 

Ñacurutú. — Ornit — Orden de las rapaces. Ave 
orejuda, de un plumaje blanqui-negro, cuyo alimento 
principal se reduce a insectos. 

Compañero de las corujas y de otras especies de 
insectívoras, este buho abunda en los montes del norte, 
cuyas espesuras anima con sus gritos en la soledad 
de la noche. — Su nombre es originario del guaraní, 
y significa algo como "agachado" 1 o "encogido". 

Orejano. — El animal que carece de "marca" o 
señal a hierro ardiendo que acredite la propiedad. — 
"Yerra" se denomina el acto de la marcación. 

En las primeras décadas del siglo, cuando existían 
inmensos bosques vírgenes, rincones y potreros caát.-i 
inexplorados, el ganado nuevo y montaraz rebelde a 
los pastores y a los perros se guarecía en la selva, y 
llegaba a hacerse imposible el "repunte" o "parada 
de rodeo" de estas reses ariscas. 

Con este motivo se contaban por millares los "ore- 
janos". 

Parar rodeo. — Hacer la recogida o reunión del 
ganado vacuno en un sitio dado, donde comúnmente 
vese la huella de la pezuña del enjambre. 

Pataca. — Moneda portuguesa de diez y seis vin- 
tenes. 

Payador. — El gaucho de índole poética, capaz 
de improvisar y de contestar en verso al son de la 
guitarra. 



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Pialar. — Arrojar el "lazo" a las patas de las bes- 
tias vacunas y yeguarizas para trabarlas de uno o más 
miembro? y sujetarlas de a pie, a objeto de alguna 
operación de "yerra' 1 , castración o corte de cerdas. 

Pericón. — Baile criollo, pausado y airoso en cua- 
drilla que se acompaña con canto o recitación. 

Picada» — Paso estrecho o boquete a tra\és de un 
monte, que conduce al río o arroyo. 

Potrero. — No es el potril o teneno destinado a 
los potros, precisamente. Puede serle i de "caballada" 
mansa con pasto? escogidos o de engorde, con cerco 
o sin él; y también con espaciu descubierto dentro del 
monte de hierbas selectas, sólo utilizable para los ca- 
ballos» de los "matreros" 1 o aprovechado por las reses 
alzadas. 

Quebracho. — Flora irulíg. — Arbol de madera 
resistente, que quiebra hachas: de la familia de las 
apocináceas, útil en la curtiduría por la calidad de 
su savia, y en medirina por mi corteza, considerada 
febrífuga. 

Quinche. — Véase Obato. 

Quiapí. - Vnz guaraní. — Vestimenta de jerga 
o cuero que usaban los charrúas, aunque no todos, 
en el rigor mismo del invierno. 

Consistía en una manta que cubría gran parle del 
cuerpo, de jerga entera o de pedazos unidos de géne- 
ros ordinarios o de pieles de alimañas. Las mujeres 
se cubrían la cintura v pechos con esa manta, ligando 
sus extremos sobre el hombro derecho. Los hombres 
llevaban la cabeza descubierta, ciñéndofe la frente con 
un trapo en forma de \incha. Alguno* se ataban el 
pelo con un "tiento". De la cintura u los muslos ha- 

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cían uso del chepi (vocablo guaraní, que significa 
"mi cuero"), y que era una especie de pampanilla o 
tonelete, comúnmente de piel de ciervo, de aguará o ,¡ 
de yaguareté. 

Rastrillada. — - En la acepción criolla, no es todo 
lo que se barre de una vez con el rastrillo o "rastro"; , 
Para los gauchos de buena ley, este instrumento era 
desconocido; y llamaban k< ras trillada" al surco o hue- : 
lia más o menos visible que en el suelo firme y sobre 
el pasto dejaban los cascos de los caballos o las rué» 
das de los vehículos en zonas poco frecuentadas o 
caminos poco recorridos. , 1 

Rastrojos. — Los surcos y raíces secas que que* ' 
dan en un terreno donde ha habido siembra de cerea- 
les o plantíos de maíz, dejándose a flor de tierra, des* 
pues del corte de éste, una pequeña parte de los tron- . 
eos. El rastrojo hállase en sitios que no han vuelto 
a ser cultivados durante algún tiempo, y suele servíf^ 
de punto de reunión a las perdices. 

Redomón. — Caballo que ha sufrido las primeras 
domaduras, pero que aún conserva resabios de su fie- 
reza primitiva : — mañas viej as — , según la frase del 
campero. 

Redomonas. — Las espuelas grandes de domar. 

Refucilo. — Relampagueo, comprendiéndose en la 
acepción la misma caída de la chispa eléctrica. 

Reyuno. — El animal señalado en la oreja, como 
los que usaba la caballería del rey, de donde viene el 
nombre. Esa señal indicaba la propiedad del Estado. 

Por una razón análoga se decía el Real cuando •« ; 
trataba de un centro determinado de las posesione! 



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coloniales. — como el Real de San Felipe, el Real de 
San Carlos u otros. 

Rosa. — Lesión más o menos considerable o "ma- 
tadura" producida en el lomo del caballo por el roce 
constante del "recado" o defecto de la carona o del 
"lomillo". Como debajo de éste van los "bastos", de 
ahí la denominación de "basteras", dada a las hue- 
llas dejadas por las heridas, cuando cicatrizadas, las 
ha recubierto un pelaje claro o canoso. 

Sancocho. — El caballo defectuoso en la boca, 
muy duro o muy blando de riendas, cuyo gobierno 
por lo tanto es inseguro, a causa de resabios incura- 
bles de domadura. 

Sombra de toro. — Flora indíg. — Arbusto alto 
de madera recia utilizable para formar el cuadrilongo 
de las carretas, o sean los cuatro limones, así como 
los yugos. — Generalmente los toros se refugian bajo 
las ramas de este arbusto en los días calurosos, y de 
ahí su denominación vulgar. — ■ Conócesele-vm botá- 
nica con el nombre de "iodina rhombifolia", nerte- 
nece a la familia de las aquifoliáceas. . 

Sur ubi — o Zurubi. — Ict. indíg. — Pez de los 
ríos y arroyos de gran tamaño. Tiene la piel plateada 
con pintas negras. Su carne es sabrosa, solida y de 
un color amarillento, de alguna semejanza con la del 
dorado. — Vocablo guaraní. 

Taco. — Un trago o sorbo de caña o aguardiente, 
tomado de la cantimplora o el chifle de asta. 

Tacuara. — Caña de solidez y espesor, de utilidad 
en las construcciones de ranchos y enramadas, y aun 
para picas o "picanas" de conductores de carretas, co- 
locándosele un aguijón en uno de sus extremos para 
azuzar los bueyes. — El vocablo proviene del guaraní. 



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Tala. ■ — Flora indíg. — Celtidácea. Arbol de me- 
diana talla y madera de construcción, aunque quebrar 
diza, ramoso, de hojas pequeñas y duras, erizado por 
doquiera de pinchos. Abunda mucho en las orillas de 
los ríos y arroyos. 

Tamanduá. — Fauna iiidíg. — Especie de oso pe- 
queño que se nutre en los hormigueros y de utilidad- 
incuestionable. Su piel de un color gris ceniciento con 
dos grandes fajas negras paralelas a la médula, es 
muy apreciada, y de ahí una persecución constante 
que va extinguiendo esta especie típica con la mulita 
y el peludo, del orden de los desdentados. — El vo-. 
cabio es guaraní. ¿ 

Tape. — Indio guaraní de las reducciones del nor- 
te, cuya tribu amalgamóse en mucha parte con la po- 
blación oriental después de la destrucción de sus pue- 
blos, y de ahí su influencia civilizadora. 

Llamaban ellos tape a cada uno de esos pueblos o. 
ciudades, y por eso su denominación propia de in- 
dios tapes, así como el vocablo subsiguiente que se> 
refiere a ciudad en escombros. 

Tapera. — Denomínase así una construcción cual- 
quiera en ruinas, especialmente las de un rancho o 
enramada, cuyos restos suelen reducirse a algunos pi- 
cachos de barro seco mezclado a la paja brava y a 
las totoras. 

En los primeros lustros del siglo existían muchas 
de éstas que fueron habitaciones humanas, como sig- 
nos elocuentes de las guerras implacables. Solían ser- 
vir de .apoyo a los destacamentos aislados que reco- 
rrían la campaña, así como de refugio a los contra- 
bandistas y "matreros" a quienes sorprendían las co- 
ches tormentosas en sus audaces travesías. 



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La voz "tapera'*, guaraní, significa "ruina", pro- 
piamente. 

Tiento. — Filamento de piel de yegua o de vaca 
desprovisto del pelaje, descarnado y seco. 

Sus tirillas sirven para la confección de muy varia- 
dos útiles de campo, y constituyen el "hilo" de la 
costura para ligar "lonjas 1 ", fabricar presillas, rien- 
das, botones, rosetas y manijas, ribetear ojales de ca- 
bezadas y maneas con el empleo del punzón, 

"Maletas, o poncho a los tientos". — Signifícase 
con esto que unas y otro van o están atados a los 
hilos que cuelgan dobles a ambos costados de la com- 
ba posterior del lomillo. 

Tingui tanga. — Desorden, conflicto, gran baraún- 
da de voces y de golpes en medio de un baile o de 
una jugada. 

Tres Marías. — Las boleadoras, o sean las tres 
piedras envueltas en cueros y unidas por otros tantos 
ramales de trenza, de los cuales el corto corresponde 
a la piedra más pequeña que sirve de asidero para 
lanzarlas a los miembros anteriores o posteriores del 
animal que se persigue a media rienda, según la ha- 
bilidad del jinete. 

Tronco. — En su acepción lata, el casco del esta- 
blecimiento rural. — Majada del tronco: — la que 
se encierra en el corral de las casas. 

Tropilla. ■ — • Grupo más o menos considerable de 
caballos de montar. 

Tucu-tucu. — Fauna indígena. — Orden de los 
roedores. — Gran ratón de campo que se nutre con 
los tallos subterráneos de los heléchos, socavando el 
suelo arenoso en distintas direcciones. Su nombre pro- 
viene de su grito peruliar. 



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EDUARDO ACEVEDO DIAZ }\<>' 



Tupamaros. — - Denominación irónica aplicada pos 
los españoles de la época de Sobremonte a los natí-,^-*« 
vos, aunque éstos fuesen tan blancos como ellos, y { •., 
hubiesen heredado toda la pureza de la raza caucásiqa, 

La palabra era un derivado del nombre del iníor- í 

tunado caudillo indígena Tupac - Amaru. ,/';<" 

¡S i 

Tusar. — Retacear las crines y el copete del ca«'!sj,'¡| ' 
bailo, así como el pelo basto y grueso que le crí» íityl 
cerca de los cascos. '"' ¡i 

Cuando se trata dé las cerdas de la cola, se dictyfty ' 
rabonear. jjj' t 

Vidalita. — - Aire criollo que se acompaña con rjf-'I* 
guitarra, como el "cielito", comúnmente melancólico, V'jí . 
sencillo y suave, a la vez que de poético encanto. ' 

Ejemplo de la letra de una de ellas, ya que no sfca . " 
descriptible su original melodía, es el siguiente: "Pa- .^./j; 
lomita mía, — - eleva tu vuelo; — y a ese cruel' yi* , l'J ' i, 
grato, — dile que me muero. — No hay rama eflí'^'É /. 
campo — - que florida esté; — todos son despojos 
desde que él se fue 1 '. 

Yaribá. — Flora indígena, — Palmera enhiesta 
cuya altura suele pasar de ocho metros, de tronco 
liso que remata en un quitasol airoso, y madera re- 
cia. Adquiere gran desarrollo en los bosques de los 
ríos del norte, como su congénere el yathay. 

Yaguareté. — Voz guaraní. De yagua — perro 
y reté — cuerpo. Cuerpo de perro. Tigre. 

Yguá. — Vorablo guaraní. Significa agua-cielo — ■. .'" 
"Color de agua", por firmamento. ' ,_. . 

Yathay. — Véase Buthyá. :'¡ ! " 



VOLUMENES PUBLICADOS 



1. — Carlos María Ramírez: Artigas. 

2. — Carlos Vaz Ferreira: FerMentariO. 

3. — Carlos Reyles: El Terruño y Primitivo. 

4. — Eduardo Acevedo Díaz: Ismael. 

5. — Carlos Vaz Ferreira: Sobre los problemas sociales. l '', 

6. — Carlos Vaz Ferreira: Sobre la propiedad de la tierra. 1. 

7. — José María Reyes: Descripción geográfica del terri- 

torio de la República O. del Uruguay. (Tomo I). 

8. — José María Reyes: Descripción geográfica del terri- *' ", 

torio de la República O. del Uruguay. (Tomo II). . f ■ 

9. — Francisco Bauza: Estudios literarios. 
10 — Sansón Carrasco: Artículos. 

11. — Francisco Bauza: Estudios constitucionales. 

12. — José P. Massera: Estudios filosóficos. 

13. — E] Viejo Pancho: Paja brava. 

14. — José Pedro Sellan: Doñarramona. 

15. — Eduardo Acevedo Díaz: Soledad y El combate de 

la tapera. 

16. — Alvaro Armando Vasseur: Todos los cantos. 

17. — Manuel Bernárdez: Narraciones. 

18. — Juan Zorrilla de San Martín: Tabaré. 

19. ' — Javier de Viana: Gaucha. 

20. — María Eugenia Vaz Ferreira: La isla de los cánticos. 

21. — José Enrique Rodó: Motivos de Proteo. (Tomo I). 

22. — José Enrique Rodó: Motivos de Proteo. (Tomo II). ■ 

23. — Isidoro de María: Montevideo antiguo. (Tomo I). ' 

24. — Isidoro de María: Montevideo antiguo. (Tomo II). . ■],; . ; (